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domingo, 27 de noviembre de 2011

Los libros inútiles


 que una rama del comercio extraviada es una rama perdida y que en diez años se causan más males de los que que se pueden reparar en un siglo.
                            Dennis Diderot (Carta sobre el comercio de los libros)

Libros de mármol de la decoradora Kelly Wearstler.


 En 20 años de ejercicio editorial, he publicado libros inútiles. Varios.

Los libros útiles no son el contrario de los libros inútiles. Son los libros que sirven para algo: para que adelgacen los ejecutivos en comidas de negocios; para convertir un erial en un jardín; para preparar una cena. Y para pagar los salarios.

El contrario de los libros inútiles son los libros valiosos.

También he publicado libros valiosos. Varios. Algunos se volvieron inútiles, porque sofocados por los auténticos libros inútiles que publicábamos, yo y todos mis colegas.

Estos son los verdaderos géneros con los que trabaja un editor. Lo demás es literatura. Y vanidad. Del equilibrio entre ellos depende la salud del comercio del libro.

UNA MAREA BLANCA DE PAPEL

Cualquier cosa que digamos sobre la edición y el cambio de paradigma al que está sometida se modificaría radicalmente si tuviésemos una historia económica del papel. Y de su inflación. También, del papel del papel en la consolidación del Estado moderno y de la burocracia que lo hizo posible. Ya lo dijo Bertold Brecht, y mucho mejor: para ser hombre hace falta un librito de papel, el pasaporte.

El papel impreso y el poder han compartido una intimidad que a menudo se pasa por alto.  Quien no lo crea, que pregunte a los sin papeles.

La edición se ha articulado en esa intimidad. Que a veces la haya cuestionado, e incluso desafiado, no es más que una confirmación del vínculo y sus tensiones. En esta lógica, la misión del librero-editor (hoy descompuesto en una red que abarca a decenas de jugadores) es, en espejo con la de quien extiende un pasaporte, asegurar la circulación de los discursos y, al mismo tiempo, restringirla para evitar su proliferación descontrolada y su consiguiente devaluación.

El editor adquirió su lugar de privilegio, que sustentó sobre la extinguida promesa ilustrada, en el compromiso tácito de guardar el orden de lo escrito. De mantener la asociación de la autoridad de saber y la forma de publicación.

A todo esto se lo llamaba "hacer un catálogo". Hay editores con catálogo, como Jorge Herralde, y hay editores sin catálogo, como Planeta Internacional.  Literalmente sin catálogo, porque ningún documento da cuenta de la historia de sus publicaciones.

El editor "con catálogo" no está a salvo de los libros inútiles, porque forman parte del régimen de la edición: de la negociación con el agente literario en pos de un libro valioso o de uno útil; de la necesidad de mantener encendida la hoguera de la librería; de ocupar el territorio de las mesas de novedades y del inevitable error de apreciación. Pero la tentación de entregarse al libro inútil queda acotada por ese registro de sus acciones  y pecados editoriales que es el catálogo.

Quien no tiene catálogo, no deja huellas. Tira de la cuerda y esconde la mano.

Hace diez años, pensaba que los libros inútiles hacían ruido. Hoy los veo como una inmensa marea blanca en la cual zozobran los discursos que prometimos hacer circular.

LA HERIDA AUTOINFLIGIDA

La economía del papel está asediada desde hace tiempo. Desde la Primera Cena que Frank McNamara pagó con una tarjeta de crédito en el Major's Cabin Grill, en febrero de 1950.

Fue una andanada en la línea de flotación del mundo simbólico construido alrededor del papel. De allí a la libre circulación de capitales ficticios que hoy amenaza con acabar con la civilización tal y como la conocemos, han ocurrido muchas cosas.


¿Por qué siguen pensando los editores que el papel que les toca en el mundo de papel no debe ser tocado? ¿Acaso creen que el papel de los libros es más importante que el papel moneda? ¿No han comprendido que el destino de ambos papeles está atado?

Mucho antes de que llegara el gran editor universal, ese que le abre las puertas a cualquiera y donde los textos tienen por único contexto su pertenencia a una misma temática, mucho antes de la Red, de la autoedición, de los ebooks, de Google y de Amazon, los editores se autoinfligeron una herida. Una herida fiera, porque hecha con el instrumento contundente y romo de los libros inútiles.

domingo, 3 de julio de 2011

Los lectores leen

Y mi mamá me mima, según Norman Rockwell.


Quien no lo crea, que le pregunte a Jeff Bezos.

El rey del ecommerce no es neurolingüista, pero conoce a sus clientes como nadie y está más que dispuesto a que Amazon sea el castillo inexpugnable de un futuro cercano, para el cual predice que "la mayoría de los libros vendidos en el planeta serán digitales". Jeff Bezos es un innovador, no un revolucionario. Y le va bien.

La industria editorial supo tener innovadores. Allen Lane, el fundador de Penguin, fue uno de ellos. A tal punto que cuando hoy decimos "libro" no imaginamos inmediatamente ni el preterido códice ni la Biblia Regia que imprimió Cristóbal Plantino en Amberes, a cuyas cajas contribuyó no pocos tipos la imprenta de Alcalá de Henares. Cuando hoy decimos "libro", y sobre todo cuando hablamos de la crisis en la que está inmerso, lo que vemos es el libro reinventado por Allen Lane en 1936; la linotipia que remplazó a los tipos móviles de Gutenberg; la tipografía que Eric Gill inventó para esas máquinas; las normas de estilo que pergeñó después Jan Tschichold para Penguin y, sobre todo, aquellas tiradas iniciales de 50 mil ejemplares de buena literatura bien editada, al alcance de la mano y al alcance del bolsillo, porque Lane sabía que los libros, para venderse como rosquillas, no debían superar el precio de un paquete de cigarrillos.

Ese es el modelo en crisis, no por el advenimiento de las nuevas tecnologías, sino por una sobre explotación que lo desvirtuó.Y Penguin es hoy Penguin Ltd. y no tiene ningún Allen Lane, aunque tiene al muy festejado John Makinson.

Si yo cultivara brócoli en épocas de Internet y se hubiese vuelto muy caro poner el brócoli al alcance de mi público vegan, en lo último que pensaría es en cambiar la estructura molecular de la hortaliza como solución al problema. Pero como los libros son un artefacto, esto es, son de nuestra invención y fábrica, hace falta mucha disciplina para no empezar la casa por el tejado.

Para empezar la casa por el tejado, ante la crisis del modelo de negocio editorial renovado en los años 30, basta preguntarse si acaso no se deberá a que los lectores no quieren leer. Así, en una entrevista de la BBC, cuya trascripción parcial encontrarán aquí, Makinson no reinventa la industria, como hizo Lane, sino el libro mismo. Los libros se transforman, en su discurso, en "pasarelas", en puentes transitorios que nos llevan a las niminedades y las charlas amenas que, en definitiva, es lo que quiere ese lector conjeturado en los salones endogámicos de la edición.

"No espero --dice-- que los lectores abran un libro de Jane Austen en la primera página y vayan hasta la página 300 para después cerrarlo."

Además de esperar que abran también otros libros, tanto o más valiosos, mi humilde experiencia de lectora omnívora me dice que nunca se leyó así, a menos que uno estuviera convaleciente de algún grave mal.

Makinson sigue: "Pienso que harán pequeños viajes hacia otros medios y otras conversaciones y que querrán investigar acerca de los pasos de baile o las recetas de cocina de la época o buscar en línea quién es Jane Austen o hablar con sus amigos sobre la experiencia de leerla."

Esto y quitarle a la ficción narrativa toda su capacidad de crear mundo, tal vez el motivo principal por el cual se ha leído a autores como Jane Austen hasta el día de hoy, es lo mismo. Y dicho por un editor.

El código nos ha entregado otras herramientas para crear mundo, que debemos explorar e investigar. Un ejemplo es Second Life , y también FarmVille. Ahora bien, nosotros somos traficantes de palabras, un objeto previo al código y que lo habilita; así como el horticultor es traficante de brócoli, un objeto previo que hace posible la receta vegan.

El pesimismo barroco de editores como John Makinson contrasta con el pragmatismo de los innovadores a quienes tanto tememos. Cuando Dominique Nora le pregunta, en la entrevista aparecida en el Nouvel Observateur el 22 de junio, sobre el futuro de los libros enjaezados y de los transmedia, Bezos dice:
Es posible que se creen nuevas formas de libros multimedia, pero no para la ficción. La concepción de la literatura depende del cerebro humano, no de la forma en que se la distribuye. Me sorprendería mucho si la forma en que leemos textos largos --novelas, historia, biografías-- se transformara.
Que sí, que los lectores leen. Y leen por razones que nos son desconocidas y que no se agotan en el entretenimiento ni en la información.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El desierto de los mongoles

Si bien el concepto es un poco heideggeriano y sobre él han insistido mucho teóricos como, por ejemplo, Gianni Vattimo, es casi imposible negar, desde la experiencia sensible, que una de las funciones de la narrativa es la creación de mundo. O mejor aun, de mundos.

Un lector asiduo que realiza la mayor parte de sus lecturas en el transporte público me comentó una vez que prefería las novelas largas. Comenzaba a leerlas en casa, apoltronado en un sillón, pero se detenía cuando empezaba a conocer los personajes para luego retomar la lectura en sus largos viajes al trabajo y de vuelta a casa. "Es lo mejor que me puede pasar. En un vagón de tren donde vamos hacinados entre desconocidos, abro la novela y me encuentro con gente cuyos destinos me inquietan y preocupan. Es reencontrarse con una familia en una habitación privada que ya hemos frecuentado."

Es la primera instancia de creación de mundo. La segunda, y tal vez la más importante en términos culturales, se produce cuando un conjunto de lectores coincide en el valor que le otorga a la obra, cuando la experiencia de intimidad que ha producido el contacto con ella resulta compartida por desconocidos que, así, dejan de serlo tanto. Heidegger llamaba a esto "mundo"; hoy se lo llama "comunidad".

Nuevas tecnologías aportan nuevas maneras de crear mundo. Pasó en el Renacimiento, cuando los florentinos descubrieron la perspectiva científica y pintaron retablos que equivalían al 3-D del siglo XV. Pasó con el nickelodeon y su vástago deslumbrante, el cine. La consolidación de Internet y sus diálogos, su oferta inconmensurable de contenidos, nuestra capacidad de concentración cada vez más disminuida por sus múltiples convites, ha hecho que muchos se planteen, en momentos en que el ebook gana terreno en nuestro imaginario, cuál será la forma que la creación de mundo adquiera en sus dominios.

Hay quienes se decantan por la ficción breve, brevísima, adaptada a nuestra alicaída atención. Y los hay que ven en los videojuegos un modelo para lo que se ha dado en llamar ficción "transmedia", algo que nos acompaña desde los años 80 como una corriente subterránea que no termina de imponerse. Quienes militan en estas filas siguen creyendo que la inmersión en mundos conjeturales ofrece una recompensa inigualable a nuestras capacidades cognitivas. Entre ellos se encuentran estudiosos como, por ejemplo, Mathew Kirschenbaum, de la universidad Maryland, que ve en Second Life o en Farm Ville a los precursores de estas nuevas maneras de narrar. Otros, como el poeta Guy LeCharles Gonzales, que sin renunciar a la palabra escrita, ven en la ficción de género participativa (una derivación del fanfiction) la promesa de un futuro. Y aquellos que, como Cory Doctorow, le dan la bienvenida a toda experimentación, sin hacerle ascos a sus orígines.

Lo común a todas estas propuestas es la participación activa del lector, ya sea creando contenidos, como es el caso del fanfiction colectivo y manipulado desde los hilos de una mastermind que sería el autor, sus textos y sus algoritmos; ya sea creando código, como en la propuesta de Kirschenbaum.

Porque ésta es una de las discusiones más activas entre los creadores de mundo que han abrazado la Red, el anuncio de la aparición de The Mongoliad, una saga participativa dirigida por los autores Neil Stephenson y Greg Bear y hecha posible gracias al programa PULP, fue una de las noticias mejor recibidas de la semana. Uno de los más entusiastas fue Cory Doctorow.

The Mongoliad es ficción de género, tal vez la que mejor se preste para la creación express de mundos, y entra en la clasificación de fantasía épica. Se escribe por entregas, como la literatura popular lo ha hecho de antaño, y viene con una batería de extras: videos, fotografías, cuentos cortos alrededor del tema principal. A esto se le suman sus cualidades participativas: hay una wiki para crear una enciclopedia que dé cuenta del mundo ficcional y, además, la posibilidad de escribir ficciones derivativas al estilo fan. Una parte del contenido es de libre acceso, pero para acceder a todo ese mundo y, además, participar en su creación, es necesario abrir una cuenta con una suscripción de 5,99 dólares que da acceso por seis meses la modalidad anual, por 9,99. Vencida la suscripción, el acceso a la lectura de los materiales continúa, pero ya no se podrá leer nada nuevo que se escriba en el desarrollo de ese mundo de las invasiones mongólicas hasta que el suscriptor no la renueve.

En principio, las condiciones parecían equitativas, aunque no faltaron los internautas que consideraron exagerados los casi diez dólares de la suscripción anual. Al margen de los militantes del gratis total, el regocijo fue generalizado. Por fin aparecía un modelo de creación que combinaba los placeres de la narración con un modelo de negocio viable.

La saga, sin embargo, a dos días de su presentación en sociedad, promete ir por otros derroteros. En BoingBoing, el blog donde Doctorow saludó con fanfarrias la inauguración del ciclo narrativo, los lectores han comenzado a dar cuenta de su experiencia en la sección de comentarios. Allí denuncian que en las condiciones impuestas por el modelo de suscripción, los autores o la empresa que han formado, advierten que cualquier contenido agregado o creado por la comunidad de lectores pasa a ser de su propiedad, de la cual podrán disponer como mejor les parezca. Los participantes de buena fe que han querido participar de The Mongoliad como creadores secundarios se sienten estafados: les obligan a pagar para crear un material único de cuyo usufructo posterior quedan excluidos. La propuesta se parece demasiado a las penurias cotidanas del mundo real como para generar simpatía, porque la fantasía de comunidad, de bien creado entre todos, se convierte con toda crudeza y sin máscaras en una realidad de apropiación de los bienes comunes.

Del otro lado de las murallas levantadas por los creadores de The Mongoliad, hay un desierto poblado de sombras enfadadas y temibles: los lectores que nunca llegarán a ser, porque por sobre el deseo de lectura y participación se ha impuesto un concepto de propiedad intelectual mal habida.

¿No habría sido más sencillo recurrir a una licencia de Creative Commons para la obra final y colectiva? Sí y no. Porque con eso se desmoronaba una de las patas del trípode: el modelo de negocio.

The Mongoliad es una prueba más de los fracasos a los que estará expuesta una doctrina del copyright concebida para objetos cuya creación en red no fue tan evidente hasta la llegada de Internet.
¿Estaremos a la altura del desafío? Esto es, ¿sabremos autores y editores cómo ganarnos la vida con las nuevas reglas de juego que nos impondrá el medio y el público que lo usa?

martes, 20 de julio de 2010

Bajo la piel de #Libranda



Todo tuvo, desde el comienzo, un extraño aire de familia. Una calidad de unheimlich digna de los cuentos de E.T.A. Hoffmann. Era como un dottore Dapertutto venido del pasado que da vuelta la esquina en la ciudad más inesperada, allí donde creíamos que no lo encontraríamos. Era como esos sueños en los cuales uno ve una película, con su final y todo, pero nadie puede detener el carrete y la película continúa; con los mismos actores en otros papeles; con otro argumento y el mismo final.

Era Libranda.

En realidad, no hice predicciones. Había estado antes allí. 


Ya el latinajo de su nombre me hacía acordar a Diversia, un emprendimiento faraónico nacido y muerto en la primera burbuja puntocom. En Diversia había una tienda que se llamaba Al coste, y en Al coste, una tienda de venta de libros online, y en la tienda de libros online, Manuel de la Pascua. Manuel de la Pascua era un desplazado del departamento multimedia de Anaya, allá por esos tiempos en que las grandes editoriales comprendieron que el cd-rom de los 90 no era negocio, como descubrirán, dentro de poco pero demasiado tarde, que los libros enriquecidos son un pozo sin fondo. Manolo era muy amigo de sus amigos. Uno de sus amigos era Nacho de Bustos, que fundó Newcomlab. Yo era una desplazada de mí misma y Manolo me llamó para que me ocupase de conseguir fondos de pretina alta para la librería de Al coste. Pero Diversia cerró antes de que me lo tomara en serio.

En el origen fue la palabra. La palabra de Andersen Consulting y de Forrester, que fueron a la burbuja puntocom lo que las agencias de clasificación de riesgos a la debacle económica de Argentina, Grecia y España juntas. Cuando comenzaron a elaborarse los informes de las dos consultoras sobre el futuro crecimiento exponencial de la lectura en pantalla, varias otras cosas sucedían en simultáneo. Microsoft había lanzado e impuesto el Windows CE, que dotó a las PDA de mayores capacidades multimedia. Palm y su Palm Pilot se convertían en un objeto cotidiano y varias empresas de hard-ware ofrecían otras PDAs con Windows CE incorporado. Si uno no tenía un PDA, descendía varios peldaños en la escala de valoración social y profesional. Pero en el momento en que los informes comenzaron a circular entre la gente del libro, la novedad era el Microsoft Reader, con sus archivos .lit y su doble clave pública de encriptación de 128 bits.

La adopción de los informes se repartió así: la editorial Planeta hizo del de Andersen su Biblia; el de Forrester cayó en manos de Anaya y, a través de Anaya, en las de Manolo de la Pascua, que vio en ellos una oportunidad. No era para menos: Forrester y Andersen prometían un mundo en el que los ebooks remplazarían a los libros, a los periódicos, a las enciclopedias, incluso a las fotocopias con las que los estudiantes saqueaban la propiedad intelectual. Esta fuente inagotable de riqueza y de progreso llegaría a su plenitud en un lapso de tres años. Recuerdo los gráficos, hoy llamados infografías, y eran de vértigo. Así nacieron, casi a la misma hora, la librería Veintinueve, de Planeta y Broadebooks, independiente. En Broadebooks hice mis pinitos en la realidad de los libros digitales.

Hubo muchísima improvisación por parte de todos. Planeta, para premiar al evangelista de la buena nueva, colocó al frente de Veintinueve a un controller de Anderson Consulting, que sabía mucho de pronósticos estadísticos y nada de libros, ni de editores, ni de agentes, ni de autores, ni de lectores, fuesen humanos o digitales. En Broadebooks, Nacho de Bustos fue el tercer socio y su contribución, la plataforma de distribución y el sitio web de la empresa, que se desarrolló en Newcomlab. Para hacer honor a la verdad, deberíamos decir que se remendó en Newcomlab, porque la plataforma de distribución de Broadebooks no era más que una adaptación defectuosa de la recientemente fenecida plataforma de Al coste, la tienda de venta de libros online de Diversia, aquel gigante malogrado.

Y ese aire de familia que me obsesiona desde el primer anuncio de Libranda, esa sensación de película ya vista, de historia ya vivida, de fracaso en ciernes, tiene el nombre de aquel emprendimiento ingenuo e improvisado: Broadebooks. Porque, bajo la piel de Libranda, bien maquillada por somms.net, se esconde la plataforma de distribución de Broadebooks, nuevamente tajeada y remendada, que Nacho Bustos desarrolló a comienzos de siglo desde Newcomlab, cuando la web 2.0 solo estaba en las cabezas de unos pocos adelantados. Y entonces nada de lo que ocurre con Libranda y su desconcertante experiencia de compra sorprende.


Para cuando Broadebooks lanzó su tienda Farenheit 451, en septiembre de 2002, ya me había distanciado del proyecto. No fue solo porque el nombre evocara un mundo sin lectura, donde las palabras exteriorizadas en escritura ya no eran comprendidas por nadie. No fue porque el nombre evocara la quema de los libros, los bomberos pirómanos, un mundo totalitario e idiotizado. Fue, fundamentalmente, porque nada de lo que podíamos ofrecer se parecía a lo que decíamos que ofrecíamos. En septiembre de 2002 ya estaba de vuelta en Barcelona y publicaba los dos primeros títulos, en papel, que comenzarían la andadura de Poliedro. 


¿Qué se propone de verdad Libranda cuando resucita de los muertos la fallida plataforma de distribución de Broadebooks? Reducir costes, desde luego. Pero, ¿a qué precio para el libro y su futuro se reducen esos costes corporativos? ¿O lo hacen porque no creen en Libranda? ¿O lo hacen para que los libros digitales sean la befa de lectores, autores y libreros durante otros diez años en los que sus mentores seguirán disfrutando de una posición dominante en los metros lineales de las librerías ahogadas por los demasiados libros que publican?


¿Podemos tomarnos en serio a Libranda?

jueves, 8 de julio de 2010

Vindicación de la piratería


Dedico este post a Rogelio Blanco y a Jack Sparrow

Cuando España toda y el ámbito de la lengua a ambas márgenes del Atlántico se aprestaba a la celebración acartonada, que se les reserva a los clásicos, del IV Centenario del Quijote, José Antonio Millán y yo preparábamos, para la difunta editorial Poliedro, una insolente edición de lujo del Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda. Entre las personas que entendieron esta broma erudita se contó Manuel Seco, que a su publicación nos envió sendos tarjetones de ánimo, escritos con su letra mínima, que se asemeja a hormigas pensantes.

Porque, guste o no, los Quijotes son tres y, sin el de Avellaneda, la segunda parte del de Cervantes no habría sido lo que es. En el prólogo a esta edición (hoy ni siquiera presente en la base de datos del ISBN español), Millán intentaba "ser la voz de un lector de Cervantes y de otros autores del Siglo de Oro que propone al lector actual algunas vías de acceso a una obra que está en el centro de un complejo mundo de tensiones históricas y literarias". De algunas de estas tensiones, en cuyo eje está el oficio de la imprenta, y de sus metástasis digitales trata este post.

Las palabras "pirata" y "piratería", en el sentido en que las usa hoy alguien como Rogelio Blanco, son anglicismos, muy a pesar de sus insospechables antecedentes indoeuropeos, que nos son comunes. El primer idioma europeo en que surge la palabra "pirata" aplicada al supuesto robo de las producciones del ingenio es el inglés. El neologismo aparece por primera vez de la mano del poeta John Donne, en la construcción "wit-pyrat", en 1611. Donne, sin embargo, acuñó la expresión con un sentido todavía clásico, sin referencias a las prácticas comerciales sino al plagio personal. Esas obras tenidas por espurias estaban, gracias al éxito de la imprenta, en condiciones de reproducirse y distribuirse, erosionando así en parte la autoridad del autor primero, autoridad que es también una consecuencia secundaria de la imprenta.Tendría que pasar buena parte del siglo para que esta feliz ocurrencia de Donne se independizara de su primer componente (wit/ingenio) y se transforma en uno de los pilares de la doctrina anglosajona del copyright. Será la generación de Daniel Defoe, y con especial recurrencia en este autor empresario de sí mismo, siempre endeudado y perseguido por sus bancarrotas, la que imponga los términos "pirata" y "piratería" para denunciar prácticas comerciales que ya no solo erosionaban la autoridad sino, y especialmente, el patrimonio eventual del autor y su editor. No olvidemos que Defoe solía pagar sus cuantiosas deudas con escritura. Con excelente escritura, además. 

El desarrollo que estas nuevas prácticas tecnológicas tuvieron en nuestra tradición castellana no fue por los cauces del derecho. Tres años después de que Donne se quejara de los imitadores con el neologismo wit-pyrat, un autor español a quien seguramente Cervantes conocía, decidió apropiarse de un personaje bastante popular, Don Quijote, y escribir una obra que hoy encasillaríamos en el género del fan-fiction, el Quijote apócrifo, y burlar las buenas costumbres establecidas por las cofradías de impresores y libreros dotando a su obra de un falso pie de imprenta, para que fuera imposible rastrear sus orígenes. La singularidad específica de nuestra lengua en el trato con las tensiones desatadas por el nuevo medio, el libro impreso, resultó en la primera novela moderna, porque el Quijote merece su condición de monumento, entre otras cosas, a que todo su imaginario está organizado como una aguda reflexión sobre la galaxia Gutenberg, la nueva tecnología que exigía nuevos modos de creación.


Posiblemente nadie como Cervantes haya entendido, en su época, el profundo cambio que la popularización de la imprenta implicaba para la creación literaria. El primer Quijote, el de la primera parte, es un personaje enajenado por la lectura "literal" de la letra impresa. El segundo Quijote, agraviado por ser sujeto de proezas que nunca realizó, organiza su tercera salida con el clarísimo objetivo de llegar a la imprenta de Barcelona donde se habría puesto en letras de molde su falsa biografía. Y en esta respuesta a la ingeniosa "piratería" de Avellaneda, se escribe la novela sobre la cual se fundará toda la producción literaria europea de la modernidad.

En una conferencia interna para los desarrollores de Google, que tuvo lugar la pasada primavera boreal, Vint Cerf sacó el tema del copyright, uno de los dolores de cabeza mayores del proyecto Google Editions. Está disponible en YouTube y se puede acceder a ella por el enlace anterior. Recomiendo dedicarle los 80 minutos de atención que exige conocerla en su totalidad, pero aquí solo subrayo lo siguiente: Cerf destacó que toda la doctrina del copyright se basaba en unos objetos físicos y estáticos, reproducidos en un lugar específico. En resumen, que el copyright protege objetos del mundo analógico y que frente a esta nueva Xerox planetaria que es Internet hay que pensar en nuevos conceptos para la protección de las creaciones del ingenio. Que de nada vale trasladar conceptos del siglo XVII a una realidad que no se le parece en nada y que, para colmo, está en permanente construcción. Agrego que, además, la obra literaria que dé cuenta de ella, el Quijote de nuestro tiempo, todavía no ha aparecido, aunque creo que está haciendo sus pinitos en experiencias como las de SecondLife o FarmVille.

Hay un libro, Piracy. The Intellectual Property Wars from Gutenberg to Gates, de Adrian Johns, publicado por University of Chicago Press, disponible en su edición de papel y en versión para Kindle, del cual se pueden consultar varios capítulos en Google Books, que resulta de imprescindible lectura para encarar este tema acuciante de la industria editorial con conocimiento de causa. Entre otras cosas, allí aprendemos que los derechos de propiedad de los autores nacen de una revuelta contra la doctrina del copyright, que solo beneficiaba a una editores convertidos en oligarquía alrededor de sus gremios. Y también nos informa del enorme valor económico de la piratería en los momentos de cambio de paradigma. Valor económico de progreso, no de hurto. Para algunos de estos conceptos de Adrian Johns en español, lo mejor es ir al blog del Partido Pirata Argentino, donde se han tomado el trabajo de traducirlos.

Otro libro de capital importancia sobre el tema ha aparecido en estos días de la mano de Alejandro Katz y su editorial. Se trata Crímenes de la razón, del premio Nobel de Física Robert B. Laughlin, algunos de cuyos criterios se pueden leer en Queequeg, mi otro blog, en el post "La propiedad intelectual de las mentes peligrosas". Y, por coincidencias del destino o de profundas coincidencias de intereses intelectuales, recomiendo también el post que publica Libros y bitios sobre el tema, bajo el título "Junto al volcán".

viernes, 2 de julio de 2010

Y lloró Jesús


No sé nada de Mike Cane, excepto que vive en Satan Island, NY. Esto es lo que declara en su perfil de Twitter. También sé que abandona sus blogs periódicamente y abre otros nuevos, que muchas veces vuelve a abandonar. Que sus blogs abandonados son deshechos de la red que algunos seguimos visitando y escarbando en busca de inspiración. Y que escribe como los ángeles caídos.

Mike y yo apenas hemos tenido algún que otro intercambio epistolar. Él sostiene que los ebooks bobos deben morir. Yo, en cambio, sostengo que los ebooks no pueden morir pues no existen. Pero sus ebooks bobos y mis ebooks inexistentes son una y la misma cosa. Los ebooks bobos de Mike Cane bien podrían ser ebooks mudos. Y de lo que no existe ya sabemos que calla.

En posts anteriores, y tan temprano como en 2002, he sostenido la importancia de los metadata para que todo lo contenido en los libros (el 85 % del saber archivado por el hombre, contra el 15 % que hoy encontramos en la Red) sobreviva. Y he dicho una y otra vez que es la sociedad de redes la que le está exigiendo a la palabra volverse líquida para entrar en los flujos de una economía global construida en base a metadata. No es la palabra la que se niega a esta transformación, sino quienes la detentan. Lo hacen a través de estrategias que llevan el nombre de plataformas propietarias, sean los app-books del censor Steve Jobs o las torpezas encaradas por Libranda. Lo que obtienen como resultado son productos risibles, libros mudos, imitaciones de la página bidimensional o, peor aun, de los fracasados CD-Rom de los años 90. Y después dan entrevistas a la prensa en las cuales se ríen de lo que ellos mismos construyen.

Este post será largo, porque reproduciré aquí las 81 etiquetas que Mike Cane ideó como punto de partida para que los ebooks dejen de ser bobos, mudos, inexistentes. Las 81 etiquetas que salven a los libros de los editores. Quien llegue al final de la lista sin perder la fe, puede considerarse un editor del futuro.

Lo que Mike describe a continuación es una oración de tres palabras:

Y lloró Jesús.

Estas tres palabras contienen más información de la que la mayoría de la gente (y de los editores) imaginarían. Y es ésa la información que debe ser extraída: la información oculta que constituye el basamento de lo que ha de ser un ebook. Lo que la sociedad de redes le exigirá que sea. Ni Mike Cane ni yo somos especialistas en markup y lo que se propone aquí es un boceto de los fundamentos.

Y lloró Jesús.

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Si esta es la información que necesitamos proporcionarle a las máquinas para que aprendan a leer tres palabras, ¿cuántas harían falta para que pudieran leer un párrafo entero?

Los que abandonaron la lista de etiquetas cuando llegaron a la caracterización de la galaxia no pasarán la prueba para ser los editores del futuro, porque no han entendido que el etiquetado también puede servir para un libro de astronomía. Ni tampoco han entendido que si el personaje fuera el etiquetado también serviría para catalogar un libro de ciencia ficción.

Toda esta información oculta que se vuelve explícita es la que transforma un ebook inexistente en un ebook. De objeto digital bobo a objeto inteligente. Pero es más, también es posible, a partir del etiquetado, relacionarlo con otros objetos similares de formas que hoy no son posibles y, además, los convierte en objetos "buscables" (y hallables) en la infinita Red. Un etiquetado de esta naturaleza permitiría al lector hacer búsquedas como éstas:

Todos los libros de suspense ambientados en Los Ángeles en 1945.


Todos los libros de ficción ambientados en Marte en cualquier año, publicados entre 1940 y 1960.


Todos los libros con el Cid Campeador como personaje ficticio.


Todos los primeros párrafos de todos los libros publicados en el mes de mayo de 2009.

Y un largo etcétera.

Hoy, como lo demuestra la entrevista con 4 editores mitológicos (y no tanto) que se cita más arriba, la jerarquía de la edición termina, justamente, en el editor. No más tarde que hoy, la editora de Barataria, durante el Seminario de ARCE sobre la edición cultural y su salud (o falta de salud) en España, se erigía en el pináculo de esa estructura jerárquica: "El editor no puede delegar nada", decía, relacionado con el alma y la misión de la editorial. Pero si los libros han de sobrevivir, serán estos metadata sus billetes de entrada a la vida de la información que se guarda en las bases de datos. Y esos metadata no los manejan los editores; los manejan los geeks. Serán los geeks quienes establezcan los estándares que permitan a la palabra entrar en la sociedad de redes y no quedar rezagada en la inmovilidad arquitectónica de la página impresa o, lo que es peor, en la inmovilidad del travestismo digital de Libranda.

La creación de estos metadata es costosa, implica mucho trabajo y mucho tiempo. Pero también es verdad que su valor se acrecienta con el tiempo. Más aun, se acrecienta con el acrecentamiento de la información así vertida. No como sucede ahora, que los demasiados libros le han quitado valor cultural, intelectual y de mercado a los mismos libros. Los metadata serán un negocio de muchos miles de millones de dólares. Y, por lo que vemos, no será un negocio de estos editores.

Y del lado del lector, el libro así digitalizado pasa a tener un valor que no el cero que hoy le atribuyen tanto los escépticos de la Red como los iluminados de la tecnología. Porque ese libro también será un billete, un billete valiosísimo al saber que nos hace humanos.

¿Y han pensado quién sabe hacer que la información haga cosas, que hable, que no sea muda? Sí, ellos. Todavía nadie ha hablado en serio de Google Editions.

jueves, 10 de junio de 2010

La hora de todos (o No hay fortuna sin seso)


Estaba un poeta en un corrillo leyendo una canción cultísima, tan atestada de latines y tapida de jerigonzas, tan zabucada de cláusulas, tan cortada de paréntesis, que el auditorio pudiera comulgar de tan en ayunas que estaba. Y aunque el corrillo se había convocado para la presentación de la primera plataforma de distribución de libros digitales en español, al auditorio, porque no sintiera el hambre, se le habían entregado, en limosna, unos bolis de última generación, pero sin el correspondiente libro de notas. Que la incomodidad, como bien notó siglos más tarde el guiri Hemingway, es portentosa fabuladora y la convocatoria iba, justamente, de fábulas y fabulaciones.
Librándonos de males muy mayores, como lo son la piratería senegalesa y la agnóstica y la vocacional, Libranda se presentó en sociedad bajo el palio del DRM, mientras a pocas manzanas, la Audiencia Provincial de Madrid daba otra hora al fallar en firme a favor de los cuatro responsables de CVDGO.com, arrestados en 2005 por denuncia conjunta de Columbia Tri-Star Pictures y la EGEDA, que es a las películas lo que la SGAE y CEDRO son a la música y a los libros. Por no nombrar a la Ministra, que lo es a todos.

El cuento moral de Quevedo con el que empieza este post termina en llamas, porque ante tanta oscuridad del poeta disertante, uno entre la audiencia acerca tanto el cabo de una vela para despejar las tinieblas del discurso que prende fuego a la cuartillas. Y es que hay palabras que no pueden ser claras y tener luz si no las queman.

SUBURBIOS DIGITALES

De uno y otro lado del Atlántico, vivimos en español y el español es una vasta periferia de la ciudad digital, cuyo centro está en la Bolsa de Nueva York, que en las últimas horas ha hecho bajar el precio de las acciones de Amazon a fuerza de inflar el éxito del iPad, maniobra a la que se han prestado desde Publishers Weekly hasta The Motley Fool, incluyendo a algunos gurus del marketing y las redes como Seth Godin. Desde nuestra periferia, el sordo ruido de corceles y de aceros de esta guerra, que poco tiene que ver con los futuros del libro y mucho con el futuro de Internet, suena a fiesta a la que no nos han invitado. Y para sentirnos parte, hemos organizado una juerga con mucho DRM, pocos títulos, ninguna inversión en metadata abundantes (el instrumento de marketing más decisivo para los libros digitales y no los widgets que prometen), y una estrategia centrada en la cadena de valor del paradigma Gutenberg. Esa juerga lleva el nombre de Libranda y los pasacalles tocan con falsa alegría la música del miedo, pasión dominante.


TODOS PIERDEN

1. El librero, porque lo engañan haciéndole creer que su función prescriptora en el nuevo paradigma digital es equivalente a la que le corresponde en el paradigma Gutenberg.

2. El lector, a quien se obliga a un engorroso método de adquisición y descarga capaz de volver tímido al más osado y que debe pagar el precio de una complicada intermediación innecesaria en el paradigma digital.

3. El autor, a quien no se le asegura la correcta difusión de su obra porque no se hace la inversión en metadata enriquecidos que garanticen la visibilidad digital. (Los metadata que Libranda pone a disposición de la cadena de valor no van más allá de la ficha bibliográfica de toda la vida. Los metadata enriquecidos son los que permiten seguir toda la carrera de un autor: todos sus títulos, aunque los haya publicado la competencia, todos sus artículos, todas las entrevistas, todos sus blogs, toda su vida googleable a un clic de distancia).

4. El libro y sus futuros, porque no se le permite a la palabra escrita formar parte de los flujos de información de la sociedad de redes.

Y como los títulos ofrecidos son pocos (apenas 2000, si hay suerte y la canícula, como dijo Jesús Badenes, no estanca la retroconversión este verano), a alguien hay que echarle la culpa. ¿Quién mejor para hacer de malo de la película que los dos superagentes Carmen Balcells y Wylie? Sin embargo, la reticencia que los caracteriza está más que justificada: el 25 %, el 40 %, incluso el 100 % de nada, suma nada. ¿Por qué regalar autores a una inicitiva que no se propone vender los títulos sino retrasar el surgimiento de un paradigma paralelo al de gran escala?

Las palabras construyen mundo, por eso jugamos con ellas y, a veces, se nos escapan de las manos. En inglés, las empresas tienen "misiones"; en español, "vocaciones", un campo semántico ligado a las religiones, como las "ventanas de oportunidad" pertenecen al campo semántico de los ejércitos. Jesús Badenes estuvo particularmente locuaz en la presentación de esta juerga llamada Libranda y puso las palabras en orden muy significativo: la vocación de Libranda es no ganar dinero. Cuando un empresario hace profesión pública de una vocación no lucrativa, es momento de ponerse suspicaz y acercar el cabo de la vela a las cuartillas de su discurso, porque estamos ante una aberración o a una jugada veladora de la musa.

Y los editores, entonces, ¿también pierden?

¿O habrá querido decir Badenes que el dejar las cosas tal y como están, el retrasar la llegada de un nuevo paradigma que puede convivir perfectamente con el papel pero los asusta, vale para todos esos editores la friolera de 2 millones de euros? Obviamente, hay mucho en juego. Pero no es el libro digital quien amenaza la cadena de valor de la lógica Gutenberg: es la misma economía de escala que estos tres grandes conglomerados le han impuesto a libreros, autores y lectores, para seguir disfrutando no solo del control sino de los márgenes inconfesables que el efecto longtail les acarrea.

No, en estos términos, la llegada de Libranda no es una buena noticia. Pero a todos nos tocará la hora.

lunes, 24 de mayo de 2010

Djuna Barnes y la chipoteca


Dos lecturas del día de hoy me decidieron a reproducir en este blog el texto de una ponencia que leí el año 2002 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en el marco de unas jornadas sobre libro electrónico organizadas por José Antonio Millán. Por un lado, el post de Jordi Mustieles en el blog de Soybits, "De plataformas digitales". Mustieles hace un llamado a recordar los fracasos del 2001-2002 (veintinueve.com) para no repetir los errores que retrasaron el cambio de paradigma de la industria del libro casi una década. Por otro, un tweet de J. S. Montfort, que dice así: "Demasiado debate sobre el futuro del libro; pero yo tengo la sensación de que nadie tiene ni la más remota idea cabal al respecto". Le doy gran parte de razón.

Ese futuro tiene una prehistoria, que estamos haciendo en estos días y seguiremos haciendo en los mismos términos si renunciamos a la memoria. Por entonces, por el 2001, mi puesto de trabajo en BroadEbooks, la única experiencia independiente de distribución de libros digitales que competía con la de Planeta, llevaba el título rimbombante de "Asesora Estratégica de Contenidos". Lo que en la práctica significaba que debía convencer a los editores españoles de que se atrevieran a distribuir digitalmente sus catálogos con nosotros y lanzaran algún título original en formato e-book. No lo logré. Mis compañeros de aventura eran, todos ellos, desplazados de otro sueño digital perdido: el departamento de multimedia de Anaya y los alegres años 90 del cd-rom. Esto último viene a cuento porque el entusiasmo por los app-books (iPad mediante) o "libros enriquecidos" nos está haciendo caer en un adamismo peligroso.

La mayoría de los actores del relato que sigue ya son cadáver o lo eran incluso entonces. Sirven de memento mori a nuestras vanidades de hoy, que son las mismas de ayer. Otros, continúan firmes en sus puestos: el DRM, esa penalización del lector que los editores reunidos en Libranda quieren volver a imponer; el lenguaje XML, que ningún editor del ámbito hispánico ha adoptado en las cadenas de producción de valor de sus empresas; y el formato PDF, cuya increíble supervivencia se debe a la longevidad de las dos condiciones anteriores: editores obsesionados por el control de los contenidos (vía DRM) y perezosos a la hora de las inversiones experimentales (resistencia a cambiar radicalmente el proceso editorial). Si hacemos un buen mix de los muertos que quedaron en el camino y de las obcecaciones que persisten, escondidas detrás de un grado de sofisticación mayor, quizás podremos ver con horror un futuro cercano en el que estaremos, una vez más, escribiendo epitafios.

Aquí va el texto, que también se puede encontrar en ArchivoVirtual:

martes, 4 de mayo de 2010

Máquinas de leer


VELOCIDAD DE LAS VANGUARDIAS

Es bien conocida la afición de Filippo Tomasso Marinetti por la velocidad, que no se reducía a su admiración por los coches de carrera y su desprecio por la Niké de Samotracia, sino que irrumpía en la profecía ontológica. "Nosotros ya vivimos en lo absoluto", escribió, "pues hemos creado ya la eterna velocidad onmipresente." Menos citada es su aversión por los libros y todo lo libresco, que compartía con otros futuristas. En una carta fechada en abril de 1915, el poeta y dramaturgo Corrado Gavoni le decía:

"¿Por qué no hacer que los libros se abran como organillos como máquinas fotográficas como parasoles como abanicos? Estarían mucho mejor adaptados para la palabra en libertad. Soy un entusiasta descomedido de esta idea y tú deberías apoyarme, porque también estás más que harto y disgustado con las formas bestiales de los libros comunes."

Tres años antes, en el Manifiesto técnico de la literatura futurista, Marinetti, casi en simultáneo con su declaración de "guerra tipográfica" contra el libro tradicional, la poesía encolumnada de D'Annunzio e incluso las epístolas manuscritas del siglo XVII, escribía:

"El hombre, completamente averiado por la biblioteca y el museo, sometido a una lógica y a una sabiduría espantosas, ya no ofrece ningún interés. Por tanto, debemos abolirlo de la literatura y finalmente sustituirlo por la materia."

Por entonces, Guillaume Apollinaire componía sus caligramas


y si algo debemos agradecerle además de la poesía es que, aunque se lo haga responsable de haber inventado la palabra "surrealismo", nunca se dedicó al género literario por excelencia de la época: el manifiesto, que es a las artes lo que el plan de marketing a las corporaciones.

Mientras tanto, en Londres, Ezra Pound organizaba una visión del mundo que preparara su carrera como poeta central del centro del Imperio. Los futuristas le habían ganado de mano en cuestión de absolutos, pero la ciencia victoriana le proporcionaría el concepto de vórtice: en la quietud absoluta de los fluidos ideales, que mucho más tarde se convirtieron en los superfluidos de la hidrodinámica cuántica, se producía el movimiento absoluto, vertiginoso y eterno de las partículas. Y en el centro de esa vorágine, en él vórtice, también hecho de quietud absoluta, Ezra Pound, el poeta.
El texto liminar de esta concepción del artista es su ensayo "The Serious Artist", editado en forma de libro por T. S. Eliot cuando era director de Faber&Faber. Sin embargo, la palabra vorticismo para denominar al único movimiento de vanguardia que darían las islas británicas no aparecería hasta junio de 1914, cuando junto con Wyndham Lewis y Henri Gaudier-Brzeska, publicaron el primero de los dos únicos números de Blast, la legendaria revista de cubiertas color fucsia, donde ninguno de los tres decía lo mismo cuando decía "vorticismo".

A comienzos del decenio de 1920, el futurismo estaba más o menos olvidado, hasta por Marinetti, que dirigió sus energías hacia el fascismo. El vorticismo, por su parte, pasó más o menos inadvertido en su momento, tal vez porque entró en escena justo antes la Gran Guerra. Brzeska murió muy joven en las trincheras de Verdún; Whindam Lewis renegó del nombre en los años 40 y Pound lo protegió de la atención pública como su talismán secreto. Después de todo, tal y como él deseaba, nadie había entendido dónde estaba el vórtice; aunque él, porque gran poeta, logró lo que Marinetti apenas enunció en su manifiesto: la abolición del hombre en la literatura.
Apollinaire, que no pertenecía a ninguno de los dos movimientos, fue víctima de la entonces llamada Gripe Española, que no es otra que la gripe porcina contra la cual quieren vacunarnos hoy.

De todos ellos fue amigo o admirador, o ambas cosas a la vez, Bob Brown, el abuelo de las máquinas de leer.  

SOY LEGIÓN 

Bob Brown nació en Chicago en 1886 y, a la espera de que Craig Saper termine la biografía que tiene entre manos, me atreveré a definirlo como un buscavidas apegado a las vanguardias, un ácrata simpático cuya mayor contribución a la deconstrucción de la literatura y la cultura del libro fue el frecuentar, con un rotundo éxito efímero, todos los géneros literarios hasta entonces conocidos. Hizo publicidad, periodismo, etnografía, narrativa, poesía, guiones para la naciente industria del cine y libros de cocina. 
Sería un error pensar que Bob Brown era un impaciente, que saltaba de una cosa a otra sin profundizar en ninguna. De hecho, su producción narrativa suma mil cuentos de historias criminales y de suspense, algunas de las cuales dieron origen a los primeros cortos seriados del cine, que aparecieron en 1912 y, durante cierto tiempo, Hollywood lo empleó por un puñado de dólares para que escribiera los guiones de algunas películas de relleno. En materia de periodismo, no se conformó con sus colaboraciones en ciertas revistas de la vanguardia. También fue miembro del comité editorial de The Masses, la revista de ideas socialistas tan ligada al nacimiento de la bohemia del Greenwich Village, que se decantaba por el realismo de autores como Sherwood Andersen o Theodor Dreiser y que cerró el FBI en 1917, a causa de sus ideas pacifistas y su campaña contra el servicio militar obligatorio en pleno esfuerzo de guerra. Este pecadillo de juventud no le impidió, muchos años más tarde, fundar una exitosa revista de negocios en Brasil. En cuanto a la literatura gastronómica, Brown fue autor de treinta libros de cocina, algunos de los cuales escribió en colaboración con su mujer y su madre: una auténtica empresa familiar. En la época del macarthismo, cayó bajo sospecha: tal vez por su antigua participación en The Masses, tal vez porque había visitado la Unión Soviética, o tal vez porque en uno de los libros de cocina se permitió algún elogio del paisaje estepario y las cristalinas aguas de los ríos de Rusia. 
Se jactaba de conocer a todo el mundo, desde Gertrude Stein hasta William Carlos Williams o Marcel Duchamp. Y también presumía abiertamente de haber vivido, al menos, en cien ciudades. Y si de deconstruir se trata, hasta logró deshacer su identidad, sin intención deliberada, provocando el error de los bibliotecarios. Según Jennifer Schuessler, su vida fue tan extravagante y aventurera y su obra tan voluminosa y dispersa, que muchas bibliotecas de los Estados Unidos lo tienen catalogado en sus fichas bibliográficas como varias personas distintas, aunque bajo el mismo nombre.


Sin embargo, el rescate de la figura de Bob Brown como tenaz diablillo de la modernidad llega de su única incursión en el género literario más prestigioso de la primera mitad del siglo XX: el manifiesto. 
Algo tarde ya en comparación con los esfuerzos de Marinetti y de Pound, Brown publicó, en 1930 y en una edición de 150 ejemplares, su manifiesto The Readies, eficaz juego semántico que contiene, en una sola palabra, tanto el concepto de lectura como el de instantaneidad.
"Estoy empeñado en una sangrienta revolución de la palabra", escribe Brown en su manifiesto. Y aclara que sería el trovador de cualquier morralla retórica de Rabelais, que se baña en Apollinaire, que con Tristram Shandy aprendió a escribir notas al margen sin necesidad de un texto de partida y que, cuanto más, lo que hoy se necesita para hacer una obra es un punto (.), un guión corto (-) y un guión largo, hipodérmico y hermafrodita, un espacio en blanco y, quizás, algún vocablo. A continuación, da como ejemplo un poema, que es lo más parecido al código html de inicio de página de cualquier blog de los que usamos hoy:
  • 00
(Explain yourself)
  • (Title)
(Bullet) — (Hyphen) 0 (Head)
(00 (Heads)
Bullet-Heads

Si se trataba de abolir al hombre de la literatura, si es cierto que cada verso de los Cantos equivale a un link al saber universal de una enciclopedia china que ni siquiera Jorge Luis Borges concibió (C. XXXIII: "...not that they loved General Washington, but merely to disgrace the old Whigs..."), esa literatura "deshumanizada" necesitaba un nuevo lector (un lector que quisiera su ojo ahíto) y, si el hombre había dejado paso a la materia como sujeto de la literatura, tal vez una máquina de leer no vendría mal.

Es del todo caprichoso suponer que Filippo Tomasso Marinetti, cuando en 1909 afirmó que "el Tiempo y el Espacio murieron ayer" y se entregó a la pasión de la velocidad "eterna y omnipresente", había leído la teoría de la relatividad restringida, publicada cuatro años antes por Albert Einstein. Más antojadiza parece la sospecha de que Ezra Pound hubiese estado en contacto con un best-seller de divulgación científica titulado The Unseen Universe, de Balfour Stewart y Peter Guthrie Tait, en el cual se exponían las teorías que William Thompson Kelvin desarrolló en On Vortex Atoms y que, pese al error de afirmar la existencia del éter, dieron lugar a la hidrodinámica cuántica, cuyo héroe es el helio, ese líquido que en la Tabla de los Elementos figura como un gas. Sin embargo, la inspiración del futurismo y del vorticismo en las ciencias de la época es innegable. 
La "revolución sangrienta" a la que se disponía Bob Brown en nombre de las vanguardias, en cambio, puso todo su énfasis en la tecnología. 

LA MAQUINA DE BOB BROWN

The Readies es un destilado de todos los géneros y estilos practicados por el autor a lo largo de su vida. 
Hay un programa de vanguardias, como exige cualquier manifiesto: "La escritura ha sido embotellada en libros desde el comienzo. Es hora de que la descorchemos [...] A la revolución de la lectura y a la Revolución de la Palabra se llegará sin tinta". 
Hay crítica literaria, como cuando compara lo que James Joyce o Gertrude Stein han hecho por la literatura con lo que Pablo Picasso significa para la pintura. 
Hay antropología de la cultura, como cuando afirma: "Sólo la mitad de la Literatura, la que corresponde a la lectura, se ha quedado atrás, anticuada, desaliñada, esquiva". 
Hay publicidad autocomplaciente: "Mi máquina de leer con tipografía adaptable al ojo está equipada con todos los adelantos modernos". 
Ecologismo de andar por casa: "Las ventajas materiales de mi máquina de leer son obvias: ahorro de papel por condensación tipográfica y por eliminación del desperdiciado espacio en blanco de los márgenes, etc."
Humor corrosivo: "Los editores estadounidenses ya están descartando las sobrecubiertas para producir más libros a precios más económicos; su próximo paso será descartar el Libro en sí mismo para volcarse al rollo de lectura."
Hay también una obra de muestra de la nueva literatura de máquina, cuyas oraciones, de las que ha eliminado lo superfluo, se parecen de manera inquietante a los millones de mensajes diarios de Twitter: "Misunderstood-Harry-Miserable-Ma-Swapping- - -"

Y una descripción de la máquina de leer tan detallada que le habría permitido sacar una patente:

"Para seguir leyendo a la velocidad de hoy, debo tener una máquina de leer. Una sencilla máquina de leer que pueda llevar o desplazar de un sitio a otro, cuya clavija pueda enchufar en cualquier tomacorriente viejo y leer novelas de miles de palabras en diez minutos, si eso es lo que quiero; y es lo que quiero. Una máquina tan accesible como un fonógrafo portátil, una máquina de escribir o una radio [...] en la cual la impresión, por medio del nuevo proceso fotográfico, se haga microcóspicamente sobre un rollo de película fuerte y transparente que transporta íntegro el contenido de un libro y que, al mismo tiempo, no es más grande que la cinta de una máquina de escribir: un rollo parecido a una serpentina en miniatura que puede guardarse en un pastillero."

El cuerpo de la letra de los rollos de Brown equivalía a 1 punto Didot y, para que el ojo humano pudiera decodificarlo, la película se desenrollaba debajo de una "delgada franja de poderosas lupas de entre 13 y 15 cm de ancho, fijadas en los cortes de lectura [es curioso comprobar que es la anchura de la columna recomendada por los tipógrafos desde hace siglos]; las lupas aumentan la tipografía, de otra manera ilegible, hasta una tamaño cómodo para el ojo y el lector se libra, de una vez por todas, de sostener la mole del libro, de dar vuelta sus páginas, de mantenerlas limpias, de zarandear sus ojos fatigados de aquí allá en la torpe e incómoda persecución de las palabras desde el margen superior izquierdo hasta el margen inferior derecho a través de toda la superficie confusa de la página encolumnada".

A diferencia de los rollos del Mar Muerto o del scrolling de la Red y de muchos dispositivos de lectura en los que hoy disfrutamos de los libros digitales, el rollo de Bob Brown se desarrollaba en la horizontalidad, en un desafío radical de lo que conocemos por texto. Sin embargo, el abuelo de las máquinas de leer estaba convencido de que "el principio subyacente de la lectura se mantiene inalterable, sólo que su ámbito se amplía y sus posibilidades se subrayan". Creía que "todo lo necesario para modernizar la lectura es un poco de imaginación y lupas muy potentes".

Bob Brown llegó a fabricar un prototipo de su máquina de leer, pero lo hizo en un material tan degradable como la madera, por lo cual no nos quedan más que sus palabras para imaginarlo o reconstruirlo. Y como las reconstrucciones no están de moda, para tener una idea (aunque no muy cabal) de su Revolución de las Palabras hay que recurrir a la simulación. En esta simulación, concretada con amorosa entereza por el profesor Craig Sapr, se pueden leer los textos que al proyecto contribuyeron Gertrude Stein, Marinetti o Norman Macleod, por supuesto, a la velocidad y en el cuerpo de letra que a uno le apetezca.

Cualquier parecido con la lucrativa utopía de Amazon, que anuncia la maravilla de Kindle como la posibilidad de llevar 1500 libros en el bolsillo o en en el bolso, es pura y sencillamente una casualidad.

The Readies ha sido publicado por Rice University Press, en la actualidad una editorial académica que funciona con el modelo POD. Su edición, a cargo de Craig Saper está disponible en Red y puede ser compartida bajo las condiciones impuesta por su licencia de Creative Commons.

NB: El uso de la ilustración principal de este post, de la artista cyberpunk Bethalynne Bajema, ha sido un renuncio de miparte. Fueron más fuertes los vínculos estéticos con E. A. Poe y las a-vanguardias que la pertinencia de la imagen. 


miércoles, 31 de marzo de 2010

Nick Cave y los libros imposibles



Cuando, en 1991, la por entonces pequeña e independiente editorial valenciana Pre-textos publicó Y el asno vio al ángel, de Nick Cave, tenía una distribución tan deficiente que conseguir el libro a pocos kilómetros, en la muy libresca Barcelona, era una odisea. Convenía tomarse el tren hasta Valencia y, además de disfrutar de su perplejidad barroca, hacerse con el libro allí. En 1991, todavía estaba muy fresca en la memoria la imagen de Nick Cave and the Bad Seeds cantando "I Put A Spell On You" en un antro de Berlín, por entonces Occidental, en uno de los tantos momentos sobrecogedores de El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders, película que en España titularon Las alas del deseo, tal vez en temprano homenaje a Pedro Almodóvar, tal vez porque el distribuidor exigió traducir de la versión estadounidense. Nick Cave era, en la película y tal vez en la vida, el verdadero ángel caído y un libro escrito por él, con este título sacado de la historia de Balaam en Nm 22:23, un verdadero objeto de deseo.
Sin embargo, no viajé a Valencia. Y el asno vio al ángel cayó dos años más tarde sobre mi escritorio, regalo de algún colega. Lo leí, finalmente, 1994, en inglés.
Hoy, cuando todos queremos hacer la experiencia de un libro "mejorado", a la cual nos están obligando los fabricantes de dispositivos dedicados, tanto en nuestra calidad de usuarios (ex lectores) como en la de editores, Nick Cave vuelve con la novela The Death of Bunny Munro, editada por Enhanced-Books y disponible en el Apps Store de Apple para su iPhone (y posiblemente, en pocos días, para su iPad). El appBook, que no es lo mismo que un eBook, ofrece, entre sus muchas "mejoras", la voz de Nick Cave leyendo su obra en sincronía con el scrolling del texto; la banda de sonido original del autor en colaboración con Warren Ellis; 11 videos de Nick actuando el texto y otras lindezas que no alcancé a ver. Y no porque el editor del libro esté en una ciudad de provincia y tenga un mal distribuidor, sino porque su peso (casi 1GB) resulta prohibitivo para un 3G, aunque su precio sea razonable.
Cuando Wim Wenders filmó El cielo sobre Berlín, aquel Muro hoy caído no podía ser filmado y tuvieron que recurrir a la arquitectura efímera para la magnífica escena en que Homero lleva al ángel Damiel hasta sus paredes pobladas de graffiti. Sin embargo, los jardines de la creación ven cómo se levantan otros muros a su alrededor, y esos muros hoy se llaman "plataformas propietarias", de las cuales los Store de Apple son tal vez la versión más cruda.
En cuanto a Nick Cave y mi historia editorial, tuvimos un breve encuentro en 1998, cuando desde Muchnik Editores, Bengt y yo publicamos una serie de libros de bolsillo que se llamó La Biblia Laica, en la que cada libro del Libro se publicaba por separado y con el prólogo de un autor contemporáneo que destacara sus virtudes literarias. Cave hizo el prólogo al evangelio de Marcos, que fue su primera lectura del Nuevo Testamento, a recomendación de un pastor que lo veía muy obsesionado con el dios "maníaco y vengativo" veterotestamentario.
Para aquella edición, elegimos una Biblia del Siglo de Oro, la traducida por el jerónimo sevillano Casiodoro de Reina, quien debió dejar la Cartuja de San Isidro del Campo perseguido por la Inquisición y cuya traducción, publicada por primera vez en Basilea, en 1569, debió entrar clandestinamente a tierras de la Corona española, bajo el nombre de Biblia del Oso.
Nick Cave está, en mi imaginario, vinculado con los libros imposibles o difíciles de conseguir y, tengo para mí, que aquellos hombres esforzados que violaron las fronteras con los 400 ejemplares de este magnífico eslabón perdido de la literatura clásica en lengua castellana y desafiaron los castigos de la Inquisición tienen algún parentesco con otros hombres esforzados de hoy, nuestros contemporáneos, los hackers que poco a poco hacen caer los muros que se ciernen sobre la creación humana y a quien algunos llaman "piratas".

sábado, 13 de febrero de 2010

Un vampiro en el teléfono


Anne Rice, la autora de Entrevista con el vampiro, un libro que en su momento apasionó al filósofo español Fernando Savater y que cambió para siempre la idea que dos generaciones de lectores se hicieron sobre estos seres legendarios y faltos de efusión vital, acaba de firmar un acuerdo con la empresa Vook para publicar una versión realzada con video de un cuento de chupasangres que apareció hace 26 años en la revista Redbook. 
Lo que más ha entusiasmado a esta escritora de culto de la subcultura del terror es que "The Master of Rampling Gate", que así se titula el cuento, estará disponible para "ver y leer" en los iPhone. Lo más interesante para quienes seguimos de cerca la industria editorial es que este contrato no es más que el inicio de una gran movida estratégica de la agencia literaria Janklow & Nesbit, que se define como una agencia-boutique, con la empresa de libros realzados Vook. Ya se verá qué autores le siguen en esta nueva versión de fotonovela con movimiento pensada para las pantallas. 
Uno se pregunta cuándo nuestra querida Carmen Balcells dará, también, este paso.

lunes, 8 de febrero de 2010

Retales

Todavía no he comentado en este blog lo que ha sido, durante una semana, el gran acontecimiento de la industria editorial de los Estados Unidos y cuyos ecos se han sentido en Europa y en todas las comunidades interesadas en el futuro del libro digital: la gran pelea entre Amazon y Macmillan.
Antes de que sepa cómo dirigirme a los lectores para explicar tan arcana noticia, relacionada con el control de la información de usuario (que es como en el mundo digital se llama a los que en el mundo de papel se conocen como lectores) y no con los precios, Motoko Rich me sorprende en el New York Times con un artículo cuya frase de salida reza así: "¿Quién tiene tiempo todavía para leer un libro entero?"
Allí nos cuenta que la editorial Pearson, a través de una nueva división llamada FT Press, ha comenzado a comercializar a través del lectoborg Kindle, plataforma propietaria de Amazon y piedra del escándalo con Macmillan, unos resúmenes de libros ya publicados en papel y cuya extensión no supera las 2 mil palabras. El precio de estos retales no supera los dos dólares y están teniendo tanto éxito que Pearson planifica tener unos 500 títulos disponibles a finales de año. La colección de retales recibe el nombre de "Elements" y otra, en la que se publican ensayos originales de no más de 5 mil palabras, se llama "Shorts". La gente de Pearson apuesta con optimismo por estos formatos que son, a juicio de Thimoty C. Moore, editor de FT Press, más amigables con respecto a la percepción del tiempo que tienen los usuarios.
Los contenidos de los títulos retaceados van desde la "reingeniería" de las leyes de la gestión hasta la "reingeniería" de la corporación, de los negocios, de la empresa y de la vida, todos ellos best-sellers de la década de los 90. Por las características de la oferta, la pregunta retórica de Motoko Rich tiene una sola respuesta: "Nadie tiene tiempo de leer entero uno de estos libros". Ni falta hace.
Thimoty C. Moore reconoce que estos libros tan despojados pueden canibalizar las ventas de los originales, más opulentos. Otra paradoja del mundo digital: en este caso, serán los peces pequeños y fragmentarios los que se coman al pez gordo.
¿O acaso no será que en esta prehistoria de la nube todos están dando palos de ciegos en materia de e-books?

miércoles, 11 de noviembre de 2009

De las erradas predicciones






Hace una eternidad, esto es, en la prehistoria de los libros en la nube, poco antes de que estallara la burbuja punto com, en la intersección del Passeig de Gràcia y Gran Via de les Cortes Catalanes, en la bellísima y añorada ciudad de Barcelona, Catalunya Radio había instalado una tarima durante la feria del libro anticuario y de segunda mano, desde donde transmitían en directo.
Por cosas de la vida y de la globalización, en aquel momento yo representaba, para el imaginario periodístico, las antípodas y el anatema: desde BroadeBooks, en asociación estratégica con Microsoft España y con Overdrive, me encargaba de realizar alianzas con los editores tradicionales para volcar sus fondos a la plataforma propietaria del lector digital de los chicos de Redmond. Esto, sumado a un pasado reciente en la edición tradicional de calidad, motivó una invitación de la radio para una conversación en directo y al aire libre con uno de los libreros anticuarios más representativos de la ciudad.
A las librerías del mundo todavía no había llegado El código Da Vinci, que inauguró el fenómeno de los megabest-sellers que le cambiaron la cara para siempre a la industria editorial, pero ya teníamos a Harry Potter, que era la estrella de los libreros anticuarios, según pude enterarme aquella mañana.

lunes, 2 de noviembre de 2009

¿Hay que seguir llamándolos libros?

Hace una eternidad, un niño llamado Bruno estaba sentado en un sofá tapizado de gamuza color verde botella. Las rodillas casi le llegaban a las orejas y las suelas de las zapatillas dejaban huellas pasajeras en el traqueteado mueble familiar. Era difícil decir que se trataba de Bruno, porque el libro de tapas duras en el que estaba absorto le cubría la cara. Era la primera entrega de la saga de J K Rowling, Harry Potter y la piedra filosofal y su primera experiencia de lectura, no porque antes no hubiese leído libros, que había leído muchos, sino porque este era el primero que se parecía a los que leían los adultos.

El libro que lo tenía enfrascado no llevaba ilustraciones y todo el estímulo visual se concentraba en la tipografía del cuerpo 12 elegida por el editor. Aunque en casa de Bruno nunca hubo televisor, cuando entrevió la figura de sus padres por el rabo del ojo, les dijo con voz profunda: