sábado, 28 de diciembre de 2013

Resaca ebook. Un cuento de Navidad

Niña en esquíes. Carl Larsson.


Este es mi primer post de 2013. Antes, no tuve nada que decir. El panorama de la edición digital y el de los ebooks parece haber llegado a un statu quo, tanto en nuestros suburbios hispanohablantes como en el centro de la movida, que es Nueva York. Fintas de una batalla por venir.

Y aun así, pasan cosas. Nos pasan cosas con los ebooks y con los ecosistemas por los que accedemos a ellos. Este post pertenece al territorio de la anécdota personal. En el centro hay un libro y un autor a los que asocio con la pérdida. Blood Meridian, el libro en su primera edición por Random House, lo perdí a manos de una traductora australiana a quien convertí a la religión de Corman McCarthy con el préstamo. Al autor lo perdí a manos de Seix Barral, con oferta aceptada por la subagente que no se había enterado de que RH ya no representaba al autor para las traducciones. La edición en rústica de Vintage la dejé en Buenos Aires cuando me trasladé por un año a Barcelona.

Y la edición en ebook ¡desapareció de la aplicación Kindle para Android el 24 de diciembre! Junto con todos los libros cuya custodia los editores me habían cedido a cambio de una transacción monetaria.

El lunes 23 de diciembre, a las tres y media de la tarde, mientras esperaba a Blanca Rosa Roca en su despacho, cometí una imprudencia. Blanca Rosa participaba de un almuerzo prolongado y decidí aprovechar el tiempo navegando la tienda de Amazon España, donde nunca me había dado de alta como cliente, porque compro en amazon.com, sitio autorizado para todos los hispanoamericanos que no vivan en México.

Cuando por motivos profesionales me adentro en las entretelas de la tienda Kindle España, siempre navego de incógnito. Un engaño, sí. En busca de un beneficio, también. Amazon.com conoce mi historia lectora al dedillo, tiene lo que busco y hasta lo adivina. Hay otro beneficio, ah, tacaña: los ebooks son más baratos en amazon.com. Además, está ese otro vicio de la pereza: ¿para qué "migrar" la cuenta si uno no sabe dónde estará dentro de pocos meses?

La imprudencia: esa tarde, entré a la tienda Kindle España desde mi tableta Galaxy Note, en la cual he autorizado a Google a rastrearme geográficamente. 

Durante 45 minutos, mientras esperaba a Blanca Rosa, me di una vuelta en profundidad por casi todas las categorías de Amazon España. Objetivo: completar una gran hoja de Excel que está a punto de acabar con mi cordura para establecer una comparativa entre la granularidad de las categorías y subcategorías por género a disposición de los editores y los lectores americanos y las disponibles en España. 

[Así es como uno se da cuenta de que un editor como, por ejemplo, Edhasa, tiene muy pocas oportunidades de comunicar a sus lectores los gruesos matices que diferencian una novela de Mary Renault de otra de Patrick O'Brian en la tienda Kindle España. Por no hablar de su imposibilidad de diferenciar a cualquiera de ellos de, digamos, Julia Navarro. Porque la categoría de novela histórica, en Kindle España es eso y punto, o peor: "ficción histórica", que admite cualquier género en el subgénero.

Si es cierto que las subcategorías de las tiendas que venden libros y ebooks online reflejan los intereses de los lectores, magros andamos de intereses en español. ¿Es así? ¿Le sobran a un lector castellanohablante las nueve subcategorías en las que el lector americano de novela histórica puede hurgar? ¿Desde la novela que trata de la Antigüedad hasta la que cuenta asuntos del siglo XX? 

No. Algo falta, que no sobra. Y lo que falta son títulos. Una cantidad lo bastante grande de títulos variados de novela histórica que haga rentable la granularidad para Amazon España. Pero esto es materia para otro post, que tal vez no escriba.]

Absorta iba en estas y otras reflexiones sobre la visibilidad de los ebooks en nuestro mercado que, aun con el ordenador a mi disposición unas horas más tarde, seguí dándole a la tableta, navegando por la tienda Kindle España a toda velocidad, regresando a calles ya transitadas, probando, equivocándome, volviendo sobre títulos, categorías y subcategorías (cuando las hay), tomando notas. Y descubierta en mi ubicación geográfica por Google.

Después me fui de viaje, porque estamos en Navidad. 

Había dejado mi enésima lectura de Blood Meridian a menos de la mitad. Fue la mejor compañía en un vuelo insomne a Guadalajara, por todo lo que tiene de advertencia a aquellos que quieran internarse en México sin conocerlo. Las vacaciones de Navidad eran una excelente oportunidad para retomarla. 

Y cuando abrí la aplicación Kindle en la Galaxy Note, en lugar de mi biblioteca me encontré con un tiovivo en el cual la primera portada era la de No es lo que parece, thriller periodístico de José Sanclemente, marido de Blanca Rosa Roca. Un libro que tengo en su edición impresa y que no pertenece a ninguna de mis historias de compra ni de búsqueda en ninguna de las tiendas de ebooks que frecuento. 

Consulté el calendario. No era 28 de diciembre.

Junto a José Sanclemente, el tiovivo me proponía a Julia Navarro, En un rincón del alma, La isla de las mariposas, Los vigilantes del faro y Cincuenta sombras de Grey. Todos estos últimos, ebooks que uno encuentra en la página de inicio de Kindle España porque forman parte de una u otra promoción. Pero, ¿y José Sanclemente?

Y una invitación que decía "empezar a leer" en un rectángulo amarillo.

Traté de entrar en la aplicación usando mi contraseña de amazon.com. Tres veces no la reconoció. Tres veces la cambié en la tienda de Amazon España, que era a donde me dirigía la aplicación, sin resultado.  Desinstalé Kindle. Volví a instalar Kindle. Allí seguían Julia Navarro y todos los demás. Era el 24 y me esperaba la cena de Nochebuena. Cerré la aplicación y dejé mi perplejidad para otro momento.

Probé otra vez antes de dormir, con iguales resultados. Déjalo para mañana, cuando estés fresca, me dije. Pero como quería algo para leer, abrí la aplicación de lectura de 24 Symbols y descargué El juego de Ender para su lectura offline. 

Estaba distraída. El affaire Kindle era demasiado grueso. No lograba concentrarme. Cerré 24 Symbols y volví a abrir Kindle. Del tiovivo había desaparecido José Sanclemente, seguía Julia Navarro, pero ahora el libro central recomendado era ¡El juego de Ender!

La cabeza me daba vueltas, mucho más de prisa que un tiovivo. Desinstalé la aplicación, pero esta vez como quien toca arañas venenosas. Volví a instalarla para encontrarme nuevamente con El juego de Ender y la invitación de empezar a leer. Mandé varios tuits. Pensé en la serie Utopia, de Channel 4, cuya segunda temporada no seguiré. Apagué la tableta.

No volví sobre el tema hasta el 26 a medianoche, cuando me puse en contacto con servicio al consumidor de amazon.com. Fueron amables, pero nadie me dio ninguna explicación. Ni creo que la tuvieran. El 27, mi biblioteca era accesible nuevamente. Fue entonces cuando servicio al cliente de Kindle España me contactó a través de Twitter.


También fueron amables, y tampoco nadie me dio ninguna explicación. Ni creo que la tuvieran.

He recuperado los ebooks; mi cuenta ha "migrado" (ella solita) a Amazon España; no he retomado la lectura de Blood Meridian; la sensación general es de desagrado, como en una mala resaca.

Me pregunto si a esta promiscuidad por debajo de la piel, a esta vida privada de las aplicaciones que se hurta a nuestros ojos, alguien se atreve a llamarla "márketing". Tal vez sería más sencillo tener más categorías y subcategorías, dedicarse a etiquetar las cosas y no a las personas, dotar a los ebooks de visibilidad y dejarse de jugar al aprendiz de brujo y al tracking insidioso.

Lo de El juego de Ender creo entenderlo. No me gusta lo que entiendo, aunque tanta preocupación por 24 Symbols también puede indicar que les temen o al menos les tienen en cuenta. Y esto sería un privilegio, si bien dudoso. Falta entender lo de José Sanclemente. El único punto de contacto digital con el autor es mi lista de contactos de gmail. Pero la conclusión me resultaría demasiado aterradora para seguir devanándome los sesos.

De más está decirles que ahora estoy leyendo a Dorothy L. Sayers. Para más señas, el célebre misterio The Nine Taylors. Por eso de que uno siempre aprende y hay mucha matemática y algoritmo escalofriante en el centro de la trama.

Y por eso de hacer sonar las campanas.

En cuanto esté de vuelta en Barcelona, pasaré varias horas en La Central de la calle Mallorca. Entre libros. De esos de los de antes. ¿Os acordáis?



















3 comentarios:

Doris Golder dijo...

Sí. Es terrible lo del rastreo insaciable e irregulado en el que vivimos. Pero a medida que uno saca consecuencias es siempre peor, mucho peor de lo que un "piensa mal y acertarás" puede decirte. Siempre he tenido miedo a dónde nos llevan las redes sociales en el tema de la intimidad y jamás me dejo localizar por Google ni por otros, pero me temo que eso es siempre insuficiente. Solo de pensar en los dígitos que tengo que introducir para validar este comentario (aunque la mayoría no lo sepa, la fotografía con los números de portal que introducimos es un trabajo que hacemos gratis para su reconocimiento en Google Maps, ya que las máquinas no pueden reconocerlos) me dan escalofríos. Es terrible, pero lo peor es nuestra contribución ciega y que no hacemos nada para evitarlo.

Anónimo dijo...

Una columna por una parte paranoica, por otra exagerada y, además, artificialmente contraria al libro digital. En una palabra: histérica.

Julieta Lionetti dijo...

"I refuse to believe we shouldn't have the same basic rights and freedoms we enjoy offline when we are online", dice Mozilla en su campaña por el derecho a la privacidad online.