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viernes, 21 de octubre de 2011

De las bibliotecas (públicas, privadas y ausentes)





Este blog nunca se planteó seguir de cerca las noticias del mundo editorial y su irreversible cambio de paradigma. La intención siempre fue que me sirviera como un sitio donde compartir reflexiones sobre ese cambio, que afecta muchas otras facetas de nuestro transitar en el mundo. Por eso, las nuevas entradas se han presentado cada vez que tenía algo que decir y nunca han tenido una periodicidad asible. Mi registro blogger es más el de una conversación que el de un servicio.

Sin embargo, una ausencia de más de dos meses hasta a mí me desconcierta.

Por razones que no vienen al caso, pero que implican el espacio (dimensión que estamos perdiendo en medio de una algarabía algo insensata), he debido catalogar toda mi biblioteca personal. La de papel impreso, sí, la espacial, esa en la que la palabra comparte un sitio con la arquitectura. No conté con ayuda y fue un trabajo arduo. En especial porque debía deshacerme de dos tercios de los libros que me han acompañado por los años y por los continentes, y la catalogación iba a la par de una selección rigurosa. Hoy, terminado el trabajo y bien guardados esos más de dos mil volumenes en cajas etiquetadas que descansan en el depósito de un anticuario amigo, reconstruir o rememorar ciertos períodos de mi historia intelectual se reduce a un ejercicio de imaginación frente a las hojas de Excel en las que han quedado metadateados. Sé en qué caja descansa cada uno, el año en que lo leí, qué significó en mi desarrollo, a qué otros títulos está vinculado (en mi orden caprichoso de lecturas) y algunas cosas más. En cambio, no sé cuando volveré a verlos, ni a repasar las profusas anotaciones en los márgenes, que se fueron haciendo más parcas a medida que me internaba en la edad adulta.

Lo que ha quedado a la vista es el hueso. En algunos casos, he consevado en los anaqueles más de una edición del mismo título, cuando cada una de esas ediciones aportó algo diferente a la experiencia de lectura. Cada noche me llevo uno o dos a la cama. Los hojeo, los releo fragmentariamente, sobre todo, a partir de las notas al margen.

A Mimesis, de Eric Auerbach, le tocó el turno estos días. Y volví a emocionarme con la página final y el certero subrayado. Quiero compartirlo aquí, pero deberán conformarse con una torpe traducción de mi mano, porque la edición de Fondo de Cultura, en la que se encontraron dos exiliados --Auerbach, el autor, y Eugenio Ímaz, el traductor-- la perdí hace mucho tiempo en uno de mis traslados intercontinentales.


[...] las dificultades fueron enormes. En esas circunstancias, tenía que tratar con textos que abarcaban más de tres mil años y, a menudo, me veía obligado a traspasar los confines de mi especialidad, las literaturas romances. Mencionaré también que escribí el libro durante la guerra y en Istambul, donde las bibliotecas no están bien equipadas para los estudios europeos. Las comunicaciones internacionales estaban obstaculizadas; tuve que prescindir de casi todas las revistas, donde se publicaban las investigaciones más recientes y, en algunos casos, de las ediciones críticas más autorizadas de los textos. Por lo tanto, es posible e incluso probable que haya pasado por alto asuntos que habría debido considerar y que, ocasionalmente, afirme algo que la investigación moderna desaprueba o ha modificado. Confío en que estos errores probables no incluyan ninguno que afecte el núcleo  de mis argumentos. La falta de estudios técnicos y de revistas también puede explicar por qué mi libro no tiene notas. Aparte de los textos, mis citas son escasas y, por su escasez, fáciles de incluir dentro del cuerpo del texto. Por otra parte, es muy posible que el libro deba su existencia justamente a esta falta de una copiosa biblioteca especializada. De haberme sido posible la familiaridad con todas las obras que se han realizado sobre tan diversas materias, quizá nunca habría alcanzado el punto de la escritura.
Las negritas corresponden a lo que subrayé hace ya 20 años en el libro de papel.

En el duelo por esa parte de mi biblioteca que, de momento, no está a mi alcance, estas palabras finales de Auerbach me reconfortan.

 Sirven también como punto de partida de una reflexión sobre la necesidad (o la no necesidad) de bibliotecas universales que abarquen todo el saber humano y que no están pensadas para nuestros ojos.

Y como inspiración programática para quienes quieran escribir un libro cuando nos quedemos sin electricidad o sin acceso, que será una de las formas de la guerra posthumana. 

Prometo, a partir de ahora, visitar con más frecuencia el blog. Espero que sigan acompañándome con su siempre bienvenida lectura.

domingo, 2 de enero de 2011

Lo que Abraham me contó de las tabletas

La cultura portátil de Ur en sus tabletas de piedra.



Deja que los usos de Sumeria,
que han sido destruidos,
te sean restituidos.
Lamento de Ur, siglo XX AEC.

En el año 5 del reinado de Hammurabi, Teraj, hijo de Najor y padre de Abraham, escultor de profesión, abandonó su tierra natal en Ur de los caldeos con destino, tal vez, a Canaan, a donde nunca llegó. Hizo escala en Jarán, ciudad hermana de Ur, que acababa de lograr un estatuto de autonomía con respecto a la ahora poderosa Babilonia, de cuyo dominio Ur no había escapado. En el año 5 del reinado de Hammurabi, habían pasado más de mil años desde la invención del arte de la escritura silábica por los sumerios y esa arte había producido inmensos archivos de tabletas de arcilla y la consecuente construcción de bibliotecas donde guardarlos. Cuando Teraj dejó Ur y su taller cercano al zigurat de la ciudad, la devastadora transferencia de esos archivos a la triunfante Babilonia era casi completa.

Dicen las historias que Teraj prolongó su escala en Jarán con el propósito de cruzar a las burras de su caravana, porque los asnos de Ur, primer sitio donde se domesticaron, eran como el oro y el comercio de esas crías acrecentaría el patrimonio con el cual instalarse en otro sitio. Pero nosotros queremos saber qué acarreaban los asnos de Teraj en las alforjas. Quien se queda sin ciudad, se convierte en portador de su propia cultura (y tal vez sea este uno de los motivos por los cuales aun hoy vemos con recelo a los migrantes). El Libro, compuesto otro milenio más tarde en la corte del rey Salomón, no dice nada al respecto y habrá que llegar a la historia de Raquel para que escrituras y arqueología se unan en la creación de sentido.

ABRAHAM, EL ESCRIBA 
El cuento de un Abraham que destruye los ídolos de su padre en Ur no figura en el Libro. Es una leyenda tardía, casi un titular de periodismo amarillo, amasada para convencernos de que Abraham renegó de la religión de su padre. 

Cuando Abraham se educaba en Ur, como heredero de una familia principal que proveía de esculturas al gran teatro cósmico que tenía lugar en el templo de esa montaña tecnológica que era el zigurat, la suya era una civilización en vías de extinción. Solo los escribas, como Abraham, conocían el sumerio, pero la lengua de cada día era ya el acadio. Esa civilización había dado la escritura, la rueda, el arado, el velero, la bóveda, la cúpula, el teatro, el arte tal y como lo hemos entendido hasta hace nada y decenas de otras innovaciones imprevistas y repentinas. De todas ellas, la escritura ocupaba el lugar de una obsesión. Quienes en tiempos modernos excavaron Mari, Ur y otras ciudades de la antigua Sumeria, descubrieron que no hay superficie que no lleve una inscripción, ni construcción en cuyo basamento no haya una tableta con la copia del plano del edificio, por modesto que sea. En las tabletas de Ur también hemos encontrado los primeros "libros" de cocina, el primer almanaque agrario y la primera farmacopea.


Abraham, que aún no se había ganado la hache de la presencia divina, iba para escriba, complemento perfecto del oficio del padre, porque las estatuas de los dioses, y las votivas de los ciudadanos, también estaban marcadas por la escritura y se acompañaban de poemas y dedicatorias. En la escuela de escribas de la montaña tecnológica llamada zigurat, al lado de la biblioteca del templo, Abraham debía aprender los secretos de la escritura, pero también los de la fabricación de tabletas. Con ese fin, su maestro guardaba muestras de cada tipo, expuestas en el patio donde dictaba las clases. La tableta redonda de arcilla de superficie áspera, con vestigios de briznas de paja, arenilla y chinas diminutas, era la de los aprendices. Había otra tableta, rectangular, cuya arcilla era tan fina y pulida que resplandecía más que un iPad. Y otra de bronce, apenas más grande que el pulgar del maestro, casi como una Archos Android de 2.8 pulgadas. Y tabletas de oro y de plata del tamaño de un iPod Touch. Y también había una tabla de escribir de madera y otra de marfil, con bisagras, como una MacBook Air. Y la más rara de todas, llamada tableta de la vida, cuya superficie era de cera de panal. ¿Como el Android Honeycomb que corre en un prototipo de tableta con el que se dejó ver Andy Rubin poco antes de Navidad?


No es que desconocieran el papiro ni el pergamino, que también los usaban, pero estas superficies no se adaptaban tan bien a las sutilezas propias de la inscripción cuneiforme.

El maestro también tenía una enorme colección de tabletas con textos. Muchas de ellas estaban indexadas en los bordes y guardadas en canastos con etiquetas de arcilla que señalaban sus contenidos. Además de aprender a fabricar tabletas, Abraham fue instruido en metadatos, porque era obligatorio que cada obra copiada llevara un colofón con el título, la primera línea de texto, el nombre del mecenas o del cliente que la había encargado, el autor, el escriba y el traductor, si lo hubiese, y la fecha y procedencia del original. El colofón también hacía las veces de ex libris, porque allí figuraba también el nombre del dueño de la tableta. Estas tabletas copiadas eran de uso privado, porque los originales se guardaban en las bibliotecas públicas del palacio y del templo.
 
La colección del maestro abarcaba todos los saberes necesarios al futuro escriba: poesía y botánica, matemáticas y religión, música y astronomía, historia y medicina, estadísticas de cosechas y contratos privados entre comerciantes. Y de los muchos textos que Abraham copiaba para convertirse en el escriba que ayudaría a su padre en la confección de las estatuas parlantes, también habrá copiado este fragmento, que define el uso de las tecnologías de la memoria y el sentido trascendente de la escritura para todos los descendientes de Ur:
De los hombres, de todos los que hayan recibido un nombre, desde antiguo se han creado las estatuas funerarias, y todas se han emplazado en criptas en los templos de los dioses: ¡nunca se olvidará cómo se pronunciaron sus nombres!
EN LAS ALFORJAS
Completada su formación y en vísperas a tomar por esposa a su prima Sarah, Abraham tuvo un sueño. Esto tampoco se cuenta en el Libro, pero sucedió, porque en Ur nadie podía fundar una familia antes de haber tenido el sueño. Reconocer este sueño, saberlo distinto de otros, era la señal de madurez, porque de él se volvía con una noción vaga que debía transformarse en determinación y conocimiento. De allí se volvía con un dios, no con uno de los que estaban en el templo, sino con un dios personal, al que también se le daba un nombre y del cual se creaba una estatua manual, portátil, que presidiría el panteón familiar. Teraj había tenido este sueño, y antes de Teraj, Najor, y así hasta el fin de la memoria. El dios con el que soñó Abraham habrá sido alguna versión particular de Nabu, el dios de los escribas que había desplazado a Nisaba, la diosa de la escritura.

Y cuando Hammurabi cerró los talleres de los escultores de Ur, y cuando incendió sus bibliotecas, y cuando Teraj rechazó trasladarse a Babilonia a hacer dioses en gran escala y partió hacia Jarán porque todavía conservaba la autonomía y la tradición sumeria, se llevó consigo las herramientas y utensilios de su arte y los nombres, porque no se es hombre sin nombres. Los nombres grabados en las estatuas de los dioses familiares y en las tabletas producidas por su hijo Abraham. 

Las alforjas de los asnos de Teraj iban cargadas de una Ur portátil.

Y cuando Abraham dejó atrás a Teraj y siguió camino de Canaán, llevaba, junto a Sarah, su porción de Ur. Y cuando en la encina de Moré se le apareció un dios creador al que nunca antes había visto, Abraham le dio un nombre, como el que se le da al dios personal, que llevaba en la alforja, y entabló con él un largo diálogo cara a cara, como los diálogos del teatro cósmico de Ur, y le mostró a ese dios trashumano el camino para entrar en la mortalidad de sus criaturas, y restauró lo viejo forjando lo nuevo.

Y aunque nada de todo esto figura en el Libro, sabemos que fue así, porque así eran los usos de Sumeria con los que, dos generaciones más tarde, cumpliría Raquel en Jarán, al abandonar a su padre Labán para seguir a Jacob a la tierra prometida, después de robar los dioses familiares. Y esto sí está en el Libro que se compuso en los salones del rey Salomón, aunque las alforjas de los asnos fueran ahora albardas de camello.


UNA CULTURA PORTÁTIL
Solo en el desierto, Abraham tuvo que desarrollar el don de la ubicuidad como lugar de pertenencia y a ello lo ayudaron las palabras, fijadas pero móviles. De las tabletas con la épica de Gilgamesh nació el relato bíblico del diluvio y la historia de Noé; del código de Hammurabi, que transportaba en las alforjas de sus asnos, los mandamientos bíblicos, más tarde refinados por la tradición mosaica que, a su vez, dio origen a la ley talmúdica y, en paralelo, a la filosofía medieval cristiana.

La condición portátil de las tabletas de hoy presenta otros desafíos, pero no nos es ajena. Descendientes de Ur, ese lugar donde se clasificaron y catalogaron los elementos más cruciales de la sociedad humana, deberemos reencontrarnos con la ubicuidad, favorecer la migración de nuestra cultura y acostumbrarnos a que la ciudad ha dado paso al universo y las máquinas de fabricar máquinas a las cosas que piensan a las cosas.

Toda la información arqueológica que he usado en este post se la debo a David Rosenberg, co-autor, con Harold Bloom, de El libro de J, y muy especialmente a su biografía histórica Abraham, publicada por Basic Books en 2006 y cuya traducción al español recomiendo desde aquí a Alejandro Katz. 
 

viernes, 17 de diciembre de 2010

La palabra desatada

Desencuadernada, como una baraja de infinitas combinaciones.

Esto es lo que nos ha regalado Google Books desde Google Labs, en colaboración con científicos de la Universidad de Harvard, el Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Encyclopedia Britannica. Books Ngram Viewer, que pone gratuitamente a disposición de estudiosos y curiosos un acervo de 2 mil millones de palabras del inglés, el francés, el chino, el ruso, el alemán y el español, ha convertido a esa "agencia de publicidad de Internet", a la que se le negó el acceso a ciertas bibliotecas nacionales, en el humanista digital más destacado del decenio. Más de dos siglos de palabras que ahora podremos interrogar con el método cuantitativo de las ciencias duras.

El conjunto de datos que componen Ngram Viewer es un subconjunto del corpus de todas las palabras escaneadas por Google en los 15 millones de libros que ha liberado de los estantes desde que comenzó la tarea en 2004. El proyecto de esta gigabiblioteca online se ha topado con innumerables obstáculos: demandas por parte de autores y editores, celosos incluso de copyrights que en muchos casos no les pertenecen; suspicacias acerca del monopolio informativo de Google; suspicacias alrededor de su posible comercialización de la palabra, como si los editores hubiésemos hecho otra cosa con ella desde Gutenberg en adelante; e incluso campañas de periodistas como Nicholas Carr, que apoyado por los grandes medios lanzó el meme de que Google nos vuelve estúpidos. El subconjunto del que desde ayer gozamos para su usufructo, que no su posesión, proviene de 5.2 millones de esos libros y cuenta con 500 mil millones de vocablos. Se los puede combinar en cadenas de hasta cinco, para encontrar la frecuencia de uso, y por tanto de su peso cultural, en el espacio y el tiempo.

Hasta sus críticos más filosos se han rendido a la evidencia. Robert Darnton, director de la biblioteca de la Universidad de Harvard, que no participó en el proyecto y hace pocas semanas apareció en todos los periódicos haciendo las alabanzas del olor a papel de los libros antiguos, en clara referencia a su posición contraria al esfuerzo digitalizador, concede que Ngram Viewer es "despampanante" y agrega, citado por el Wall Street Journal: "Han salido con algo que marcará una enorme diferencia en nuestra comprensión de la historia y la literatura".

Para evitar las tan temidas (y perseguidas) violaciones del copyright, los investigadores e ingenieros solo están haciendo visible el vasto catálogo de palabras y frases, pero los libros donde aparecen permanecen ocultos. Un gesto de caballeros que pone en evidencia los intereses más descarnados detrás de tanto discurso que usa la cultura heredada como coartada de políticas sectoriales.

He pasado buena parte de la tarde jugando con Books Ngram Viewer. Es la mejor manera de comprender su irrefrenable esplendor. El ejemplo que les dejo abajo es un capítulo más en una larga conversación que inicié con José Antonio Millán en 1989 y que dura hasta hoy. Caminábamos por Madrid a poco de mi llegada y yo no dejaba de repetir la palabra "lindo" para indicar la felicidad que me producían ciertos rincones de la ciudad, algunos de sus detalles. Entonces, José Antonio me dijo: "Deja de repetir esa palabra. Aquí debes decir bonito". Estoy en muy buena compañía, le respondí, porque la acuñó el gran Lope. "Sí, lo que quieras, pero las lenguas cambian", fue su respuesta pragmática. Y lo que me ha contado hoy esta herramienta extraordinaria de Google es que la frecuencia de "bonito" y "lindo" se cruzaron justamente en esos años 80, para seguir con una declinación de la segunda y un reinado casi absoluto de la primera.


Vayan y jueguen y descubran con Books Ngram Viewer. Y piensen que si para financiar cosas como esta, Google vende anuncios en Internet podemos ser generosos y no tenérselo en cuenta. Es mucho mejor que vender novelas de Dan Brown o pagarles miserias a los traductores.

En cuanto al "bonito", para mí sigue siendo un pescado.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Aforismos del bibliotecario que le dijo no a Google

Quien haya seguido las conferencias que se retransmiten en Twitter a golpe de teclado y tweets, las que no tienen streaming, ni imagen, ni voz, sino una serie de caracteres que se unen en cadenas de frases escritas a la carrera y vueltas a escribir y a articular por varios voluntarios presentes en el salón donde habla el orador, sabrá de qué hablo cuando digo que es como escuchar la música vocal de Palestrina con los ojos. Las variaciones de la palabra, los comentarios a los comentarios, la frecuencia de repetición por diferentes escribas de las mismas frases de la fuente crean cortinas de sentido, como una música efímera pero congelada.

El 21 de septiembre la experiencia hechicera tuvo por anfitrión a Firebrand y por máximo chamán a Peter Brantley, director de Internet Archive y una de las voces más críticas con respecto al megaproyecto de Google Editions. Brantley habló de lo que está ocurriendo con el mundo de la edición ahora que la palabra ha sido reivindicada por las redes, un hecho consumado por sorpresa, pero nunca escatimado. Un hecho que vino, al igual que el día bíblico, como un ladrón en la noche. Advirtió que su análisis se enmarcaría en una visión social y económica del fenómeno y lo comparó con lo ocurrido con las ciencias de la vida y la biotecnología. Su intervención, que leí y comenté en la pantalla negra de letras blancas de la aplicación TweetDeck, decantó en mí como una serie de aforismos de estos tiempos de cambios radicales y oportunidades extravagantes.

Los aforismos que siguen deben tomarse con pinzas, porque han tenido muchos escribas y han pasado por el filtro de mi subjetividad, que algunos identifican con la memoria. Y aun así, estas frases sueltas, pescadas al vuelo de la cronología twittera, son la descripción más realista y lúcida que pueda hacerse del sector editorial enfrentado al cambio de paradigma.

Aquí van:

- La disrupción que nos afecta tiene las proporciones de un asteroide venido del espacio exterior.
- No os preguntéis por lo que puede hacer un editor; preguntaos, mejor, qué es la edición ahora.
- Nadie te guiará a través de los tiempos de Armagideon (verso de un reggae de Willie Williams).
- En un mundo como éste se compite por la capacidad de hacer descubrir.
- El descubrimiento necesita de las coordenadas del contexto y el contexto lo definen los metadatos.
- La sobreabundancia de contenidos es precursora del desarrollo de la contextualización.
- Reconceptualizad al autor y habréis reconceptualizado al libro.
- Si no podemos pensar con mayor apertura seremos materia muerta.
- El impacto del asteroide es tan fuerte que nos llama a pensar de cero cómo se construyen los servicios y los productos.
- Google debe pensar Google Editions en el contexto de su propio hábitat, no en el nuestro. El hábitat de Google es Silicon Valley.
- Que florezcan las querellas judiciales es un signo de la ruptura de los ritos por medio de los cuales interactuaban las organizaciones tradicionales.
- Retener y ocultar los contenidos no es una solución. Las organizaciones de la sociedad civil encuentran y encontrarán la manera de llegar a ellos.
- Una vez más os digo: los ebooks no se venden, se licencian.
- Nadie te va a guiar a través de los tiempos de Armagideon.
- Para las editoriales, el capital no es la barrera que fue para otras industrias que se enfrentaron a cambios radicales como, por ejemplo, la del acero. Para las editoriales la barrera es que no sabemos qué producir.
- Debemos ver los libros como contenidos digitales y no simplemente como libros impresos expresados digitalmente.
- Está entrando mucho dinero en el negocio, pero no está entrando a los lugares donde solía hacerlo. Conflicto.
- Si os conformáis con transitar las avenidas trilladas corréis el riesgo de contaros entre las bajas que producirá el cambio.
- Los objetivos de Google se dirigen a Silicon Valley; no son competidores del mundo editorial.
- Hay un mundo de oportunidades en los intersticios.
- La edición "transmedia" y la edición y distribución en la Web son los sitios donde pueden surgir nuevos jugadores.
- Los editores necesitan pensar el modelo de nuevo en lugar de empeñarse en hacer entrar lo nuevo en los odres viejos de la edición tradicional.
- El intento de amoldarse alrededor de los agentes disruptivos como una hoja de plástico alrededor de un asteroide no es el billete que nos garantiza el viaje.
- La edición vive en estado de innovación radical, y eso no depende de nosotros.
- Los celadores de las puertas siguen junto a las puertas cuando los muros ya se han desmoronado.
- No es solo el cambio de tecnología; es que han entrado extraños a la casa.
- Los libros digitales se licencian como software y, por tanto, sus costes deben ser calculados como los del software.
- Ya no se pueden calcular las ganancias sobre la base de cantidad de lectores ni de vida del catálogo.
- La edición tiene el objetivo más alto de diseminar la información.
- Las viejas relaciones del sector están trastocadas a raíz de las nuevas controversias. Hay que reconfigurar las relaciones entre agentes, editores y autores.
- Porque los ebooks no son objetos físicos, los derechos territoriales, la disponibilidad y los precios se han transtornado en el mercado internacional.
- La gente paga por información, no por formatos.
- Nadie te guiará en los tiempos de Armagideon.

Como se estila en las conferencias, al fondo del escenario, una pantalla reflejaba las diapositivas de rigor. Lo que decía Peter Brantley era tan perturbador que nadie les prestó atención a los textos de los encabezamientos, hasta que alguien dijo: "¡Las diapositivas llevan citas de Crying of Lot 49!"

Y sí, era cierto. Yo no las vi, pero imaginé algunas de las frases de Thomas Pynchon proyectadas en la pantalla, frases de una novela en la que dos empresas postales, dos diseminadores de información, luchan a muerte. No copio aquí lo imaginado: que cada cual elija las citas que le corresponden.

(Actualización: Peter Brantley acaba de colgar las diapos en SlideShare).

viernes, 17 de septiembre de 2010

Más derechos del lector (digital)

Esta vez, según Mike Cane.

1. A una cubierta digna.
2. A un índice (con enlaces a los capítulos respectivos).
3. A una maquetación correcta.
4. A subrayar pasajes (y mantenerlos en la privacidad).
5. A marcar tantas páginas como se quiera.
6. A copiar pasajes.
7. A ilustraciones legibles (por medio de zoom o de enlaces).
8. A la corrección tipográfica previa (un ebook con más de 10 erratas debería ser reembolsable).
9. A una pantalla libre de reseñas de promoción.

Ningún ereader cumple con todos estos derechos. Muy pocos ebooks cumplen con otros. A medida que los libros digitales vayan ganando mercado, los editores tendrán que tomárselos en serio o aceptar que por un archivo descargable mal configurado y sin cuidado editorial no habrá nadie dispuesto a pagar.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Una recomendación

Leroy Gutiérrez es un colega venezolano que administra el blog Sobre edición, de obligatoria lectura para la gente que se mueve alrededor de los libros.
Con motivo de la Conferencia Editorial 2010, organizada por Opción Libros en Buenos Aires, Leroy entrevistó a varios de los oradores.
Dejo aquí un link a lo que me preguntó y le respondí sobre metadatos, Creative Commons, piratería, redes sociales, el nuevo perfil del escritor y las nuevas competencias del editor.

Sirva este ejercicio de narcisismo para recomendar calurosamente el trabajo cotidiano de Leroy Gutiérrez en su blog.

martes, 7 de septiembre de 2010

Bailar con la más fea

La Dirección de Industrias Creativas del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires organiza, a través de su programa Opción Libros, la conferencia que este año girará alrededor de la digitalización de contenidos y su comercialización.

El jueves 9 y el viernes 10 de septiembre, la cita es en el Centro Metropolitano de Diseño, en la calle Villariño 2498, del recientemente gentrificado barrio de Barracas.

El viernes 10, a las 11:30, hablaré de los metadatos e intentaré desdramatizarlos, aunque a ningún editor le guste convertirse en bibliotecario. Bailar con la más fea tratará de cómo la infraestructura de la Red se pone en contacto con la interfaz y realiza su virtualidad gracias a estas unidades discretas y estructuradas de información. De los standards de metadatos de producto, ahora que algunas editoriales locales se deciden a "exportar" sus archivos digitales para su comercialización a través de gigantes del e-commerce como Amazon, Barnes&Noble o iBookstores. Y de todo lo que un libro puede llegar a hacer si alguien le pone la música para que baile con la más fea. El nombre de soltera de la más fea es XML y contaré por qué es bueno y tiene un gran futuro que el libro empiece a bailar con ella cuando todavía es un niño tierno y lleno de potencialidades.

El programa completo de la Conferencia se puede consultar en la página de Opción libros.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Por si no estaba claro

Esta foto fue tomada el 4 de septiembre de 2010 en la librería Foyles, en Charing Cross, Londres, por alguien a quien no conozco. Llega a este blog por gentileza de Mike Cane, que llamó mi atención sobre ella.

En un entorno muy competitivo, las librerías de Londres se caracterizan por la gran organización de sus contenidos. Aunque todavía estamos en un entorno físico, los metadatos necesarios para que un libro sea descubierto tienen una importancia crucial. Así, la discreción de los elementos denotados, su parcelación en unidades discretas, es un trabajo esencial en el que colaboran editor y librero. El género que en España se denomina sencillamente "suspense" y en Argentina "novela negra", tiene muchos subconjuntos. Hay novelas de detectives con su propia estantería, denominada "privete-eye"; hay novelas de submundos violentos con una estantería que dice "hard-boiled"; hay novelas como la famosa A sangre fría, de Truman Capote, que entran en la categoría "true crime".

Nadie supone que la autobiografía de Tony Blair pertenezca a ningún género de la ficción, pero algún lector avispado, que seguramente haya visto la película de Roman Polanski The Ghost, decidió cambiar los metadatos y colocarla en otra estantería.

Con esa sola acción provocó dos cosas:

1. cambiar el sentido de la lectura de los contenidos incluidos en el libro;
2. demostrar con un ejemplo práctico hasta qué punto los metadatados no son neutrales.

Quien todavía no entienda qué son y por qué importan los metadatos puede empezar sus reflexiones a partir de esta imagen.