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miércoles, 18 de julio de 2012

El precio fijo, el IVA y el vacío legal de los ebooks

¿Son editores quienes, como Intangible, Musa a la 9 o Sin errata, solo publican en digital? Todo parece indicar que sí. La paradoja es que lo que editan no son libros, aunque estén sujetos a la ley del precio fijo que, en España, solo afecta a esas mercancías que juntan palabras en una unidad discreta de sentido.

Las leyes y las normas de la Unión Europea están jerárquicamente por encima de las normas y leyes de los Estados nacionales, que deben ajustarse a ellas. Y para la UE, estos editores en realidad "editan" servicios. ¿Se puede editar un servicio? Todo parece indicar que no.

¿Qué son, entonces, estos editores de ebooks en términos europeos? Nadie tiene la respuesta, porque viven en un vacío legal, montados a un toro bravo a quien nadie se atrevido a tomar por las astas. Porque los ebooks, como bien argumenta Baldur Bjarnason en su muy recomendable blog, tampoco son software.

Y para seguir con paradojas que es necesario desentrañar si se quiere, como ha manifestado el ministro José Ignacio Wert, que la industria editorial española centre su futuro desarrollo en lo digital, cabe preguntarse, en términos europeos, ¿cómo se reglamenta la propiedad intelectual de un servicio?

La subida indiscriminada del IVA que el 11 de julio anunció el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, a los bienes culturales con excepción de los libros impresos, ha puesto al rojo vivo todas estas contradicciones. Ninguna industria puede prosperar en el vacío legal. Ni los editores nativos digitales lograrán ser escuchados a menos que se reúnan formalmente en una asociación con personaría jurídica que haga oír su voz ante a la FGEE y la Comisión Europea, por muchas desconfianzas que esas instituciones les merezcan.

Creo que, a esta altura del partido, todos sabemos que en cuestiones "europeas", para lograr algo de luz sobre el laberinto que ha creado una sobrelegislación que convierte a la ley en parodia, lo mejor es mirar qué está haciendo Alemania. Nadie mejor que los españoles ha sentido esta realidad en carne propia, estampada como un hierro candente.

Pues bien, en Alemania, como bien señala Arantxa Mellado en su post del 17 de julio pasado, los ebooks no son libros, porque no están protegidos por la ley del precio fijo que el poderoso lobby de libreros alemanes hace mantener a rajatabla. Los ebooks alemanes son servicios, a los que se les carga un IVA del 19 % y, como tales servicios, su precio está liberado a las fuerzas de "los mercados". Leáse, los intereses de los poderosos e-tailers que no hace falta nombrar.

¿Están dispuestos los editores españoles (y aquí incluyo no solo a los nativos digitales, sino también a editores tradicionales que, como B de Books o Barcelona eBooks, se han lanzado sin prejuicios a ambiciosas aventuras digitales) a seguir viviendo en un vacío legal que les promete ser asimilados a la realidad alemana en cualquier momento y cuando presentar batalla sea ya inútil, como les sucedió a todos los ciudadanos del reino con el "rescate" y la "intervención"?

Por este vacío legal se puede colar cualquier cosa. No es mi intención discutir aquí qué es mejor, sino que el sector tiene el derecho y la obligación de influir en que esa cosa cualquiera no se cuele en su perjuicio a causa de su inacción. Porque, despertemos, la única que en este momento se ajusta a derecho en materia de ebooks es Alemania.

Tal vez sea un buen momento para organizarse, para conocer a fondo la legislación contradictoria que los afecta y hacer también lobby, como se hace por el libro impreso o por la banca de inversión. La dimensión económica de la edición digital no promete que la batalla sea fácil, pero el momento es propicio. Como bien señala Txetxu Barandarián, en materia de IVA no todos los responsables de Cultura en el gobierno piensan igual. Habrá que aprovechar esa fractura antes de que el azoramiento haya pasado y vuelvan a cerrar filas.

Este mío es un post urgente y pretende que en los comentarios se vaya ejercitando la voz con la cual dirigirse a instituciones, autoridades locales y autoridades europeas. Mi deseo es que de aquí surja algo que permita cambiar la realidad, para que dejemos de ser el sector de la eterna queja. Mi intención, recoger todas esas opiniones en un largo artículo en Publishing Perspectives que internacionalice las preocupaciones de los editores digitales de España.

Para la reflexión, copio aquí el muy útil cuadro elaborado por Actualidad Editorial.


Todos los comentarios son bienvenidos.


domingo, 27 de noviembre de 2011

Los libros inútiles


 que una rama del comercio extraviada es una rama perdida y que en diez años se causan más males de los que que se pueden reparar en un siglo.
                            Dennis Diderot (Carta sobre el comercio de los libros)

Libros de mármol de la decoradora Kelly Wearstler.


 En 20 años de ejercicio editorial, he publicado libros inútiles. Varios.

Los libros útiles no son el contrario de los libros inútiles. Son los libros que sirven para algo: para que adelgacen los ejecutivos en comidas de negocios; para convertir un erial en un jardín; para preparar una cena. Y para pagar los salarios.

El contrario de los libros inútiles son los libros valiosos.

También he publicado libros valiosos. Varios. Algunos se volvieron inútiles, porque sofocados por los auténticos libros inútiles que publicábamos, yo y todos mis colegas.

Estos son los verdaderos géneros con los que trabaja un editor. Lo demás es literatura. Y vanidad. Del equilibrio entre ellos depende la salud del comercio del libro.

UNA MAREA BLANCA DE PAPEL

Cualquier cosa que digamos sobre la edición y el cambio de paradigma al que está sometida se modificaría radicalmente si tuviésemos una historia económica del papel. Y de su inflación. También, del papel del papel en la consolidación del Estado moderno y de la burocracia que lo hizo posible. Ya lo dijo Bertold Brecht, y mucho mejor: para ser hombre hace falta un librito de papel, el pasaporte.

El papel impreso y el poder han compartido una intimidad que a menudo se pasa por alto.  Quien no lo crea, que pregunte a los sin papeles.

La edición se ha articulado en esa intimidad. Que a veces la haya cuestionado, e incluso desafiado, no es más que una confirmación del vínculo y sus tensiones. En esta lógica, la misión del librero-editor (hoy descompuesto en una red que abarca a decenas de jugadores) es, en espejo con la de quien extiende un pasaporte, asegurar la circulación de los discursos y, al mismo tiempo, restringirla para evitar su proliferación descontrolada y su consiguiente devaluación.

El editor adquirió su lugar de privilegio, que sustentó sobre la extinguida promesa ilustrada, en el compromiso tácito de guardar el orden de lo escrito. De mantener la asociación de la autoridad de saber y la forma de publicación.

A todo esto se lo llamaba "hacer un catálogo". Hay editores con catálogo, como Jorge Herralde, y hay editores sin catálogo, como Planeta Internacional.  Literalmente sin catálogo, porque ningún documento da cuenta de la historia de sus publicaciones.

El editor "con catálogo" no está a salvo de los libros inútiles, porque forman parte del régimen de la edición: de la negociación con el agente literario en pos de un libro valioso o de uno útil; de la necesidad de mantener encendida la hoguera de la librería; de ocupar el territorio de las mesas de novedades y del inevitable error de apreciación. Pero la tentación de entregarse al libro inútil queda acotada por ese registro de sus acciones  y pecados editoriales que es el catálogo.

Quien no tiene catálogo, no deja huellas. Tira de la cuerda y esconde la mano.

Hace diez años, pensaba que los libros inútiles hacían ruido. Hoy los veo como una inmensa marea blanca en la cual zozobran los discursos que prometimos hacer circular.

LA HERIDA AUTOINFLIGIDA

La economía del papel está asediada desde hace tiempo. Desde la Primera Cena que Frank McNamara pagó con una tarjeta de crédito en el Major's Cabin Grill, en febrero de 1950.

Fue una andanada en la línea de flotación del mundo simbólico construido alrededor del papel. De allí a la libre circulación de capitales ficticios que hoy amenaza con acabar con la civilización tal y como la conocemos, han ocurrido muchas cosas.


¿Por qué siguen pensando los editores que el papel que les toca en el mundo de papel no debe ser tocado? ¿Acaso creen que el papel de los libros es más importante que el papel moneda? ¿No han comprendido que el destino de ambos papeles está atado?

Mucho antes de que llegara el gran editor universal, ese que le abre las puertas a cualquiera y donde los textos tienen por único contexto su pertenencia a una misma temática, mucho antes de la Red, de la autoedición, de los ebooks, de Google y de Amazon, los editores se autoinfligeron una herida. Una herida fiera, porque hecha con el instrumento contundente y romo de los libros inútiles.

viernes, 21 de octubre de 2011

De las bibliotecas (públicas, privadas y ausentes)





Este blog nunca se planteó seguir de cerca las noticias del mundo editorial y su irreversible cambio de paradigma. La intención siempre fue que me sirviera como un sitio donde compartir reflexiones sobre ese cambio, que afecta muchas otras facetas de nuestro transitar en el mundo. Por eso, las nuevas entradas se han presentado cada vez que tenía algo que decir y nunca han tenido una periodicidad asible. Mi registro blogger es más el de una conversación que el de un servicio.

Sin embargo, una ausencia de más de dos meses hasta a mí me desconcierta.

Por razones que no vienen al caso, pero que implican el espacio (dimensión que estamos perdiendo en medio de una algarabía algo insensata), he debido catalogar toda mi biblioteca personal. La de papel impreso, sí, la espacial, esa en la que la palabra comparte un sitio con la arquitectura. No conté con ayuda y fue un trabajo arduo. En especial porque debía deshacerme de dos tercios de los libros que me han acompañado por los años y por los continentes, y la catalogación iba a la par de una selección rigurosa. Hoy, terminado el trabajo y bien guardados esos más de dos mil volumenes en cajas etiquetadas que descansan en el depósito de un anticuario amigo, reconstruir o rememorar ciertos períodos de mi historia intelectual se reduce a un ejercicio de imaginación frente a las hojas de Excel en las que han quedado metadateados. Sé en qué caja descansa cada uno, el año en que lo leí, qué significó en mi desarrollo, a qué otros títulos está vinculado (en mi orden caprichoso de lecturas) y algunas cosas más. En cambio, no sé cuando volveré a verlos, ni a repasar las profusas anotaciones en los márgenes, que se fueron haciendo más parcas a medida que me internaba en la edad adulta.

Lo que ha quedado a la vista es el hueso. En algunos casos, he consevado en los anaqueles más de una edición del mismo título, cuando cada una de esas ediciones aportó algo diferente a la experiencia de lectura. Cada noche me llevo uno o dos a la cama. Los hojeo, los releo fragmentariamente, sobre todo, a partir de las notas al margen.

A Mimesis, de Eric Auerbach, le tocó el turno estos días. Y volví a emocionarme con la página final y el certero subrayado. Quiero compartirlo aquí, pero deberán conformarse con una torpe traducción de mi mano, porque la edición de Fondo de Cultura, en la que se encontraron dos exiliados --Auerbach, el autor, y Eugenio Ímaz, el traductor-- la perdí hace mucho tiempo en uno de mis traslados intercontinentales.


[...] las dificultades fueron enormes. En esas circunstancias, tenía que tratar con textos que abarcaban más de tres mil años y, a menudo, me veía obligado a traspasar los confines de mi especialidad, las literaturas romances. Mencionaré también que escribí el libro durante la guerra y en Istambul, donde las bibliotecas no están bien equipadas para los estudios europeos. Las comunicaciones internacionales estaban obstaculizadas; tuve que prescindir de casi todas las revistas, donde se publicaban las investigaciones más recientes y, en algunos casos, de las ediciones críticas más autorizadas de los textos. Por lo tanto, es posible e incluso probable que haya pasado por alto asuntos que habría debido considerar y que, ocasionalmente, afirme algo que la investigación moderna desaprueba o ha modificado. Confío en que estos errores probables no incluyan ninguno que afecte el núcleo  de mis argumentos. La falta de estudios técnicos y de revistas también puede explicar por qué mi libro no tiene notas. Aparte de los textos, mis citas son escasas y, por su escasez, fáciles de incluir dentro del cuerpo del texto. Por otra parte, es muy posible que el libro deba su existencia justamente a esta falta de una copiosa biblioteca especializada. De haberme sido posible la familiaridad con todas las obras que se han realizado sobre tan diversas materias, quizá nunca habría alcanzado el punto de la escritura.
Las negritas corresponden a lo que subrayé hace ya 20 años en el libro de papel.

En el duelo por esa parte de mi biblioteca que, de momento, no está a mi alcance, estas palabras finales de Auerbach me reconfortan.

 Sirven también como punto de partida de una reflexión sobre la necesidad (o la no necesidad) de bibliotecas universales que abarquen todo el saber humano y que no están pensadas para nuestros ojos.

Y como inspiración programática para quienes quieran escribir un libro cuando nos quedemos sin electricidad o sin acceso, que será una de las formas de la guerra posthumana. 

Prometo, a partir de ahora, visitar con más frecuencia el blog. Espero que sigan acompañándome con su siempre bienvenida lectura.

lunes, 4 de julio de 2011

Fijémonos en el precio

Ya está a la venta el nº 15 de la revista Trama y texturas, que todavía no he visto, porque el ejemplar que me ha enviado Manuel Ortuño, su editor, todavía está cruzando la Mar Océana.

Esta publicación merecería tener una versión en línea, porque es uno de los pocos espacios de reflexión de los profesionales del sector, tanto del ámbito hispánico como de fuera, y ayudaría a estructurar los temas que nos preocupan a ambos lados del charco.

Mientras esperamos esa simultaneidad de lecturas, y a pedido de varios colegas, comparto aquí un enlace a mi artículo "De eso no se habla", que aparece en este número. Son unos pensamientos fragmentarios sobre el tan silenciado tema del precio fijo de los libros y el mito del fomento de la diversidad cultural.

Me gustaría que el blog sirviera para abrir una discusión sobre el tema, de manera que los comenarios, como siempre, son más que bienvenidos.

Espero que lo disfruten y que se suscriban a Tramas y texturas, aunque el proceso es complicado de momento. Algún día, los editores aprenderemos que el desarrollo de una buena experiencia de usuario es tan importante como la elección de la tipografía adecuada.

lunes, 28 de febrero de 2011

Libros y libreros en la Antigüedad (y en Zaragoza)

Hay libros, como éste, que leo durante el desayuno.

Opinan algunos doctores que el incendio de la Biblioteca de Alejandría, o su paulatina destrucción como es más propio decirlo, no fue tal desgracia, y que, si llega a conservarse íntegro el acervo de los antiguos, ni la Antigüedad nos parecería tan estimable, ni acaso nos dejaría pensar por nuestra cuenta. Ya se ha dicho todo.

Curioso colofón ha elegido Francisco Javier Jiménez para esta plaqueta de Alfonso Reyes que acaba de publicar en Madrid, en línea con otros libros que hablan de libros en su catálogo como, por ejemplo, el muy festejado de Jesús Marchamalo, Tocar los libros. Y digo curioso porque el colofón solía ser el sitio de lucimiento del impresor y del tipógrafo, de los artesanos que habían hecho posible la lectura de la palabra. Pero Francisco Javier, editor artesanal que hace libros preciosos, le ha cedido protagonismo nada más y nada menos que al autor del libro, porque la frase es, también, de Alfonso Reyes.

No solo Dios y el Diablo viven en los detalles. La anomalía del colofón que cierra esta edición de Fórcola es un detalle, diminuto, donde habita una realidad: estamos en medio de un cambio de paradigma que cuestiona todos los lugares consagrados y consagratorios, esos que parecían inamovibles: el del autor, el del lector, el del editor y el del librero, estos dos últimos, agentes necesarios que ponen en contacto a los dos primeros. Del férreo aparato de logística que habilita o imposibilita esa circulación, no escribiré hoy aquí.

Libros y libreros en la Antigüedad es otra anomalía. Un mashup de los años 50, en el cual el gran ensayista y traductor mexicano hace una refundición de otro texto, el del británico H. L. Pinner, The World of Books in Classical Antiquity. No porque las refundiciones no hayan sido siempre columna vertebral de la transmisión de la cultura y estén en la base de la construcción de altas reputaciones en el mundo de letras, sino porque las ansiedades del cambio de paradigma tal vez no habrían sido tan lenientes con Alfonso Reyes en estos días. Editores de postín, como Jaume Vallcorba, no vacilarían en llamarlo bloguero, con esa voz aguda que solo se destila en el alambique del desdén, y el nuevo algoritmo de Google tal vez condenaría Libros y libreros a la oscuridad, acusándolo de ser un mero agregador de noticias que ha encontrado en otra parte.

Libros y libreros en la Antigüedad es, sin embargo, una delicia. Y muchas de sus páginas iluminan la situación actual del mundo del libro, que ni siquiera llegó a imaginar, pero cuyos muchos males nos atormentan desde los tiempos de la Biblioteca de Alejandría. Con Alfonso Reyes, festejo también la destrucción de aquellos muchos libros que por entonces habíamos logrado acumular, con esa irresponsabilidad que nos caracteriza cuando se trata de incorporar un nuevo objeto al mundo, irresponsabilidad a la que tanto le temía Hannah Arendt.

En el capítulo titulado "Comercio del libro entre los griegos", apunta don Alfonso:
Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo. Para decirlo de modo anacrónico, el librero comenzó por ser a un tiempo manufacturero, editor y vendedor al menudeo. El desarrollo de la literatura y su tráfico determinan la división de labores, separando al editor (que en la Antigüedad era también productor material, abuelo del impresor) y al vendedor, que compraba a los editores y revendía a los lectores. [el énfasis es todo mío].

De manera que los más de 120 colegas, libreros y amigos reunidos en Zaragoza la semana pasada alrededor de la convocatoria de Paco Goyanes, esforzado responsable de la maña librería Cálamo, no son más que eso, "comerciantes", con todo el respeto. A los editores de antaño, como Víctor Seix, co fundador de Seix-Barral, de grata memoria, no se les caían los anillos por apuntar, en las escrituras de constitución de sus emprendimientos, que eran vecinos de Barcelona y de profesión, comerciantes. Tal vez porque los hombres siempre hemos sabido que solo el comercio nos dignifica, nos lima, y nos hace tolerantes. Los plañidos de muchos de los participantes, que tanto Twitter como la prensa han reproducido, su obsesión por ocupar una centralidad cultural que haga olvidar su condición última de intermediario que lucra con la creación ajena y el disfrute de los otros, también es un detalle donde habita el insoslayable cambio de paradigma, aunque su función sea la de tender una cortina de humo que los aparte de la realidad.

Francisco Javier estuvo en Zaragoza y tuiteó lo que pudo y como pudo, hasta caer en la cuenta de que su conciencia dependía en exceso de las baterías de su iPhone. También estuvo allí Alejandro Katz, que no le hace ascos a la lucidez y sabe que la creación cultural, una vez puesta en el mercado, se transforma en mercancía. Y Valeria Bergali, cuyos libros me gustan más que sus ideas, como la escritura de Virginia Woolf siempre me gustó más que sus tinglados teóricos. Y la gente de Laie, la más sobria de entre todos los libreros, tal vez porque sean los que están haciendo algo diferente, los que se han dado cuenta de que el único pensamiento que merece ese nombre es el que se realiza en la acción.

Pensódromo 21, "Pequeños editores, retos enormes", donde se profundiza y abunda en la perspectiva de los modelos de negocio posibles y se entra al trapo en las falacias allí desgranadas por varios. Otro post indispensable, cuya lectura es un placer intelectual, es que Álvaro Vargas Llosa le dedica Jaume Vallcorba en su blog El hilo digital. Y solo para constatar que la gente de Laie trabaja y trabaja bien, sin resignación y sin alharaca, el post "Otra mirada, digital".

Y, por supuesto, una encendida recomendación de Libros y libreros en la Antigüedad. Se lee durante un solo desayuno, como el periódico, pero uno queda más satisfecho y mejor informado sobre qué es este mundo de los libros y de todos los cambios de paradigma que sufrió y sufrirá, sin que por ello hayan peligrado ni la palabra, ni los autores. Que esto es un negocio, señores, y para hacer negocios hay que alcanzar la edad adulta.

miércoles, 19 de enero de 2011

El Fisiólogo o Nuevo bestiario del libro digital

El Unicornio no fue un corcel

En las traducciones renacentistas del Libro, apareció un animal fabuloso en el lugar ocupado por el búfalo. Así, en el salmo 92 (91):11 de la traducción de Casiodoro de Reina, leemos:
Y tú ensalzaste mi cuerno como de unicornio, fui ungido con olio verde.
Cuando el Fisiólogo escribió su bestiario, tal vez en Alejandría hacia fines del siglo segundo o comienzos del tercero de la era común, los misterios mediterráneos estaban siendo polinizados por una nueva imaginería que, algunos siglos más tarde, reconoceríamos como "cristiana". En sus páginas encontramos la primera descripción del unicornio, que dice así:
Es un animal pequeño, parecido al cabrito, pero muy feroz.
Las especies de la fauna fantástica siempre vivieron en los libros, pero desde el 18 de enero de 2011, los libros cuentan con su propio bestiario. El Fisiólogo es Joseph Esposito, veterano de la industria editorial que propone en Scholarly Kitchen, la siguiente clasificación:

Libros institucionales: es un libro que se desarrolla alrededor del concepto de facsimilar y, por tanto, retiene algunas de las características arquitecturales de la palabra escrita. Se nos presenta como .pdf y, aunque nos mofemos de él en estos tiempos 2.0, está aquí para quedarse. Por dos motivos. La fijación del texto que el formato garantiza, como una institución, y los costes asombrosos de la digitalización dinámica.

Libros clásicos: es el libro digital que plasma una de las virtudes primarias del libro impreso: su capacidad de desaparecer de nuestra conciencia mientras nos concentramos en el texto. Se nos presenta, la mayoría de las veces, como .epub y puede tener algunas características ausentes en su antecesor como, por ejemplo, un diccionario incluido. Una subespecie exitosa en el hábitat es .mobi, en su versión para Kindle.
Es pequeño, como un cabrito sin destetar, pero feroz. Es la especie que ha tomado por asalto a la industria editorial tradicional.

Libros enjaezados (robo la expresión a Juan José Díez): es un libro "enriquecido" que entró en el imaginario editorial de la mano del iPad de Apple y de los sueños de negocios pingües en territorio ajeno y desconocido. Los libros enjaezados no se conforman con transportar el texto, deben tener audio, video y algunas simulaciones. Los libros enjaezados también se presentan como apps en los stores, pero son todos del mismo genus. Aquí estamos ante un caso en que natura facit saltus, porque los autores de estos libros no son autores sino desarrolladores. Y los lectores, usuarios o consumidores.

Libros musculosos (o libros cachas): es el libro que pertenece a una subespecie del libro clásico y en el cual la lectura se concibe como un partido de rugby entre el texto, el contexto y el presunto lector. Su hábitat, por el momento, son las universidades y su subproducto, los papers de los graduandos.

Libros sociales: es un libro que el Fisiólogo no está seguro de incluir en su taxonomía fantástica. Para entender las dudas del Fisiólogo basta con preguntarse si Wikipedia puede considerarse un libro. Pero hasta que se pinche la burbuja de Facebook, hay que vigilar su desarrollo.

Libros staccati (o coitus interrumptus): es el libro que viene de China y de Japón, cuya escritura ideogramática les ha dado ventaja, por primera vez en más de dos mil años, sobre la alfabética. Se presentan en la pantalla de los teléfonos móviles, un capítulo por viaje de metro. Así como el libro social se corresponde con la cultura Facebook, el libro staccato tiene su equivalente no libresco en los 140 caracteres de Twitter.

Honrada la sabiduría del Fisiólogo, quiero proponer una séptima categoría, que amenaza con impedir la evolución armónica de esta nueva ecología. Es el libro converso.

Libros conversos: es el libro arrepentido, aunque no sabrá de su arrepentimiento hasta después de la conversión. Se producen y reproducen en la India y en cualquier otro suburbio del mundo donde todavía exista el trabajo esclavo, para disfrute de los suburbios donde la esclavitud ha sido abolida. Es un libro que hizo su vida en el papel y cuyo dueño (del copyright, se entiende) quiere, a toda costa pero sin convicción, sumarse al asalto del libro clásico. Con absoluto desprecio de las características que lo convirtieron en libro en su etapa anterior de evolución, los dueños del copyright de este libro quieren una rápida conversión a .epub o a .mobi, para entrar en la iglesia. Son el fast-food del universo digital. Son los libros que generarán la ira del lector, que se sentirá estafado en su buena fe, y son la infantería del statu quo. Son legión.

En los tiempos del primer Fisiólogo, en Alejandría, todavía no se daban las conversiones masivas, que llegaron con el cuarto siglo. En tiempos de Joseph Esposito, en cambio, sí se dan. Pero lean su artículo. Vale la pena.

domingo, 9 de enero de 2011

¿Quién es el dueño de tus libros digitales?

Time Code. Trembl Alumni

No eres tú.

Y porque no eres tú, todas las reclamaciones para que el precio de los libros digitales, tal y como hoy los concibe la industria, iguale al cero están justificadas y no desaparecerán por el arte de la magia legislativa del falso legislador.

Hay algo trágico en esta tensión. De antiguo, el que nos contaba las historias alrededor del fuego fue dispensado de cortar la leña y de acarrear el agua, porque era quien nos dotaba de sentido cuando volvíamos cansados de la lucha por la vida, que no entendíamos. Cuando de la leña hicimos papel y de la inscripción, imprenta, cuando dejamos de reunirnos bajo el árbol a escuchar las historias --cuando nos volvimos alfabetizados, individualizados, industrializados, aislados tras densos cortinados-- y quienes tenían la exclusiva de la máquina de reproducir historias se creyeron los dioses del sentido y se olvidaron de la supervivencia del contador de cuentos, hubo que legislar. El derecho de autor, ese pequeño porcentaje que los dueños de las máquinas de reproducir están obligados a pagarle al que contribuye con las historias, sustituye a aquella vieja dispensa, alrededor de la cual siempre hubo consenso entre los hombres.

Las historias, materializadas en la matera (en la pulpa de papel obtenida de los bosques) se podían poseer en ausencia de quien las contaba, y hasta podíamos conversar con los muertos. Por esa posesión, le pagábamos al materializador que las reproducía, quien a su vez debía proveer los medios de subsistencia al hacedor de sentido, que conocemos por autor. No fue una solución ideal, ni universal, ni mucho menos eterna. Como todas las leyes de los hombres, respondió a ciertas condiciones de producción.

Y resulta que ahora el libro hecho de matera, está en pleno proceso de desmaterialización, que la gran máquina de reproducir de nuestro tiempo, Internet, no tiene dueño, que el copyright está en manos de los mismos y esos mismos se obcecan en hacerles creer a los lectores que la lógica de los siglos XVII y XVIII se aplica a los archivos descargables cuyo control han perdido. Lo que no han perdido es la ilusión de control.

Por esa ilusión de control, tus libros digitales no son tuyos y por eso, el precio te parece abusivo. Y lo es, en las actuales circunstancias.


MIS LIBROS Y LOS LIBROS DE TODOS
Tengo muchos libros, tal vez demasiados. No todos pertenecen a la misma categoría.

Cuando me mudé a esta casa donde vivo, aun poniéndolos en doble fila en las estanterías (que es una manera de perderlos), me sobraron 400. Algunos los regalé y otros los vendí a los libreros de viejo de Plaza Italia. Nunca podría haberlo hecho si me parecía que mi Kindle estaba recargado con cosas que nunca volvería a leer.

Como bien dice Alejandro Katz, no todos los libros son la misma mercancía. Cuando compro uno de Walter Benjamin, por ejemplo, no lo presto. Me limito a comentarlo con otros que también leen a Walter Benjamin. Y no son muchos. Pero cuando compré la primera entrega de la saga Millenium, del sueco Stieg Larsson, sabía que no terminaría en mis estanterías. Del recorrido que le conozco, al menos siete personas cercanas leyeron el ejemplar por el que pagué una sola vez. Después le perdí el rastro, porque me pidieron permiso para prestarlo a un amigo de un amigo a quien nunca había visto, y dije que sí. De haberlo hecho con la versión digital, habría cometido un delito. Lo gracioso es que el único motivo por el que no he cometido un delito es que los dueños del copyright no han podido rastrear el destino de mi ejemplar. Y el único motivo por el que no han podido rastrearlo es porque les saldría demasiado caro agregarle un sensor a cada copia. (No les des ideas).

Estas Navidades, para seguir en Escandinavia, me regalaron una novela de Henning Mankell que ya había leído. Fui a la librería y la cambié por un ejemplar de Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, que a mi vez regalé para Reyes. Con esta sencillísima operación, cambié mínimamente la cuenta de resultados de dos editoriales: Tusquets y Norma. Nunca me habría sido permitida tal herejía con un ebook. Es más, si compro un ebook que después me decepciona, tengo que cargar con él para siempre o destruirlo: mi capacidad de elección reflexiva queda coartada por los dueños del copyright. No lo puedo devolver, ni cambiar, ni regalárselo a alguien que tal vez lo apreciaría.

¿Quién engaña a quién en este nuevo capítulo de las historias que nos venimos contando desde que existe el fuego?

Ahora bien, resulta que estas costumbres extravagantes que tengo con los libros son compartidas por casi todos los lectores, que son los clientes de las editoriales y que, por la misma naturaleza de la mercancía que los liga a sus proveedores, no suelen ser un público cautivo. La digitalización de la palabra, que en la utopía tecnológica se iguala a su liberación, ha dado, en cambio, lugar a esta fantasía del lector cautivo, a quien además se le niega el derecho de propiedad secundaria sobre aquello por lo que desembolsa sus dineros duramente ganados en la lucha por la vida, que seguimos sin entender.

Un reciente informe de Forrester, del mes de noviembre de 2010, anuncia la espiral imparable del libro digital. También cuenta, sin embargo, que un 50 % de los encuestados accede a sus lecturas mediante el préstamo interpersonal. La respuesta que le sigue en porcentaje, un 38 %, afirma que encuentra sus lecturas en la biblioteca pública. Y a pesar de la alharaca de la prensa alrededor del Kindle y las genialidades de Jeff Bezos, solo un 28 % encuentra sus libros en Amazon. Para quitar el sueño a editores que no quieren adaptarse, sin embargo, mi respuesta preferida es la de aquellos que encuentran sus lecturas en las viejas colecciones de sus bibliotecas personales: 28 %

Tal vez, deberíamos cambiar de perspectiva.
Para contribuir a ese cambio necesario, urgente, recomiendo la lectura del último post de Brian O'Leary, "A New Kind of Hello". No se lo pierdan.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Copiar, cortar y pegar


Quiero agradecer a Jose Afonso Furtado la pista que me llevó a este libro.

El próximo 15 de noviembre saldrá a la venta Tree of Codes, el último libro de Jonathan Safran Foer que es, en realidad, una lectura creativa de su libro favorito, Skeply Cynamonowe, de Bruno Schulz. Estos relatos se publicaron en inglés, en una colección que dirigía Philip Roth, bajo el título de The Street of Crocodiles. En castellano, el libro tuvo al menos dos títulos diferentes, según sus traductores lo vertieran del inglés o del francés. Así, la edición argentina, a cargo de Centro Editor de América latina, tiene por título La calle de los cocodrilos, mientras la que Seix Barral hizo en España en 1972 se titula, más cerca del original polaco, Las tiendas de color canela.

No hay peligro de duplicar traducciones ni títulos a cada lado del Atlántico con la obra de Safran Foer, sencillamente porque un palimpsesto al que le falta lo suprimido es intraducible. O no. Pero si hubiera algún valiente entre los editores hispánicos que la encargara, su resultado haría evidente que toda traducción es una obra nueva de principio a fin, sin necesidad de discusiones teóricas. No es esta la única noción cuestionada por Tree of Codes, que como todos los buenos títulos revela el programa mismo de la obra y de su autor.

Visual Editions cuenta, en su sitio, que el proyecto surgió de una serie de conversaciones con Safran Foer, en las cuales el escritor confesó su interés por experimentar con las técnicas de troquelado. Aunque al comienzo no tenía claro sobre qué original haría los cortes, terminó decidiéndose por ejercer la censura creativa sobre el libro de Schulz. Mientras él recortaba la historia, los editores ponían en marcha la producción, que no resultó fácil de llevar adelante. Prácticamente todas las imprentas rechazaron el trabajo, hasta que los belgas de Die Keure se entusiasmaron con la posibilidad de hacer un libro que exigía un troquel diferente para cada página.

Los desplazamientos de la escritura en el espacio, el cuestionamiento del libro como formato, el uso del troquel para la incisión incisiva no son una novedad. Empezaron con el Dadá, siguieron con los futuristas, y Oulipo las usó como juego y, al mismo tiempo, como restricción creativa. El ejemplo más famoso es el poemario (interactivo diríamos hoy) de Raymond Quenau, Cent mille milliards de poèmes:


Jonathan Safran Foer está lejos de formar parte de las vanguardias, que se acabaron con la Modernidad, y Tree of Codes aparece en un contexto de "muerte del libro". El título, nada inocente, se cuela en un momento en que muchos vendedores de pasta mecánica en forma de colecciones de bolsillo se llevan las manos a la cabeza y claman al cielo porque Internet amenaza el pilar de nuestra cultura, mientras un corifeo de gurus techno les hace el canto llano que anuncia la inminencia de esa muerte. Tree of Codes es una metáfora arquitectónica, muy posmoderna, de los códigos de la Red, y de los códigos que hacen a la Red, estampados y recortados sobre árboles muertos.

Al recortar y no reponer el texto original de Bruno Schulz, Safran Foer hace referencia a lo que todo estudiante practica para su tesina (y muchos académicos realizan con sus papers) gracias a la Wikipedia y a otras herramientas menos santas. Cuestiona la noción de autoría concebida como originalidad adámica. Hace de la escritura (y también del texto) pura performatividad. Y las ventanas que el troquel deja abiertas a palabras que aparecerán varias páginas más adelante y obligan al lector a una lectura activa e iterativa, de permantes elecciones entre ver, ignorar, incorporar, descartar para más adelante, borran de hecho las virtudes, tan elogiadas últimamente, de la lectura lineal "inmersiva". Por si esto fuera poco, Safran Foer ha ¿escrito? un libro cuyo único formato posible es el libro, aunque para ello le haya sido necesario descuartizarlo.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cuando las máquinas no pueden leer bitácoras

Quien se haya adentrado en Google Books, especialmente en los libros del dominio público escaneados a partir de fondos de bibliotecas, habrá comprobado hasta qué punto el OCR sigue siendo un albur, aunque muchos estén dispuestos a correrlo. Las manchas de humedad, la oxidación irregular del papel, la tinta del sello del bibliotecario, que dejó su marca imprevista sobre la tipografía, las huellas dactilares de un lector que comía manzanas mientras leía, son datos con los que nosotros podemos reconstruir una historia que haga sentido, una historia marginal a la que cuenta el libro. De hecho, la disciplina de la Historia no es más que nuestra habilidad para desencriptar y dotar de sentido a las huellas dejadas por los hombres en la cultura material. Pero a las máquinas, todo esto las despista porque, como los niños pequeños, necesitan de la previsibilidad.

Una lectura de OCR puede arrojar un resultado 99 % fiable y puede, en otras circunstancias, regalarno un galimatías. Si esto es casi siempre así cuando los libros impresos que se le someten a la lectura son viejos, cuando se trata de digitalizar documentos manuscritos nos encontramos ante una verdadera imposibilidad.

En la Argentina estamos en las vísperas de un censo nacional de población y, por eso, me parece útil el siguiente ejemplo: un fragmento de una hoja del primer censo realizado en el país en 1869, cuando era presidente el escritor Domingo F. Sarmiento.






Estas columnas bien estructuradas, con el nombre de la familia en la primera, el nombre de pila en la segunda, las edades en la tercera, etc. tienen sentido para cualquier hombre, aunque le tome un poco de tiempo desentrañar las curvas de la caligrafía decimonónica. Un primer paso hacia la conservación de estos documentos de vital importancia es el escaneado. Pero el escáner solo nos devolverá una fotografía. Lo que interesa a las nuevas tecnologías de la memoria es transformar ésta y otras miles de hojas en datos que puedan ser sometidos a procesos que los combinen entre sí y arrojen, rápida y automáticamente, información que, a su vez, se transforme en la base de nuevos saberes, de nuevas hipótesis sobre nuestra historia. Un OCR, que es la herramienta automatizada con la que contamos para hacer esto, es incapaz 1) de ver estructura donde nosotros la vemos; 2) de leer todas las caligrafías singulares de los miles de censistas.

La simple conservación digital, la foto o el .pdf, no cumple ninguna función más que la de tranquilizar conciencias, pues no permite la transformación de un documento en datos. Es un primer paso que, de no darse los siguientes, será puro gasto sin reproducción.

De visita en el blog de Open Library, tropecé con una organización a la que no conocía: Zooniverse , cuyo objetivo es lo que hoy se da en llamar "la ciencia de los ciudadanos", que recurre a voluntarios o a redes de voluntarios para el procesamiento de datos en proyectos científicos concretos. Uno de ellos es la reconstrucción del tiempo meteorológico del planeta a partir de las bitácoras de los marinos de la Armada Real Británica que, como bien sabemos, surcó y dominó todos los mares. Las bitácoras se parecen a las hojas del censo en que están divididas en columnas, la última de las cuales es la más difícil de desentrañar para las máquinas: las observaciones del capitán. En Zooniverse han creado una app que facilita la colaboración ciudadana en la reconstrucción de este tesoro de información.

Aquí está el vídeo que muestra cómo funciona:




Old Weather - Weather and Events from The Zooniverse on Vimeo.

Y como soñar no cuesta nada, imagino el salto cuántico que significaría para los países de habla hispana --que tienen tantos hablantes como para enorgullecerse de ser la segunda lengua de Occidente y, al mismo tiempo, tan poca ciencia que les dé autonomía y peso económico-- que las bibliotecas nacionales abrazaran un proyecto semejante. No lo pienso solo desde la perspectiva de la conservación real de la memoria, ni desde la pura producción histórica, sino desde el efecto multiplicador de ciudadanía que tendrían estas redes de voluntarios detrás de un objetivo común.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

De mis lecturas a saltos y con red

Ningún lector experto abre un libro para llegar al final, de la misma manera que quien saca un billete de ida y vuelta no aspira a la categoría de viajero sino a la más modesta de turista. Ni el lector experto ni el viajero son relevantes para las industrias que los sirven. Las industrias necesitan volumen y se alimentan poco de aventureros. Porque no abren los libros con el objeto de acabarlos, los lectores expertos suelen consagrarse a varias lecturas a la vez. En esa zona en suspenso que se produce en el paso de un soneto de Lope a una crónica de Mansilla, de un ensayo de Pound al sudor congelado en el vello de Madame Bovary, el lector experto va construyendo su red, su semiosis. Por eso, cuando el lector experto se hace con el libro de Nicholas Carr, The Shallows, sabe antes de terminar el primer capítulo que es mejor resignarse a perder los 12 dólares de la edición de Kindle que seguir perdiendo el tiempo. Porque un lector experto deja los libros sin terminar sin ningún cargo de conciencia. Y éste, en particular, describe un mundo de la lectura que en nada se asemeja a su experiencia, un mundo que le resulta prefabricado, donde es imposible correr aventuras.

Mi contacto con la palabra impresa (con la escritura de los otros) empezó los días jueves, a las cinco de la tarde, en el departamento de la calle Salguero, en el corazón del barrio de Palermo, donde nací. Tenía tres años y la escritura, para mí, se resumía en la palabra Gatito. La anunciaba el aroma penetrante del café recién molido, asociado a la promesa de unas obleas rellenas de crema de limón, que venía del otro lado de la puerta. Era tía Amelia, que todos los jueves venía a casa con café, obleas y la revista infantil troquelada Gatito. Solía abrirle la puerta antes de que sonara el timbre. Pero aprendí a leer de verdad un año más tarde con el diario La Prensa. Para los argentinos que visitan este blog, la sola mención de la cabecera revela que crecí en un hogar de costumbres conservadoras, perspectivas liberales y poco afecto a la ortodoxia católica. En casa de mis primos se leía La Nación y los varones iban a misa. Empecé por descifrar los titulares para luego adentrarme en el muy complejo, aunque ordenado, laberinto de las columnas del periódico. Las columnas terminaban antes de que terminaran las frases (algo que me irritaba por entonces), y tenía que seguir un enlace que me indicaba en qué otra página y en qué otra columna seguía el texto. Así, tirada en el suelo boca abajo y apoyada en los codos junto a la puerta ventana que daba al patio interior, iba y venía por el diario hasta convertirlo en una bola arrugada e irreconocible. Por eso tenía prohibido tocarlo antes de que mis padres lo hubiesen leído. Quien aprende a leer con un periódico sabe que la lectura (y la semiosis) se realizan a saltos.

Pero hay más cosas que me hacen incomprensible la fama alcanzada por el libro de Nicholas Carr.

Cuando cumplí cinco años, para premiar mi espíritu emprendedor en materia de lectura, me regalaron libros. Al menos, son los primeros libros que recuerdo. Alicia en el país de las maravillas, con los dibujos de John Tenniel, y una vida de San Francisco ilustrada por alguien menos relevante. Como buen agnóstico respetuoso de la vida espiritual propia y ajena, mi padre ponía entre mis manos los enigmas de la matemática y de la fe desbocada, aunque disfrazada de vida ejemplar la una y de cuento fantástico la otra. También recuerdo de aquel cumpleaños las piñatas y un sweater de angora azul celeste a juego con una bufanda de borlas. Por la noche, tirada boca abajo en la cama, apoyada en los codos, con el libro del reverendo Dodgson abierto sobre la almohada, fui presa del vértigo en el palacio de la reina de los naipes. Del vértigo al pánico pasé con rapidez y quedé paralizada, de manera que lo único que me permitió cerrar el libro fue la voz de mi madre que me exigía que apagara la luz. Pero el libro cerrado era aun más peligroso. Abstracto e inasible, se prendía a mis neuronas sin darles descanso. Tenía una linterna, que prendí. Y reposé en la historia de San Francisco hasta quedarme dormida. Estos dos libros, estos dos mundos, los leí en simultáneo en las semanas siguientes.

Por eso no sé de qué habla Nicholas Carr.

Más tarde, con Colmillo blanco, desarrollé otra perversa distracción: no podía leer a Jack London si no tenía una pera para mordisquear al mismo tiempo. Las manzanas no eran lo mismo, las manzanas eran para Louise M. Alcott. Esto es, si no había peras, me conformaba con Mujercitas, aunque en cuanto me hacía con una, lo abandonaba para entregarme a La llamada de la selva, en una pésima traducción. A los trece años mi soledad estaba confirmada: era lectora asidua de Borges y, por él, había llegado hasta Parerga y paralipomena, de Schopenhauer. Lo que no me impidió, un verano, leer cuanto misterio de Agatha Christie cayó en mis manos, hasta que hacia el final de las vacaciones apareció otra tía mía, Nilda, con un ejemplar de La llave de cristal, de Dashiel Hammet y me enseñó para siempre qué era la novela policial.

Lo único que me hizo revivir el vértigo de Alicia fue el teatro español del Siglo de Oro, con el que me desvelé gozosamente años enteros. Era tal la tensión de aquellas palabras que a menudo, en medio de la lectura, debía distraerme con otros libros para soportarlas. Y mientras leía Héroes y tumbas, de Sábato, fui víctima de otra terrible distracción, cuando me estrellé contra un poste de la luz porque iba leyendo por la calle.

Pasaron los años y, en la biblioteca del Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, mientras traducía a Louis Trolle Hjemslev (lamentablemente, del inglés), las notas al pie me llevaban indefectiblemente hasta la bibliotecaria, a quien le pedía los libros referidos, que abría y consultaba en simultáneo sobre la mesa de trabajo. En esa biblioteca tejí innumerables telas de araña, redes entre libros, citas, remisiones, conceptos, autores, ideas, signos, significantes, historias. Seguía leyendo a saltos, como a los cuatro años. Como leen los lectores expertos.

Y luego fui periodista, leyendo la miríada de cables y evaluando los miles de fotos que escupían las agencias en vísperas de la caída del Muro de Berlín. Y tuve que elegir la información que era relevante y la foto que debía tener porque la tendrían todos los demás y la foto que debía tener porque ningún otro dispondría de ella. Y creo que lo hice relativamente bien y sin perder capacidad de raciocinio. Mucho menos, de introspección. Y enseguida después de la caída del Muro, me convertí en editora. Y leí miles de manuscritos, escribí cientos de textos para las contracubiertas, atendí el teléfono cuando llamaban de la imprenta con un problema y cuando llamaban de la distribuidora con otro y cuando llamaban los periodistas. Y desde esa trágica distracción de la que habla Carr, construí un par de catálogos bastante respetables.

Así que, cuando llegó la Red, no me asusté. Sabía de la lectura decimonónica de señoras burguesas apretadas en un corsé y rodeadas de cortinados que protegían su privacidad mientras se desvivían por alguna heroína romántica que hoy consideramos clásica. Sabía de ellas por mis lecturas, siempre a saltos, de libros y de pinturas y de fotografías, pero nunca pensé que fueran mi modelo. Mi modelo de lectura no era decimonónico, era el Cicerón niño pintado por Vincenzo Foppa en el quattrocento: la serenidad en la multiplicidad.

Pero cuando Nicholas Carr habla de la lectura inmersiva no está pensando en la pintura de Fragonard ni en la de Corot. Está pensando en la lectura propuesta por la industria editorial: un libro a la vez, de una sentada, de principio a fin y a la librería en busca de más, que hay que cerrar la cuenta de resultados. Debo confesar que de esa manera solo logro leer lo libros malos o intrascendentes, que también leo. Mi última experiencia de ese tipo fue con la primera entrega de la trilogía Millenium: en dos tardes di cuenta de ella y se la devolví a su dueña, que como iba a trompicones me la prestó por dos días para que me enterara de cómo eran los libros que ahora venden decenas y decenas de millones de ejemplares. De esas lecturas tal vez sea enemiga la Red. Y tal vez no le falte razón a Nicholas Carr cuando defiende con su libro a la elefantiásica industria editorial que lo publica.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Una recomendación

Leroy Gutiérrez es un colega venezolano que administra el blog Sobre edición, de obligatoria lectura para la gente que se mueve alrededor de los libros.
Con motivo de la Conferencia Editorial 2010, organizada por Opción Libros en Buenos Aires, Leroy entrevistó a varios de los oradores.
Dejo aquí un link a lo que me preguntó y le respondí sobre metadatos, Creative Commons, piratería, redes sociales, el nuevo perfil del escritor y las nuevas competencias del editor.

Sirva este ejercicio de narcisismo para recomendar calurosamente el trabajo cotidiano de Leroy Gutiérrez en su blog.

martes, 17 de agosto de 2010

Ladrones de libros


Siempre hubo ladrones de libros. Han sido tan abundantes como los ladrones de gallinas. Los ladrones de gallinas pertenecen al acerbo del chiste popular y los de libros merecen piezas como estas notas autobiográficas de Rodrigo Fresán. La diferencia entre un género y el otro solo estriba en el prestigio social del objeto robado. El del libro es enorme, porque hay quienes sostienen que hay que leerlos de principio a fin aunque el autor nos mate de aburrimiento, mientras nadie piensa en comerse una gallina cruda.

A los editores siempre nos ha tenido sin cuidado que alguien como el joven Rodrigo Fresán, lector voraz a quien no le alcanzaba el generoso presupuesto cultural de una familia de clase media ilustrada (en tiempos en que la clase media era ilustrada en la Argentina), fuera de incursión por las librerías. Nunca fue preocupación de editores, en ninguna latitud, asunto tan miserable. No porque a los editores nos emocionara que los jóvenes se cultivaran y se convirtieran en adictos a la lectura. Ni siquiera pensábamos en que ese voraz ladrón se convertiría en parte importante de nuestro fondo de negocio. Tanta distancia aristocrática con respecto al ladrón de libros se debía y se debe a que, en el caso del libro físico, quien paga los platos rotos es el librero, quien deberá liquidar los ejemplares robados como si hubiesen sido vendidos.

Feudalmente hablando y en materia de robo de libros, para el editor, el librero no es más que el encargado de una aparecería. ¿Que te han robado el cerdo que conté cuando parió la cerda? ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Venga mi parte convenida!

Con el advenimiento de los ebooks, el editor tradicional se encuentra en una situación incómoda, desconocida. El aparecero ya no se ocupa de la cerda, ni la cerda tiene crías. La cerda, el archivo epub, campa a sus anchas en su propia casa, y el editor debe cuidarse de que no se escape, que esté limpia y presentable todos los días, no solo el día de la venta. Porque una cerda que ya no tiene crías no se vende, solo se muestra. Y entonces, como en un mal sueño del que es imposible despertar, en el imaginario del editor se presenta el ladrón de libros. Y le teme tanto que no duda en llamarlo pirata. Ningún editor publicaría a un autor que contara sus aventuras en los archivos P2P en años de juventud. Es más, ningún autor encontraría solaz al mirar a los ojos a un ladrón de libros P2P. No estoy muy descaminada si pienso que la imposibilidad de firmar el ejemplar juega un papel importante en este último caso.

Como aquí nadie se come a la cerda ni a la gallina, sino que se paga por mirar, el ladrón de libros en realidad no roba nada: abre una ventana clandestina. Que abrir una ventana en propiedad ajena es atentar contra ella nadie lo discute. Lo que se discute son los pesados cortinados que ha colgado el editor todo alrededor de su castillo. Son un engorro para quienes pagan por mirar, afean a la cerda y al castillo y todos sabemos con qué facilidad los cortinados se abren y hasta qué punto son pasto de las polillas. Lo imposible de parar es la mirada clandestina, porque forma parte de la economía del deseo.

Así, perdida toda apostura caballeresca, los editores de aquí y del mundo han apostado por el DRM.

sábado, 10 de julio de 2010

Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad


Fue difícil la negociación del contrato de Las bodas de la semejanza, sobre todo fue larga e incierta. Era el segundo título de John Boswell que publicaríamos en Muchnik Editores y seguíamos de cerca, a través de nuestro contacto en la University of Chicago Press, las continuas revisiones a las que el autor sometía el manuscrito. El email no formaba parte de la vida cotidiana por ese entonces y un día recibí la llamada de la encargada de derechos extranjeros, anunciándome que, muy a pesar de las prensas de la universidad, Boswell había decidido publicar con otro editor. Tuvimos que empezar de cero con una agente literaria a quien no conocíamos, pero no estábamos dispuestos a que la obra se nos escapara. Habíamos publicado unos años antes su clásico Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad. En aquellos tempranos años 90, la escena pública en España vibraba con la militancia cívica de gays y lesbianas que exigían ser reconocidos por la ley en pie de igualdad en su rica y creativa singularidad. Y la virtud de estos libros de John Boswell era que les daba carta de ciudadanía en una tradición a la que muchos pertenecían: la cristiana. Los anclaba en la historia y en el relato de Occidente.

El contrato finalmente llegó a nuestras oficinas de la calle Diputación, esquina Balmes. Abrí el sobre en mi despacho, que tenía un balcón lateral que daba sobre los jardines de la Universidad de Barcelona y una ventana con vistas al Seminario. Al cabo de los tres folios que reglamentaban las condiciones de la futura publicación, una firma garrapateada, sin estructura, una firma desde donde se expresaba un dolor infinito. Llamé a Mónica Tusell, que era mi alter ego editorial, y le pedí que me trajera el contrato anterior, el de Cristianismo. Miré una firma y la otra y le dije: "Mónica, John Boswell se está muriendo". Y era así: nunca llegó a revisar la traducción de Las bodas de la semejanza. Joven, en la plenitud de su producción intelectual, el historiador de Yale cayó víctima de la plaga que, por entonces, creíamos imparable. La editorial era una de las tantas que contribuía monetariamente con Actúa, una ong que hizo muchísimo por los los enfermos de sida y los portadores de VIH.

Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad nunca fue un best-seller, pero se transformó en uno de los puntos de apoyo teórico de un movimiento que, finalmente, logró el reconocimiento del matrimonio homosexual en España.

Esta mañana, en la revista Ñ, leo que un editor a quien respeto mucho, Alejandro Katz, se ha permitido el ligero esnobismo de publicar los Escritos políticos de Samuel Johnson, nombre indisolublemente ligado a otro John Boswell, el inventor de la biografía como género moderno. Estos escritos políticos de un dissenter londinense del siglo XVIII nos quedan muy lejos, por mucho que la comentarista Jorgelina Núñez trate de contextualizarlos, sin demasiado éxito. Y me pregunto, con la que está cayendo en la Argentina en estos momentos en que el Congreso discute, con toda la Iglesia en contra y casi sediciosa, la posibilidad de una ley que nos dé a todos los mismos derechos como ciudadanos, la ley de matrimonio homosexual, ¿no hay ningún editor argentino que se atreva a reeditar esta piedra de toque que es Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad? No tendrían que pagar grandes anticipos, la traducción está en poder de El Aleph, una editorial mortecina que no tendría inconveniente en cederlos por un módico precio, Bengt Oldenburg les cedería gratuitamente los derechos del diseño de cubierta, en el que utilizó el grabado de Albert Durero que ilustra este post.
¿Nadie lo hará? Yo no puedo, porque no tengo ninguna editorial.

Y si, por si nadie se atreve a publicar, que es la manera en que los editores formamos parte de la cosa pública, aquí hay un enlace a los contenidos del libro.
Porque solo podemos cambiar el futuro cuando sabemos que ese futuro está anclado en nuestra historia.

jueves, 27 de mayo de 2010

Poéticas de la araña


Nick Asbury, que se dedica a la publicidad y es un amante del idioma, notó hace ya tiempo que, en materia de creación de marca, las palabras habían sustituido al color y al diseño gráfico en las obsesiones corporativas. Convengamos en que las gamas del azul institucional ofrecen una paleta reducida y que el color del espectro solar da pocas alternativas lo bastante universales, atractivas y serias como para la diferenciación de marcas. Así, un banco y un fabricante de hardware terminan compartiendo el mismo rojo. Asbury inició un viaje por las páginas en las que las empresas se definen a sí mismas ante sus clientes y quedó muy sorprendido al ver que la lista de las más usadas y repetidas no excedía el número de colores del espectro.

Global.
Visión.
Estrategia.
Pasión.
Equipo.
Compromiso.
Resultados.

En cualquier manual de SEO, estas palabras también aparecerán como las más deseables, porque son las que excitan a las arañas y, si las arañas están excitadas, segregan hilos a los que resultan sensibles los motores de búsqueda. Los textos que leemos en las páginas comerciales de la Red configuran una literatura sujeta a sutiles presiones comerciales, una literatura optimizada para esos espías incrustados por los buscadores en el sistema lingüístico, una literatura oprimida que pierde relevancia para el lector humano.
Nick Asbury, entonces, trató de descomprimirla. Visitó desde las páginas de Halliburton hasta las de lastminute.com, miró las palabras, las mezcló, las embarulló, les dio un nuevo orden y creó su libro de poemas "encontrados" al que tituló Corpoetics. Considera esta actividad poética, que lo emparenta sutilmente con Ezra Pound, T. S. Eliot e incluso con William Burroughs, una "forma perversa de Soduku".

El limerick que surgió de las páginas corporativas de la afamada Goldman Sachs, además de un homenaje a Edward Lear, es una prueba de que las palabras detrás de las que uno pretende esconderse terminan por dejarlo en evidencia. Solo es cuestión de ponerlas en otro orden para que vuelvan a brillar con candor implacable:

You wish to submit a concern?
A concern regarding the firm?
Who are you? Are you new?
You will learn who is who
You will learn to submit to the firm.

El libro se vende online por 5 libras y toda la recaudación es a beneficio del National Literacy Trust de Reino Unido. Para ver otros poemas surgidos de las palabras escritas para la araña, ir aquí.

lunes, 24 de mayo de 2010

Djuna Barnes y la chipoteca


Dos lecturas del día de hoy me decidieron a reproducir en este blog el texto de una ponencia que leí el año 2002 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en el marco de unas jornadas sobre libro electrónico organizadas por José Antonio Millán. Por un lado, el post de Jordi Mustieles en el blog de Soybits, "De plataformas digitales". Mustieles hace un llamado a recordar los fracasos del 2001-2002 (veintinueve.com) para no repetir los errores que retrasaron el cambio de paradigma de la industria del libro casi una década. Por otro, un tweet de J. S. Montfort, que dice así: "Demasiado debate sobre el futuro del libro; pero yo tengo la sensación de que nadie tiene ni la más remota idea cabal al respecto". Le doy gran parte de razón.

Ese futuro tiene una prehistoria, que estamos haciendo en estos días y seguiremos haciendo en los mismos términos si renunciamos a la memoria. Por entonces, por el 2001, mi puesto de trabajo en BroadEbooks, la única experiencia independiente de distribución de libros digitales que competía con la de Planeta, llevaba el título rimbombante de "Asesora Estratégica de Contenidos". Lo que en la práctica significaba que debía convencer a los editores españoles de que se atrevieran a distribuir digitalmente sus catálogos con nosotros y lanzaran algún título original en formato e-book. No lo logré. Mis compañeros de aventura eran, todos ellos, desplazados de otro sueño digital perdido: el departamento de multimedia de Anaya y los alegres años 90 del cd-rom. Esto último viene a cuento porque el entusiasmo por los app-books (iPad mediante) o "libros enriquecidos" nos está haciendo caer en un adamismo peligroso.

La mayoría de los actores del relato que sigue ya son cadáver o lo eran incluso entonces. Sirven de memento mori a nuestras vanidades de hoy, que son las mismas de ayer. Otros, continúan firmes en sus puestos: el DRM, esa penalización del lector que los editores reunidos en Libranda quieren volver a imponer; el lenguaje XML, que ningún editor del ámbito hispánico ha adoptado en las cadenas de producción de valor de sus empresas; y el formato PDF, cuya increíble supervivencia se debe a la longevidad de las dos condiciones anteriores: editores obsesionados por el control de los contenidos (vía DRM) y perezosos a la hora de las inversiones experimentales (resistencia a cambiar radicalmente el proceso editorial). Si hacemos un buen mix de los muertos que quedaron en el camino y de las obcecaciones que persisten, escondidas detrás de un grado de sofisticación mayor, quizás podremos ver con horror un futuro cercano en el que estaremos, una vez más, escribiendo epitafios.

Aquí va el texto, que también se puede encontrar en ArchivoVirtual:

jueves, 20 de mayo de 2010

¿Cómo se toma la decisión de editar?


Dedico este post a mi buen amigo Carlos Macchi y a @libreriaverso

Una buena nariz humana es capaz de distinguir 10 mil olores diferentes. Para conservar su trabajo en una editorial grande, al editor con olfato le basta con distinguir una docena de éxitos al año y dos "best-seller internacionales". En las editoriales pequeñas, en cambio, el sentido que se impone es el del gusto: imponer tu gusto a un grupo de lectores. Para que una editorial pequeña subsista es importante que el gusto esté afinado con las modas del momento y, al mismo tiempo, conserve cierto halo de unicidad. Más o menos como les pasa a los restaurantes: ahora que se puede comer espuma en cualquier maldito cóctel de inauguración, el Bulli cierra sus puertas sine die.

El sentido del olfato, con todo y ser el mayor de los sentidos en el momento de nuestro nacimiento, se va amoldando al entorno que le impongamos. ¿Quién, entre los urbanitas, es capaz de distinguir el olor del brezo? Así y todo, hay olores más universales como, por ejemplo, el de la cebolla dorándose en aceite antes de echarse en la tortilla, capaz de poner a mil la mielina que recubre nuestro sistema nervioso, sin importar edad ni lugar de residencia. El olfato puede ser objeto de reeducación: basta ver el éxito de la aromaterapia. Los aromaterapeutas del mundo editorial son los agentes literarios, que pasan bajo nuestras narices distintas esencias a ver si despertamos de una vez y firmamos el contrato. Como buenos terapeutas, no muestran todo, sino aquello que piensan necesario para nuestro bien común. El del agente y su cliente el autor, y el del editor; a veces a partes iguales. No siempre.

En las editoriales grandes, el editor con olfato debe someterse a un complejo proceso que, en su símil biológico, va del hipotálamo (él) a la corteza cerebral (la organización), donde se transforma en conciencia (decisión de editar). Esto es, el editor con olfato debe ser un buen comunicador interno y convencer a una larga cadena de directivos (todos ellos pacientes de sinusitis y, en los peores casos, de anosmia) de que han olido el mismo aroma que él. Algunos de los aromas que funcionan en este ámbito son: mediático; absorbente; se-lee-de-un-tirón; masivo; cautivante y algunos traídos de otras orillas: blockbuster; larger-than-life; thrilling; etc. Es tal la especialización que le exige este trasiego al editor con olfato que, tomada la decisión, ya no le quedan fuerzas ni coraje para editar el original, al que seguimos llamando manuscrito aunque lo leamos en pantalla. Si logra imponer un aroma, uno que ya no le da trabajo ni con los directivos ni con los lectores como, por ejemplo, el aroma Arturo-Pérez-Reverte, y el autor y su agente firman con otra editorial, es posible que el editor con olfato sufra un colapso y la subsiguiente pérdida temporaria de facultades.

Convengamos en que este proceso de decisión, aunque ha dado sus frutos, es lo bastante esotérico como para que nadie entienda nada de lo que pasa. También resulta muy gravoso, por su misma naturaleza enigmática: prueba de ello son los almacenes repletos de libros sin vender, cuyo coste pagan los lectores en cada nuevo ejemplar de un nuevo título que compran en su librería habitual, si es que ésta no ha cerrado sus puertas aplastada por la lógica olfativa y la superproducción inherente.

La aparición de los libros digitales no ha cambiado, todavía, este funcionamiento complejo, inefable, secreto e ineficiente. Libranda, por ejemplo, se propone cobrarle al lector toda esta cadena de "valor" y lo hará sin sonrojos. A menos que surjan otros jugadores que inauguren un nuevo juego.

El 17 de mayo último, sin embargo, sucedió algo que promete poner en funcionamiento otro grupo de neuronas de la industria editorial. J. A. Konrath, un escritor de thrillers en quien nadie se fijaba, firmó el primer contrato de edición de la flamante editorial AmazonEncore. AmazonEncore no es Google Editions, pero puede resultar igualmente disruptiva.

UN MODELO DE NEGOCIO, NO UN LISTADO DE CLIENTES

Cuando Amazon, con la ciega pero activa complicidad de las grandes editoriales, ya había dejado en la lona a un número suficiente de librerías como para que todo el ecosistema tradicional del libro se pusiera a temblar, el 14 de noviembre de 2005, propuso a sus clientes un juego inocente: que etiquetasen y valorasen los libros que compraban en su tienda online. Y los lectores se lanzaron a esta aventura como locos. Era tal actividad etiquetadora que mereció reflexiones en todos los grandes periódicos, aparte de los ensayos académicos y sesudos que resucitaban las folcsonomías de Émile Durkheim. Uno se preguntaba, con ellos, a qué se debía esta anomalía: cientos de miles de personas, otrora considerados clientes, dedicadas a trabajar, sin compensación económica, para su proveedor.

Que las empresas tercerisen el trabajo en sus clientes es una práctica a la que Ikea, la gran multinacional sueca de arredamenti y decoración, nos acostumbró a cambio de precios accesibles. Tal vez, los lectores que compraban en Amazon estaban tan agradecidos por los descuentos que no les importaba tomarse el trabajo extra de dejar huellas mucho más imborrables que las de Pulgarcito en las bases de datos de su proveedor. También se debe reconocer que, como contraprestación por el etiquetado, la empresa facilitaba el proceso de compra. En un mundo de demasiados libros, los algoritmos de Amazon podían guiar con recomendaciones basadas no solo en las compras anteriores sino en el juicio posventa.

Sin embargo, había otro elemento importante para desatar la compulsión: Amazon no solo era más barata que ninguna otra librería y daba un servicio excelente; además,  tenía la cortesía de invitarlos a opinar. La práctica de comentar y recomendar libros es muy antigua. Sobre esta necesidad arraigada de compartir la experiencia íntima de la lectura se montó la "experiencia Amazon", con el incentivo extra de que esa opinión pasaba a ser, por necesidad del medio, palabra escrita, con todas las connotaciones de autoridad que todavía conserva entre la población alfabetizada. La delegación de poder en el comprador era casi total.

También lo fue el control de información de usuario al que llegó Amazon. Ningún editor, ni grande ni pequeño, estaba en posesión de un tesoro semejante. En realidad, los editores siguen sin saber nada sobre el consumidor final, conocido también como lector.

Casi exactamente dos años después de proponer el exitoso juego de las etiquetas, Amazon lanzó al mercado la primera versión de Kindle, el 19 de noviembre de 2007. Empezó con 88.000 títulos que se han ido incrementando hasta llegar, en abril de este año, a medio millón. Y ya no fue una cuestión de etiquetas, valoraciones y reseñas aficionadas: con Kindle, Amazon puede saber en qué lugar de uno de sus e-books un lector se aburrió y abandonó el libro. ¿Cuánto pagaría un editor por acceder a esa información? Fue entonces cuando las editoriales grandes empezaron a preocuparse, pero era demasiado tarde. Quienes preferían seguir con vendas en los ojos se burlaban del éxito de Kindle hasta hace muy poco: finalmente, argumentaban, los best-seller de Kindle son todos títulos gratuitos. Las estrategias disruptivas se caracterizan por provocar juicios equivocados en quienes dominan el mercado que ellas vienen a poner patas arriba. A esa confusión contribuyeron los de las vendas en los ojos con la afirmación de que Amazon regalaba tantísimos títulos para Kindle porque su negocio pasaba por vender el cacharro.

No. El negocio en el que Amazon planeaba entrar con pie firme y una ventaja competitiva asimétrica era el negocio editorial. ¿Cuánto vale un archivo de contenidos comparado con la información sobre gustos, costumbres, placeres y desdichas de un lector? Nada. El misterio de Kindle y sus best-sellers gratuitos quedó desvelado el pasado martes, con el anuncio oficial de que Encore publicará una primera obra original, el thriller de J. A. Konrath cuyo título, Shaken, es todo un comentario sobre la conmoción que causará en los cimientos de una industria todavía poderosa pero maltrecha.

Amazon, en su calidad de editorial, seguirá el mismo proceso que cualquier hijo de vecino: firmará un contrato, pagará un anticipo, pondrá un editor a trabajar en la obra, la maquetará, la dará a los correctores, la subirá a Kindle para el e-book y la mandará a imprenta para la edición en rústica, que distribuirá también por los canales tradicionales. Sólo se diferenciará en dos cosas:
  • la edición digital saldrá siempre 4 meses antes que la de papel;
    • la enorme "comunidad" Amazon, compuesta por esos lectores que ponen etiquetas, tendrá participación directa en la toma de decisión de qué títulos editar.
    En comentario sobre por qué había firmado con Amazon y no con un editor tradicional, Konrath escribió en su blog que los editores tradicionales habían tenido la oportunidad de considerar su libro el año pasado y lo habían rechazado. Pero también, que firmó con Amazon porque es "es la única empresa que puede mandarle un e-mail a cada una de las personas que compró mis anteriores libros, y a millones de clientes potenciales." 


    Y es cierto que nadie más puede hacerlo. Quienes no son Amazon, tal vez intenten asociarse con Neil Gaiman y su base de datos llamada LibraryThing, aunque dudo que sea una negociación fácil. En cuanto a España, habría que plantearse muy seriamente por qué el gurú de las redes sociales, Javier Celaya, está impulsando con tanto ahínco Entrelectores, esa comunidad de recomendación de libros que no termina de arrancar. Cuando las cosas se pongan al rojo vivo, que no será mañana ni pasado, Entrelectores podría tener un valor estratégico casi impensable hoy.

    En este futuro en bruto que nos toca vivir en el mundo editorial, está claro que harán falta saberes más peligrosos que los transmitidos por el sentido del olfato para tomar la decisión de editar.


    martes, 20 de abril de 2010

    De cabeza en un bajío

    Y como a los hayedos que migraban hacia el lugar ocupado antes por los pinos en el ecosistema del Montseny se les caían las hojas en otoño, la tierra que los sostenía quedó desprotegida y pronto le faltó agua a sus raíces. Y los hayedos se despojaron de individuos y el Montseny quedó más despoblado y las abejas, que llegaban puntuales cada año, perdían su ventana de oportunidad porque no había polen en las flores, porque estaban atrasadas en la maduración. Y las abejas también se despojaron de individuos y fueron menos y hubo menos miel y menos polinización y menos hayas. Y los hayedos cenceños seguían subiendo por la ladera, expulsando sus semillas hacia lo alto, porque algo tenían que hacer. Así anotaba el maestro catalán en sus notas, que publicó El País en su dominical un domingo de 2007.

    Los editores no hacen estudios de mercado. No es por avaricia ni por falta de profesionalidad; es, sencillamente, porque nunca han pensado que hacen productos para la gente, como en cambio les sucede a quienes idean y elaboran electrodomésticos, pipas, o dispositivos de lectura. Lo más lejos que llegan los editores en la imaginación de su negocio es a la puerta de la librería. Aun así, existen empresas como, por ejemplo, R. R. Bowker, que viven de hacer estudios de mercado para el sector del libro. Sus informes se publican en los medios especializados, merecen comentarios e incluso informes de informes, como el que Jim Milliot publicó el 14 de abril en Publishers Weekly, la destronada Biblia del sector.

    No he tenido acceso al informe de Bowker, porque es de pago y resulta un lujo inalcanzable si uno no es, por lo menos, RandomHouse; pero los informes del informe dicen así:

    En los Estados Unidos, que es el lugar de donde nos llegan las noticias y bien haríamos en conocerlas, en 2009, los títulos publicados por sus propios autores, editores improvisados y zombies (emprendedores dedicados a la puesta en venta de obras que están en el dominio público, ya sea en forma de ebooks o de ediciones bajo demanda) casi triplicó las novedades kosher (o jalal, como uno prefiera) de toda la industria editorial organizada.
    • 764.448 títulos fueron libros publicados por sus propios autores; por editoriales mínimas de nicho sin pasado ni futuro reconocibles; por vanity presses, o por zombies que aprovechan el dominio público.
    • 288.355 títulos salieron de lo que todavía se considera "la industria editorial" establecida que, de aquí en más, llamaremos "tradicional".
    • Los títulos de narrativa vieron su segundo año consecutivo de caída y solo sumaron, en esta ingente producción, 45.181 títulos. 
    • Todas las tiradas se redujeron, menos en los títulos del subgénero "infantil y juvenil", aunque también aumentó la cantidad de novedades.
    • De la edición no tradicional, responsable de 764.448 objetos que se reputan de "contenido", la cosecha ha estado sobre todo teñida de biografías, autobiografías, testimonios, crónicas subjetivas, consejos, más autobiografías y más consejos e historias de familia. Tampoco faltan, y hasta son numerosas, las historias de éxito o infortunio personal.
    •  El crecimiento de la producción, con respecto al año anterior, es del 87 %.
    Gran parte de esta metástasis se puede encontrar en la Red. Una mínima parte, en Amazon. Una ínfima parte, en las librerías. Sin embargo, la gran mayoría es inhallable. También ese libro maravilloso que uno esperaba encontrar y leer y que, tal vez, publicó un editor en cuyos criterios solíamos confiar.

    Opinadores doctos como Mike Shatzkin nos conminan a digitalizarnos o perecer, pero también nos advierten que la digitalización en sí misma no es solución. La explosión de contenidos de la que somos testigos y hacedores, con la consecuente devaluación de los mismos, ha transformado el lugar de llegada de nuestras migraciones en un bajío, adonde nos hemos echado de cabeza sin contar con que los lodos habían crecido y escaseaba el agua. 

    Las redes sociales, de las cuales viven tantísimos expertos en márketing viral, por el momento no hacen más que reproducir lo que sucede en el mundo biológico: el inquietante efecto longtail que estudia la física estadística. Sin ir más lejos, la reciente campaña de Dosdoce para el Día del Libro en Twitter (#1libro1tweet) arroja como resultado de las libres e impolutas preferencias "comunitarias" los mismos títulos anunciados como best-sellers  por la más grande librería online en español, La Casa del Libro, propiedad de Planeta.

    La marea está baja y no parece buen momento para zarpar. Sin embargo, tampoco es el día de las trompetas finales. Si somos incapaces de sostener al librero de cabecera que siempre fue nuestra razón de ser y si tampoco basta con huir hacia la digitalización, ¿no sería el momento de dejar tanta agitación y pensar qué está pasando y en qué consiste esta profesión y este negocio de editor?

    domingo, 18 de abril de 2010

    Una foto en Chueca


    Un buen amigo me envía hoy esta foto, tomada en el escaparate de una librería del barrio de Chueca. En ella aparecen algunos de los libros emblemáticos de mi ex editorial, Poliedro, en una oferta casi irresistible: uno se puede llevar tres por sólo 10 euros. Si fuese lector omnívoro, como de hecho lo soy, elegiría estos tres primero: La ciudad de los cazadores tímidos, de Tom Spanbauer; Europeos en extinción, del austríaco Carl-Markus Gauss y El ojo del grillo, de James Sallis, cuarto en la serie de los misterios de Lew Griffin, cuyo sexto título no logramos publicar antes de la Gran Crisis de las Devoluciones. No es que no me llevaría los demás, ya que los publiqué todos y nos costaron muchísimo más que 10 euros el trío, pero los dejaría para una segunda visita al librero.
    En su email, José Antonio me comenta la sensación agridulce de ver estos libros en un escaparate de ofertas: por un lado, la pena de que la editorial ya no exista ni yo publique; por otro, la alegría de ver que no están puestos en un baratillo, junto con otros libros fallidos sobre cualquier tema y con cualquier criterio de edición, sino juntos y con cordura en la selección, como si esta editorial extinguida todavía mereciera respeto.
    Lo cierto es que las librerías de Chueca siempre nos trataron bien y vendieron, para su tamaño, ingentes cantidades de libros arrebatadores como, por ejemplo, El hombre que se enamoró de la luna, y de libros de dificilísima llegada, como el clásico de John Boswell, Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad.
    Bengt Oldenburg y yo no fuimos capaces de hacer la migración a los ebooks que hizo Cecilia Tan, relatada en un post anterior. Tampoco era que las condiciones de la edición electrónica en España estuvieran demasiado claras y esa vez, como otras, nos faltó conversación sobre el futuro.
    Migramos, sí, a Sudamérica, más o menos por la misma época en que Circlet Press se internó en el mundo de los libros digitales. Lo bueno de estar en este lugar de Sudamérica es que uno no se siente presionado a pensar en el futuro: por aquí ya pasó. Lo malo de estar en este lugar de Sudamérica es, paradójicamente, que uno tiende a creer que el futuro ya tuvo lugar.
    Y la foto me causó, sobre todo, alegría. Aún hay algún librero en Madrid que se acuerda de nosotros, lo cual es muchísimo en estos tiempos de febriles novedades.