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domingo, 27 de noviembre de 2011

Los libros inútiles


 que una rama del comercio extraviada es una rama perdida y que en diez años se causan más males de los que que se pueden reparar en un siglo.
                            Dennis Diderot (Carta sobre el comercio de los libros)

Libros de mármol de la decoradora Kelly Wearstler.


 En 20 años de ejercicio editorial, he publicado libros inútiles. Varios.

Los libros útiles no son el contrario de los libros inútiles. Son los libros que sirven para algo: para que adelgacen los ejecutivos en comidas de negocios; para convertir un erial en un jardín; para preparar una cena. Y para pagar los salarios.

El contrario de los libros inútiles son los libros valiosos.

También he publicado libros valiosos. Varios. Algunos se volvieron inútiles, porque sofocados por los auténticos libros inútiles que publicábamos, yo y todos mis colegas.

Estos son los verdaderos géneros con los que trabaja un editor. Lo demás es literatura. Y vanidad. Del equilibrio entre ellos depende la salud del comercio del libro.

UNA MAREA BLANCA DE PAPEL

Cualquier cosa que digamos sobre la edición y el cambio de paradigma al que está sometida se modificaría radicalmente si tuviésemos una historia económica del papel. Y de su inflación. También, del papel del papel en la consolidación del Estado moderno y de la burocracia que lo hizo posible. Ya lo dijo Bertold Brecht, y mucho mejor: para ser hombre hace falta un librito de papel, el pasaporte.

El papel impreso y el poder han compartido una intimidad que a menudo se pasa por alto.  Quien no lo crea, que pregunte a los sin papeles.

La edición se ha articulado en esa intimidad. Que a veces la haya cuestionado, e incluso desafiado, no es más que una confirmación del vínculo y sus tensiones. En esta lógica, la misión del librero-editor (hoy descompuesto en una red que abarca a decenas de jugadores) es, en espejo con la de quien extiende un pasaporte, asegurar la circulación de los discursos y, al mismo tiempo, restringirla para evitar su proliferación descontrolada y su consiguiente devaluación.

El editor adquirió su lugar de privilegio, que sustentó sobre la extinguida promesa ilustrada, en el compromiso tácito de guardar el orden de lo escrito. De mantener la asociación de la autoridad de saber y la forma de publicación.

A todo esto se lo llamaba "hacer un catálogo". Hay editores con catálogo, como Jorge Herralde, y hay editores sin catálogo, como Planeta Internacional.  Literalmente sin catálogo, porque ningún documento da cuenta de la historia de sus publicaciones.

El editor "con catálogo" no está a salvo de los libros inútiles, porque forman parte del régimen de la edición: de la negociación con el agente literario en pos de un libro valioso o de uno útil; de la necesidad de mantener encendida la hoguera de la librería; de ocupar el territorio de las mesas de novedades y del inevitable error de apreciación. Pero la tentación de entregarse al libro inútil queda acotada por ese registro de sus acciones  y pecados editoriales que es el catálogo.

Quien no tiene catálogo, no deja huellas. Tira de la cuerda y esconde la mano.

Hace diez años, pensaba que los libros inútiles hacían ruido. Hoy los veo como una inmensa marea blanca en la cual zozobran los discursos que prometimos hacer circular.

LA HERIDA AUTOINFLIGIDA

La economía del papel está asediada desde hace tiempo. Desde la Primera Cena que Frank McNamara pagó con una tarjeta de crédito en el Major's Cabin Grill, en febrero de 1950.

Fue una andanada en la línea de flotación del mundo simbólico construido alrededor del papel. De allí a la libre circulación de capitales ficticios que hoy amenaza con acabar con la civilización tal y como la conocemos, han ocurrido muchas cosas.


¿Por qué siguen pensando los editores que el papel que les toca en el mundo de papel no debe ser tocado? ¿Acaso creen que el papel de los libros es más importante que el papel moneda? ¿No han comprendido que el destino de ambos papeles está atado?

Mucho antes de que llegara el gran editor universal, ese que le abre las puertas a cualquiera y donde los textos tienen por único contexto su pertenencia a una misma temática, mucho antes de la Red, de la autoedición, de los ebooks, de Google y de Amazon, los editores se autoinfligeron una herida. Una herida fiera, porque hecha con el instrumento contundente y romo de los libros inútiles.

lunes, 28 de febrero de 2011

Libros y libreros en la Antigüedad (y en Zaragoza)

Hay libros, como éste, que leo durante el desayuno.

Opinan algunos doctores que el incendio de la Biblioteca de Alejandría, o su paulatina destrucción como es más propio decirlo, no fue tal desgracia, y que, si llega a conservarse íntegro el acervo de los antiguos, ni la Antigüedad nos parecería tan estimable, ni acaso nos dejaría pensar por nuestra cuenta. Ya se ha dicho todo.

Curioso colofón ha elegido Francisco Javier Jiménez para esta plaqueta de Alfonso Reyes que acaba de publicar en Madrid, en línea con otros libros que hablan de libros en su catálogo como, por ejemplo, el muy festejado de Jesús Marchamalo, Tocar los libros. Y digo curioso porque el colofón solía ser el sitio de lucimiento del impresor y del tipógrafo, de los artesanos que habían hecho posible la lectura de la palabra. Pero Francisco Javier, editor artesanal que hace libros preciosos, le ha cedido protagonismo nada más y nada menos que al autor del libro, porque la frase es, también, de Alfonso Reyes.

No solo Dios y el Diablo viven en los detalles. La anomalía del colofón que cierra esta edición de Fórcola es un detalle, diminuto, donde habita una realidad: estamos en medio de un cambio de paradigma que cuestiona todos los lugares consagrados y consagratorios, esos que parecían inamovibles: el del autor, el del lector, el del editor y el del librero, estos dos últimos, agentes necesarios que ponen en contacto a los dos primeros. Del férreo aparato de logística que habilita o imposibilita esa circulación, no escribiré hoy aquí.

Libros y libreros en la Antigüedad es otra anomalía. Un mashup de los años 50, en el cual el gran ensayista y traductor mexicano hace una refundición de otro texto, el del británico H. L. Pinner, The World of Books in Classical Antiquity. No porque las refundiciones no hayan sido siempre columna vertebral de la transmisión de la cultura y estén en la base de la construcción de altas reputaciones en el mundo de letras, sino porque las ansiedades del cambio de paradigma tal vez no habrían sido tan lenientes con Alfonso Reyes en estos días. Editores de postín, como Jaume Vallcorba, no vacilarían en llamarlo bloguero, con esa voz aguda que solo se destila en el alambique del desdén, y el nuevo algoritmo de Google tal vez condenaría Libros y libreros a la oscuridad, acusándolo de ser un mero agregador de noticias que ha encontrado en otra parte.

Libros y libreros en la Antigüedad es, sin embargo, una delicia. Y muchas de sus páginas iluminan la situación actual del mundo del libro, que ni siquiera llegó a imaginar, pero cuyos muchos males nos atormentan desde los tiempos de la Biblioteca de Alejandría. Con Alfonso Reyes, festejo también la destrucción de aquellos muchos libros que por entonces habíamos logrado acumular, con esa irresponsabilidad que nos caracteriza cuando se trata de incorporar un nuevo objeto al mundo, irresponsabilidad a la que tanto le temía Hannah Arendt.

En el capítulo titulado "Comercio del libro entre los griegos", apunta don Alfonso:
Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo. Para decirlo de modo anacrónico, el librero comenzó por ser a un tiempo manufacturero, editor y vendedor al menudeo. El desarrollo de la literatura y su tráfico determinan la división de labores, separando al editor (que en la Antigüedad era también productor material, abuelo del impresor) y al vendedor, que compraba a los editores y revendía a los lectores. [el énfasis es todo mío].

De manera que los más de 120 colegas, libreros y amigos reunidos en Zaragoza la semana pasada alrededor de la convocatoria de Paco Goyanes, esforzado responsable de la maña librería Cálamo, no son más que eso, "comerciantes", con todo el respeto. A los editores de antaño, como Víctor Seix, co fundador de Seix-Barral, de grata memoria, no se les caían los anillos por apuntar, en las escrituras de constitución de sus emprendimientos, que eran vecinos de Barcelona y de profesión, comerciantes. Tal vez porque los hombres siempre hemos sabido que solo el comercio nos dignifica, nos lima, y nos hace tolerantes. Los plañidos de muchos de los participantes, que tanto Twitter como la prensa han reproducido, su obsesión por ocupar una centralidad cultural que haga olvidar su condición última de intermediario que lucra con la creación ajena y el disfrute de los otros, también es un detalle donde habita el insoslayable cambio de paradigma, aunque su función sea la de tender una cortina de humo que los aparte de la realidad.

Francisco Javier estuvo en Zaragoza y tuiteó lo que pudo y como pudo, hasta caer en la cuenta de que su conciencia dependía en exceso de las baterías de su iPhone. También estuvo allí Alejandro Katz, que no le hace ascos a la lucidez y sabe que la creación cultural, una vez puesta en el mercado, se transforma en mercancía. Y Valeria Bergali, cuyos libros me gustan más que sus ideas, como la escritura de Virginia Woolf siempre me gustó más que sus tinglados teóricos. Y la gente de Laie, la más sobria de entre todos los libreros, tal vez porque sean los que están haciendo algo diferente, los que se han dado cuenta de que el único pensamiento que merece ese nombre es el que se realiza en la acción.

Pensódromo 21, "Pequeños editores, retos enormes", donde se profundiza y abunda en la perspectiva de los modelos de negocio posibles y se entra al trapo en las falacias allí desgranadas por varios. Otro post indispensable, cuya lectura es un placer intelectual, es que Álvaro Vargas Llosa le dedica Jaume Vallcorba en su blog El hilo digital. Y solo para constatar que la gente de Laie trabaja y trabaja bien, sin resignación y sin alharaca, el post "Otra mirada, digital".

Y, por supuesto, una encendida recomendación de Libros y libreros en la Antigüedad. Se lee durante un solo desayuno, como el periódico, pero uno queda más satisfecho y mejor informado sobre qué es este mundo de los libros y de todos los cambios de paradigma que sufrió y sufrirá, sin que por ello hayan peligrado ni la palabra, ni los autores. Que esto es un negocio, señores, y para hacer negocios hay que alcanzar la edad adulta.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Nada que agradecer

E. E. Cummings


Tal vez haya sido tan difícil entender que E. E. Cummings fue y es uno de los poetas mayores de la literatura estadounidense, descendiente en línea directa de Walt Whitman y hermano de leche de Gertrude Stein, porque nunca tuvo editor fijo. Ni trabajo fijo, como sí tuvieron T. S. Eliot o William Carlos Williams. Ni ideas fijas, como las tuvo de Ezra Pound. Es más, a veces ni siquiera tuvo editor de circunstancia. Y recurrió a la autoedición. En realidad, lo que él necesitaba era un tipógrafo fijo, más que un editor, pero la dispersión de su obra en distintos catálogos hizo que no la pudiéramos conocer como un corpus hasta 1991.

Hoy que la autoedición se ha puesto de moda de la mano de las nuevas tecnologías, no está de más intentar reproducir aquí la primera página de uno de sus libros, No Thanks, aunque no cuente con la ayuda de un buen maquetista, ni Blogger se preste mucho a las sutilezas tipográficas.

Aquí va:

NO
THANKS

TO
Farrar & Rinehart
Simon & Schuster
Coward-McCann
Limited Editions
Harcourt, Brace
Random House
Equinox Press
Smith & Haas
Viking Press
Knopf
Dutton
Harper's
Scribner's
Covici-Friede

Esta dedicatoria, que menciona a las catorce prestigiosas editoriales que rechazaron el manuscrito de No Thanks en 1935, revela su coraje estético y su valentía profesional.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Editores sin fronteras

Alejandro Katz
Alejandro Katz ya no fuma en pipa. También ha dejado el cigarrillo. Es un día de noviembre, bien entrada la primavera austral, y los 370 mil árboles de las calles y parques de Buenos Aires polinizan sin cesar, en una sucesión de flores azules, amarillas, blanquecinas, rojo punzó. "Desde que dejé la pipa, las alergias me persiguen. El humo del tabaco seguramente me había cauterizado varios receptores que ahora son muy sensibles al polen. Cambié los peligros ciertos del tabaco por los de un eventual shock anafiláctico", bromea. No es el único cambio radical en la vida de Katz: también prefirió los sobresaltos de la edición independiente a las certezas desgastadas de una editorial, Fondo de Cultura Económica, a cuyo catálogo contribuyó durante 15 años con títulos inolvidables.

"No, fotos no", me dice unos días antes de la entrevista. "Mejor las cubiertas de los libros", sugiere. Acepto, porque de lo que ando detrás es de su palabra y de su visión de la edición en la Argentina en estos momentos de cambio de paradigma. Y me resigno a contrabandear desde la Red esta foto ahumada.

El mundo en el que floreció un proyecto como el de Fondo de Cultura ya no existe más. Lo sabemos algunos, lo intuyen otros, y no faltan quienes lo niegan agresivamente, decididos al degüello del mensajero.

ESTALLIDO DE LOS MAPAS

"Hay una tensión entre la territorialidad de los mercados y la universalidad de los derechos que un editor debe estar dispuesto a considerar y resolver. Detentar los derechos de un libro que sos incapaz de distribuir en según qué territorios te convierte en lo contrario de un editor, porque en lugar de difundir bloqueás la circulación de las palabras y las ideas." Así empieza su relato de por qué dejó un puesto envidiable en una editorial consolidada por un proyecto propio en tiempos de tribulación. Muy afectado por la crisis económica en España, un mercado que representaba el 65 por ciento de las ventas de la editorial que lleva su apellido, Katz no teme mirar la realidad a los ojos: "No sé si la editorial tiene un destino, pero tenía que probar. Sabía que tenía que hacerlo, me lo debía".

Para cualquiera de los que hemos trabajado en un grupo editorial grande, la autonomía de la que gozó Alejandro Katz en Fondo de Cultura es un lujo: de casi 700 contratos firmados a lo largo de 15 años, solo dos veces recibió presiones y, además, "en forma de observaciones amistosas". ¿Por qué te fuiste?, es la pregunta espontánea y, una vez lanzada, me doy cuenta de que tiene música de bolero. Lo ilustra con la historia de uno de los libros más queridos de mi biblioteca personal, Las grandes tendencias de la mística judía, de Gershom Sholem. "Teníamos los derechos mundiales, pero no lo distribuíamos en España. Jacobo Stuart se enamoró del libro y me propuso editarlo en Siruela. Llegamos a un acuerdo y se imprimió en su sello con un duplicado de las películas que habíamos usado en Buenos Aires." De manera que Alejandro Katz también fue editor de uno de los mejores libros de Siruela. "Esta situación se dio más de una vez, con otras editoriales que querían poner a disposición de sus lectores títulos que Fondo tenía en su poder y que, por la estructura territorial de los mercados, quedaban bloqueados. No solo se fue haciendo cada vez más difícil favorecer estas sesiones, sino que me producía cierta incomodidad. No es la función de un editor comprar derechos para su idioma y luego revenderlos territorio por territorio."

Así surgió Katz, la editorial, pequeña, ágil y con vocación panhispánica. Una vocación que se refleja en un catálogo universal en su concepción y en el tejido, menos visible y menos ameno, que le ha permitido tener una estrategia de distribución no centralizada. Para atenderla, Katz imprime indistintamente en España, en Argentina o en Uruguay. ¿En Uruguay? "Sí, cada vez más. Los precios son mucho más competitivos que en Argentina, la calidad es superior, y siempre entregan en fecha." ¿Y todo esto no significa un derroche de energías? "Un editor debe atender una doble vía. Ocuparse de lo local, de aquellas ideas que surgen y circulan exclusivamente en el ámbito de una región y atender también a un lector al que no se tiene en cuenta. Ese lector cuyo rasgo fundamental no es la territorialidad y que está atravesado, en cambio, por el tiempo en el que vive. Hay, para la edición y la lectura, espacios que ya no están ligados al territorio." La globalización, la libre circulación de los capitales, las nuevas tecnologías, la democratización y aceleración de las comunicaciones en tiempo real han dado nacimiento a este lector atravesado por el tiempo. Este lector, para Katz, se inscribe en el ámbito de las libertades negativas, tal y como las definió Isaiah Berlin.

"Hay una definición de libro a la que muchos siguen aferrándose. Es una definición caduca y falaz. Es la que hizo en su momento la Unesco. No nos sirve más." Para la Unesco, un libro es la reunión de un pliego de 24 hojas de papel, unidas por una encuadernación, que da como resultado 48 páginas de lectura. Todo lo que tenga esas mínimas características es libro, como también es libro lo que venga en varios tomos o en uno solo de mil páginas. "Esa definición tenía por objeto facilitar el paso de los libros en las aduanas. Pero con ese criterio, la guía telefónica es un libro." También, me digo, uno de sus objetos fue facilitar la unificación de estadísticas, ese espejo deformante. Entonces, pienso en el aquellarre de metadatos con el que se enfrentan cada día los geeks y los bibliotecarios encargados de poner orden en Google Books, esos millones de "libros" escaneados por el gigante de Internet. ¿Cuántos libros hay sobre el planeta? Hay muchos más de los que son.

LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

"En la tensión entre lo local y lo no-local, las nuevas tecnologías han provocado un cambio abrupto. Antes, un editor debía ocupar el espacio físico para difundir sus libros. Hoy, esa presencia no es imprescindible. Desde otro ángulo, estamos otra vez ante el surgimiento de espacios no asociados a los territorios." En esta dislocación que Katz describe con la precisión de quien la ha vivido, "el lector tiene una conciencia de la utilidad del libro que pasa por sus intereses, no por la localización del objeto, y no encuentra una respuesta eficiente." Para este editor, en lo práctico, las nuevas tecnologías no lo ayudan en nada: "Han desatado expectativas no cubiertas y hay una gran desadecuación de la oferta". Uno se pregunta si eso no se resolvería cubriendo las nuevas expectativas desde la industria editorial, pero Katz ya ha saltado sobre una nueva pregunta no formulada: "Para que las nuevas tecnologías me sean útiles, tengo que encontrarles sentido en la historia del libro. El ejercicio intelectual que me he propuesto es retroceder a otro momento de cambio, a los años 30 y la aparición del libro de bolsillo."

Le digo que me hace acordar a Richard Nash, el editor de Cursor y gran esperanza blanca de la edición neoyorkina en este cambio de paradigma, pero no lo conoce. Las coincidencias, entonces, son esas que se dan entre gente atravesada por el mismo tiempo, uno de grandes sacudidas. 

El libro, tal y como lo concebimos hoy, no es el de Gutenberg, ni siquiera es el libro de la revolución industrial. Ese libro cuya vida unos quieres preservar porque creen en su muerte y cuya muerte inminente anuncian otros, el libro masivo, es un producto con el cual hemos convivido tan solo 80 años. Cuenta la leyenda que Allen Lane tuvo la idea de fundar Penguin mientras esperaba el tren en una estación de Londres. Las caras de aburrimiento extremo de la gente en los andenes le hizo pensar en qué buen servicio (y qué gran negocio) sería poner a su disposición, en esos momentos muertos, libros con contenidos calidad a un precio que no excediera el de un paquete de cigarrillos. Se fumaba mucho en los años 30 y se leyó también mucho desde la popularización de esta idea. Los nuevos libros, tal y como los concebía Allen, debían salir de las librerías e ir al encuentro de los lectores en los kioskos, en máquinas expendedoras, allí donde estuvieran. Una clara dislocación de la industria y su cadena de valor establecida. Se alzaron voces aun más airadas: era la muerte de la cultura occidental. 

"El libro de bolsillo contribuyó a la diversificación de la especie libro, a que surgiera una subespecie. Si hay algo que las nuevas tecnologías nos permiten, nos exigen, es a ver que el libro se está diversificando, fragmentando, en muchas subespecies. Hay contenidos que deben quedar fuera de la especie libro y esto genera mucha resistencia." No le faltan los ejemplos. "Los repertorios de información de doble entrada, como los catálogos o las enciclopedias, no son libros. Los hemos identificado con libros gracias a esa definición falaz de los pliegos encuadernados. Creo que Apple, por ejemplo, está haciendo mucho por obligarnos a pensar de otra manera. Mirá aquí", dice, empuñando su iPhone. Aparece el mapa de una guía de viajes. "Esto no es un libro, esto es una app y Jobs no permite que las apps sean llamadas libros. Para eso está el ePub y el iBookstore. Un ePub es un libro, electrónico sí, pero libro. Las apps son un nuevo género discursivo."


Para Katz, la aparición de lo digital permitirá, por primera vez desde Gutenberg, que dejen de considerarse libros lo que simplemente son formas del conocimiento. "La industria editorial ha forzado una interpretación demasiado atenta a lo que unifica los procesos productivos y no a lo que diversifica los contenidos, las motivaciones, todo lo que hace a la conciencia de necesidad del lector." Ese lector entra a una librería buscando, por ejemplo, un libro de Nicole Loreaux sobre la elaboración del olvido en la memoria de Atenas, y tiene que pasar sobre barricadas de libros de jardinería, de cocina, de guías de viaje, de novelas policiales, de agendas. "A cualquiera le parecería un disparate que existiera un lugar donde se comercializan todos los objetos que tienen en común el concepto de tracción. Una tienda donde vendieran coches, bicicletas, tanques de guerra y podadoras de césped. Sin embargo, eso es una librería hoy." Brillante y demoledor. 

Comentamos la coartada cultural de tantos y tantos editores para defenderse frente al cambio de paradigma, para conseguir subsidios, para detener los cambios que exigen los lectores familiarizados con las nuevas tecnologías, y no las tecnologías per se. "Los productos de la cultura que entran en la economía, ¿desde dónde se piensan? Una vez que han entrado en la economía, esos productos son mercancía." Esta conversación levantará ampollas, me digo. "Si los pienso como insumos, que es como debo pensarlos, enseguida me doy cuenta de que algo anda mal. Una novela policial, por ejemplo. ¿Cuál es la motivación de compra de ese lector? Que va a pasar el fin de semana en el country con su familia, que no aguanta a su suegra y que la trilogía Millenium le permitirá huir con un sano pretexto de situaciones incómodas o aburridas. Ya está. La novela policial, como insumo, se agotó en sí misma." Katz sigue diseccionando: "En cambio, un ensayo, pensado como insumo, no se agota de la misma manera. Alguien que compra un libro de antropología tiene otros usos para él. Por ejemplo, lo usará como fuente para otro libro que está escribiendo. O para la conferencia que está preparando. O para su tesis doctoral. Aunque la novela policial y el ensayo tengan páginas, cubiertas y lomos, no son la misma mercancía." 

"Y es la aparición de lo digital lo que nos permite hablar de esto."


LA REALIDAD REAL, COMO SI HUBIERA OTRA


Pero yo había ido hasta esa casona de Villa Ortúzar sin logos ni carteles, pintada en dos tonos de verde grisáceo, que me hizo pensar en las sedes de las "marcas secretas" que pueblan la última novela de William Gibson, con el objetivo de hablar de la industria editorial en la Argentina, que este año fue invitada de honor en la feria de Fráncfort. Debo dar un golpe de timón. 

¿Qué piensa Alejandro Katz de una industria dividida en dos cámaras del libro enfrentadas y con una incipiente fractura nueva en una de ellas? ¿Favorece esto el renacimiento de una industria editorial asolada en los 90 y casi disuelta con la crisis del 2001? "Ninguna de las dos cámaras tiene peso económico en estos momentos. Hay una capacidad de hacer lobby político e institucional desde la CAL (Cámara Argentina del Libro), pero aquí carecemos de los cuadros de los que dispone la Federación Española de Gremios de Editores. Y el lobby se hace desde la ideología, una ideología berreta que busca prebendas y subsidios." La editorial Katz está en la "otra" cámara, la de los "malos", la Cámara Argentina de Publicaciones. Me pregunto por qué, siendo un editor independiente local, ha terminado en compañía de los grandes conglomerados vistos con tanta desconfianza desde la CAL. "Cuando se produjo la división, yo estaba en Fondo de Cultura. Vos sabés qué significa Fondo de Cultura. Bueno, para la entonces la actual dirección de la CAL, esta editorial pública mexicana entraba en la bolsa sin fondo del 'imperialismo', lo que no deja de ser una miopía grave."

Muy bien, pero que me cuente más, porque si bien los argentinos son rápidos y ocurrentes para la descalificación del prójimo, una buena entrevista exige más que opiniones y las rupturas no suelen basarse exclusivamente en la ideología, que suele ser resistente pero sufre de indolencia congénita. "Vos no estabas aquí cuando la crisis del 2001. Aquello fue el caos. En medio del corralito, de la devaluación asimétrica, de los piquetes y los saqueos, nadie sabía dónde estaban sus libros. La mayor cadena de librerías del país hacía seis meses que no entregaba ninguna liquidación. No era que no pagaban, era que ni siquiera sabíamos cuánto debían. En esa desolación, un grupo de editores comenzamos a reunirnos en el edificio de la CAL. Había de todo. Estaba Planeta, pero también estaba la editorial argentina Sigmar y Riverside, que de extranjero solo tenía el nombre. Cúspide, Fondo de Cultura, Paidós, que todavía no había sido comprada por Planeta. Nos unió una necesidad sectorial, porque si dejábamos que los acontecimientos siguieran su curso, cerrábamos todos."

La palabra no le gusta, se le nota porque se revuelve en el sillón después de pronunciarla, pero lo cierto es que ese grupo de editores decidió "disciplinar" el mercado. Los llamaron el G12. "Si un librero no liquidaba los libros a cualquiera de los editores del grupo, el resto les retiraba todos sus fondos." En momentos duros, tipos duros. Suena razonable. Iban en serio. Pero la CAL no equivale a los gremios de editores tal y como los conocemos en España, en la CAL conviven editores, libreros y distribuidores en dulce montón, pegados con saliva por ese concepto vacío que recibe el nombre de libro. Y la demografía favorece a los libreros. Hubo unas elecciones, falló la lista única que proponía al decano de los independientes, Daniel Divinsky, para encabezarla y, en unas elecciones algo enrarecidas, ganó una lista apoyada por los libreros de los cuatro rincones del extenso desierto nacional. "El ganador fue Rogelio Fantasía", me cuenta, y casi me ahogo de risa. Pero, ¿quién es Rogelio Fantasía?, pregunto, escudándome en los largos años pasados fuera del país. "Uno de los tres yernos de Macchi, un editor de textos legales que se vendían en las universidades y que hace un tiempo quebró." No es fantasía, es la realidad real. 

Y se produjo la ruptura. 

¿Cómo se elaboran los grandes lineamientos del sector en estas condiciones? "No hay lineamientos; hay voracidad por un mejor acceso a las compras públicas. Aunque todos trabajemos con pliegos encuadernados, el librero y el editor tienen intereses contradictorios. Siempre fue así, en todas partes. No se pueden elaborar políticas sectoriales cuando en una misma entidad hay intereses enfrentados." Le pregunto por las perspectivas de reunificación y me contesta lo que todos los editores independientes sabemos: "Desde que tengo mi editorial, ya no me dedico a la política gremial. Somos cinco personas para publicar 28 títulos al año. Tenemos imprenta en Barcelona y en Montevideo. Mercados que van desde México hasta la Patagonia. Periódicos a los que enviarles las novedades en Madrid y en Santiago de Chile. No puedo dedicar una tarde a pasarme por la cámara."

La vocación extraterritorial de Alejandro Katz ha sido puesta a prueba por la crisis económica de los países centrales y, como es de los que miran de frente, no le asustan sus propios pronósticos. "Aunque España se recupere, nunca más llegaremos a las cifras de ventas anteriores a la crisis. Creo que esto vale para Katz y también para muchos editores con sede allá. El mundo de la edición está cambiando. Tendremos que vender menos cantidad de más mercancías, mercancías muy diferenciadas. No todos estarán preparados para ello."


Los árboles de Villa Ortúzar no son tan grandes ni frondosos como los de Palermo, pero dan sombra. Mientras camino hacia la parada del 39, me digo que alguien con una visión tan clara tiene derecho a una oportunidad. Conozco gente en Madrid que ha dejado de comprar sus libros, con pena, porque los presupuestos familiares se estrechan. Gente en Lima que no conoce su existencia. Y gente en Barcelona que lo admira, pero que ha leído muchos de los libros que publica en idioma original. Una editorial como Katz está en la encrucijada del tiempo de cambios que vivimos y su doble situación, a la vez precaria y vigorosa, nos urge a pensar en nuevos caminos.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Aforismos del bibliotecario que le dijo no a Google

Quien haya seguido las conferencias que se retransmiten en Twitter a golpe de teclado y tweets, las que no tienen streaming, ni imagen, ni voz, sino una serie de caracteres que se unen en cadenas de frases escritas a la carrera y vueltas a escribir y a articular por varios voluntarios presentes en el salón donde habla el orador, sabrá de qué hablo cuando digo que es como escuchar la música vocal de Palestrina con los ojos. Las variaciones de la palabra, los comentarios a los comentarios, la frecuencia de repetición por diferentes escribas de las mismas frases de la fuente crean cortinas de sentido, como una música efímera pero congelada.

El 21 de septiembre la experiencia hechicera tuvo por anfitrión a Firebrand y por máximo chamán a Peter Brantley, director de Internet Archive y una de las voces más críticas con respecto al megaproyecto de Google Editions. Brantley habló de lo que está ocurriendo con el mundo de la edición ahora que la palabra ha sido reivindicada por las redes, un hecho consumado por sorpresa, pero nunca escatimado. Un hecho que vino, al igual que el día bíblico, como un ladrón en la noche. Advirtió que su análisis se enmarcaría en una visión social y económica del fenómeno y lo comparó con lo ocurrido con las ciencias de la vida y la biotecnología. Su intervención, que leí y comenté en la pantalla negra de letras blancas de la aplicación TweetDeck, decantó en mí como una serie de aforismos de estos tiempos de cambios radicales y oportunidades extravagantes.

Los aforismos que siguen deben tomarse con pinzas, porque han tenido muchos escribas y han pasado por el filtro de mi subjetividad, que algunos identifican con la memoria. Y aun así, estas frases sueltas, pescadas al vuelo de la cronología twittera, son la descripción más realista y lúcida que pueda hacerse del sector editorial enfrentado al cambio de paradigma.

Aquí van:

- La disrupción que nos afecta tiene las proporciones de un asteroide venido del espacio exterior.
- No os preguntéis por lo que puede hacer un editor; preguntaos, mejor, qué es la edición ahora.
- Nadie te guiará a través de los tiempos de Armagideon (verso de un reggae de Willie Williams).
- En un mundo como éste se compite por la capacidad de hacer descubrir.
- El descubrimiento necesita de las coordenadas del contexto y el contexto lo definen los metadatos.
- La sobreabundancia de contenidos es precursora del desarrollo de la contextualización.
- Reconceptualizad al autor y habréis reconceptualizado al libro.
- Si no podemos pensar con mayor apertura seremos materia muerta.
- El impacto del asteroide es tan fuerte que nos llama a pensar de cero cómo se construyen los servicios y los productos.
- Google debe pensar Google Editions en el contexto de su propio hábitat, no en el nuestro. El hábitat de Google es Silicon Valley.
- Que florezcan las querellas judiciales es un signo de la ruptura de los ritos por medio de los cuales interactuaban las organizaciones tradicionales.
- Retener y ocultar los contenidos no es una solución. Las organizaciones de la sociedad civil encuentran y encontrarán la manera de llegar a ellos.
- Una vez más os digo: los ebooks no se venden, se licencian.
- Nadie te va a guiar a través de los tiempos de Armagideon.
- Para las editoriales, el capital no es la barrera que fue para otras industrias que se enfrentaron a cambios radicales como, por ejemplo, la del acero. Para las editoriales la barrera es que no sabemos qué producir.
- Debemos ver los libros como contenidos digitales y no simplemente como libros impresos expresados digitalmente.
- Está entrando mucho dinero en el negocio, pero no está entrando a los lugares donde solía hacerlo. Conflicto.
- Si os conformáis con transitar las avenidas trilladas corréis el riesgo de contaros entre las bajas que producirá el cambio.
- Los objetivos de Google se dirigen a Silicon Valley; no son competidores del mundo editorial.
- Hay un mundo de oportunidades en los intersticios.
- La edición "transmedia" y la edición y distribución en la Web son los sitios donde pueden surgir nuevos jugadores.
- Los editores necesitan pensar el modelo de nuevo en lugar de empeñarse en hacer entrar lo nuevo en los odres viejos de la edición tradicional.
- El intento de amoldarse alrededor de los agentes disruptivos como una hoja de plástico alrededor de un asteroide no es el billete que nos garantiza el viaje.
- La edición vive en estado de innovación radical, y eso no depende de nosotros.
- Los celadores de las puertas siguen junto a las puertas cuando los muros ya se han desmoronado.
- No es solo el cambio de tecnología; es que han entrado extraños a la casa.
- Los libros digitales se licencian como software y, por tanto, sus costes deben ser calculados como los del software.
- Ya no se pueden calcular las ganancias sobre la base de cantidad de lectores ni de vida del catálogo.
- La edición tiene el objetivo más alto de diseminar la información.
- Las viejas relaciones del sector están trastocadas a raíz de las nuevas controversias. Hay que reconfigurar las relaciones entre agentes, editores y autores.
- Porque los ebooks no son objetos físicos, los derechos territoriales, la disponibilidad y los precios se han transtornado en el mercado internacional.
- La gente paga por información, no por formatos.
- Nadie te guiará en los tiempos de Armagideon.

Como se estila en las conferencias, al fondo del escenario, una pantalla reflejaba las diapositivas de rigor. Lo que decía Peter Brantley era tan perturbador que nadie les prestó atención a los textos de los encabezamientos, hasta que alguien dijo: "¡Las diapositivas llevan citas de Crying of Lot 49!"

Y sí, era cierto. Yo no las vi, pero imaginé algunas de las frases de Thomas Pynchon proyectadas en la pantalla, frases de una novela en la que dos empresas postales, dos diseminadores de información, luchan a muerte. No copio aquí lo imaginado: que cada cual elija las citas que le corresponden.

(Actualización: Peter Brantley acaba de colgar las diapos en SlideShare).

viernes, 17 de septiembre de 2010

Más derechos del lector (digital)

Esta vez, según Mike Cane.

1. A una cubierta digna.
2. A un índice (con enlaces a los capítulos respectivos).
3. A una maquetación correcta.
4. A subrayar pasajes (y mantenerlos en la privacidad).
5. A marcar tantas páginas como se quiera.
6. A copiar pasajes.
7. A ilustraciones legibles (por medio de zoom o de enlaces).
8. A la corrección tipográfica previa (un ebook con más de 10 erratas debería ser reembolsable).
9. A una pantalla libre de reseñas de promoción.

Ningún ereader cumple con todos estos derechos. Muy pocos ebooks cumplen con otros. A medida que los libros digitales vayan ganando mercado, los editores tendrán que tomárselos en serio o aceptar que por un archivo descargable mal configurado y sin cuidado editorial no habrá nadie dispuesto a pagar.

martes, 17 de agosto de 2010

Ladrones de libros


Siempre hubo ladrones de libros. Han sido tan abundantes como los ladrones de gallinas. Los ladrones de gallinas pertenecen al acerbo del chiste popular y los de libros merecen piezas como estas notas autobiográficas de Rodrigo Fresán. La diferencia entre un género y el otro solo estriba en el prestigio social del objeto robado. El del libro es enorme, porque hay quienes sostienen que hay que leerlos de principio a fin aunque el autor nos mate de aburrimiento, mientras nadie piensa en comerse una gallina cruda.

A los editores siempre nos ha tenido sin cuidado que alguien como el joven Rodrigo Fresán, lector voraz a quien no le alcanzaba el generoso presupuesto cultural de una familia de clase media ilustrada (en tiempos en que la clase media era ilustrada en la Argentina), fuera de incursión por las librerías. Nunca fue preocupación de editores, en ninguna latitud, asunto tan miserable. No porque a los editores nos emocionara que los jóvenes se cultivaran y se convirtieran en adictos a la lectura. Ni siquiera pensábamos en que ese voraz ladrón se convertiría en parte importante de nuestro fondo de negocio. Tanta distancia aristocrática con respecto al ladrón de libros se debía y se debe a que, en el caso del libro físico, quien paga los platos rotos es el librero, quien deberá liquidar los ejemplares robados como si hubiesen sido vendidos.

Feudalmente hablando y en materia de robo de libros, para el editor, el librero no es más que el encargado de una aparecería. ¿Que te han robado el cerdo que conté cuando parió la cerda? ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Venga mi parte convenida!

Con el advenimiento de los ebooks, el editor tradicional se encuentra en una situación incómoda, desconocida. El aparecero ya no se ocupa de la cerda, ni la cerda tiene crías. La cerda, el archivo epub, campa a sus anchas en su propia casa, y el editor debe cuidarse de que no se escape, que esté limpia y presentable todos los días, no solo el día de la venta. Porque una cerda que ya no tiene crías no se vende, solo se muestra. Y entonces, como en un mal sueño del que es imposible despertar, en el imaginario del editor se presenta el ladrón de libros. Y le teme tanto que no duda en llamarlo pirata. Ningún editor publicaría a un autor que contara sus aventuras en los archivos P2P en años de juventud. Es más, ningún autor encontraría solaz al mirar a los ojos a un ladrón de libros P2P. No estoy muy descaminada si pienso que la imposibilidad de firmar el ejemplar juega un papel importante en este último caso.

Como aquí nadie se come a la cerda ni a la gallina, sino que se paga por mirar, el ladrón de libros en realidad no roba nada: abre una ventana clandestina. Que abrir una ventana en propiedad ajena es atentar contra ella nadie lo discute. Lo que se discute son los pesados cortinados que ha colgado el editor todo alrededor de su castillo. Son un engorro para quienes pagan por mirar, afean a la cerda y al castillo y todos sabemos con qué facilidad los cortinados se abren y hasta qué punto son pasto de las polillas. Lo imposible de parar es la mirada clandestina, porque forma parte de la economía del deseo.

Así, perdida toda apostura caballeresca, los editores de aquí y del mundo han apostado por el DRM.

sábado, 10 de julio de 2010

Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad


Fue difícil la negociación del contrato de Las bodas de la semejanza, sobre todo fue larga e incierta. Era el segundo título de John Boswell que publicaríamos en Muchnik Editores y seguíamos de cerca, a través de nuestro contacto en la University of Chicago Press, las continuas revisiones a las que el autor sometía el manuscrito. El email no formaba parte de la vida cotidiana por ese entonces y un día recibí la llamada de la encargada de derechos extranjeros, anunciándome que, muy a pesar de las prensas de la universidad, Boswell había decidido publicar con otro editor. Tuvimos que empezar de cero con una agente literaria a quien no conocíamos, pero no estábamos dispuestos a que la obra se nos escapara. Habíamos publicado unos años antes su clásico Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad. En aquellos tempranos años 90, la escena pública en España vibraba con la militancia cívica de gays y lesbianas que exigían ser reconocidos por la ley en pie de igualdad en su rica y creativa singularidad. Y la virtud de estos libros de John Boswell era que les daba carta de ciudadanía en una tradición a la que muchos pertenecían: la cristiana. Los anclaba en la historia y en el relato de Occidente.

El contrato finalmente llegó a nuestras oficinas de la calle Diputación, esquina Balmes. Abrí el sobre en mi despacho, que tenía un balcón lateral que daba sobre los jardines de la Universidad de Barcelona y una ventana con vistas al Seminario. Al cabo de los tres folios que reglamentaban las condiciones de la futura publicación, una firma garrapateada, sin estructura, una firma desde donde se expresaba un dolor infinito. Llamé a Mónica Tusell, que era mi alter ego editorial, y le pedí que me trajera el contrato anterior, el de Cristianismo. Miré una firma y la otra y le dije: "Mónica, John Boswell se está muriendo". Y era así: nunca llegó a revisar la traducción de Las bodas de la semejanza. Joven, en la plenitud de su producción intelectual, el historiador de Yale cayó víctima de la plaga que, por entonces, creíamos imparable. La editorial era una de las tantas que contribuía monetariamente con Actúa, una ong que hizo muchísimo por los los enfermos de sida y los portadores de VIH.

Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad nunca fue un best-seller, pero se transformó en uno de los puntos de apoyo teórico de un movimiento que, finalmente, logró el reconocimiento del matrimonio homosexual en España.

Esta mañana, en la revista Ñ, leo que un editor a quien respeto mucho, Alejandro Katz, se ha permitido el ligero esnobismo de publicar los Escritos políticos de Samuel Johnson, nombre indisolublemente ligado a otro John Boswell, el inventor de la biografía como género moderno. Estos escritos políticos de un dissenter londinense del siglo XVIII nos quedan muy lejos, por mucho que la comentarista Jorgelina Núñez trate de contextualizarlos, sin demasiado éxito. Y me pregunto, con la que está cayendo en la Argentina en estos momentos en que el Congreso discute, con toda la Iglesia en contra y casi sediciosa, la posibilidad de una ley que nos dé a todos los mismos derechos como ciudadanos, la ley de matrimonio homosexual, ¿no hay ningún editor argentino que se atreva a reeditar esta piedra de toque que es Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad? No tendrían que pagar grandes anticipos, la traducción está en poder de El Aleph, una editorial mortecina que no tendría inconveniente en cederlos por un módico precio, Bengt Oldenburg les cedería gratuitamente los derechos del diseño de cubierta, en el que utilizó el grabado de Albert Durero que ilustra este post.
¿Nadie lo hará? Yo no puedo, porque no tengo ninguna editorial.

Y si, por si nadie se atreve a publicar, que es la manera en que los editores formamos parte de la cosa pública, aquí hay un enlace a los contenidos del libro.
Porque solo podemos cambiar el futuro cuando sabemos que ese futuro está anclado en nuestra historia.