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domingo, 17 de julio de 2011

Dos semanas en la Utopía G+

Shmoo, by Al Capp


Buenos Aires goza, desde 1876, de un periódico en inglés que conoció tiempos mejores y tuvo una circulación más que respetable. En las páginas del Buenos Aires Herald conocí a Li'l Abner, la tira cómica de Al Capp, y a los Shmoo, tal vez la criatura más deliciosa de la zoología fantástica con la que me encontré en la pubertad.

Los Shmoo vivían al cuidado de un pastor, en un valle prohibido a los hombres, en Kentucky, cerca del pueblo de Li'l Abner Yokum, que se llamaba Dogpatch. Li´l Abner los descubre por accidente y los encuentra tan encantadores que, desoyendo las advertencias del pastor, los conduce fuera del valle donde están recluidos. Y no pasa mucho antes de que se produzca una catástrofe económica que pone en peligro los cimientos de la organización social, porque la misma naturaleza de los Shmoon es tan disruptiva que resultan "la más grande amenaza para la humanidad que el mundo jamás haya conocido". Y esa peligrosidad no reside en que sean evil, sino en su intrínseca bondad.

Los Shmoon son amables, no requieren cuidados y adoran a los niños. Su sentimiento filantrópico es parte de su razón de ser. Son comestibles, riquísimos y les hace ilusión convertirse en plato fuerte del menú. Fritos, saben a pollo; grillados, a ternera; asados, a puerco; horneados, a bagre. Y si se los come crudos, son mejores que una ostra recién abierta. Subproductos del Shmoo son la leche, los huevos y la mantequilla, que ponen a disposición de la gente como las gallinas ponen huevos. No tienen huesos y, por tanto, no tienen desperdicio; los ojos sirven como botones y los pelos de sus bigotes como palillos de dientes. Por si esto fuera poco, una vez satisfecha la necesidad básica de alimento, los habitantes de Dogpatch también encuentran en ellos motivo de esparcimiento, porque son muy graciosos, tienen gran sentido del humor y organizan unas shmoomedies que pronto dejan sin sentido al cine y a la televisión. Y no corren peligro de extinción, ¡porque su reproducción es asexuada y casi espontánea!

¡Los Shmoon son una mala noticia para los negocios! Al menos para los negocios tal y como estaban organizados en Dogpatch hasta el día de su aparición.

Google siempre me ha hecho acordar a los Shmoon. Desde aquel comienzo amable de ese buscador que nos mostraba una página en blanco, sin pop-ups ni agregadores de noticias indeseadas, con una ventana límpida que nos devolvía con creces aquello que anotábamos y que provocó el éxodo masivo y su triunfo sin contestación en lo que el New York Times llamó "la guerra de los motores de búsqueda". Google, como otros buscadores, gana su dinero con la publicidad, pero nos molesta poco y a cambio nos da leche y manteca, todo gratis: Gmail, Blogger, GoogleDocs, GoogleSites, GoogleMaps, GoogleEarth, GoogleBookSearch son algunos en una larga lista. Y en ese darnos leche y manteca y shmoomedies, el valor de los contenidos ha caído en picado. Tal y como sucedió con la carne de cerdo en Dogpatch.

Pero nosotros también somos Shmoon, los Shmoon de Google, que pasta en nuestros datos.

Desde que Google abandonó el Valle Prohibido de los Shmoon y reina entre nosotros, muchas cosas han cambiado en Internet. La nueva Utopía que nos propone se llama G+ y es como el canto de los Shmoon que llevó a Li'l Abner a descubrirlos. Ese canto no es una nueva red social;  es una invitación casi ineludible a que nos traslademos, definitivamente, a la Nube. Será un redescubrimiento. Su melodía está compuesta por notas tan "filantrópicas" como el ADN de las criaturas fantásticas de Al Capp. Por ejemplo, la posesión de nuestros datos, de nuestros prados. Nuestros datos son mucho más valiosos que nuestros contenidos.

¡Google (y G+) es una mala noticia para los negocios!, canta el coro de los medios y, en tanto medios, tienen razón, si no logran imaginar otra manera de hacer negocios.

EL FIN DE LAS UTOPÍAS

Siempre llega, hasta en sátiras como la de Al Capp. Y ahora debo contar la historia muy triste de cómo se extinguieron los Shmoo.

En Dogpatch vivía J. Roaringham Fatback, también conocido como el Rey de los Cerdos, quien vio sus intereses seriamente dañados por la sorpresiva disrupción shmoo. El Rey de los Cerdos, además, tenía muy pocas pulgas, y era de esos seres industriosos capaces de mandar derruir la casa del vecino si esta le hacía sombra al periódico que leía con su desayuno. Imaginad la indignación que acumuló en poco tiempo contra los Shmoo. En especial cuando se desató la Crisis de los Shmoo y nadie lograba vender nada y todo a su alrededor se parecía demasiado al Gran Crack de Wall Street de 1929. Como era un hombre de acción y no estaba dispuesto a ver fundidos los cimientos de la sociedad en la que él era rey (de los cerdos, concedido, pero rey al fin), organizó los Escuadrones del Shmooicidio, que con armas de fuego acabaron con la vida de cuanto ejemplar de Shmoo encontraron a su paso.

Esto sucedía en diciembre de 1948 y es muy probable que se haya debido a que Al Capp vio cómo la historia se le iba de las manos, no supo bien cómo continuarla y recurrió al viejo remedio de matar lo que nos supera.

Quienes hoy tampoco saben cómo continuar sus historias proponen leyes como las llamadas Hadopi, González-Sinde o Lleras. Una de las armas de fuego que usan es un viejísimo fusil llamado copyright, cuyos cimientos están fundiéndose pero que presentan con los trazos inconmovibles de las Tablas de la Ley. Monopolios movilizados contra monopolios que no entienden o no les pertenecen o son nuevos. Hay otros escuadrones en esta nueva Crisis de los Shmoon, pero este blog solo trata de libros, de la palabra y de su digitalización.

G+ tiene mucho menos de novedad que de profundización de un modelo de negocio en el cual Google redobla la apuesta por la disrupción. Es un salto adelante que no logrará dar sin las pasturas de nuestros datos, en las que se alimenta, pero que deja elegantemente a nuestra disposición. Nosotros, por nuestro lado, tenemos derecho a exigirle algo más.

Pero no debemos olvidar que en esta historia, aunque Google sea el Gran Shmoo, todos nosotros y nuestros datos formamos parte de la raza Shmoo.

miércoles, 13 de julio de 2011

Casa del Libro abjura del DRM

(cc) Toni Lozano

    El pasado 24 de marzo, Enrique Dans publicaba en su blog el relato pormenorizado de su frustrado intento de compra de un ebook en Casa del Libro, que cerraba con esta frase: "Con tu actitud y tu DRM te lo comas". Ese texto, convenientemente apaisado y subrayado, forma parte de la quinta diapositiva de la presentación con la que Casa del Libro trata en estos días de reclutar editores para su plataforma de ecommerce, a la que rebautiza ecosistema de lectura.

    A un año del lanzamiento oficial de Libranda, Casa del Libro, que es una de sus librerías asociadas, reconoce en esta presentación que han sido responsables de la mala experiencia de compra de sus clientes y Enrique Dans les sirve como testigo de cargo de esas penurias. El DRM de Adobe, adoptado por Libranda e impuesto a todos los editores y libreros que se unan a la plataforma de distribución española, resulta imputado con semiplena prueba y, como tal, se lo elimina del nuevo proyecto. En él, Casa del Libro se propone como la chumacera alrededor de la cual girarán todos los ejes del universo libro en español. Los "especialistas" capaces de articular el cambio de paradigma. Libro nuevo, libro usado, impresión bajo demanda y ebooks serán las aspas del molino que moverá las aguas.

    La demolición de ADE y el DRM en lo que respecta a los ebooks es tan minuciosa y contundente que uno se pregunta qué argumentos le deja Casa del Libro a Libranda para seguir proponiendo su fórmula al resto de los libreros asociados, esos que no cuentan con Planeta como accionista mayoritario y no se pueden permitir inversiones descabelladas en el desarrollo de un motor de lectura (o ecosistema) que permita experiencias de compra y de lectura no traumáticas.

    UNA ESTRATEGIA NUEVA

    Que pasa, obviamente, por la nube. Un motor de lectura que permita acceder a los libros online y offline. Tanto en formato ePub como en .pdf. En cualquier dispositivo. ¿Les suena familiar? Compra con un solo click, sin necesidad del doble registro al que se verá obligado el resto de libreros que trabaje con Libranda y el DRM de Adobe. Sincronización del punto de lectura en todos los dispositivos; posibilidad de anotaciones y subrayados. Lectura social, faltaría más, y el consiguiente informe sobre los hábitos de los lectores, un servicio que ninguna otra librería española podrá dar a los editores, a menos que hayan licenciado The Copia. Y como yo me lo guiso y me lo como, integración con la comunidad de lectores de Libro de Arena, propiedad de Casa del Libro. Una comunidad bastante magra y poco espontánea, de momento.

    La seguridad de los contenidos bajo copyright se cifra en SSL, que la presentación describe así: "proceso altamente complejo para descifrar. Disuasorio para aquellos 'no piratas' y para los que lo son lo seguirán cogiendo de la red" [textual, amigo lector, pero el énfasis es mío]. Para poner de relieve la importancia de la cadena de librerías, una afirmación desconcertante: "venta de ebooks en el canal físico mediante tarjetas descargas". ¿En qué quedamos? Y por prometer, que no quede: la misma experiencia de lectura con ePub y con .pdf, de manera que el editor no tenga que gastar en conversiones y ponga a disposición cuantos fondos pueda, en el menor tiempo posible.

    ¿Desde dónde se harán efectivas todas estas funciones? La presentación no lo aclara, pero es de suponer que se tratará de una webapp, lo que preanuncia serios problemas de gestión desde dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes, por ejemplo. Y una pregunta que no parecen plantearse, ¿cómo accede a ella un lector cuyo dispositivo no tenga incorporado un navegador, por rudimentario que sea? Aunque puedo equivocarme y sea que, en realidad, Casa del Libro esté embarcada en el desarrollo de un motor de lectura basado en HTML5, en cuyo caso debería al menos mencionar las futuras apps para sistemas operativos como Android, iOS o RIM. En el contexto de esta presentación, la frase acuñada por Arthur C. Clarke se invierte y la magia se hace indistinguible de la tecnología. Especialmente cuando se trata de evangelizar a editores a quienes se les supone una supina ignorancia digital.

    El tono es urgente, casi acuciante. Tanto así que se tragan las palabras ¿Será porque le han visto las orejas al lobo? A juzgar por esta frase, que copio textualmente, parece que sí:
    Primer actor nacional que apuesta los ebooks. Evitar todo el peso de las ventas caiga en pocos actores internacionales (Amazon, Apple, Google).
    Bienvenida la inciativa. Ahora bien, ¿no sería conveniente empezar a hacer las cosas bien para ser realmente competitivos? Empezando por encargar también las presentaciones a profesionales.

    Y un consejo: si en estos momentos todavía fuera la dueña de una editorial, suspendería la firma de cualquier tipo de contrato en exclusividad con cualquier actor de la distribución digital que viniera a exigírmelo. Mejor quedar a la intemperie que dentro de una cárcel de adobe.

    sábado, 16 de octubre de 2010

    La cola de novia contada por Fran Ontanaya

    En su excelente blog, el autor de ficción especulitava Fran Ontanaya se pregunta por las estrategias a seguir por un autor joven que quiera a darse a conocer en un ecosistema editorial cuyas prácticas perversas amenazan con trasladarse al ámbito de los ebooks, cancelando así la apertura de nuevas maneras de acercarse al lector.

    Elijo aquí la expresión "cola de novia", que tomo prestada de Federico Reggiani y de su profesor de bibliotecología, para referirme al fenómeno del long tail, que afecta a todos los autores nóveles o de fondo desde hace ya más de una década. La angustia de la elección cuando la oferta es sobrecogedora e indiferenciada, viene a decirnos Fran Ontanaya, se basa en un fenómeno llamado "ignorancia racional". Los libros "enriquecidos", de los que se hizo eco retumbante la última Feria del Libro de Fráncfort, serían, en su visión, una estrategia de poder que perpetuaría la angustia de la elección con el objetivo de beneficiarse de la ignorancia racional de los compradores o usuarios (antaño llamados lectores).

    Lo que más aprecié en este post de Ontanaya es la propuesta de una estrategia alternativa para los autores que, como él, buscan encontrar su público. Refrescante e inteligente, tiene la virtud de poner la Red y el lector por delante.

    Pero lo mejor es que lo lean ustedes completo en su blog. Y que aprovechen la visita para saborear algunos de sus relatos.

    Cuando las máquinas no pueden leer bitácoras

    Quien se haya adentrado en Google Books, especialmente en los libros del dominio público escaneados a partir de fondos de bibliotecas, habrá comprobado hasta qué punto el OCR sigue siendo un albur, aunque muchos estén dispuestos a correrlo. Las manchas de humedad, la oxidación irregular del papel, la tinta del sello del bibliotecario, que dejó su marca imprevista sobre la tipografía, las huellas dactilares de un lector que comía manzanas mientras leía, son datos con los que nosotros podemos reconstruir una historia que haga sentido, una historia marginal a la que cuenta el libro. De hecho, la disciplina de la Historia no es más que nuestra habilidad para desencriptar y dotar de sentido a las huellas dejadas por los hombres en la cultura material. Pero a las máquinas, todo esto las despista porque, como los niños pequeños, necesitan de la previsibilidad.

    Una lectura de OCR puede arrojar un resultado 99 % fiable y puede, en otras circunstancias, regalarno un galimatías. Si esto es casi siempre así cuando los libros impresos que se le someten a la lectura son viejos, cuando se trata de digitalizar documentos manuscritos nos encontramos ante una verdadera imposibilidad.

    En la Argentina estamos en las vísperas de un censo nacional de población y, por eso, me parece útil el siguiente ejemplo: un fragmento de una hoja del primer censo realizado en el país en 1869, cuando era presidente el escritor Domingo F. Sarmiento.






    Estas columnas bien estructuradas, con el nombre de la familia en la primera, el nombre de pila en la segunda, las edades en la tercera, etc. tienen sentido para cualquier hombre, aunque le tome un poco de tiempo desentrañar las curvas de la caligrafía decimonónica. Un primer paso hacia la conservación de estos documentos de vital importancia es el escaneado. Pero el escáner solo nos devolverá una fotografía. Lo que interesa a las nuevas tecnologías de la memoria es transformar ésta y otras miles de hojas en datos que puedan ser sometidos a procesos que los combinen entre sí y arrojen, rápida y automáticamente, información que, a su vez, se transforme en la base de nuevos saberes, de nuevas hipótesis sobre nuestra historia. Un OCR, que es la herramienta automatizada con la que contamos para hacer esto, es incapaz 1) de ver estructura donde nosotros la vemos; 2) de leer todas las caligrafías singulares de los miles de censistas.

    La simple conservación digital, la foto o el .pdf, no cumple ninguna función más que la de tranquilizar conciencias, pues no permite la transformación de un documento en datos. Es un primer paso que, de no darse los siguientes, será puro gasto sin reproducción.

    De visita en el blog de Open Library, tropecé con una organización a la que no conocía: Zooniverse , cuyo objetivo es lo que hoy se da en llamar "la ciencia de los ciudadanos", que recurre a voluntarios o a redes de voluntarios para el procesamiento de datos en proyectos científicos concretos. Uno de ellos es la reconstrucción del tiempo meteorológico del planeta a partir de las bitácoras de los marinos de la Armada Real Británica que, como bien sabemos, surcó y dominó todos los mares. Las bitácoras se parecen a las hojas del censo en que están divididas en columnas, la última de las cuales es la más difícil de desentrañar para las máquinas: las observaciones del capitán. En Zooniverse han creado una app que facilita la colaboración ciudadana en la reconstrucción de este tesoro de información.

    Aquí está el vídeo que muestra cómo funciona:




    Old Weather - Weather and Events from The Zooniverse on Vimeo.

    Y como soñar no cuesta nada, imagino el salto cuántico que significaría para los países de habla hispana --que tienen tantos hablantes como para enorgullecerse de ser la segunda lengua de Occidente y, al mismo tiempo, tan poca ciencia que les dé autonomía y peso económico-- que las bibliotecas nacionales abrazaran un proyecto semejante. No lo pienso solo desde la perspectiva de la conservación real de la memoria, ni desde la pura producción histórica, sino desde el efecto multiplicador de ciudadanía que tendrían estas redes de voluntarios detrás de un objetivo común.

    miércoles, 22 de septiembre de 2010

    Aforismos del bibliotecario que le dijo no a Google

    Quien haya seguido las conferencias que se retransmiten en Twitter a golpe de teclado y tweets, las que no tienen streaming, ni imagen, ni voz, sino una serie de caracteres que se unen en cadenas de frases escritas a la carrera y vueltas a escribir y a articular por varios voluntarios presentes en el salón donde habla el orador, sabrá de qué hablo cuando digo que es como escuchar la música vocal de Palestrina con los ojos. Las variaciones de la palabra, los comentarios a los comentarios, la frecuencia de repetición por diferentes escribas de las mismas frases de la fuente crean cortinas de sentido, como una música efímera pero congelada.

    El 21 de septiembre la experiencia hechicera tuvo por anfitrión a Firebrand y por máximo chamán a Peter Brantley, director de Internet Archive y una de las voces más críticas con respecto al megaproyecto de Google Editions. Brantley habló de lo que está ocurriendo con el mundo de la edición ahora que la palabra ha sido reivindicada por las redes, un hecho consumado por sorpresa, pero nunca escatimado. Un hecho que vino, al igual que el día bíblico, como un ladrón en la noche. Advirtió que su análisis se enmarcaría en una visión social y económica del fenómeno y lo comparó con lo ocurrido con las ciencias de la vida y la biotecnología. Su intervención, que leí y comenté en la pantalla negra de letras blancas de la aplicación TweetDeck, decantó en mí como una serie de aforismos de estos tiempos de cambios radicales y oportunidades extravagantes.

    Los aforismos que siguen deben tomarse con pinzas, porque han tenido muchos escribas y han pasado por el filtro de mi subjetividad, que algunos identifican con la memoria. Y aun así, estas frases sueltas, pescadas al vuelo de la cronología twittera, son la descripción más realista y lúcida que pueda hacerse del sector editorial enfrentado al cambio de paradigma.

    Aquí van:

    - La disrupción que nos afecta tiene las proporciones de un asteroide venido del espacio exterior.
    - No os preguntéis por lo que puede hacer un editor; preguntaos, mejor, qué es la edición ahora.
    - Nadie te guiará a través de los tiempos de Armagideon (verso de un reggae de Willie Williams).
    - En un mundo como éste se compite por la capacidad de hacer descubrir.
    - El descubrimiento necesita de las coordenadas del contexto y el contexto lo definen los metadatos.
    - La sobreabundancia de contenidos es precursora del desarrollo de la contextualización.
    - Reconceptualizad al autor y habréis reconceptualizado al libro.
    - Si no podemos pensar con mayor apertura seremos materia muerta.
    - El impacto del asteroide es tan fuerte que nos llama a pensar de cero cómo se construyen los servicios y los productos.
    - Google debe pensar Google Editions en el contexto de su propio hábitat, no en el nuestro. El hábitat de Google es Silicon Valley.
    - Que florezcan las querellas judiciales es un signo de la ruptura de los ritos por medio de los cuales interactuaban las organizaciones tradicionales.
    - Retener y ocultar los contenidos no es una solución. Las organizaciones de la sociedad civil encuentran y encontrarán la manera de llegar a ellos.
    - Una vez más os digo: los ebooks no se venden, se licencian.
    - Nadie te va a guiar a través de los tiempos de Armagideon.
    - Para las editoriales, el capital no es la barrera que fue para otras industrias que se enfrentaron a cambios radicales como, por ejemplo, la del acero. Para las editoriales la barrera es que no sabemos qué producir.
    - Debemos ver los libros como contenidos digitales y no simplemente como libros impresos expresados digitalmente.
    - Está entrando mucho dinero en el negocio, pero no está entrando a los lugares donde solía hacerlo. Conflicto.
    - Si os conformáis con transitar las avenidas trilladas corréis el riesgo de contaros entre las bajas que producirá el cambio.
    - Los objetivos de Google se dirigen a Silicon Valley; no son competidores del mundo editorial.
    - Hay un mundo de oportunidades en los intersticios.
    - La edición "transmedia" y la edición y distribución en la Web son los sitios donde pueden surgir nuevos jugadores.
    - Los editores necesitan pensar el modelo de nuevo en lugar de empeñarse en hacer entrar lo nuevo en los odres viejos de la edición tradicional.
    - El intento de amoldarse alrededor de los agentes disruptivos como una hoja de plástico alrededor de un asteroide no es el billete que nos garantiza el viaje.
    - La edición vive en estado de innovación radical, y eso no depende de nosotros.
    - Los celadores de las puertas siguen junto a las puertas cuando los muros ya se han desmoronado.
    - No es solo el cambio de tecnología; es que han entrado extraños a la casa.
    - Los libros digitales se licencian como software y, por tanto, sus costes deben ser calculados como los del software.
    - Ya no se pueden calcular las ganancias sobre la base de cantidad de lectores ni de vida del catálogo.
    - La edición tiene el objetivo más alto de diseminar la información.
    - Las viejas relaciones del sector están trastocadas a raíz de las nuevas controversias. Hay que reconfigurar las relaciones entre agentes, editores y autores.
    - Porque los ebooks no son objetos físicos, los derechos territoriales, la disponibilidad y los precios se han transtornado en el mercado internacional.
    - La gente paga por información, no por formatos.
    - Nadie te guiará en los tiempos de Armagideon.

    Como se estila en las conferencias, al fondo del escenario, una pantalla reflejaba las diapositivas de rigor. Lo que decía Peter Brantley era tan perturbador que nadie les prestó atención a los textos de los encabezamientos, hasta que alguien dijo: "¡Las diapositivas llevan citas de Crying of Lot 49!"

    Y sí, era cierto. Yo no las vi, pero imaginé algunas de las frases de Thomas Pynchon proyectadas en la pantalla, frases de una novela en la que dos empresas postales, dos diseminadores de información, luchan a muerte. No copio aquí lo imaginado: que cada cual elija las citas que le corresponden.

    (Actualización: Peter Brantley acaba de colgar las diapos en SlideShare).

    viernes, 2 de julio de 2010

    Y lloró Jesús


    No sé nada de Mike Cane, excepto que vive en Satan Island, NY. Esto es lo que declara en su perfil de Twitter. También sé que abandona sus blogs periódicamente y abre otros nuevos, que muchas veces vuelve a abandonar. Que sus blogs abandonados son deshechos de la red que algunos seguimos visitando y escarbando en busca de inspiración. Y que escribe como los ángeles caídos.

    Mike y yo apenas hemos tenido algún que otro intercambio epistolar. Él sostiene que los ebooks bobos deben morir. Yo, en cambio, sostengo que los ebooks no pueden morir pues no existen. Pero sus ebooks bobos y mis ebooks inexistentes son una y la misma cosa. Los ebooks bobos de Mike Cane bien podrían ser ebooks mudos. Y de lo que no existe ya sabemos que calla.

    En posts anteriores, y tan temprano como en 2002, he sostenido la importancia de los metadata para que todo lo contenido en los libros (el 85 % del saber archivado por el hombre, contra el 15 % que hoy encontramos en la Red) sobreviva. Y he dicho una y otra vez que es la sociedad de redes la que le está exigiendo a la palabra volverse líquida para entrar en los flujos de una economía global construida en base a metadata. No es la palabra la que se niega a esta transformación, sino quienes la detentan. Lo hacen a través de estrategias que llevan el nombre de plataformas propietarias, sean los app-books del censor Steve Jobs o las torpezas encaradas por Libranda. Lo que obtienen como resultado son productos risibles, libros mudos, imitaciones de la página bidimensional o, peor aun, de los fracasados CD-Rom de los años 90. Y después dan entrevistas a la prensa en las cuales se ríen de lo que ellos mismos construyen.

    Este post será largo, porque reproduciré aquí las 81 etiquetas que Mike Cane ideó como punto de partida para que los ebooks dejen de ser bobos, mudos, inexistentes. Las 81 etiquetas que salven a los libros de los editores. Quien llegue al final de la lista sin perder la fe, puede considerarse un editor del futuro.

    Lo que Mike describe a continuación es una oración de tres palabras:

    Y lloró Jesús.

    Estas tres palabras contienen más información de la que la mayoría de la gente (y de los editores) imaginarían. Y es ésa la información que debe ser extraída: la información oculta que constituye el basamento de lo que ha de ser un ebook. Lo que la sociedad de redes le exigirá que sea. Ni Mike Cane ni yo somos especialistas en markup y lo que se propone aquí es un boceto de los fundamentos.

    Y lloró Jesús.

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    Si esta es la información que necesitamos proporcionarle a las máquinas para que aprendan a leer tres palabras, ¿cuántas harían falta para que pudieran leer un párrafo entero?

    Los que abandonaron la lista de etiquetas cuando llegaron a la caracterización de la galaxia no pasarán la prueba para ser los editores del futuro, porque no han entendido que el etiquetado también puede servir para un libro de astronomía. Ni tampoco han entendido que si el personaje fuera el etiquetado también serviría para catalogar un libro de ciencia ficción.

    Toda esta información oculta que se vuelve explícita es la que transforma un ebook inexistente en un ebook. De objeto digital bobo a objeto inteligente. Pero es más, también es posible, a partir del etiquetado, relacionarlo con otros objetos similares de formas que hoy no son posibles y, además, los convierte en objetos "buscables" (y hallables) en la infinita Red. Un etiquetado de esta naturaleza permitiría al lector hacer búsquedas como éstas:

    Todos los libros de suspense ambientados en Los Ángeles en 1945.


    Todos los libros de ficción ambientados en Marte en cualquier año, publicados entre 1940 y 1960.


    Todos los libros con el Cid Campeador como personaje ficticio.


    Todos los primeros párrafos de todos los libros publicados en el mes de mayo de 2009.

    Y un largo etcétera.

    Hoy, como lo demuestra la entrevista con 4 editores mitológicos (y no tanto) que se cita más arriba, la jerarquía de la edición termina, justamente, en el editor. No más tarde que hoy, la editora de Barataria, durante el Seminario de ARCE sobre la edición cultural y su salud (o falta de salud) en España, se erigía en el pináculo de esa estructura jerárquica: "El editor no puede delegar nada", decía, relacionado con el alma y la misión de la editorial. Pero si los libros han de sobrevivir, serán estos metadata sus billetes de entrada a la vida de la información que se guarda en las bases de datos. Y esos metadata no los manejan los editores; los manejan los geeks. Serán los geeks quienes establezcan los estándares que permitan a la palabra entrar en la sociedad de redes y no quedar rezagada en la inmovilidad arquitectónica de la página impresa o, lo que es peor, en la inmovilidad del travestismo digital de Libranda.

    La creación de estos metadata es costosa, implica mucho trabajo y mucho tiempo. Pero también es verdad que su valor se acrecienta con el tiempo. Más aun, se acrecienta con el acrecentamiento de la información así vertida. No como sucede ahora, que los demasiados libros le han quitado valor cultural, intelectual y de mercado a los mismos libros. Los metadata serán un negocio de muchos miles de millones de dólares. Y, por lo que vemos, no será un negocio de estos editores.

    Y del lado del lector, el libro así digitalizado pasa a tener un valor que no el cero que hoy le atribuyen tanto los escépticos de la Red como los iluminados de la tecnología. Porque ese libro también será un billete, un billete valiosísimo al saber que nos hace humanos.

    ¿Y han pensado quién sabe hacer que la información haga cosas, que hable, que no sea muda? Sí, ellos. Todavía nadie ha hablado en serio de Google Editions.

    lunes, 8 de febrero de 2010

    Retales

    Todavía no he comentado en este blog lo que ha sido, durante una semana, el gran acontecimiento de la industria editorial de los Estados Unidos y cuyos ecos se han sentido en Europa y en todas las comunidades interesadas en el futuro del libro digital: la gran pelea entre Amazon y Macmillan.
    Antes de que sepa cómo dirigirme a los lectores para explicar tan arcana noticia, relacionada con el control de la información de usuario (que es como en el mundo digital se llama a los que en el mundo de papel se conocen como lectores) y no con los precios, Motoko Rich me sorprende en el New York Times con un artículo cuya frase de salida reza así: "¿Quién tiene tiempo todavía para leer un libro entero?"
    Allí nos cuenta que la editorial Pearson, a través de una nueva división llamada FT Press, ha comenzado a comercializar a través del lectoborg Kindle, plataforma propietaria de Amazon y piedra del escándalo con Macmillan, unos resúmenes de libros ya publicados en papel y cuya extensión no supera las 2 mil palabras. El precio de estos retales no supera los dos dólares y están teniendo tanto éxito que Pearson planifica tener unos 500 títulos disponibles a finales de año. La colección de retales recibe el nombre de "Elements" y otra, en la que se publican ensayos originales de no más de 5 mil palabras, se llama "Shorts". La gente de Pearson apuesta con optimismo por estos formatos que son, a juicio de Thimoty C. Moore, editor de FT Press, más amigables con respecto a la percepción del tiempo que tienen los usuarios.
    Los contenidos de los títulos retaceados van desde la "reingeniería" de las leyes de la gestión hasta la "reingeniería" de la corporación, de los negocios, de la empresa y de la vida, todos ellos best-sellers de la década de los 90. Por las características de la oferta, la pregunta retórica de Motoko Rich tiene una sola respuesta: "Nadie tiene tiempo de leer entero uno de estos libros". Ni falta hace.
    Thimoty C. Moore reconoce que estos libros tan despojados pueden canibalizar las ventas de los originales, más opulentos. Otra paradoja del mundo digital: en este caso, serán los peces pequeños y fragmentarios los que se coman al pez gordo.
    ¿O acaso no será que en esta prehistoria de la nube todos están dando palos de ciegos en materia de e-books?

    miércoles, 3 de febrero de 2010

    Contaminación tipográfica



    Buscaba información sobre nuevas tendencias en materia tipográfica para un proyecto de diccionario temático que dentro de poco deberé resolver cuando, por afortunada casualidad (a pesar de mi respetadísimo Manuel Seco, prefiero esta construcción a la muy walpoliana "serendipidad"), caí sobre este video del diseñador gráfico Olivier Beaudoin, que se presentó en la edición de octubre de 2009 del festival Kosmópolis de Barcelona.
    Lo que yo quería saber era si había alguna alternativa a la muy usada (y correctísima) Lexicon, algo que estuviera en la línea de la Collins Fedra, que los diccionarios Collins usan en sus nuevas ediciones. Pero el video de Beaudoin me catapultó a un rincón muy querido de mi memoria y de la memoria a los anaqueles de la biblioteca analógica que todavía conservo y, en los anaqueles, me condujo al hermoso lomo del ensayo de Eric Gill sobre tipografía, publicado en edición facsimilar por Lund Humphries en 1997.
    El título con el que se publicó por primera vez, en 1931, reza "Printing and Piety" (algo así como "Estampación y piedad") y no se debió solamente a que fue publicado por Sheer & Ward, una editorial católica dedicada sobre todo a devocionarios y literatura edificante. Eric Gill era un socialista católico que practicaba una curiosa forma de pararreligiosidad. Al margen de ello, ante la explosión tipográfica a que han dado lugar las nuevas tecnologías y a la mala digestión que del atracón han hecho muchos diseñadores, más de una vez uno está a punto de exclamar "¡piedad!" en nombre de la palabra escrita.
    Nunca sabremos cuál era la intención original de Olivier Beaudoin al crear su animación tipográfica (ni aunque él nos la confiese), pero la interpretación mayoritaria en la Red es que se trata de una denuncia de lo que los humanos estamos haciendo con el planeta, una especie de defensa de la naturaleza en tipografía minimalista de palo seco, como lo es la Gill Sans. A mí, en cambio, me lleva a reflexionar que hay otros equilibrios ecológicos en peligro a causa de nuestra inclinación malsana por agregar objetos al mundo. Y uno de esos equilibrios al borde de la desaparición es el de la lectura, tal y como la hemos conocido hasta ahora, a causa de la proliferación de las versiones de los signos a la que nos hemos entregado.
    Gill denostaba cualquier ornamento en las letras y no se refería a los remates de las astas, ya que creó una bellísima tipografía transicional a la que le puso el nombre de su hija Joanna, que es la pareja perfecta de la Gill Sans en combinaciones tipográficas de serif y sans serif. Lo que Gill decía era que el ornamento no se compadecía con el carácter industrial de la imprenta y que la sencillez era sinónimo de haber comprendido a Gutenberg y a sus perfeccionadores venecianos. La comprensión del invento que nos dio el texto y la textura.
    Su definición de legibilidad es la de un pragmático, y traduzco: "La legibilidad, en la práctica, se reduce a lo que uno está acostumbrado. Lo que no equivale a decir que porque nos hayamos acostumbrado a algo manifiestamente menos legible [...] no debamos hacer el esfuerzo por desecharlo".
    Y añade, más adelante: "Cualquiera piensa que reconoce una A cuando la ve; pero solo unas pocas mentes extraordinariamente racionales pueden distinguir entre una buena y otra mala, o demostrar con precisión qué es lo constitutivo de la condición de la A".
    La contaminación tipográfica nos da, en apariencia, recursos infinitos; lo que se echa en falta es el sentido común necesario para descartar la hojarasca y, como se ve en la animación de Beaudoin, la multiplicación sin freno también acaba con la fuerza vital.
    Y una frase de Gill que es mi favorita: "Las letras no son imágenes ni representaciones. Son, más o menos, formas abstractas. De ahí la rara y especial atracción que ejercen sobre el 'idiota místico' que es el hombre. Más que ninguna otra cosa, las letras le permiten contemplar la belleza sin miedo".
    Con él, repito: las letras no son imágenes ni representaciones.

    domingo, 24 de enero de 2010

    Enrollados

    Antes del 5 de febrero hay que visitar a Jordi Cervera en Twitter, para leer su novela negra Serial Chicken, que reclama ser la primera novela twitter de España y cuyo desenlace está anunciado para esa fecha.
    Uno de los problemas de la ficción en red, del cual no escapa el género blog como he comprobado personalmente en mis Entomológicas de Queequeg, es la ausencia de espacialidad de la escritura y el carácter continuo de estos rollos virtuales, que nos obligan a encontrarnos con el post más reciente, destruyendo cualquier construcción de suspense y, también, de personaje. Quizá éste sea el motivo por el cual la protagonista de la novela de Cervera es una gallina asesina: nadie espera de ella motivaciones demasiado elaboradas. Otro efecto curioso del rollo continuo es el de provocar la discontinuidad narrativa: cada entrada debe golpear con la fuerza de la novedad y cerrarse sobre sí misma, al mismo tiempo que se abre a múltiples enlaces que, en el caso de Twitter, suelen llevar a las cuentas de otros autores quienes, además de proponer pistas y soluciones para la trama de la cual venimos, escriben sobre otras cosas que nada tienen que ver con gallinas ni asesinatos.
    Así, seguir los cinco microcapítulos diarios, de un máximo de 140 caracteres cada uno, puede llevarle al lector el día entero. Una buena experiencia en carne propia del déficit de atención con el cual deberemos convivir de aquí adelante quienes habitemos en alguna esquina de la Nación Internet. Cuando el rollo continuo genere más ficción, sería interesante ver por qué derroteros llevan a la creación estas nuevas restricciones a la escritura. Y a la experiencia lectora.

    La iniciativa ha sido del Ajuntament de Barcelona y el objetivo, la promoción de la Trobada de novel.la negra de Barcelona, que tendrá lugar en esa ciudad entre el 1º y el 6 de febrero.

    Y ahora, si me disculpan, me voy a mi sillón favorito a leer la segunda entrega de Stieg Larsson, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina , en versión papel. Y, atenta a mi déficit de atención, me pregunto: ¿por qué habrán traducido el título del francés?

    miércoles, 11 de noviembre de 2009

    De las erradas predicciones






    Hace una eternidad, esto es, en la prehistoria de los libros en la nube, poco antes de que estallara la burbuja punto com, en la intersección del Passeig de Gràcia y Gran Via de les Cortes Catalanes, en la bellísima y añorada ciudad de Barcelona, Catalunya Radio había instalado una tarima durante la feria del libro anticuario y de segunda mano, desde donde transmitían en directo.
    Por cosas de la vida y de la globalización, en aquel momento yo representaba, para el imaginario periodístico, las antípodas y el anatema: desde BroadeBooks, en asociación estratégica con Microsoft España y con Overdrive, me encargaba de realizar alianzas con los editores tradicionales para volcar sus fondos a la plataforma propietaria del lector digital de los chicos de Redmond. Esto, sumado a un pasado reciente en la edición tradicional de calidad, motivó una invitación de la radio para una conversación en directo y al aire libre con uno de los libreros anticuarios más representativos de la ciudad.
    A las librerías del mundo todavía no había llegado El código Da Vinci, que inauguró el fenómeno de los megabest-sellers que le cambiaron la cara para siempre a la industria editorial, pero ya teníamos a Harry Potter, que era la estrella de los libreros anticuarios, según pude enterarme aquella mañana.

    domingo, 1 de noviembre de 2009

    El regreso de los ex libris



    Los ex libris fueron marcas de posesión que se agregaban a los libros, una suerte de recordatorio para que quien lo había recibido en préstamo se sintiera menos tentado de incorporarlo a su biblioteca personal. Hoy, hay museos de ex libris y hasta estudios históricos muy juiciosos sobre su evolución. Sin embargo, hay voces muy competentes en el campo de juego de los e-books que abogan por su regreso. Han cambiado de aspecto y, por supuesto, de nombre. Hoy a los ex libris se los reconoce como DRM social, o gestor de derechos digitales socializado. Fue Bill McCoy, de Adobe, quien acuñó el término basándose en la experiencia de los Pragmatic Programers.

    Mike Shatzkin, uno de los gurús de la industria editorial en cualquiera de sus manifestaciones, cree --y está en buena compañía con la gente de Apple e incluso la de Microsoft-- que los social DRM serán la solución para tanto libro baldado que anda por allí licenciado a medias a través de los formatos propietarios de los cuales el Kindle de Amazon se ha tranformado en la última palabra, aunque para muchos sea una palabra malsonante.

    Esta situación en la cual los editores venden a través de un distribuidor digital como, por ejemplo, Amazon  libros mutilados se debe, por un lado, a que los editores del mundo entero temen que cuando llegue el punto de inflexión en materia de lectura electrónica, llegará también la ruina definitiva de su oficio y su provecho. Solo ven la realidad de ese momento de la mano de la piratería generalizada que asoló a la industria discográfica hace ya casi un decenio. Cruzan los dedos y le ponen puertas al campo --como murallas les construían a las ciudades en las antiguas civilizaciones que hoy excavamos-- en la esperanza de conseguir lo imposible: que la mayor dificultad para romper los controles del derecho de reproducción (que ellos detentan a medias con los autores) disuada a quienes creen, como Elizabeth Taylor en una de las fiestas de sus bodas, tener unos 2 mil amigos íntimos con quienes compartir, en este caso, los archivos que hacen al objeto de su comercio: el ebook. Esas puertas puestas al campo son los DRM directos. Por otro lado, están los lectores a quienes lo que les resulta realmente difícil de entender es que no son dueños de un libro por el cual han pagado una pasta y libres de hacer con esa propiedad lo que les plazca como, por ejemplo, prestarla.

    Nadie es dueño de un libro digital  gestionado por un DRM directo, sino un mero licenciatario de un servicio relativamente caro y con grandes restricciones, que llegan al punto de ocasionar la pérdida definitiva de los libros, que se suponen comprados, por el simple hecho de cambiarse a una versión más avanzada del dispositivo dedicado que usa. Lo grave parece ser que, según denuncian bibliotecarios de los Estados Unidos, nadie sabe con exactitud a qué dan derecho estos DRM. O eso dicen los ejecutivos de turno cuando les llega una queja o un periodista se torna inquisitivo.

    Así, los DRM directos están retrasando el momento del punto de inflexión --para entendernos, cuando no haya retorno posible al modelo viejo de vender por millones de ejemplares borradores de  novelas adocenadas-- pero no porque eviten la piratería sino porque destruyen, por su misma existencia, una de las condiciones sin las cuales nunca alcanzaremos a los libros en la nube: la interoperabilidad de los dispositivos dedicados a la lectura, que volverá masivo su uso, bajando sensiblemente los precios.

    Mike Shatzkin, que en este momento está organizando la gran conferencia de Digital Book World, que tendrá lugar en Nueva York en enero de 2010, no quiere romper lanzas y tal vez no le falta razón: en la cultura del miedo que caracteriza en estos días a la industria editorial, tal vez sea mejor que al león moribundo le demos esperanzas mientras respire. Así, en esta negociación permanente de lo viejo con lo desconocido, el DRM social aparece para muchos como la forma de convencer a los editores dominantes de que se internen en el huerto del futuro. El DRM social es una marca de agua que lleva cada libro licenciado y en esa marca de agua puede estar desde el nombre de quien lo bajó a su dispositivo, hasta el número de su tarjeta de crédito (aunque con los números encriptados por el método del revoltijo). El lector, aunque todavía dueño de nada, al menos podrá prestar y, se supone, no pirateará por "vergüenza social"... o miedo a que le anulen la tarjeta de crédito. Kindle, por ahora, no cree en nada de todo esto, como tampoco creyó Bill Gates en el código abierto. A la historia reciente me remito.

    Y aunque joven, inexplorado y combatido, ya hay quienes le anuncian el día de su entierro a esta versión digital de los ex libris.