¿Son editores quienes, como Intangible, Musa a la 9 o Sin errata, solo publican en digital? Todo parece indicar que sí. La paradoja es que lo que editan no son libros, aunque estén sujetos a la ley del precio fijo que, en España, solo afecta a esas mercancías que juntan palabras en una unidad discreta de sentido.
Las leyes y las normas de la Unión Europea están jerárquicamente por encima de las normas y leyes de los Estados nacionales, que deben ajustarse a ellas. Y para la UE, estos editores en realidad "editan" servicios. ¿Se puede editar un servicio? Todo parece indicar que no.
¿Qué son, entonces, estos editores de ebooks en términos europeos? Nadie tiene la respuesta, porque viven en un vacío legal, montados a un toro bravo a quien nadie se atrevido a tomar por las astas. Porque los ebooks, como bien argumenta Baldur Bjarnason en su muy recomendable blog, tampoco son software.
Y para seguir con paradojas que es necesario desentrañar si se quiere, como ha manifestado el ministro José Ignacio Wert, que la industria editorial española centre su futuro desarrollo en lo digital, cabe preguntarse, en términos europeos, ¿cómo se reglamenta la propiedad intelectual de un servicio?
La subida indiscriminada del IVA que el 11 de julio anunció el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, a los bienes culturales con excepción de los libros impresos, ha puesto al rojo vivo todas estas contradicciones. Ninguna industria puede prosperar en el vacío legal. Ni los editores nativos digitales lograrán ser escuchados a menos que se reúnan formalmente en una asociación con personaría jurídica que haga oír su voz ante a la FGEE y la Comisión Europea, por muchas desconfianzas que esas instituciones les merezcan.
Creo que, a esta altura del partido, todos sabemos que en cuestiones "europeas", para lograr algo de luz sobre el laberinto que ha creado una sobrelegislación que convierte a la ley en parodia, lo mejor es mirar qué está haciendo Alemania. Nadie mejor que los españoles ha sentido esta realidad en carne propia, estampada como un hierro candente.
Pues bien, en Alemania, como bien señala Arantxa Mellado en su post del 17 de julio pasado, los ebooks no son libros, porque no están protegidos por la ley del precio fijo que el poderoso lobby de libreros alemanes hace mantener a rajatabla. Los ebooks alemanes son servicios, a los que se les carga un IVA del 19 % y, como tales servicios, su precio está liberado a las fuerzas de "los mercados". Leáse, los intereses de los poderosos e-tailers que no hace falta nombrar.
¿Están dispuestos los editores españoles (y aquí incluyo no solo a los nativos digitales, sino también a editores tradicionales que, como B de Books o Barcelona eBooks, se han lanzado sin prejuicios a ambiciosas aventuras digitales) a seguir viviendo en un vacío legal que les promete ser asimilados a la realidad alemana en cualquier momento y cuando presentar batalla sea ya inútil, como les sucedió a todos los ciudadanos del reino con el "rescate" y la "intervención"?
Por este vacío legal se puede colar cualquier cosa. No es mi intención discutir aquí qué es mejor, sino que el sector tiene el derecho y la obligación de influir en que esa cosa cualquiera no se cuele en su perjuicio a causa de su inacción. Porque, despertemos, la única que en este momento se ajusta a derecho en materia de ebooks es Alemania.
Tal vez sea un buen momento para organizarse, para conocer a fondo la legislación contradictoria que los afecta y hacer también lobby, como se hace por el libro impreso o por la banca de inversión. La dimensión económica de la edición digital no promete que la batalla sea fácil, pero el momento es propicio. Como bien señala Txetxu Barandarián, en materia de IVA no todos los responsables de Cultura en el gobierno piensan igual. Habrá que aprovechar esa fractura antes de que el azoramiento haya pasado y vuelvan a cerrar filas.
Este mío es un post urgente y pretende que en los comentarios se vaya ejercitando la voz con la cual dirigirse a instituciones, autoridades locales y autoridades europeas. Mi deseo es que de aquí surja algo que permita cambiar la realidad, para que dejemos de ser el sector de la eterna queja. Mi intención, recoger todas esas opiniones en un largo artículo en Publishing Perspectives que internacionalice las preocupaciones de los editores digitales de España.
Para la reflexión, copio aquí el muy útil cuadro elaborado por Actualidad Editorial.
Todos los comentarios son bienvenidos.
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miércoles, 18 de julio de 2012
domingo, 27 de noviembre de 2011
Los libros inútiles
que una rama del comercio extraviada es una rama perdida y que en diez años se causan más males de los que que se pueden reparar en un siglo.
Dennis Diderot (Carta sobre el comercio de los libros)
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| Libros de mármol de la decoradora Kelly Wearstler. |
En 20 años de ejercicio editorial, he publicado libros inútiles. Varios.
Los libros útiles no son el contrario de los libros inútiles. Son los libros que sirven para algo: para que adelgacen los ejecutivos en comidas de negocios; para convertir un erial en un jardín; para preparar una cena. Y para pagar los salarios.
El contrario de los libros inútiles son los libros valiosos.
También he publicado libros valiosos. Varios. Algunos se volvieron inútiles, porque sofocados por los auténticos libros inútiles que publicábamos, yo y todos mis colegas.
Estos son los verdaderos géneros con los que trabaja un editor. Lo demás es literatura. Y vanidad. Del equilibrio entre ellos depende la salud del comercio del libro.
UNA MAREA BLANCA DE PAPEL
Cualquier cosa que digamos sobre la edición y el cambio de paradigma al que está sometida se modificaría radicalmente si tuviésemos una historia económica del papel. Y de su inflación. También, del papel del papel en la consolidación del Estado moderno y de la burocracia que lo hizo posible. Ya lo dijo Bertold Brecht, y mucho mejor: para ser hombre hace falta un librito de papel, el pasaporte.
El papel impreso y el poder han compartido una intimidad que a menudo se pasa por alto. Quien no lo crea, que pregunte a los sin papeles.
La edición se ha articulado en esa intimidad. Que a veces la haya cuestionado, e incluso desafiado, no es más que una confirmación del vínculo y sus tensiones. En esta lógica, la misión del librero-editor (hoy descompuesto en una red que abarca a decenas de jugadores) es, en espejo con la de quien extiende un pasaporte, asegurar la circulación de los discursos y, al mismo tiempo, restringirla para evitar su proliferación descontrolada y su consiguiente devaluación.
El editor adquirió su lugar de privilegio, que sustentó sobre la extinguida promesa ilustrada, en el compromiso tácito de guardar el orden de lo escrito. De mantener la asociación de la autoridad de saber y la forma de publicación.
A todo esto se lo llamaba "hacer un catálogo". Hay editores con catálogo, como Jorge Herralde, y hay editores sin catálogo, como Planeta Internacional. Literalmente sin catálogo, porque ningún documento da cuenta de la historia de sus publicaciones.
El editor "con catálogo" no está a salvo de los libros inútiles, porque forman parte del régimen de la edición: de la negociación con el agente literario en pos de un libro valioso o de uno útil; de la necesidad de mantener encendida la hoguera de la librería; de ocupar el territorio de las mesas de novedades y del inevitable error de apreciación. Pero la tentación de entregarse al libro inútil queda acotada por ese registro de sus acciones y pecados editoriales que es el catálogo.
Quien no tiene catálogo, no deja huellas. Tira de la cuerda y esconde la mano.
Hace diez años, pensaba que los libros inútiles hacían ruido. Hoy los veo como una inmensa marea blanca en la cual zozobran los discursos que prometimos hacer circular.
LA HERIDA AUTOINFLIGIDA
La economía del papel está asediada desde hace tiempo. Desde la Primera Cena que Frank McNamara pagó con una tarjeta de crédito en el Major's Cabin Grill, en febrero de 1950.
Fue una andanada en la línea de flotación del mundo simbólico construido alrededor del papel. De allí a la libre circulación de capitales ficticios que hoy amenaza con acabar con la civilización tal y como la conocemos, han ocurrido muchas cosas.
¿Por qué siguen pensando los editores que el papel que les toca en el mundo de papel no debe ser tocado? ¿Acaso creen que el papel de los libros es más importante que el papel moneda? ¿No han comprendido que el destino de ambos papeles está atado?
Mucho antes de que llegara el gran editor universal, ese que le abre las puertas a cualquiera y donde los textos tienen por único contexto su pertenencia a una misma temática, mucho antes de la Red, de la autoedición, de los ebooks, de Google y de Amazon, los editores se autoinfligeron una herida. Una herida fiera, porque hecha con el instrumento contundente y romo de los libros inútiles.
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miércoles, 23 de noviembre de 2011
No están todas las que son ni son todas las que están
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Con el objeto de promover el desarrollo de las industrias culturales autóctonas y facilitar los emprendimientos comunes entre ellas, la Secretaría de Cultura de la Nación facilita un Mapa Cultural de la Argentina interactivo que vale la pena visitar.
A través del Mapa Cultural hoy sabemos que en Argentina existen más de 400 cines, cerca de 600 editoriales de libros y no más de 130 sellos musicales. A lo largo de su territorio, se emplazan más de 2200 librerías y más de un centenar de Ferias del Libro. Existen además aproximadamente 800 espacios de exhibición patrimonial, más de 8300 bibliotecas de distinto tipo, 870 monumentos y lugares históricos, 2400 salas teatrales, cerca de 1400 radios y 2.600 Fiestas y festivales en todo el país.
Porque no están todas las que son ni son todas las que están, la Secretaría ha instrumentado una herramienta de validación del mapa con la cual los usuarios pueden corregir, agregar o cuestionar la inclusión de tal o cual empresa o evento ligados a la cultura. El recurso al crowdsourcing por parte de una institución del Estado es más que bienvenido, pues es una de las maneras de usar Internet como instrumento organizador de ciudadanía, reforzando el sentido de pertenencia social, geográfica e histórica a través de la participación responsable en la creación de la información de uso común.
En materia editorial, se confirma la concentración de esta industria en la ciudad de Buenos Aires: de 552 empresas dedicadas a la edición de libros, 342 tienen su sede en la capital del país.Y faltan varias de las importantes, no solo por tamaño sino por valor cultural.
Uno de los recursos más interesantes del Mapa es la posibilidad de superponer los indicadores culturales a otros, de carácter socio-demográfico como, por ejemplo, educación, acceso a la salud, índice de pobreza, penetración de las nuevas tecnologías y más.
Pego aquí una captura de pantalla del mapa editorial con una superposición del porcentaje de hogares con acceso a Internet en toda la geografía de la república, siendo las zonas más oscuras de color anaranjado las que ostentan un porcentaje de hasta un 23 % de hogares con acceso. A señalar también que esas regiones son las de menor densidad demográfica del país.
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Uno concluye, tal vez con premura y frivolidad, que cualquier cambio de paradigma en el sector editorial de la Argentina, cualquier futuro de la edición digital (si lo hay), pasará por el desarrollo de soluciones móviles, centradas en los 55 millones de teléfonos celulares en poder de una población de 40 millones, una gran mayoría de los cuales tiene acceso a la Internet móvil. Las implicaciones de esta realidad de las infraestructuras son enormes e inclinan la balanza de poder de la edición y el consumo textual no ya hacia las grandes empresas de software, como ha sucedido en los países centrales, sino hacia las telefónicas. Una realidad que merece empezar a pensarse seriamente desde las políticas públicas.
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miércoles, 13 de julio de 2011
Casa del Libro abjura del DRM
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| (cc) Toni Lozano |
A un año del lanzamiento oficial de Libranda, Casa del Libro, que es una de sus librerías asociadas, reconoce en esta presentación que han sido responsables de la mala experiencia de compra de sus clientes y Enrique Dans les sirve como testigo de cargo de esas penurias. El DRM de Adobe, adoptado por Libranda e impuesto a todos los editores y libreros que se unan a la plataforma de distribución española, resulta imputado con semiplena prueba y, como tal, se lo elimina del nuevo proyecto. En él, Casa del Libro se propone como la chumacera alrededor de la cual girarán todos los ejes del universo libro en español. Los "especialistas" capaces de articular el cambio de paradigma. Libro nuevo, libro usado, impresión bajo demanda y ebooks serán las aspas del molino que moverá las aguas.
La demolición de ADE y el DRM en lo que respecta a los ebooks es tan minuciosa y contundente que uno se pregunta qué argumentos le deja Casa del Libro a Libranda para seguir proponiendo su fórmula al resto de los libreros asociados, esos que no cuentan con Planeta como accionista mayoritario y no se pueden permitir inversiones descabelladas en el desarrollo de un motor de lectura (o ecosistema) que permita experiencias de compra y de lectura no traumáticas.
UNA ESTRATEGIA NUEVA
Que pasa, obviamente, por la nube. Un motor de lectura que permita acceder a los libros online y offline. Tanto en formato ePub como en .pdf. En cualquier dispositivo. ¿Les suena familiar? Compra con un solo click, sin necesidad del doble registro al que se verá obligado el resto de libreros que trabaje con Libranda y el DRM de Adobe. Sincronización del punto de lectura en todos los dispositivos; posibilidad de anotaciones y subrayados. Lectura social, faltaría más, y el consiguiente informe sobre los hábitos de los lectores, un servicio que ninguna otra librería española podrá dar a los editores, a menos que hayan licenciado The Copia. Y como yo me lo guiso y me lo como, integración con la comunidad de lectores de Libro de Arena, propiedad de Casa del Libro. Una comunidad bastante magra y poco espontánea, de momento.
La seguridad de los contenidos bajo copyright se cifra en SSL, que la presentación describe así: "proceso altamente complejo para descifrar. Disuasorio para aquellos 'no piratas' y para los que lo son lo seguirán cogiendo de la red" [textual, amigo lector, pero el énfasis es mío]. Para poner de relieve la importancia de la cadena de librerías, una afirmación desconcertante: "venta de ebooks en el canal físico mediante tarjetas descargas". ¿En qué quedamos? Y por prometer, que no quede: la misma experiencia de lectura con ePub y con .pdf, de manera que el editor no tenga que gastar en conversiones y ponga a disposición cuantos fondos pueda, en el menor tiempo posible.
¿Desde dónde se harán efectivas todas estas funciones? La presentación no lo aclara, pero es de suponer que se tratará de una webapp, lo que preanuncia serios problemas de gestión desde dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes, por ejemplo. Y una pregunta que no parecen plantearse, ¿cómo accede a ella un lector cuyo dispositivo no tenga incorporado un navegador, por rudimentario que sea? Aunque puedo equivocarme y sea que, en realidad, Casa del Libro esté embarcada en el desarrollo de un motor de lectura basado en HTML5, en cuyo caso debería al menos mencionar las futuras apps para sistemas operativos como Android, iOS o RIM. En el contexto de esta presentación, la frase acuñada por Arthur C. Clarke se invierte y la magia se hace indistinguible de la tecnología. Especialmente cuando se trata de evangelizar a editores a quienes se les supone una supina ignorancia digital.
El tono es urgente, casi acuciante. Tanto así que se tragan las palabras ¿Será porque le han visto las orejas al lobo? A juzgar por esta frase, que copio textualmente, parece que sí:
Primer actor nacional que apuesta los ebooks. Evitar todo el peso de las ventas caiga en pocos actores internacionales (Amazon, Apple, Google).Bienvenida la inciativa. Ahora bien, ¿no sería conveniente empezar a hacer las cosas bien para ser realmente competitivos? Empezando por encargar también las presentaciones a profesionales.
Y un consejo: si en estos momentos todavía fuera la dueña de una editorial, suspendería la firma de cualquier tipo de contrato en exclusividad con cualquier actor de la distribución digital que viniera a exigírmelo. Mejor quedar a la intemperie que dentro de una cárcel de adobe.
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lunes, 4 de julio de 2011
Fijémonos en el precio
Ya está a la venta el nº 15 de la revista Trama y texturas, que todavía no he visto, porque el ejemplar que me ha enviado Manuel Ortuño, su editor, todavía está cruzando la Mar Océana.
Esta publicación merecería tener una versión en línea, porque es uno de los pocos espacios de reflexión de los profesionales del sector, tanto del ámbito hispánico como de fuera, y ayudaría a estructurar los temas que nos preocupan a ambos lados del charco.
Mientras esperamos esa simultaneidad de lecturas, y a pedido de varios colegas, comparto aquí un enlace a mi artículo "De eso no se habla", que aparece en este número. Son unos pensamientos fragmentarios sobre el tan silenciado tema del precio fijo de los libros y el mito del fomento de la diversidad cultural.
Me gustaría que el blog sirviera para abrir una discusión sobre el tema, de manera que los comenarios, como siempre, son más que bienvenidos.
Espero que lo disfruten y que se suscriban a Tramas y texturas, aunque el proceso es complicado de momento. Algún día, los editores aprenderemos que el desarrollo de una buena experiencia de usuario es tan importante como la elección de la tipografía adecuada.
Esta publicación merecería tener una versión en línea, porque es uno de los pocos espacios de reflexión de los profesionales del sector, tanto del ámbito hispánico como de fuera, y ayudaría a estructurar los temas que nos preocupan a ambos lados del charco.
Mientras esperamos esa simultaneidad de lecturas, y a pedido de varios colegas, comparto aquí un enlace a mi artículo "De eso no se habla", que aparece en este número. Son unos pensamientos fragmentarios sobre el tan silenciado tema del precio fijo de los libros y el mito del fomento de la diversidad cultural.
Me gustaría que el blog sirviera para abrir una discusión sobre el tema, de manera que los comenarios, como siempre, son más que bienvenidos.
Espero que lo disfruten y que se suscriban a Tramas y texturas, aunque el proceso es complicado de momento. Algún día, los editores aprenderemos que el desarrollo de una buena experiencia de usuario es tan importante como la elección de la tipografía adecuada.
domingo, 3 de julio de 2011
Los lectores leen
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| Y mi mamá me mima, según Norman Rockwell. |
Quien no lo crea, que le pregunte a Jeff Bezos.
El rey del ecommerce no es neurolingüista, pero conoce a sus clientes como nadie y está más que dispuesto a que Amazon sea el castillo inexpugnable de un futuro cercano, para el cual predice que "la mayoría de los libros vendidos en el planeta serán digitales". Jeff Bezos es un innovador, no un revolucionario. Y le va bien.
La industria editorial supo tener innovadores. Allen Lane, el fundador de Penguin, fue uno de ellos. A tal punto que cuando hoy decimos "libro" no imaginamos inmediatamente ni el preterido códice ni la Biblia Regia que imprimió Cristóbal Plantino en Amberes, a cuyas cajas contribuyó no pocos tipos la imprenta de Alcalá de Henares. Cuando hoy decimos "libro", y sobre todo cuando hablamos de la crisis en la que está inmerso, lo que vemos es el libro reinventado por Allen Lane en 1936; la linotipia que remplazó a los tipos móviles de Gutenberg; la tipografía que Eric Gill inventó para esas máquinas; las normas de estilo que pergeñó después Jan Tschichold para Penguin y, sobre todo, aquellas tiradas iniciales de 50 mil ejemplares de buena literatura bien editada, al alcance de la mano y al alcance del bolsillo, porque Lane sabía que los libros, para venderse como rosquillas, no debían superar el precio de un paquete de cigarrillos.
Ese es el modelo en crisis, no por el advenimiento de las nuevas tecnologías, sino por una sobre explotación que lo desvirtuó.Y Penguin es hoy Penguin Ltd. y no tiene ningún Allen Lane, aunque tiene al muy festejado John Makinson.
Si yo cultivara brócoli en épocas de Internet y se hubiese vuelto muy caro poner el brócoli al alcance de mi público vegan, en lo último que pensaría es en cambiar la estructura molecular de la hortaliza como solución al problema. Pero como los libros son un artefacto, esto es, son de nuestra invención y fábrica, hace falta mucha disciplina para no empezar la casa por el tejado.
Para empezar la casa por el tejado, ante la crisis del modelo de negocio editorial renovado en los años 30, basta preguntarse si acaso no se deberá a que los lectores no quieren leer. Así, en una entrevista de la BBC, cuya trascripción parcial encontrarán aquí, Makinson no reinventa la industria, como hizo Lane, sino el libro mismo. Los libros se transforman, en su discurso, en "pasarelas", en puentes transitorios que nos llevan a las niminedades y las charlas amenas que, en definitiva, es lo que quiere ese lector conjeturado en los salones endogámicos de la edición.
"No espero --dice-- que los lectores abran un libro de Jane Austen en la primera página y vayan hasta la página 300 para después cerrarlo."
Además de esperar que abran también otros libros, tanto o más valiosos, mi humilde experiencia de lectora omnívora me dice que nunca se leyó así, a menos que uno estuviera convaleciente de algún grave mal.
Makinson sigue: "Pienso que harán pequeños viajes hacia otros medios y otras conversaciones y que querrán investigar acerca de los pasos de baile o las recetas de cocina de la época o buscar en línea quién es Jane Austen o hablar con sus amigos sobre la experiencia de leerla."
Esto y quitarle a la ficción narrativa toda su capacidad de crear mundo, tal vez el motivo principal por el cual se ha leído a autores como Jane Austen hasta el día de hoy, es lo mismo. Y dicho por un editor.
El código nos ha entregado otras herramientas para crear mundo, que debemos explorar e investigar. Un ejemplo es Second Life , y también FarmVille. Ahora bien, nosotros somos traficantes de palabras, un objeto previo al código y que lo habilita; así como el horticultor es traficante de brócoli, un objeto previo que hace posible la receta vegan.
El pesimismo barroco de editores como John Makinson contrasta con el pragmatismo de los innovadores a quienes tanto tememos. Cuando Dominique Nora le pregunta, en la entrevista aparecida en el Nouvel Observateur el 22 de junio, sobre el futuro de los libros enjaezados y de los transmedia, Bezos dice:
Es posible que se creen nuevas formas de libros multimedia, pero no para la ficción. La concepción de la literatura depende del cerebro humano, no de la forma en que se la distribuye. Me sorprendería mucho si la forma en que leemos textos largos --novelas, historia, biografías-- se transformara.Que sí, que los lectores leen. Y leen por razones que nos son desconocidas y que no se agotan en el entretenimiento ni en la información.
viernes, 24 de junio de 2011
El catálogo de Eudeba se desmaterializa
Con dos meses de retraso, ya que el lanzamiento se había previsto para la Feria del Libro de Buenos Aires, Eudeba abrió hoy sus puertas a la tienda donde ofrecerá obras digitalizadas de su catálogo de 700 títulos. A la hora de escribir estas líneas, el sitio no parecía activado, como lo muestra la captura de pantalla que encabeza este post. Aunque esta lectora hubiese agradecido algún tipo de mensaje, incluso el frustrante de "sitio en construcción", como conoce las prisas con la que se ha dado este bienvenido paso hacia la digitalización de contenidos académicos está dispuesta a perdonarlo todo.
Hacia las Navidades de 2010, el equipo de Eudeba decidió poner en marcha un ambicioso proyecto, que incluía la implementación de un workflow XML-First que permitiría la salida a varios canales de comercialización, incluyendo el papel, con una racionalización de los procesos editoriales única tal vez en el mundo de habla hispana. A esta decisión se agregaba otra, tal vez contradictoria para quienes están familiarizados con cambios tan radicales: los resultados debían estar listos y en pleno funcionamiento para la inauguración de la 37ª edición de la Feria. Un desafío que pocos profesionales se hubiesen atrevido a aceptar.
No fue para la Feria, pero ya es suficiente mérito que en solo seis meses estuvieran en condiciones de anunciar la comercialización de 30 títulos de su extenso catálogo. Eudeba ha tomado la sabia decisión de que las tesis universitarias, cuya investigación ha sido pagada con dineros públicos, se comercialicen bajo licencias de Creative Commons y sin DRM. Las obras bajo copyright seguirán otro camino.
Esta empresa mixta en la que la Universidad de Buenos Aires juega un papel fundamental, ha montado su plataforma de e-commerce sobre Drupal, un CMS open-source, en consonancia con la decisión del Gobierno Nacional, que declaró el año pasado "política de Estado" el código abierto.
Tal vez, la mayor novedad de este anuncio sea el acuerdo de la UBA con Grammata, empresa española que comercializa el dispositivo dedicado Papyre (una de las muchas versiones del Alex eReader, de Spring Design). Eudeba se compromete a promocionar este dispositivo lector a través de precios con descuentos especiales para toda la familia UBA: estudiantes, cuerpo docentes y no docente. Por si los 1400 pesos resultan inalcanzables para parte de ese público objetivo, la oferta incluye créditos al consumo del Banco de Santander. Y para cerrar el paquete de este convite, Papyre ofrece sus eReaders ya cargados con 600 títulos, todos en el dominio público y fácilmente hallables para su descarga o lectura gratuita online desde hace tiempo.
Termino esta entrada sin haber podido entrar a la nueva plataforma digital de Eudeba.
Eppur si muove.
jueves, 7 de abril de 2011
¿Hay que seguir llamándolos libros?
Se va imponiendo lo de llamar "enjaezadas" a esas versiones electrónicas de libros pensados, concebidos y escritos como los libros de toda la vida, con el único agregado de algún video y materiales premium que justifiquen, más a ojos del editor que del lector, unas tecnologías que tal vez hayan llegado para proponernos otra cosa.
Gracias a Shane Richards, editor de tecnología del Telegraph, he encontrado esta versión animada que HarperCollins encargó para lo que antes llamábamos portada y portadilla del último libro de James Gleick. Sí, ese mismo. El que popularizó la teoría del caos allá por los años 80. La editorial encargó 12 videos a los alumnos del Central St Martin College of Art and Design de Londres y el resultado, como casi todo el diseño que viene de la capital británica, es espectacular. El título: The Information. Y sí, Gleick se propone, esta vez, popularizar una teoría de la información. Algo aun más caótico que el caos mismo.
En su libro, que fue concebido, pensado y escrito con el paradigma texto como centro, Gleick dice estar interesado en la forma en que producimos y compartimos información, pero no en las tendencias de corto plazo. Que si creemos que Facebook es importante andamos mal encaminados. Que lo importante son los cambios que se producen cuando podemos comunicarnos a esa escala y con una inmeditez antes desconocida. En un libro cuyo título es The information, ¿qué agregan en materia de información, aparte del elemento decorativo, los videos que lo enjaezan? ¿Son estas animaciones algo más novedoso en nuestra comunicación que las iluminaciones de los manuscritos medievales?
Sin duda, el libro electrónico y la oportunidad que ofrece de incorporar otras formas discursivas dará mucho juego en los títulos de no ficción. Pero, ¿qué lugar ocupan las "iluminaciones" encargadas por el editor en la teoría de la información de Gleick? ¿Son de verdad una nueva manera de comunicarnos?
Y una pregunta, ¿debemos seguir llamándolos libros o solo lo hacemos por pereza intelectual?
lunes, 28 de febrero de 2011
Libros y libreros en la Antigüedad (y en Zaragoza)
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| Hay libros, como éste, que leo durante el desayuno. |
Opinan algunos doctores que el incendio de la Biblioteca de Alejandría, o su paulatina destrucción como es más propio decirlo, no fue tal desgracia, y que, si llega a conservarse íntegro el acervo de los antiguos, ni la Antigüedad nos parecería tan estimable, ni acaso nos dejaría pensar por nuestra cuenta. Ya se ha dicho todo.
Curioso colofón ha elegido Francisco Javier Jiménez para esta plaqueta de Alfonso Reyes que acaba de publicar en Madrid, en línea con otros libros que hablan de libros en su catálogo como, por ejemplo, el muy festejado de Jesús Marchamalo, Tocar los libros. Y digo curioso porque el colofón solía ser el sitio de lucimiento del impresor y del tipógrafo, de los artesanos que habían hecho posible la lectura de la palabra. Pero Francisco Javier, editor artesanal que hace libros preciosos, le ha cedido protagonismo nada más y nada menos que al autor del libro, porque la frase es, también, de Alfonso Reyes.
No solo Dios y el Diablo viven en los detalles. La anomalía del colofón que cierra esta edición de Fórcola es un detalle, diminuto, donde habita una realidad: estamos en medio de un cambio de paradigma que cuestiona todos los lugares consagrados y consagratorios, esos que parecían inamovibles: el del autor, el del lector, el del editor y el del librero, estos dos últimos, agentes necesarios que ponen en contacto a los dos primeros. Del férreo aparato de logística que habilita o imposibilita esa circulación, no escribiré hoy aquí.
Libros y libreros en la Antigüedad es otra anomalía. Un mashup de los años 50, en el cual el gran ensayista y traductor mexicano hace una refundición de otro texto, el del británico H. L. Pinner, The World of Books in Classical Antiquity. No porque las refundiciones no hayan sido siempre columna vertebral de la transmisión de la cultura y estén en la base de la construcción de altas reputaciones en el mundo de letras, sino porque las ansiedades del cambio de paradigma tal vez no habrían sido tan lenientes con Alfonso Reyes en estos días. Editores de postín, como Jaume Vallcorba, no vacilarían en llamarlo bloguero, con esa voz aguda que solo se destila en el alambique del desdén, y el nuevo algoritmo de Google tal vez condenaría Libros y libreros a la oscuridad, acusándolo de ser un mero agregador de noticias que ha encontrado en otra parte.
Libros y libreros en la Antigüedad es, sin embargo, una delicia. Y muchas de sus páginas iluminan la situación actual del mundo del libro, que ni siquiera llegó a imaginar, pero cuyos muchos males nos atormentan desde los tiempos de la Biblioteca de Alejandría. Con Alfonso Reyes, festejo también la destrucción de aquellos muchos libros que por entonces habíamos logrado acumular, con esa irresponsabilidad que nos caracteriza cuando se trata de incorporar un nuevo objeto al mundo, irresponsabilidad a la que tanto le temía Hannah Arendt.
En el capítulo titulado "Comercio del libro entre los griegos", apunta don Alfonso:
Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo. Para decirlo de modo anacrónico, el librero comenzó por ser a un tiempo manufacturero, editor y vendedor al menudeo. El desarrollo de la literatura y su tráfico determinan la división de labores, separando al editor (que en la Antigüedad era también productor material, abuelo del impresor) y al vendedor, que compraba a los editores y revendía a los lectores. [el énfasis es todo mío].
De manera que los más de 120 colegas, libreros y amigos reunidos en Zaragoza la semana pasada alrededor de la convocatoria de Paco Goyanes, esforzado responsable de la maña librería Cálamo, no son más que eso, "comerciantes", con todo el respeto. A los editores de antaño, como Víctor Seix, co fundador de Seix-Barral, de grata memoria, no se les caían los anillos por apuntar, en las escrituras de constitución de sus emprendimientos, que eran vecinos de Barcelona y de profesión, comerciantes. Tal vez porque los hombres siempre hemos sabido que solo el comercio nos dignifica, nos lima, y nos hace tolerantes. Los plañidos de muchos de los participantes, que tanto Twitter como la prensa han reproducido, su obsesión por ocupar una centralidad cultural que haga olvidar su condición última de intermediario que lucra con la creación ajena y el disfrute de los otros, también es un detalle donde habita el insoslayable cambio de paradigma, aunque su función sea la de tender una cortina de humo que los aparte de la realidad.
Francisco Javier estuvo en Zaragoza y tuiteó lo que pudo y como pudo, hasta caer en la cuenta de que su conciencia dependía en exceso de las baterías de su iPhone. También estuvo allí Alejandro Katz, que no le hace ascos a la lucidez y sabe que la creación cultural, una vez puesta en el mercado, se transforma en mercancía. Y Valeria Bergali, cuyos libros me gustan más que sus ideas, como la escritura de Virginia Woolf siempre me gustó más que sus tinglados teóricos. Y la gente de Laie, la más sobria de entre todos los libreros, tal vez porque sean los que están haciendo algo diferente, los que se han dado cuenta de que el único pensamiento que merece ese nombre es el que se realiza en la acción.
Pensódromo 21, "Pequeños editores, retos enormes", donde se profundiza y abunda en la perspectiva de los modelos de negocio posibles y se entra al trapo en las falacias allí desgranadas por varios. Otro post indispensable, cuya lectura es un placer intelectual, es que Álvaro Vargas Llosa le dedica Jaume Vallcorba en su blog El hilo digital. Y solo para constatar que la gente de Laie trabaja y trabaja bien, sin resignación y sin alharaca, el post "Otra mirada, digital".
Y, por supuesto, una encendida recomendación de Libros y libreros en la Antigüedad. Se lee durante un solo desayuno, como el periódico, pero uno queda más satisfecho y mejor informado sobre qué es este mundo de los libros y de todos los cambios de paradigma que sufrió y sufrirá, sin que por ello hayan peligrado ni la palabra, ni los autores. Que esto es un negocio, señores, y para hacer negocios hay que alcanzar la edad adulta.
martes, 22 de febrero de 2011
En busca del rostro elusivo del lector
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| Figurillas cicládicas del tardío neolítico. Museo Smithonian. |
Una típica estrategia de modelo de negocio B2B, a la cual se le fueron acotando los espacios mientras se multiplicaba la cantidad de nuevos títulos publicados. Con la llegada de los ebooks, mucho se habló de que los editores debían cambiarla por una que llegara directamente al consumidor, que no es otro que el lector desconocido. Tal vez sea Mike Shatzkin quien se quede con los laureles de haber impuesto la idea en el imaginario editorial global. Sin embargo, los hechos muestran que por mucha desintermediación que traiga consigo Internet, los libros de interés general, que hemos venido a llamar de trade a falta de reflexiones propias que enriquezcan el vocabulario, siguen siendo objeto de la intermediación.
¿Cómo es el lector? Amazon lo sabe mejor que nadie a través de su sistema de lectura Kindle, pero en materia de información, mucho más da una piedra. Algo saben otras API, no relacionadas con la comercialización sino con la socialización de la lectura, como, por ejemplo, LibraryThing, Goodreads y aNobii o, en España, Entrelectores, cuyo valor estratégico tal vez surja claramente cuando los editores empiecen a vislumbrar que necesitan presencia allí donde sus lectores se reúnen. También Barnes&Noble sabe muchas cosas gracias al Nook. Apple y su iBookstore son depositarios de valiosos secretos sobre el lector, pero de su mano más puede esperarse el castigo que cualquier cosa de utilidad. Y Google, bueno, Google sabe tantísimas cosas que está más cerca de ser la nueva mente de Dios que un socio comercial de editores.
El 16 de febrero pasado, Kobo, la tienda canadiense de ebooks, que afirma tener 2 millones de usuarios en todo el mundo y un catálogo de muchos más títulos, nos dio la sorpresa de compartir algunas de las conclusiones a las que ha llegado tratando con los lectores en la intimidad casi promiscua de los sistemas de lectura digitales. Michael Tamblyn, en una charla de 20 minutos durante la conferencia editorial que cada año organiza la editorial O'Reilly en Nueva York, Tools of Change, desgranó datos puros y duros sobre quienes se han pasado a la lectura en pantallas.
CUATRO PERFILES, COMO PATAS TIENE UNA SILLA
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| Captura de imagen de la presentación de Michael Tamblyn en TOC 2011 |
Empezando desde la izquierda, los lectores de ebooks son estos y son así:
* Golden A. La señora canosa de gafas cancherísimas es feliz poseedora de un lector de tinta electrónica. En su primera compra en la tienda de Kobo, se dejó 35 dólares en libros; gasta otros veinticinco en las siguientes visitas y visita la tienda 7 veces al mes. Es una lectora voraz, continua e incansable de ficción. Todos los contenidos que consume son de pago. Los lectores Goden A tienden a gastar cada vez más en ebooks: quienes se iniciaron a mediados del 2010 gastaron un 35 % más que quienes lo hicieron a fines del 2009. Esto se debe, en opinión de Tamblyn, a que las aplicaciones, los dispositivos y el marketing mejoraron notablemente en ese período, pero también a que la oferta de títulos ofertados creció. Todo esto redundó en mejores clientes.
* iPad afluyente. Lejos de la máquina de leer Golden A, el joven de la sonrisa estereotipada es, sin embargo, un buen cliente (y suponemos que Kobo está muy preocupado de perderlo a causa de las políticas restrictivas con apps de terceros que Apple pondrá en práctica a partir de junio próximo). En su primera visita a la tienda Kobo gastó 22 dólares, para alcanzar luego un promedio de 16,5 dólares y unas 4,5 compras al mes. Es un Golden B. Su pauta de conducta lectora es muy diferente o tal vez solo lo sepamos porque la app de Kobo para iPad, ReadingLife, tiene algunas características sociales que permiten otro tipo de seguimiento y que, por su sola existencia, cambian la experiencia lectora. Desde la app Reading Life, puede compartir anotaciones en Facebook y recibir premios de acuerdo a los horarios y sitios de lectura (por la mañana en el transporte público; en la pausa del almuerzo; en la cama antes de dormir). El poseedor de una iPad lee mucho más por la mañana y abandona los libros a partir de la primera copa del atardecer. Sin embargo, quienes leen por la noche le dedican más horas, aunque avanzan menos rápido. El horario de compra de libros del iPad afluyente es de ocho de la tarde a medianoche y el 90 % de los contenidos que consume es de pago.
* Bronce E. La morena lee en pantallas pequeñas o, para ser claros, en teléfonos inteligentes. Es el segmento más numeroso entre los lectores de ebooks, pero hay alguna relación entre la pequeñez de la pantalla y el nivel de tolerancia de precios. En una primera visita gasta 15 dólares y en las siguientes 11, pero solo aparece por la tienda una vez al mes. Sus géneros de preferencia son la novela romántica y de fantasía. Hay entre ellos un gran nomadismo en cuanto a sistemas de lectura y no son fieles a una tienda. Los usuarios de iPhone suelen ser más nómades que los de teléfonos con Android, quienes también gastan algo más, aunque los porcentajes de contenidos de pago y gratuitos están equilibrados.
* El freegan. No hay manera de que gaste nada en libros, aunque lee mucho. Visita la tienda desde la Red y es posible que lea en multitud de dispositivos, desde el desktop hasta el teléfono. No todos los que leen los contenidos gratuitos que ofrece la tienda de Kobo son Freegans. Muchos eligen contenidos gratuitos para iniciarse en la lectura electrónica. Otros, son fanáticos de Jane Austen, cuyas obras, que están en el dominio público, no tienen que pagar. Pero cuando alguien elige por novena vez consecutiva un libro gratuito, se está frente a un irrecuperable, porque además son impermeables a cualquier oferta, hasta a las de 99 centavos.
Entre los rostros misteriosos de las figurillas cicládicas y esta cruda descripción del perfil de los lectores se alza una cuestión, que merece reflexión aparte y un post propio: ¿cuánta privacidad estamos dispuestos a perder a cambio de la satisfacción inmediata de nuestros caprichos de lectura?
Y otra más, ¿el nuevo librero, el librero cibernético, se transformará en un cientista social gracias al código de su API que tanto necesitan los editores para vender sus ebook?
miércoles, 19 de enero de 2011
El Fisiólogo o Nuevo bestiario del libro digital
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| El Unicornio no fue un corcel |
Y tú ensalzaste mi cuerno como de unicornio, fui ungido con olio verde.Cuando el Fisiólogo escribió su bestiario, tal vez en Alejandría hacia fines del siglo segundo o comienzos del tercero de la era común, los misterios mediterráneos estaban siendo polinizados por una nueva imaginería que, algunos siglos más tarde, reconoceríamos como "cristiana". En sus páginas encontramos la primera descripción del unicornio, que dice así:
Es un animal pequeño, parecido al cabrito, pero muy feroz.Las especies de la fauna fantástica siempre vivieron en los libros, pero desde el 18 de enero de 2011, los libros cuentan con su propio bestiario. El Fisiólogo es Joseph Esposito, veterano de la industria editorial que propone en Scholarly Kitchen, la siguiente clasificación:
Libros institucionales: es un libro que se desarrolla alrededor del concepto de facsimilar y, por tanto, retiene algunas de las características arquitecturales de la palabra escrita. Se nos presenta como .pdf y, aunque nos mofemos de él en estos tiempos 2.0, está aquí para quedarse. Por dos motivos. La fijación del texto que el formato garantiza, como una institución, y los costes asombrosos de la digitalización dinámica.
Libros clásicos: es el libro digital que plasma una de las virtudes primarias del libro impreso: su capacidad de desaparecer de nuestra conciencia mientras nos concentramos en el texto. Se nos presenta, la mayoría de las veces, como .epub y puede tener algunas características ausentes en su antecesor como, por ejemplo, un diccionario incluido. Una subespecie exitosa en el hábitat es .mobi, en su versión para Kindle.
Es pequeño, como un cabrito sin destetar, pero feroz. Es la especie que ha tomado por asalto a la industria editorial tradicional.
Libros enjaezados (robo la expresión a Juan José Díez): es un libro "enriquecido" que entró en el imaginario editorial de la mano del iPad de Apple y de los sueños de negocios pingües en territorio ajeno y desconocido. Los libros enjaezados no se conforman con transportar el texto, deben tener audio, video y algunas simulaciones. Los libros enjaezados también se presentan como apps en los stores, pero son todos del mismo genus. Aquí estamos ante un caso en que natura facit saltus, porque los autores de estos libros no son autores sino desarrolladores. Y los lectores, usuarios o consumidores.
Libros musculosos (o libros cachas): es el libro que pertenece a una subespecie del libro clásico y en el cual la lectura se concibe como un partido de rugby entre el texto, el contexto y el presunto lector. Su hábitat, por el momento, son las universidades y su subproducto, los papers de los graduandos.
Libros sociales: es un libro que el Fisiólogo no está seguro de incluir en su taxonomía fantástica. Para entender las dudas del Fisiólogo basta con preguntarse si Wikipedia puede considerarse un libro. Pero hasta que se pinche la burbuja de Facebook, hay que vigilar su desarrollo.
Libros staccati (o coitus interrumptus): es el libro que viene de China y de Japón, cuya escritura ideogramática les ha dado ventaja, por primera vez en más de dos mil años, sobre la alfabética. Se presentan en la pantalla de los teléfonos móviles, un capítulo por viaje de metro. Así como el libro social se corresponde con la cultura Facebook, el libro staccato tiene su equivalente no libresco en los 140 caracteres de Twitter.
Honrada la sabiduría del Fisiólogo, quiero proponer una séptima categoría, que amenaza con impedir la evolución armónica de esta nueva ecología. Es el libro converso.
Libros conversos: es el libro arrepentido, aunque no sabrá de su arrepentimiento hasta después de la conversión. Se producen y reproducen en la India y en cualquier otro suburbio del mundo donde todavía exista el trabajo esclavo, para disfrute de los suburbios donde la esclavitud ha sido abolida. Es un libro que hizo su vida en el papel y cuyo dueño (del copyright, se entiende) quiere, a toda costa pero sin convicción, sumarse al asalto del libro clásico. Con absoluto desprecio de las características que lo convirtieron en libro en su etapa anterior de evolución, los dueños del copyright de este libro quieren una rápida conversión a .epub o a .mobi, para entrar en la iglesia. Son el fast-food del universo digital. Son los libros que generarán la ira del lector, que se sentirá estafado en su buena fe, y son la infantería del statu quo. Son legión.
En los tiempos del primer Fisiólogo, en Alejandría, todavía no se daban las conversiones masivas, que llegaron con el cuarto siglo. En tiempos de Joseph Esposito, en cambio, sí se dan. Pero lean su artículo. Vale la pena.
domingo, 9 de enero de 2011
¿Quién es el dueño de tus libros digitales?
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| Time Code. Trembl Alumni |
Y porque no eres tú, todas las reclamaciones para que el precio de los libros digitales, tal y como hoy los concibe la industria, iguale al cero están justificadas y no desaparecerán por el arte de la magia legislativa del falso legislador.
Hay algo trágico en esta tensión. De antiguo, el que nos contaba las historias alrededor del fuego fue dispensado de cortar la leña y de acarrear el agua, porque era quien nos dotaba de sentido cuando volvíamos cansados de la lucha por la vida, que no entendíamos. Cuando de la leña hicimos papel y de la inscripción, imprenta, cuando dejamos de reunirnos bajo el árbol a escuchar las historias --cuando nos volvimos alfabetizados, individualizados, industrializados, aislados tras densos cortinados-- y quienes tenían la exclusiva de la máquina de reproducir historias se creyeron los dioses del sentido y se olvidaron de la supervivencia del contador de cuentos, hubo que legislar. El derecho de autor, ese pequeño porcentaje que los dueños de las máquinas de reproducir están obligados a pagarle al que contribuye con las historias, sustituye a aquella vieja dispensa, alrededor de la cual siempre hubo consenso entre los hombres.
Las historias, materializadas en la matera (en la pulpa de papel obtenida de los bosques) se podían poseer en ausencia de quien las contaba, y hasta podíamos conversar con los muertos. Por esa posesión, le pagábamos al materializador que las reproducía, quien a su vez debía proveer los medios de subsistencia al hacedor de sentido, que conocemos por autor. No fue una solución ideal, ni universal, ni mucho menos eterna. Como todas las leyes de los hombres, respondió a ciertas condiciones de producción.
Y resulta que ahora el libro hecho de matera, está en pleno proceso de desmaterialización, que la gran máquina de reproducir de nuestro tiempo, Internet, no tiene dueño, que el copyright está en manos de los mismos y esos mismos se obcecan en hacerles creer a los lectores que la lógica de los siglos XVII y XVIII se aplica a los archivos descargables cuyo control han perdido. Lo que no han perdido es la ilusión de control.
Por esa ilusión de control, tus libros digitales no son tuyos y por eso, el precio te parece abusivo. Y lo es, en las actuales circunstancias.
MIS LIBROS Y LOS LIBROS DE TODOS
Tengo muchos libros, tal vez demasiados. No todos pertenecen a la misma categoría.
Cuando me mudé a esta casa donde vivo, aun poniéndolos en doble fila en las estanterías (que es una manera de perderlos), me sobraron 400. Algunos los regalé y otros los vendí a los libreros de viejo de Plaza Italia. Nunca podría haberlo hecho si me parecía que mi Kindle estaba recargado con cosas que nunca volvería a leer.
Como bien dice Alejandro Katz, no todos los libros son la misma mercancía. Cuando compro uno de Walter Benjamin, por ejemplo, no lo presto. Me limito a comentarlo con otros que también leen a Walter Benjamin. Y no son muchos. Pero cuando compré la primera entrega de la saga Millenium, del sueco Stieg Larsson, sabía que no terminaría en mis estanterías. Del recorrido que le conozco, al menos siete personas cercanas leyeron el ejemplar por el que pagué una sola vez. Después le perdí el rastro, porque me pidieron permiso para prestarlo a un amigo de un amigo a quien nunca había visto, y dije que sí. De haberlo hecho con la versión digital, habría cometido un delito. Lo gracioso es que el único motivo por el que no he cometido un delito es que los dueños del copyright no han podido rastrear el destino de mi ejemplar. Y el único motivo por el que no han podido rastrearlo es porque les saldría demasiado caro agregarle un sensor a cada copia. (No les des ideas).
Estas Navidades, para seguir en Escandinavia, me regalaron una novela de Henning Mankell que ya había leído. Fui a la librería y la cambié por un ejemplar de Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, que a mi vez regalé para Reyes. Con esta sencillísima operación, cambié mínimamente la cuenta de resultados de dos editoriales: Tusquets y Norma. Nunca me habría sido permitida tal herejía con un ebook. Es más, si compro un ebook que después me decepciona, tengo que cargar con él para siempre o destruirlo: mi capacidad de elección reflexiva queda coartada por los dueños del copyright. No lo puedo devolver, ni cambiar, ni regalárselo a alguien que tal vez lo apreciaría.
¿Quién engaña a quién en este nuevo capítulo de las historias que nos venimos contando desde que existe el fuego?
Ahora bien, resulta que estas costumbres extravagantes que tengo con los libros son compartidas por casi todos los lectores, que son los clientes de las editoriales y que, por la misma naturaleza de la mercancía que los liga a sus proveedores, no suelen ser un público cautivo. La digitalización de la palabra, que en la utopía tecnológica se iguala a su liberación, ha dado, en cambio, lugar a esta fantasía del lector cautivo, a quien además se le niega el derecho de propiedad secundaria sobre aquello por lo que desembolsa sus dineros duramente ganados en la lucha por la vida, que seguimos sin entender.
Un reciente informe de Forrester, del mes de noviembre de 2010, anuncia la espiral imparable del libro digital. También cuenta, sin embargo, que un 50 % de los encuestados accede a sus lecturas mediante el préstamo interpersonal. La respuesta que le sigue en porcentaje, un 38 %, afirma que encuentra sus lecturas en la biblioteca pública. Y a pesar de la alharaca de la prensa alrededor del Kindle y las genialidades de Jeff Bezos, solo un 28 % encuentra sus libros en Amazon. Para quitar el sueño a editores que no quieren adaptarse, sin embargo, mi respuesta preferida es la de aquellos que encuentran sus lecturas en las viejas colecciones de sus bibliotecas personales: 28 %
Tal vez, deberíamos cambiar de perspectiva.
Para contribuir a ese cambio necesario, urgente, recomiendo la lectura del último post de Brian O'Leary, "A New Kind of Hello". No se lo pierdan.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Google Bookstore, una cuestión de serendipia
Google Bookstore (de soltera Google Editions) hizo su debut el 8 de diciembre. No escribí entonces sobre el tema para no ennegrecer píxeles con lo que todos sabíamos: el lanzamiento, tal vez porque creó expectativas exageradas tanto entre detractores como entre fans, fue casi un anti climax. Google eBooks se parecía a cualquier otra tienda de ebooks a las que estamos acostumbrados. ¿Dónde está la ventaja competitiva?, cantó el coro.
Hoy, 27 de diciembre, las editoriales estadounidenses han comenzado a recibir los primeros números de ventas... ¡y están contentas! Munsey's le ha dedicado un post que Luis Collado debería usar entre los reticentes editores españoles para regalarnos, en poco tiempo, una tienda así a quienes hablamos y leemos en español.
Las ventas, en este cortísimo período, han superado las de Barnes&Noble y las de Kobo, aunque no las de Apple; pero el motivo principal de alegría que se señala en este post, reza así:
Con la llegada de las redes sociales, no faltaron quienes dijeron que la suerte de Google y su estrategia centrada en los data y la búsqueda estaba lista para su canto de cisne. Sin embargo, hubo voces escépticas, como la de Brian Leary, que en mayo de 2010 dejaba la puerta abierta a que el motor de búsqueda de Google podia devolverle a los libros, en esta reencarnación digital, el encanto del descubrimiento azaroso, de la serendipia.
Hoy, las primeras cifras de ventas y la opinión todavía caliente de una editorial parece confirmar que quienes no renegaron de Google Editions tenían un punto de razón.
Hoy, 27 de diciembre, las editoriales estadounidenses han comenzado a recibir los primeros números de ventas... ¡y están contentas! Munsey's le ha dedicado un post que Luis Collado debería usar entre los reticentes editores españoles para regalarnos, en poco tiempo, una tienda así a quienes hablamos y leemos en español.
Las ventas, en este cortísimo período, han superado las de Barnes&Noble y las de Kobo, aunque no las de Apple; pero el motivo principal de alegría que se señala en este post, reza así:
He aquí por qué Google, y no B&N/Kobo/Sony/Apple/Agency/o-lo-que-sea es la más grande historia del año en materia de ebooks: porque hacen desaparecer el arma más poderosa de Amazon contra los editores. Ya no puedes enterrarnos en la búsqueda, Jeff.Hace tiempo que esta editorial está subiendo títulos a Google Book Search, y no lo hacía porque estuviera especialmente fascinada con los ingresos que le reportaba Google Ads, sino por el motivo más sencillo (y más fundamental) que guía a todo buen editor:
..porque un libro que esté en el motor de búsqueda de Google puede, en muchas circunstancias, ser encontrado, justamente cuando no puede en Amazon.Se refiere a varias actitudes rayanas en la censura por parte de Amazon, que han sido largamente discutidas en la blogosfera, en especial cuando se trata de títulos de temáticas sensibles como, por ejemplo, los de contenido erótico.
Con la llegada de las redes sociales, no faltaron quienes dijeron que la suerte de Google y su estrategia centrada en los data y la búsqueda estaba lista para su canto de cisne. Sin embargo, hubo voces escépticas, como la de Brian Leary, que en mayo de 2010 dejaba la puerta abierta a que el motor de búsqueda de Google podia devolverle a los libros, en esta reencarnación digital, el encanto del descubrimiento azaroso, de la serendipia.
Hoy, las primeras cifras de ventas y la opinión todavía caliente de una editorial parece confirmar que quienes no renegaron de Google Editions tenían un punto de razón.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Copiar, cortar y pegar
Quiero agradecer a Jose Afonso Furtado la pista que me llevó a este libro.
El próximo 15 de noviembre saldrá a la venta Tree of Codes, el último libro de Jonathan Safran Foer que es, en realidad, una lectura creativa de su libro favorito, Skeply Cynamonowe, de Bruno Schulz. Estos relatos se publicaron en inglés, en una colección que dirigía Philip Roth, bajo el título de The Street of Crocodiles. En castellano, el libro tuvo al menos dos títulos diferentes, según sus traductores lo vertieran del inglés o del francés. Así, la edición argentina, a cargo de Centro Editor de América latina, tiene por título La calle de los cocodrilos, mientras la que Seix Barral hizo en España en 1972 se titula, más cerca del original polaco, Las tiendas de color canela.
No hay peligro de duplicar traducciones ni títulos a cada lado del Atlántico con la obra de Safran Foer, sencillamente porque un palimpsesto al que le falta lo suprimido es intraducible. O no. Pero si hubiera algún valiente entre los editores hispánicos que la encargara, su resultado haría evidente que toda traducción es una obra nueva de principio a fin, sin necesidad de discusiones teóricas. No es esta la única noción cuestionada por Tree of Codes, que como todos los buenos títulos revela el programa mismo de la obra y de su autor.
Visual Editions cuenta, en su sitio, que el proyecto surgió de una serie de conversaciones con Safran Foer, en las cuales el escritor confesó su interés por experimentar con las técnicas de troquelado. Aunque al comienzo no tenía claro sobre qué original haría los cortes, terminó decidiéndose por ejercer la censura creativa sobre el libro de Schulz. Mientras él recortaba la historia, los editores ponían en marcha la producción, que no resultó fácil de llevar adelante. Prácticamente todas las imprentas rechazaron el trabajo, hasta que los belgas de Die Keure se entusiasmaron con la posibilidad de hacer un libro que exigía un troquel diferente para cada página.
Los desplazamientos de la escritura en el espacio, el cuestionamiento del libro como formato, el uso del troquel para la incisión incisiva no son una novedad. Empezaron con el Dadá, siguieron con los futuristas, y Oulipo las usó como juego y, al mismo tiempo, como restricción creativa. El ejemplo más famoso es el poemario (interactivo diríamos hoy) de Raymond Quenau, Cent mille milliards de poèmes:
Jonathan Safran Foer está lejos de formar parte de las vanguardias, que se acabaron con la Modernidad, y Tree of Codes aparece en un contexto de "muerte del libro". El título, nada inocente, se cuela en un momento en que muchos vendedores de pasta mecánica en forma de colecciones de bolsillo se llevan las manos a la cabeza y claman al cielo porque Internet amenaza el pilar de nuestra cultura, mientras un corifeo de gurus techno les hace el canto llano que anuncia la inminencia de esa muerte. Tree of Codes es una metáfora arquitectónica, muy posmoderna, de los códigos de la Red, y de los códigos que hacen a la Red, estampados y recortados sobre árboles muertos.
Al recortar y no reponer el texto original de Bruno Schulz, Safran Foer hace referencia a lo que todo estudiante practica para su tesina (y muchos académicos realizan con sus papers) gracias a la Wikipedia y a otras herramientas menos santas. Cuestiona la noción de autoría concebida como originalidad adámica. Hace de la escritura (y también del texto) pura performatividad. Y las ventanas que el troquel deja abiertas a palabras que aparecerán varias páginas más adelante y obligan al lector a una lectura activa e iterativa, de permantes elecciones entre ver, ignorar, incorporar, descartar para más adelante, borran de hecho las virtudes, tan elogiadas últimamente, de la lectura lineal "inmersiva". Por si esto fuera poco, Safran Foer ha ¿escrito? un libro cuyo único formato posible es el libro, aunque para ello le haya sido necesario descuartizarlo.
sábado, 16 de octubre de 2010
Cuando las máquinas no pueden leer bitácoras
Quien se haya adentrado en Google Books, especialmente en los libros del dominio público escaneados a partir de fondos de bibliotecas, habrá comprobado hasta qué punto el OCR sigue siendo un albur, aunque muchos estén dispuestos a correrlo. Las manchas de humedad, la oxidación irregular del papel, la tinta del sello del bibliotecario, que dejó su marca imprevista sobre la tipografía, las huellas dactilares de un lector que comía manzanas mientras leía, son datos con los que nosotros podemos reconstruir una historia que haga sentido, una historia marginal a la que cuenta el libro. De hecho, la disciplina de la Historia no es más que nuestra habilidad para desencriptar y dotar de sentido a las huellas dejadas por los hombres en la cultura material. Pero a las máquinas, todo esto las despista porque, como los niños pequeños, necesitan de la previsibilidad.
Una lectura de OCR puede arrojar un resultado 99 % fiable y puede, en otras circunstancias, regalarno un galimatías. Si esto es casi siempre así cuando los libros impresos que se le someten a la lectura son viejos, cuando se trata de digitalizar documentos manuscritos nos encontramos ante una verdadera imposibilidad.
En la Argentina estamos en las vísperas de un censo nacional de población y, por eso, me parece útil el siguiente ejemplo: un fragmento de una hoja del primer censo realizado en el país en 1869, cuando era presidente el escritor Domingo F. Sarmiento.
Estas columnas bien estructuradas, con el nombre de la familia en la primera, el nombre de pila en la segunda, las edades en la tercera, etc. tienen sentido para cualquier hombre, aunque le tome un poco de tiempo desentrañar las curvas de la caligrafía decimonónica. Un primer paso hacia la conservación de estos documentos de vital importancia es el escaneado. Pero el escáner solo nos devolverá una fotografía. Lo que interesa a las nuevas tecnologías de la memoria es transformar ésta y otras miles de hojas en datos que puedan ser sometidos a procesos que los combinen entre sí y arrojen, rápida y automáticamente, información que, a su vez, se transforme en la base de nuevos saberes, de nuevas hipótesis sobre nuestra historia. Un OCR, que es la herramienta automatizada con la que contamos para hacer esto, es incapaz 1) de ver estructura donde nosotros la vemos; 2) de leer todas las caligrafías singulares de los miles de censistas.
La simple conservación digital, la foto o el .pdf, no cumple ninguna función más que la de tranquilizar conciencias, pues no permite la transformación de un documento en datos. Es un primer paso que, de no darse los siguientes, será puro gasto sin reproducción.
De visita en el blog de Open Library, tropecé con una organización a la que no conocía: Zooniverse , cuyo objetivo es lo que hoy se da en llamar "la ciencia de los ciudadanos", que recurre a voluntarios o a redes de voluntarios para el procesamiento de datos en proyectos científicos concretos. Uno de ellos es la reconstrucción del tiempo meteorológico del planeta a partir de las bitácoras de los marinos de la Armada Real Británica que, como bien sabemos, surcó y dominó todos los mares. Las bitácoras se parecen a las hojas del censo en que están divididas en columnas, la última de las cuales es la más difícil de desentrañar para las máquinas: las observaciones del capitán. En Zooniverse han creado una app que facilita la colaboración ciudadana en la reconstrucción de este tesoro de información.
Aquí está el vídeo que muestra cómo funciona:
Old Weather - Weather and Events from The Zooniverse on Vimeo.
Y como soñar no cuesta nada, imagino el salto cuántico que significaría para los países de habla hispana --que tienen tantos hablantes como para enorgullecerse de ser la segunda lengua de Occidente y, al mismo tiempo, tan poca ciencia que les dé autonomía y peso económico-- que las bibliotecas nacionales abrazaran un proyecto semejante. No lo pienso solo desde la perspectiva de la conservación real de la memoria, ni desde la pura producción histórica, sino desde el efecto multiplicador de ciudadanía que tendrían estas redes de voluntarios detrás de un objetivo común.
Una lectura de OCR puede arrojar un resultado 99 % fiable y puede, en otras circunstancias, regalarno un galimatías. Si esto es casi siempre así cuando los libros impresos que se le someten a la lectura son viejos, cuando se trata de digitalizar documentos manuscritos nos encontramos ante una verdadera imposibilidad.
En la Argentina estamos en las vísperas de un censo nacional de población y, por eso, me parece útil el siguiente ejemplo: un fragmento de una hoja del primer censo realizado en el país en 1869, cuando era presidente el escritor Domingo F. Sarmiento.
Estas columnas bien estructuradas, con el nombre de la familia en la primera, el nombre de pila en la segunda, las edades en la tercera, etc. tienen sentido para cualquier hombre, aunque le tome un poco de tiempo desentrañar las curvas de la caligrafía decimonónica. Un primer paso hacia la conservación de estos documentos de vital importancia es el escaneado. Pero el escáner solo nos devolverá una fotografía. Lo que interesa a las nuevas tecnologías de la memoria es transformar ésta y otras miles de hojas en datos que puedan ser sometidos a procesos que los combinen entre sí y arrojen, rápida y automáticamente, información que, a su vez, se transforme en la base de nuevos saberes, de nuevas hipótesis sobre nuestra historia. Un OCR, que es la herramienta automatizada con la que contamos para hacer esto, es incapaz 1) de ver estructura donde nosotros la vemos; 2) de leer todas las caligrafías singulares de los miles de censistas.
La simple conservación digital, la foto o el .pdf, no cumple ninguna función más que la de tranquilizar conciencias, pues no permite la transformación de un documento en datos. Es un primer paso que, de no darse los siguientes, será puro gasto sin reproducción.
De visita en el blog de Open Library, tropecé con una organización a la que no conocía: Zooniverse , cuyo objetivo es lo que hoy se da en llamar "la ciencia de los ciudadanos", que recurre a voluntarios o a redes de voluntarios para el procesamiento de datos en proyectos científicos concretos. Uno de ellos es la reconstrucción del tiempo meteorológico del planeta a partir de las bitácoras de los marinos de la Armada Real Británica que, como bien sabemos, surcó y dominó todos los mares. Las bitácoras se parecen a las hojas del censo en que están divididas en columnas, la última de las cuales es la más difícil de desentrañar para las máquinas: las observaciones del capitán. En Zooniverse han creado una app que facilita la colaboración ciudadana en la reconstrucción de este tesoro de información.
Aquí está el vídeo que muestra cómo funciona:
Old Weather - Weather and Events from The Zooniverse on Vimeo.
Y como soñar no cuesta nada, imagino el salto cuántico que significaría para los países de habla hispana --que tienen tantos hablantes como para enorgullecerse de ser la segunda lengua de Occidente y, al mismo tiempo, tan poca ciencia que les dé autonomía y peso económico-- que las bibliotecas nacionales abrazaran un proyecto semejante. No lo pienso solo desde la perspectiva de la conservación real de la memoria, ni desde la pura producción histórica, sino desde el efecto multiplicador de ciudadanía que tendrían estas redes de voluntarios detrás de un objetivo común.
viernes, 1 de octubre de 2010
Las orejas del lobo
Una noticia aparecida en el periódico de actualidad económica Cinco días ha revolucionado los pasillos de la feria anual de sector, Liber, que este año se desarrolla en Barcelona y en cuyas dependencias los editores se encontraron sin servicio de wi-fi para sus portátiles. Amazon ultimaría durante el día de hoy la compra del 100 % de las acciones de BuyVip, la startup española de ecommerce, que opera también en otros países europeos como, por ejemplo, Polonia e Italia, donde la empresa de Jeff Bezos todavía no tiene presencia.
Es muy poco lo que sabemos hasta el momento, pero un analista reconocido del sector editorial me hizo una corrección esta mañana, con promesas de más información el día lunes: "No hables de Amazon en España, habla de Amazon en español. De un mercado de 450 millones de personas".
La buena noticia, en este caso, es que le hemos visto las orejas al lobo. Mientras el sector desarrollaba iniciativas tímidas como, por ejemplo, Libranda en España o en Argentina se posponían decisiones al perderle el miedo a esa plataforma fomentada por las tres grandes editoriales peninsulares (Random House-Mondadori, Planeta, Santillana), la vida continuaba con la obstinación que caracteriza a los vientos, a los terremotos, a la acuciante necesidad de futuro que la determina. Amazon asustará a muchos, aunque tal vez sean los libreros quienes más motivos tienen, y provocará movimientos en un mercado paralizado artificialmente en su evolución hacia nuevas formas de comercio, entre ellas, la del libro digital.
Lo que nadie tuvo en cuenta, de los jugadores locales con posibilidades de marcar una diferencia, es que un mercado de 450 millones de personas, todas hablantes de una sola lengua, solo es pequeño para quien no lo sabe servir.
¡Bienvenida Amazon! Ya habrá tiempo para las quejas. De momento, nos obliga a ponernos las pilas y a ejercitar el músculo. Sin descartar las neuronas ni el codo (de codicia).
Es muy poco lo que sabemos hasta el momento, pero un analista reconocido del sector editorial me hizo una corrección esta mañana, con promesas de más información el día lunes: "No hables de Amazon en España, habla de Amazon en español. De un mercado de 450 millones de personas".
La buena noticia, en este caso, es que le hemos visto las orejas al lobo. Mientras el sector desarrollaba iniciativas tímidas como, por ejemplo, Libranda en España o en Argentina se posponían decisiones al perderle el miedo a esa plataforma fomentada por las tres grandes editoriales peninsulares (Random House-Mondadori, Planeta, Santillana), la vida continuaba con la obstinación que caracteriza a los vientos, a los terremotos, a la acuciante necesidad de futuro que la determina. Amazon asustará a muchos, aunque tal vez sean los libreros quienes más motivos tienen, y provocará movimientos en un mercado paralizado artificialmente en su evolución hacia nuevas formas de comercio, entre ellas, la del libro digital.
Lo que nadie tuvo en cuenta, de los jugadores locales con posibilidades de marcar una diferencia, es que un mercado de 450 millones de personas, todas hablantes de una sola lengua, solo es pequeño para quien no lo sabe servir.
¡Bienvenida Amazon! Ya habrá tiempo para las quejas. De momento, nos obliga a ponernos las pilas y a ejercitar el músculo. Sin descartar las neuronas ni el codo (de codicia).
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Aforismos del bibliotecario que le dijo no a Google
Quien haya seguido las conferencias que se retransmiten en Twitter a golpe de teclado y tweets, las que no tienen streaming, ni imagen, ni voz, sino una serie de caracteres que se unen en cadenas de frases escritas a la carrera y vueltas a escribir y a articular por varios voluntarios presentes en el salón donde habla el orador, sabrá de qué hablo cuando digo que es como escuchar la música vocal de Palestrina con los ojos. Las variaciones de la palabra, los comentarios a los comentarios, la frecuencia de repetición por diferentes escribas de las mismas frases de la fuente crean cortinas de sentido, como una música efímera pero congelada.
El 21 de septiembre la experiencia hechicera tuvo por anfitrión a Firebrand y por máximo chamán a Peter Brantley, director de Internet Archive y una de las voces más críticas con respecto al megaproyecto de Google Editions. Brantley habló de lo que está ocurriendo con el mundo de la edición ahora que la palabra ha sido reivindicada por las redes, un hecho consumado por sorpresa, pero nunca escatimado. Un hecho que vino, al igual que el día bíblico, como un ladrón en la noche. Advirtió que su análisis se enmarcaría en una visión social y económica del fenómeno y lo comparó con lo ocurrido con las ciencias de la vida y la biotecnología. Su intervención, que leí y comenté en la pantalla negra de letras blancas de la aplicación TweetDeck, decantó en mí como una serie de aforismos de estos tiempos de cambios radicales y oportunidades extravagantes.
Los aforismos que siguen deben tomarse con pinzas, porque han tenido muchos escribas y han pasado por el filtro de mi subjetividad, que algunos identifican con la memoria. Y aun así, estas frases sueltas, pescadas al vuelo de la cronología twittera, son la descripción más realista y lúcida que pueda hacerse del sector editorial enfrentado al cambio de paradigma.
Aquí van:
- La disrupción que nos afecta tiene las proporciones de un asteroide venido del espacio exterior.
- No os preguntéis por lo que puede hacer un editor; preguntaos, mejor, qué es la edición ahora.
- Nadie te guiará a través de los tiempos de Armagideon (verso de un reggae de Willie Williams).
- En un mundo como éste se compite por la capacidad de hacer descubrir.
- El descubrimiento necesita de las coordenadas del contexto y el contexto lo definen los metadatos.
- La sobreabundancia de contenidos es precursora del desarrollo de la contextualización.
- Reconceptualizad al autor y habréis reconceptualizado al libro.
- Si no podemos pensar con mayor apertura seremos materia muerta.
- El impacto del asteroide es tan fuerte que nos llama a pensar de cero cómo se construyen los servicios y los productos.
- Google debe pensar Google Editions en el contexto de su propio hábitat, no en el nuestro. El hábitat de Google es Silicon Valley.
- Que florezcan las querellas judiciales es un signo de la ruptura de los ritos por medio de los cuales interactuaban las organizaciones tradicionales.
- Retener y ocultar los contenidos no es una solución. Las organizaciones de la sociedad civil encuentran y encontrarán la manera de llegar a ellos.
- Una vez más os digo: los ebooks no se venden, se licencian.
- Nadie te va a guiar a través de los tiempos de Armagideon.
- Para las editoriales, el capital no es la barrera que fue para otras industrias que se enfrentaron a cambios radicales como, por ejemplo, la del acero. Para las editoriales la barrera es que no sabemos qué producir.
- Debemos ver los libros como contenidos digitales y no simplemente como libros impresos expresados digitalmente.
- Está entrando mucho dinero en el negocio, pero no está entrando a los lugares donde solía hacerlo. Conflicto.
- Si os conformáis con transitar las avenidas trilladas corréis el riesgo de contaros entre las bajas que producirá el cambio.
- Los objetivos de Google se dirigen a Silicon Valley; no son competidores del mundo editorial.
- Hay un mundo de oportunidades en los intersticios.
- La edición "transmedia" y la edición y distribución en la Web son los sitios donde pueden surgir nuevos jugadores.
- Los editores necesitan pensar el modelo de nuevo en lugar de empeñarse en hacer entrar lo nuevo en los odres viejos de la edición tradicional.
- El intento de amoldarse alrededor de los agentes disruptivos como una hoja de plástico alrededor de un asteroide no es el billete que nos garantiza el viaje.
- La edición vive en estado de innovación radical, y eso no depende de nosotros.
- Los celadores de las puertas siguen junto a las puertas cuando los muros ya se han desmoronado.
- No es solo el cambio de tecnología; es que han entrado extraños a la casa.
- Los libros digitales se licencian como software y, por tanto, sus costes deben ser calculados como los del software.
- Ya no se pueden calcular las ganancias sobre la base de cantidad de lectores ni de vida del catálogo.
- La edición tiene el objetivo más alto de diseminar la información.
- Las viejas relaciones del sector están trastocadas a raíz de las nuevas controversias. Hay que reconfigurar las relaciones entre agentes, editores y autores.
- Porque los ebooks no son objetos físicos, los derechos territoriales, la disponibilidad y los precios se han transtornado en el mercado internacional.
- La gente paga por información, no por formatos.
- Nadie te guiará en los tiempos de Armagideon.
Como se estila en las conferencias, al fondo del escenario, una pantalla reflejaba las diapositivas de rigor. Lo que decía Peter Brantley era tan perturbador que nadie les prestó atención a los textos de los encabezamientos, hasta que alguien dijo: "¡Las diapositivas llevan citas de Crying of Lot 49!"
Y sí, era cierto. Yo no las vi, pero imaginé algunas de las frases de Thomas Pynchon proyectadas en la pantalla, frases de una novela en la que dos empresas postales, dos diseminadores de información, luchan a muerte. No copio aquí lo imaginado: que cada cual elija las citas que le corresponden.
(Actualización: Peter Brantley acaba de colgar las diapos en SlideShare).
El 21 de septiembre la experiencia hechicera tuvo por anfitrión a Firebrand y por máximo chamán a Peter Brantley, director de Internet Archive y una de las voces más críticas con respecto al megaproyecto de Google Editions. Brantley habló de lo que está ocurriendo con el mundo de la edición ahora que la palabra ha sido reivindicada por las redes, un hecho consumado por sorpresa, pero nunca escatimado. Un hecho que vino, al igual que el día bíblico, como un ladrón en la noche. Advirtió que su análisis se enmarcaría en una visión social y económica del fenómeno y lo comparó con lo ocurrido con las ciencias de la vida y la biotecnología. Su intervención, que leí y comenté en la pantalla negra de letras blancas de la aplicación TweetDeck, decantó en mí como una serie de aforismos de estos tiempos de cambios radicales y oportunidades extravagantes.
Los aforismos que siguen deben tomarse con pinzas, porque han tenido muchos escribas y han pasado por el filtro de mi subjetividad, que algunos identifican con la memoria. Y aun así, estas frases sueltas, pescadas al vuelo de la cronología twittera, son la descripción más realista y lúcida que pueda hacerse del sector editorial enfrentado al cambio de paradigma.
Aquí van:
- La disrupción que nos afecta tiene las proporciones de un asteroide venido del espacio exterior.
- No os preguntéis por lo que puede hacer un editor; preguntaos, mejor, qué es la edición ahora.
- Nadie te guiará a través de los tiempos de Armagideon (verso de un reggae de Willie Williams).
- En un mundo como éste se compite por la capacidad de hacer descubrir.
- El descubrimiento necesita de las coordenadas del contexto y el contexto lo definen los metadatos.
- La sobreabundancia de contenidos es precursora del desarrollo de la contextualización.
- Reconceptualizad al autor y habréis reconceptualizado al libro.
- Si no podemos pensar con mayor apertura seremos materia muerta.
- El impacto del asteroide es tan fuerte que nos llama a pensar de cero cómo se construyen los servicios y los productos.
- Google debe pensar Google Editions en el contexto de su propio hábitat, no en el nuestro. El hábitat de Google es Silicon Valley.
- Que florezcan las querellas judiciales es un signo de la ruptura de los ritos por medio de los cuales interactuaban las organizaciones tradicionales.
- Retener y ocultar los contenidos no es una solución. Las organizaciones de la sociedad civil encuentran y encontrarán la manera de llegar a ellos.
- Una vez más os digo: los ebooks no se venden, se licencian.
- Nadie te va a guiar a través de los tiempos de Armagideon.
- Para las editoriales, el capital no es la barrera que fue para otras industrias que se enfrentaron a cambios radicales como, por ejemplo, la del acero. Para las editoriales la barrera es que no sabemos qué producir.
- Debemos ver los libros como contenidos digitales y no simplemente como libros impresos expresados digitalmente.
- Está entrando mucho dinero en el negocio, pero no está entrando a los lugares donde solía hacerlo. Conflicto.
- Si os conformáis con transitar las avenidas trilladas corréis el riesgo de contaros entre las bajas que producirá el cambio.
- Los objetivos de Google se dirigen a Silicon Valley; no son competidores del mundo editorial.
- Hay un mundo de oportunidades en los intersticios.
- La edición "transmedia" y la edición y distribución en la Web son los sitios donde pueden surgir nuevos jugadores.
- Los editores necesitan pensar el modelo de nuevo en lugar de empeñarse en hacer entrar lo nuevo en los odres viejos de la edición tradicional.
- El intento de amoldarse alrededor de los agentes disruptivos como una hoja de plástico alrededor de un asteroide no es el billete que nos garantiza el viaje.
- La edición vive en estado de innovación radical, y eso no depende de nosotros.
- Los celadores de las puertas siguen junto a las puertas cuando los muros ya se han desmoronado.
- No es solo el cambio de tecnología; es que han entrado extraños a la casa.
- Los libros digitales se licencian como software y, por tanto, sus costes deben ser calculados como los del software.
- Ya no se pueden calcular las ganancias sobre la base de cantidad de lectores ni de vida del catálogo.
- La edición tiene el objetivo más alto de diseminar la información.
- Las viejas relaciones del sector están trastocadas a raíz de las nuevas controversias. Hay que reconfigurar las relaciones entre agentes, editores y autores.
- Porque los ebooks no son objetos físicos, los derechos territoriales, la disponibilidad y los precios se han transtornado en el mercado internacional.
- La gente paga por información, no por formatos.
- Nadie te guiará en los tiempos de Armagideon.
Como se estila en las conferencias, al fondo del escenario, una pantalla reflejaba las diapositivas de rigor. Lo que decía Peter Brantley era tan perturbador que nadie les prestó atención a los textos de los encabezamientos, hasta que alguien dijo: "¡Las diapositivas llevan citas de Crying of Lot 49!"
Y sí, era cierto. Yo no las vi, pero imaginé algunas de las frases de Thomas Pynchon proyectadas en la pantalla, frases de una novela en la que dos empresas postales, dos diseminadores de información, luchan a muerte. No copio aquí lo imaginado: que cada cual elija las citas que le corresponden.
(Actualización: Peter Brantley acaba de colgar las diapos en SlideShare).
viernes, 17 de septiembre de 2010
Más derechos del lector (digital)
Esta vez, según Mike Cane.
1. A una cubierta digna.
2. A un índice (con enlaces a los capítulos respectivos).
3. A una maquetación correcta.
4. A subrayar pasajes (y mantenerlos en la privacidad).
5. A marcar tantas páginas como se quiera.
6. A copiar pasajes.
7. A ilustraciones legibles (por medio de zoom o de enlaces).
8. A la corrección tipográfica previa (un ebook con más de 10 erratas debería ser reembolsable).
9. A una pantalla libre de reseñas de promoción.
Ningún ereader cumple con todos estos derechos. Muy pocos ebooks cumplen con otros. A medida que los libros digitales vayan ganando mercado, los editores tendrán que tomárselos en serio o aceptar que por un archivo descargable mal configurado y sin cuidado editorial no habrá nadie dispuesto a pagar.
1. A una cubierta digna.
2. A un índice (con enlaces a los capítulos respectivos).
3. A una maquetación correcta.
4. A subrayar pasajes (y mantenerlos en la privacidad).
5. A marcar tantas páginas como se quiera.
6. A copiar pasajes.
7. A ilustraciones legibles (por medio de zoom o de enlaces).
8. A la corrección tipográfica previa (un ebook con más de 10 erratas debería ser reembolsable).
9. A una pantalla libre de reseñas de promoción.
Ningún ereader cumple con todos estos derechos. Muy pocos ebooks cumplen con otros. A medida que los libros digitales vayan ganando mercado, los editores tendrán que tomárselos en serio o aceptar que por un archivo descargable mal configurado y sin cuidado editorial no habrá nadie dispuesto a pagar.
Declaración de los derechos del lector
Digital, se entiende, porque el resto de los lectores tiene los derechos que como ciudadano ha ido logrando a lo largo de las batallas de los siglos. Si algo prueba que los ebooks no son el equivalente de los libros de papel puestos en bitios es la necesidad de afirmar nuevos derechos para sus lectores. Javier Celaya ha sido pionero en el tema. Lo que hoy merece un post es que esta nueva declaración de derechos viene de una de las plataformas en liza por el control del mercado de ereaders. Kobo no tiene el diseño más atractivo, me atrevería a decir que raya en la fealdad. Tampoco tiene las funciones avanzadas de marcación y notas que se disfrutan con un Kindle. Y, por supuesto, no se puede ver televisión en su pantalla, como sí es posible hacerlo en el iPad o en las tabletas Android. Sin embargo, Kobo ha pensado en los lectores.
No es de hoy que Kobo, a pesar de ser un dispositivo de lectura, proclama su agnoticismo en materia de dispositivos, muy cercano al de Google, que en pocas semanas se apresta al lanzamiento de Google Editions. Este ereader elemental pero suficiente, si lo único que uno pretende hacer con él es dedicarse a la lectura, ha ganado hoy varios puntos en la consideración de muchos con la publicación de una declaración de derechos del lector que, entre otras cosas, deja claro qué es un DRM.
1. Derecho a bajar los libros al dispositivo.
Pregúntese qué sucedería con su biblioteca si la empresa a la que le compra sus libros resulta alcanzada por un meteorito. ¿Puede guardar copias de sus libros? ¿Puede hacer un back-up de su biblioteca? ¿Puede seguir leyéndolos si la empresa proveedora cambia de dirección, de formatos o de dispositivos? ¿Los puede arrastrar al Dropbox o colocarlos en una lugar seguro y secreto?
(Kobo asegura que todo esto se puede hacer con sus ebooks).
2. Derecho a subir libros en el dispositivo.
¿Puede añadir sus propios documentos, epubs, pdfs y de todo un poco a su biblioteca de libros comprados? Su biblioteca digital no debería limitarse a los títulos comprados a un solo proveedor. Es tan absurdo como amueblar la casa con una estantería para los libros comprados en el aeropuerto, otra para los comprados en las librerías independientes; es tan estrambótico como encadenar un libro a una estantería o solo estar autorizado a leerlo en una habitación en particular. Usted debe tener derecho a agregar contenidos no encriptados, libres de DRM a su biblioteca. Sería todavía mejor si pudiera agregar a su biblioteca libros encriptados con el DRM de cualquier proveedor.
(Kobo asegura estar trabajando en ello, aunque de momento es el más permisivo de los ereaders. Hay que tener en cuenta que con un Kindle no se puede acceder al material que prestan las bibliotecas públicas, por ejemplo).
3. Derecho a conservar su biblioteca
Si el dispositivo en el que guarda sus libros resultara dañado por el fuego, mordido y masticado por su perro (o cualquier otro accidente que lo inutilizara), ¿puede recobrar los ebooks por los que ya ha pagado? ¿O tendrá que comprarlos nuevamente? La biblioteca debe estar a su alcance de manera inmediata.
(Kobo asegura que aunque a uno se le caiga el dispositivo al fondo de un lago, los ebooks reaparecen como por arte de magia en otro. Esto de la magia no me gustó, porque es pura tecnología que deberían explicar).
4. Derecho a la libertad de movimiento.
Si aparece un dispositivo nuevo, mejor, más liviano, más colorido, más elegante, ¿puede transportar toda su biblioteca allí? ¿O si guardaba su biblioteca en un dispositivo que le dieron en el trabajo y luego debe devolverlo?
(El lema de Kobo es "Ningún libro abandonado", que se hace eco de la campaña "Ningún niño abandonado". Y agrega: salte del iPhone a la Blackberry, del Sony ereader al Nook o al Kobo, de la tableta Android al iPad o a la netbook de saldo que compró en una feria americana).
5. DRM solo cuando es necesario, pero no innecesarios DRM.
Si el DRM es obligatorio, usarlo. Pero no encriptar con DRM todo por ser incapaces de pensar en algo mejor.
(Cuando el editor nos pide DRM, lo ponemos. Pero algunas ocasiones felices, nos dicen: "Deja mis libros libres. Sin DRM. Déjalo ir". Y entonces no lo encriptamos)
Kobo pide que a este primer borrador de los derechos del lector digital, los mismos lectores añadan lo que es de su cosecha, de manera de crear conciencia acerca de estos nuevos objetos que han entrado en nuestra vida.
Y hace una serie de afirmaciones y preguntas que algunos juzgarán impertinentes:
¿Saben los lectores digitales que el lugar donde compran sus libros importa más de lo que creen? ¿Saben cuál es el DRM usado por su proveedor? ¿Saben los lectores cuáles son sus derechos y qué piensa su proveedor acerca de ellos? ¿Comparte esa visión de sus derechos con el proveedor? Y sí, reconoce que el DRM de Adobe es muy poco amigable, además de un formato propietario, pero que a pesar de todas sus desventajas es lo mejor porque es compatible con muchos dispositivos. Y lo más importante: nos recuerda que, una vez bajado de Internet, uno puede poner el libro donde quiera.
Kobo no es elegante, pero tiene algunas ideas buenas.
No es de hoy que Kobo, a pesar de ser un dispositivo de lectura, proclama su agnoticismo en materia de dispositivos, muy cercano al de Google, que en pocas semanas se apresta al lanzamiento de Google Editions. Este ereader elemental pero suficiente, si lo único que uno pretende hacer con él es dedicarse a la lectura, ha ganado hoy varios puntos en la consideración de muchos con la publicación de una declaración de derechos del lector que, entre otras cosas, deja claro qué es un DRM.
1. Derecho a bajar los libros al dispositivo.
Pregúntese qué sucedería con su biblioteca si la empresa a la que le compra sus libros resulta alcanzada por un meteorito. ¿Puede guardar copias de sus libros? ¿Puede hacer un back-up de su biblioteca? ¿Puede seguir leyéndolos si la empresa proveedora cambia de dirección, de formatos o de dispositivos? ¿Los puede arrastrar al Dropbox o colocarlos en una lugar seguro y secreto?
(Kobo asegura que todo esto se puede hacer con sus ebooks).
2. Derecho a subir libros en el dispositivo.
¿Puede añadir sus propios documentos, epubs, pdfs y de todo un poco a su biblioteca de libros comprados? Su biblioteca digital no debería limitarse a los títulos comprados a un solo proveedor. Es tan absurdo como amueblar la casa con una estantería para los libros comprados en el aeropuerto, otra para los comprados en las librerías independientes; es tan estrambótico como encadenar un libro a una estantería o solo estar autorizado a leerlo en una habitación en particular. Usted debe tener derecho a agregar contenidos no encriptados, libres de DRM a su biblioteca. Sería todavía mejor si pudiera agregar a su biblioteca libros encriptados con el DRM de cualquier proveedor.
(Kobo asegura estar trabajando en ello, aunque de momento es el más permisivo de los ereaders. Hay que tener en cuenta que con un Kindle no se puede acceder al material que prestan las bibliotecas públicas, por ejemplo).
3. Derecho a conservar su biblioteca
Si el dispositivo en el que guarda sus libros resultara dañado por el fuego, mordido y masticado por su perro (o cualquier otro accidente que lo inutilizara), ¿puede recobrar los ebooks por los que ya ha pagado? ¿O tendrá que comprarlos nuevamente? La biblioteca debe estar a su alcance de manera inmediata.
(Kobo asegura que aunque a uno se le caiga el dispositivo al fondo de un lago, los ebooks reaparecen como por arte de magia en otro. Esto de la magia no me gustó, porque es pura tecnología que deberían explicar).
4. Derecho a la libertad de movimiento.
Si aparece un dispositivo nuevo, mejor, más liviano, más colorido, más elegante, ¿puede transportar toda su biblioteca allí? ¿O si guardaba su biblioteca en un dispositivo que le dieron en el trabajo y luego debe devolverlo?
(El lema de Kobo es "Ningún libro abandonado", que se hace eco de la campaña "Ningún niño abandonado". Y agrega: salte del iPhone a la Blackberry, del Sony ereader al Nook o al Kobo, de la tableta Android al iPad o a la netbook de saldo que compró en una feria americana).
5. DRM solo cuando es necesario, pero no innecesarios DRM.
Si el DRM es obligatorio, usarlo. Pero no encriptar con DRM todo por ser incapaces de pensar en algo mejor.
(Cuando el editor nos pide DRM, lo ponemos. Pero algunas ocasiones felices, nos dicen: "Deja mis libros libres. Sin DRM. Déjalo ir". Y entonces no lo encriptamos)
Kobo pide que a este primer borrador de los derechos del lector digital, los mismos lectores añadan lo que es de su cosecha, de manera de crear conciencia acerca de estos nuevos objetos que han entrado en nuestra vida.
Y hace una serie de afirmaciones y preguntas que algunos juzgarán impertinentes:
¿Saben los lectores digitales que el lugar donde compran sus libros importa más de lo que creen? ¿Saben cuál es el DRM usado por su proveedor? ¿Saben los lectores cuáles son sus derechos y qué piensa su proveedor acerca de ellos? ¿Comparte esa visión de sus derechos con el proveedor? Y sí, reconoce que el DRM de Adobe es muy poco amigable, además de un formato propietario, pero que a pesar de todas sus desventajas es lo mejor porque es compatible con muchos dispositivos. Y lo más importante: nos recuerda que, una vez bajado de Internet, uno puede poner el libro donde quiera.
Kobo no es elegante, pero tiene algunas ideas buenas.
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