martes, 28 de diciembre de 2010

Rapid Share quiere ser respetable, como Hollywood

La firma alemana de alojamiento de archivos con base en Suiza, que en 2008 ocupó el lugar decimosexto entre los sitios más visitados de Internet, según Alexa, no está dispuesta a que Washington siga enlodando su nombre.O, puesto en otros términos, que los lobbies que operan en el Capitolio en defensa de los derechos de copyright de las industrias de contenidos acaben con un pingüe negocio, defendido por la Cámara de Microempresarios suiza.
Cuando a la empresa le tocó compartir el podio de la vergüenza con Pirate Bay e IsoHunt, decidió que había le había llegado la hora de ejercer presión sobre los legisladores estadounidenses y ha contratado a Dutko, el grupo que hace lobby en Washington en nombre, entre otras, de Google. Según el portavoz de RapidShare, el abogado Daniel Ramier, considera una injusticia el que hayan sido incluidos en esa lista:
"No se puede simplemente echar una mirada a la cantidad de material ilegal que hay en el servidor. Es probable que Google que tenga  millones y millones de enlaces a archivos ilegales. La mayoría de la gente probablemente esté de acuerdo en que Google no es una mala empresa."
Al margen del punto de cinismo del comentario de Ramier, sus palabras echan luz sobre una batalla que nadie sabe cómo dar y que parece perdida desde el inicio, por mucho que le pese a la ministra González-Sinde y a Javier Bardem. Sí, hay millones y millones de enlaces a contenidos ilegales en Internet y es bastante difícil imaginar cómo se le pondrán puertas al campo.

Dutko Worldwide, según Ars Technica, generó ingresos por $12,940,000 durante 2010 en el rubro de lobby o, para ser más claros, defensa de intereses sectoriales frente la cámara legislativa de los Estados Unidos. Las sumas que gastan anualmente la industria del cine y de la música con el mismo propósito supera los 5 millones de dólares. Una pelea de gigantes que los mal llamados "internautas" miran desde los balcones de su banda ancha.

¿No habrá llegado la hora de reconocer que gran parte de nuestras vidas, tanto productivas como de ocio, se desarrollan en la más grande copiadora universal que jamás haya inventado la humanidad y, en consecuencia, veamos de qué manera se le quita el copy a la palabra y empezamos a defender de verdad los rights, que han cambiado de naturaleza sin que nos diéramos por enterados?

lunes, 27 de diciembre de 2010

Google Bookstore, una cuestión de serendipia

Google Bookstore (de soltera Google Editions) hizo su debut el 8 de diciembre. No escribí entonces sobre el tema para no ennegrecer píxeles con lo que todos sabíamos: el lanzamiento, tal vez porque creó expectativas exageradas tanto entre detractores como entre fans, fue casi un anti climax. Google eBooks se parecía a cualquier otra tienda de ebooks a las que estamos acostumbrados. ¿Dónde está la ventaja competitiva?, cantó el coro.

Hoy, 27 de diciembre, las editoriales estadounidenses han comenzado a recibir los primeros números de ventas... ¡y están contentas! Munsey's le ha dedicado un post que Luis Collado debería usar entre los reticentes editores españoles para regalarnos, en poco tiempo, una tienda así a quienes hablamos y leemos en español. 

Las ventas, en este cortísimo período, han superado las de Barnes&Noble y las de Kobo, aunque no las de Apple; pero el motivo principal de alegría que se señala en este post, reza así:
He aquí por qué Google, y no B&N/Kobo/Sony/Apple/Agency/o-lo-que-sea es la más grande historia del año en materia de ebooks: porque hacen desaparecer el arma más poderosa de Amazon contra los editores. Ya no puedes enterrarnos en la búsqueda, Jeff.
Hace tiempo que esta editorial está subiendo títulos a Google Book Search, y no lo hacía porque estuviera especialmente fascinada con los ingresos que le reportaba Google Ads, sino por el motivo más sencillo (y más fundamental) que guía a todo buen editor:
..porque un libro que esté en el motor de búsqueda de Google puede, en muchas circunstancias, ser encontrado, justamente cuando no puede en Amazon.
Se refiere a varias actitudes rayanas en la censura por parte de Amazon, que han sido largamente discutidas en la blogosfera, en especial cuando se trata de títulos de temáticas sensibles como, por ejemplo, los de contenido erótico.

Con la llegada de las redes sociales, no faltaron quienes dijeron que la suerte de Google y su estrategia centrada en los data y la búsqueda estaba lista para su canto de cisne. Sin embargo, hubo voces escépticas, como la de Brian Leary, que en mayo de 2010 dejaba la puerta abierta a que el motor de búsqueda de Google podia devolverle a los libros, en esta reencarnación digital, el encanto del descubrimiento azaroso, de la serendipia.

Hoy, las primeras cifras de ventas y la opinión todavía caliente de una editorial parece confirmar que quienes no renegaron de Google Editions tenían un punto de razón. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

Nada que agradecer

E. E. Cummings


Tal vez haya sido tan difícil entender que E. E. Cummings fue y es uno de los poetas mayores de la literatura estadounidense, descendiente en línea directa de Walt Whitman y hermano de leche de Gertrude Stein, porque nunca tuvo editor fijo. Ni trabajo fijo, como sí tuvieron T. S. Eliot o William Carlos Williams. Ni ideas fijas, como las tuvo de Ezra Pound. Es más, a veces ni siquiera tuvo editor de circunstancia. Y recurrió a la autoedición. En realidad, lo que él necesitaba era un tipógrafo fijo, más que un editor, pero la dispersión de su obra en distintos catálogos hizo que no la pudiéramos conocer como un corpus hasta 1991.

Hoy que la autoedición se ha puesto de moda de la mano de las nuevas tecnologías, no está de más intentar reproducir aquí la primera página de uno de sus libros, No Thanks, aunque no cuente con la ayuda de un buen maquetista, ni Blogger se preste mucho a las sutilezas tipográficas.

Aquí va:

NO
THANKS

TO
Farrar & Rinehart
Simon & Schuster
Coward-McCann
Limited Editions
Harcourt, Brace
Random House
Equinox Press
Smith & Haas
Viking Press
Knopf
Dutton
Harper's
Scribner's
Covici-Friede

Esta dedicatoria, que menciona a las catorce prestigiosas editoriales que rechazaron el manuscrito de No Thanks en 1935, revela su coraje estético y su valentía profesional.

viernes, 17 de diciembre de 2010

La palabra desatada

Desencuadernada, como una baraja de infinitas combinaciones.

Esto es lo que nos ha regalado Google Books desde Google Labs, en colaboración con científicos de la Universidad de Harvard, el Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Encyclopedia Britannica. Books Ngram Viewer, que pone gratuitamente a disposición de estudiosos y curiosos un acervo de 2 mil millones de palabras del inglés, el francés, el chino, el ruso, el alemán y el español, ha convertido a esa "agencia de publicidad de Internet", a la que se le negó el acceso a ciertas bibliotecas nacionales, en el humanista digital más destacado del decenio. Más de dos siglos de palabras que ahora podremos interrogar con el método cuantitativo de las ciencias duras.

El conjunto de datos que componen Ngram Viewer es un subconjunto del corpus de todas las palabras escaneadas por Google en los 15 millones de libros que ha liberado de los estantes desde que comenzó la tarea en 2004. El proyecto de esta gigabiblioteca online se ha topado con innumerables obstáculos: demandas por parte de autores y editores, celosos incluso de copyrights que en muchos casos no les pertenecen; suspicacias acerca del monopolio informativo de Google; suspicacias alrededor de su posible comercialización de la palabra, como si los editores hubiésemos hecho otra cosa con ella desde Gutenberg en adelante; e incluso campañas de periodistas como Nicholas Carr, que apoyado por los grandes medios lanzó el meme de que Google nos vuelve estúpidos. El subconjunto del que desde ayer gozamos para su usufructo, que no su posesión, proviene de 5.2 millones de esos libros y cuenta con 500 mil millones de vocablos. Se los puede combinar en cadenas de hasta cinco, para encontrar la frecuencia de uso, y por tanto de su peso cultural, en el espacio y el tiempo.

Hasta sus críticos más filosos se han rendido a la evidencia. Robert Darnton, director de la biblioteca de la Universidad de Harvard, que no participó en el proyecto y hace pocas semanas apareció en todos los periódicos haciendo las alabanzas del olor a papel de los libros antiguos, en clara referencia a su posición contraria al esfuerzo digitalizador, concede que Ngram Viewer es "despampanante" y agrega, citado por el Wall Street Journal: "Han salido con algo que marcará una enorme diferencia en nuestra comprensión de la historia y la literatura".

Para evitar las tan temidas (y perseguidas) violaciones del copyright, los investigadores e ingenieros solo están haciendo visible el vasto catálogo de palabras y frases, pero los libros donde aparecen permanecen ocultos. Un gesto de caballeros que pone en evidencia los intereses más descarnados detrás de tanto discurso que usa la cultura heredada como coartada de políticas sectoriales.

He pasado buena parte de la tarde jugando con Books Ngram Viewer. Es la mejor manera de comprender su irrefrenable esplendor. El ejemplo que les dejo abajo es un capítulo más en una larga conversación que inicié con José Antonio Millán en 1989 y que dura hasta hoy. Caminábamos por Madrid a poco de mi llegada y yo no dejaba de repetir la palabra "lindo" para indicar la felicidad que me producían ciertos rincones de la ciudad, algunos de sus detalles. Entonces, José Antonio me dijo: "Deja de repetir esa palabra. Aquí debes decir bonito". Estoy en muy buena compañía, le respondí, porque la acuñó el gran Lope. "Sí, lo que quieras, pero las lenguas cambian", fue su respuesta pragmática. Y lo que me ha contado hoy esta herramienta extraordinaria de Google es que la frecuencia de "bonito" y "lindo" se cruzaron justamente en esos años 80, para seguir con una declinación de la segunda y un reinado casi absoluto de la primera.


Vayan y jueguen y descubran con Books Ngram Viewer. Y piensen que si para financiar cosas como esta, Google vende anuncios en Internet podemos ser generosos y no tenérselo en cuenta. Es mucho mejor que vender novelas de Dan Brown o pagarles miserias a los traductores.

En cuanto al "bonito", para mí sigue siendo un pescado.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Editores sin fronteras

Alejandro Katz
Alejandro Katz ya no fuma en pipa. También ha dejado el cigarrillo. Es un día de noviembre, bien entrada la primavera austral, y los 370 mil árboles de las calles y parques de Buenos Aires polinizan sin cesar, en una sucesión de flores azules, amarillas, blanquecinas, rojo punzó. "Desde que dejé la pipa, las alergias me persiguen. El humo del tabaco seguramente me había cauterizado varios receptores que ahora son muy sensibles al polen. Cambié los peligros ciertos del tabaco por los de un eventual shock anafiláctico", bromea. No es el único cambio radical en la vida de Katz: también prefirió los sobresaltos de la edición independiente a las certezas desgastadas de una editorial, Fondo de Cultura Económica, a cuyo catálogo contribuyó durante 15 años con títulos inolvidables.

"No, fotos no", me dice unos días antes de la entrevista. "Mejor las cubiertas de los libros", sugiere. Acepto, porque de lo que ando detrás es de su palabra y de su visión de la edición en la Argentina en estos momentos de cambio de paradigma. Y me resigno a contrabandear desde la Red esta foto ahumada.

El mundo en el que floreció un proyecto como el de Fondo de Cultura ya no existe más. Lo sabemos algunos, lo intuyen otros, y no faltan quienes lo niegan agresivamente, decididos al degüello del mensajero.

ESTALLIDO DE LOS MAPAS

"Hay una tensión entre la territorialidad de los mercados y la universalidad de los derechos que un editor debe estar dispuesto a considerar y resolver. Detentar los derechos de un libro que sos incapaz de distribuir en según qué territorios te convierte en lo contrario de un editor, porque en lugar de difundir bloqueás la circulación de las palabras y las ideas." Así empieza su relato de por qué dejó un puesto envidiable en una editorial consolidada por un proyecto propio en tiempos de tribulación. Muy afectado por la crisis económica en España, un mercado que representaba el 65 por ciento de las ventas de la editorial que lleva su apellido, Katz no teme mirar la realidad a los ojos: "No sé si la editorial tiene un destino, pero tenía que probar. Sabía que tenía que hacerlo, me lo debía".

Para cualquiera de los que hemos trabajado en un grupo editorial grande, la autonomía de la que gozó Alejandro Katz en Fondo de Cultura es un lujo: de casi 700 contratos firmados a lo largo de 15 años, solo dos veces recibió presiones y, además, "en forma de observaciones amistosas". ¿Por qué te fuiste?, es la pregunta espontánea y, una vez lanzada, me doy cuenta de que tiene música de bolero. Lo ilustra con la historia de uno de los libros más queridos de mi biblioteca personal, Las grandes tendencias de la mística judía, de Gershom Sholem. "Teníamos los derechos mundiales, pero no lo distribuíamos en España. Jacobo Stuart se enamoró del libro y me propuso editarlo en Siruela. Llegamos a un acuerdo y se imprimió en su sello con un duplicado de las películas que habíamos usado en Buenos Aires." De manera que Alejandro Katz también fue editor de uno de los mejores libros de Siruela. "Esta situación se dio más de una vez, con otras editoriales que querían poner a disposición de sus lectores títulos que Fondo tenía en su poder y que, por la estructura territorial de los mercados, quedaban bloqueados. No solo se fue haciendo cada vez más difícil favorecer estas sesiones, sino que me producía cierta incomodidad. No es la función de un editor comprar derechos para su idioma y luego revenderlos territorio por territorio."

Así surgió Katz, la editorial, pequeña, ágil y con vocación panhispánica. Una vocación que se refleja en un catálogo universal en su concepción y en el tejido, menos visible y menos ameno, que le ha permitido tener una estrategia de distribución no centralizada. Para atenderla, Katz imprime indistintamente en España, en Argentina o en Uruguay. ¿En Uruguay? "Sí, cada vez más. Los precios son mucho más competitivos que en Argentina, la calidad es superior, y siempre entregan en fecha." ¿Y todo esto no significa un derroche de energías? "Un editor debe atender una doble vía. Ocuparse de lo local, de aquellas ideas que surgen y circulan exclusivamente en el ámbito de una región y atender también a un lector al que no se tiene en cuenta. Ese lector cuyo rasgo fundamental no es la territorialidad y que está atravesado, en cambio, por el tiempo en el que vive. Hay, para la edición y la lectura, espacios que ya no están ligados al territorio." La globalización, la libre circulación de los capitales, las nuevas tecnologías, la democratización y aceleración de las comunicaciones en tiempo real han dado nacimiento a este lector atravesado por el tiempo. Este lector, para Katz, se inscribe en el ámbito de las libertades negativas, tal y como las definió Isaiah Berlin.

"Hay una definición de libro a la que muchos siguen aferrándose. Es una definición caduca y falaz. Es la que hizo en su momento la Unesco. No nos sirve más." Para la Unesco, un libro es la reunión de un pliego de 24 hojas de papel, unidas por una encuadernación, que da como resultado 48 páginas de lectura. Todo lo que tenga esas mínimas características es libro, como también es libro lo que venga en varios tomos o en uno solo de mil páginas. "Esa definición tenía por objeto facilitar el paso de los libros en las aduanas. Pero con ese criterio, la guía telefónica es un libro." También, me digo, uno de sus objetos fue facilitar la unificación de estadísticas, ese espejo deformante. Entonces, pienso en el aquellarre de metadatos con el que se enfrentan cada día los geeks y los bibliotecarios encargados de poner orden en Google Books, esos millones de "libros" escaneados por el gigante de Internet. ¿Cuántos libros hay sobre el planeta? Hay muchos más de los que son.

LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

"En la tensión entre lo local y lo no-local, las nuevas tecnologías han provocado un cambio abrupto. Antes, un editor debía ocupar el espacio físico para difundir sus libros. Hoy, esa presencia no es imprescindible. Desde otro ángulo, estamos otra vez ante el surgimiento de espacios no asociados a los territorios." En esta dislocación que Katz describe con la precisión de quien la ha vivido, "el lector tiene una conciencia de la utilidad del libro que pasa por sus intereses, no por la localización del objeto, y no encuentra una respuesta eficiente." Para este editor, en lo práctico, las nuevas tecnologías no lo ayudan en nada: "Han desatado expectativas no cubiertas y hay una gran desadecuación de la oferta". Uno se pregunta si eso no se resolvería cubriendo las nuevas expectativas desde la industria editorial, pero Katz ya ha saltado sobre una nueva pregunta no formulada: "Para que las nuevas tecnologías me sean útiles, tengo que encontrarles sentido en la historia del libro. El ejercicio intelectual que me he propuesto es retroceder a otro momento de cambio, a los años 30 y la aparición del libro de bolsillo."

Le digo que me hace acordar a Richard Nash, el editor de Cursor y gran esperanza blanca de la edición neoyorkina en este cambio de paradigma, pero no lo conoce. Las coincidencias, entonces, son esas que se dan entre gente atravesada por el mismo tiempo, uno de grandes sacudidas. 

El libro, tal y como lo concebimos hoy, no es el de Gutenberg, ni siquiera es el libro de la revolución industrial. Ese libro cuya vida unos quieres preservar porque creen en su muerte y cuya muerte inminente anuncian otros, el libro masivo, es un producto con el cual hemos convivido tan solo 80 años. Cuenta la leyenda que Allen Lane tuvo la idea de fundar Penguin mientras esperaba el tren en una estación de Londres. Las caras de aburrimiento extremo de la gente en los andenes le hizo pensar en qué buen servicio (y qué gran negocio) sería poner a su disposición, en esos momentos muertos, libros con contenidos calidad a un precio que no excediera el de un paquete de cigarrillos. Se fumaba mucho en los años 30 y se leyó también mucho desde la popularización de esta idea. Los nuevos libros, tal y como los concebía Allen, debían salir de las librerías e ir al encuentro de los lectores en los kioskos, en máquinas expendedoras, allí donde estuvieran. Una clara dislocación de la industria y su cadena de valor establecida. Se alzaron voces aun más airadas: era la muerte de la cultura occidental. 

"El libro de bolsillo contribuyó a la diversificación de la especie libro, a que surgiera una subespecie. Si hay algo que las nuevas tecnologías nos permiten, nos exigen, es a ver que el libro se está diversificando, fragmentando, en muchas subespecies. Hay contenidos que deben quedar fuera de la especie libro y esto genera mucha resistencia." No le faltan los ejemplos. "Los repertorios de información de doble entrada, como los catálogos o las enciclopedias, no son libros. Los hemos identificado con libros gracias a esa definición falaz de los pliegos encuadernados. Creo que Apple, por ejemplo, está haciendo mucho por obligarnos a pensar de otra manera. Mirá aquí", dice, empuñando su iPhone. Aparece el mapa de una guía de viajes. "Esto no es un libro, esto es una app y Jobs no permite que las apps sean llamadas libros. Para eso está el ePub y el iBookstore. Un ePub es un libro, electrónico sí, pero libro. Las apps son un nuevo género discursivo."


Para Katz, la aparición de lo digital permitirá, por primera vez desde Gutenberg, que dejen de considerarse libros lo que simplemente son formas del conocimiento. "La industria editorial ha forzado una interpretación demasiado atenta a lo que unifica los procesos productivos y no a lo que diversifica los contenidos, las motivaciones, todo lo que hace a la conciencia de necesidad del lector." Ese lector entra a una librería buscando, por ejemplo, un libro de Nicole Loreaux sobre la elaboración del olvido en la memoria de Atenas, y tiene que pasar sobre barricadas de libros de jardinería, de cocina, de guías de viaje, de novelas policiales, de agendas. "A cualquiera le parecería un disparate que existiera un lugar donde se comercializan todos los objetos que tienen en común el concepto de tracción. Una tienda donde vendieran coches, bicicletas, tanques de guerra y podadoras de césped. Sin embargo, eso es una librería hoy." Brillante y demoledor. 

Comentamos la coartada cultural de tantos y tantos editores para defenderse frente al cambio de paradigma, para conseguir subsidios, para detener los cambios que exigen los lectores familiarizados con las nuevas tecnologías, y no las tecnologías per se. "Los productos de la cultura que entran en la economía, ¿desde dónde se piensan? Una vez que han entrado en la economía, esos productos son mercancía." Esta conversación levantará ampollas, me digo. "Si los pienso como insumos, que es como debo pensarlos, enseguida me doy cuenta de que algo anda mal. Una novela policial, por ejemplo. ¿Cuál es la motivación de compra de ese lector? Que va a pasar el fin de semana en el country con su familia, que no aguanta a su suegra y que la trilogía Millenium le permitirá huir con un sano pretexto de situaciones incómodas o aburridas. Ya está. La novela policial, como insumo, se agotó en sí misma." Katz sigue diseccionando: "En cambio, un ensayo, pensado como insumo, no se agota de la misma manera. Alguien que compra un libro de antropología tiene otros usos para él. Por ejemplo, lo usará como fuente para otro libro que está escribiendo. O para la conferencia que está preparando. O para su tesis doctoral. Aunque la novela policial y el ensayo tengan páginas, cubiertas y lomos, no son la misma mercancía." 

"Y es la aparición de lo digital lo que nos permite hablar de esto."


LA REALIDAD REAL, COMO SI HUBIERA OTRA


Pero yo había ido hasta esa casona de Villa Ortúzar sin logos ni carteles, pintada en dos tonos de verde grisáceo, que me hizo pensar en las sedes de las "marcas secretas" que pueblan la última novela de William Gibson, con el objetivo de hablar de la industria editorial en la Argentina, que este año fue invitada de honor en la feria de Fráncfort. Debo dar un golpe de timón. 

¿Qué piensa Alejandro Katz de una industria dividida en dos cámaras del libro enfrentadas y con una incipiente fractura nueva en una de ellas? ¿Favorece esto el renacimiento de una industria editorial asolada en los 90 y casi disuelta con la crisis del 2001? "Ninguna de las dos cámaras tiene peso económico en estos momentos. Hay una capacidad de hacer lobby político e institucional desde la CAL (Cámara Argentina del Libro), pero aquí carecemos de los cuadros de los que dispone la Federación Española de Gremios de Editores. Y el lobby se hace desde la ideología, una ideología berreta que busca prebendas y subsidios." La editorial Katz está en la "otra" cámara, la de los "malos", la Cámara Argentina de Publicaciones. Me pregunto por qué, siendo un editor independiente local, ha terminado en compañía de los grandes conglomerados vistos con tanta desconfianza desde la CAL. "Cuando se produjo la división, yo estaba en Fondo de Cultura. Vos sabés qué significa Fondo de Cultura. Bueno, para la entonces la actual dirección de la CAL, esta editorial pública mexicana entraba en la bolsa sin fondo del 'imperialismo', lo que no deja de ser una miopía grave."

Muy bien, pero que me cuente más, porque si bien los argentinos son rápidos y ocurrentes para la descalificación del prójimo, una buena entrevista exige más que opiniones y las rupturas no suelen basarse exclusivamente en la ideología, que suele ser resistente pero sufre de indolencia congénita. "Vos no estabas aquí cuando la crisis del 2001. Aquello fue el caos. En medio del corralito, de la devaluación asimétrica, de los piquetes y los saqueos, nadie sabía dónde estaban sus libros. La mayor cadena de librerías del país hacía seis meses que no entregaba ninguna liquidación. No era que no pagaban, era que ni siquiera sabíamos cuánto debían. En esa desolación, un grupo de editores comenzamos a reunirnos en el edificio de la CAL. Había de todo. Estaba Planeta, pero también estaba la editorial argentina Sigmar y Riverside, que de extranjero solo tenía el nombre. Cúspide, Fondo de Cultura, Paidós, que todavía no había sido comprada por Planeta. Nos unió una necesidad sectorial, porque si dejábamos que los acontecimientos siguieran su curso, cerrábamos todos."

La palabra no le gusta, se le nota porque se revuelve en el sillón después de pronunciarla, pero lo cierto es que ese grupo de editores decidió "disciplinar" el mercado. Los llamaron el G12. "Si un librero no liquidaba los libros a cualquiera de los editores del grupo, el resto les retiraba todos sus fondos." En momentos duros, tipos duros. Suena razonable. Iban en serio. Pero la CAL no equivale a los gremios de editores tal y como los conocemos en España, en la CAL conviven editores, libreros y distribuidores en dulce montón, pegados con saliva por ese concepto vacío que recibe el nombre de libro. Y la demografía favorece a los libreros. Hubo unas elecciones, falló la lista única que proponía al decano de los independientes, Daniel Divinsky, para encabezarla y, en unas elecciones algo enrarecidas, ganó una lista apoyada por los libreros de los cuatro rincones del extenso desierto nacional. "El ganador fue Rogelio Fantasía", me cuenta, y casi me ahogo de risa. Pero, ¿quién es Rogelio Fantasía?, pregunto, escudándome en los largos años pasados fuera del país. "Uno de los tres yernos de Macchi, un editor de textos legales que se vendían en las universidades y que hace un tiempo quebró." No es fantasía, es la realidad real. 

Y se produjo la ruptura. 

¿Cómo se elaboran los grandes lineamientos del sector en estas condiciones? "No hay lineamientos; hay voracidad por un mejor acceso a las compras públicas. Aunque todos trabajemos con pliegos encuadernados, el librero y el editor tienen intereses contradictorios. Siempre fue así, en todas partes. No se pueden elaborar políticas sectoriales cuando en una misma entidad hay intereses enfrentados." Le pregunto por las perspectivas de reunificación y me contesta lo que todos los editores independientes sabemos: "Desde que tengo mi editorial, ya no me dedico a la política gremial. Somos cinco personas para publicar 28 títulos al año. Tenemos imprenta en Barcelona y en Montevideo. Mercados que van desde México hasta la Patagonia. Periódicos a los que enviarles las novedades en Madrid y en Santiago de Chile. No puedo dedicar una tarde a pasarme por la cámara."

La vocación extraterritorial de Alejandro Katz ha sido puesta a prueba por la crisis económica de los países centrales y, como es de los que miran de frente, no le asustan sus propios pronósticos. "Aunque España se recupere, nunca más llegaremos a las cifras de ventas anteriores a la crisis. Creo que esto vale para Katz y también para muchos editores con sede allá. El mundo de la edición está cambiando. Tendremos que vender menos cantidad de más mercancías, mercancías muy diferenciadas. No todos estarán preparados para ello."


Los árboles de Villa Ortúzar no son tan grandes ni frondosos como los de Palermo, pero dan sombra. Mientras camino hacia la parada del 39, me digo que alguien con una visión tan clara tiene derecho a una oportunidad. Conozco gente en Madrid que ha dejado de comprar sus libros, con pena, porque los presupuestos familiares se estrechan. Gente en Lima que no conoce su existencia. Y gente en Barcelona que lo admira, pero que ha leído muchos de los libros que publica en idioma original. Una editorial como Katz está en la encrucijada del tiempo de cambios que vivimos y su doble situación, a la vez precaria y vigorosa, nos urge a pensar en nuevos caminos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

XX Congreso de Literatura Española Contemporánea

Con el título Literatura e internet. Nuevos textos, nuevos lectores, entre los días 15 y 19 de noviembre se celebrará en la Universidad de Málaga el XX Congreso de Literatura Española Contemporánea.

Esta nueva edición del congreso girará en torno a la incidencia que las nuevas tecnologías están teniendo no solo en la creación literaria, sino también en la recepción y la lectura de los textos. Se expondrán numerosas ponencias relativas a la literatura actual de nuestro país y, en particular, varias que tienen que ver con la literatura digital, como puede verse en el programa que se anuncia y que puede leerse aquí.
 
Javier Celaya, de Dosdoce, abrirá el encuentro con la ponencia titulada Nuevas formas de leer: del ebook a la nube. El día 17, Francis Ballesteros (director de proyectos de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) hablará de esta Biblioteca como herramienta clave para el estudio y difusión de las letras hispánicas. Habrá ponencias como la de  Laura Borrás, Nuevos lectores, nuevos modos de lectura en la era digital  y comunicaciones de Oreto Doménech, Sandra Hurtado o David Muiño. Es de destacar la presencia de ciberescritores como Antonio Rodríguez de las Heras, Leonardo Valencia, Eugenio Tiselli y Doménico Chiappe. Las jornadas se celebrarán en el Salón de Actos María Zambrano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad malagueña.
 
Entrada publicada originalmente en Literaturas electrónicas, por Juan José Diez

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Buenos Aires por escrito

El ciudadano, de Facundo de Zuviría

En 2011, Buenos Aires tomará la posta de Liublana como Capital Mundial del Libro. Esta capitalidad la encuentra en período de recuperación de su industria editorial, después de sucesivas crisis, pero muy lejos de su momento de gloria, al cual tanto contribuyeron los exiliados españoles que llegaron a la ciudad con la caída de la República. A esta elección ha contribuido, por cierto, la existencia de más de 700 librerías, que los porteños tienen a la vuelta de cualquier esquina.

Buenos Aires ha sido cantada por los poetas de la música popular y por los poetas de la élite; retratada hasta revelar su verdadero rostro por fotógrafos como Horacio Cóppola o Facundo de Zuviría; y transitada por cientos de personajes ficticios, encerrados en las páginas de la mejor literatura rioplatense. A las historias que hay en esas páginas quiere "hacerlas visibles" Hernán Lombardi, ministro de cultura el Gobierno de la ciudad, como "parte del desafío que, como Capital Mundial del Libro 2011, tenemos por delante." Y como el hombre está en las cosas, esa visibilidad se volverá arquitectura en cincuenta fragmentos que, como placas conmemorativas, se colocarán en los sitios reales frecuentados por la ficción. 

Prueba del surrealismo al que no renuncia, este fragmento de Alejandro Dolina, que se colocará en Parque Chas:

“Los taxistas afirman que ningún camino conduce a la esquina de Ávalos y Cádiz y que por lo tanto es imposible llegar a ese lugar.”

De su carácter acanallado, misterioso y cabulero, éste de Jorge Luis Borges:
“Ebrio de una piedad casi impersonal, caminé por las calles. En la esquina de Chile y Tacuarí ví un almacén abierto. En aquel almacén, para mi desdicha, tres hombres jugaban al truco."

O este otro, de Leopoldo Marechal:
“La excitación que me produjo aquella victoria fue tan grande, que desaparecí misteriosamente de la Dirección General. Tres días más tarde fui encontrado en un café de Paseo Colón, presa de una dulce borrachera y jugando al truco en compañía de tres marineros desconocidos…”

De la reconstrucción de su habla popular, uno de Manuel Puig:
“Yo la acompañaba a la salida de una clase que terminaba ya de noche, a pasar por el bar de Talcahuano y Tucumán, que siempre estaba ahí sentado el muchacho que la enloquecía. Con buen tiempo las mesitas quedaban en la vereda, pero con el frío, y frente al descampado de plaza Lavalle, inmensa, se veían nada más que las mesas pegadas a la ventana, y las caras de atrás del vidrio bastante empañado.”

Para las paranoias que genera, y con las cuales parecen vivir contentos sus vecinos, nada mejor que Roberto Arlt:
“Por la calle Chile bajó hasta Paseo Colón. Sentíase invisiblemente acorralado. El sol descubría los asquerosos interiores de la calle en declive. Distintos pensamientos bullían en él, tan desemejantes, que el trabajo de clasificarlos le hubiera ocupado horas.”
Para confirmar su naturaleza de Aleph devorador, un fragmento de Haroldo Conti:
“Así las cosas estaban otra vez en Florida y Corrientes, que es un lugar tan inmenso y a veces tan desagradable como el mundo.”
De El hombre que está solo y espera, de Raúl Scalabrini Ortiz, los ecos ya intelectualizados de "Man in the Crowd", de E. A. Poe:
“El Hombre de Corrientes y Esmeralda es un ritmo de las vibraciones comunes, un magnetismo en que todo porteño se imana, una aspiración que sin pertenecer en dominio a nadie está en todos alguna vez.”
El Sur como invención literaria en palabras de Julio Cortázar:
 “Mi novia, Irma, encuentra inexplicable que me guste vagar de noche por el centro o por los barrios del sur, y si supiera de mi predilección por el Pasaje Güemes no dejaría de escandalizarse.”
Y por supuesto, otra vez Borges, porque el Sur le pertenece en calidad de fundador:
 “Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme."
La colocación de las placas empieza el próximo viernes, 12 de noviembre, a las cinco de la tarde, en la esquina de Tucumán y Reconquista, donde está el bar La Escalerita al que, en los tiempos en que lo frecuentaba nuestro mal olvidado H. A. Murena, cuando la Facultad de Filosofía y Letras todavía estaba en la calle Viamonte, en el barrio de San Nicolás,  se accedía bajando tres escalones, por la entrada que daba a la bajada de la calle Reconquista. En La escalerita, por entonces, servían una sola marca de whisky, que no deja de ser otra ficción que le daba nombre a un brebaje peligrosísimo de fabricación local y al cual era aficionado tanto el filósofo y poeta como los periodistas de la desaparecida editorial Abril.

Me pregunto si Hernán Lombardi, al tomar esta iniciativa de colocar placas conmemorativas de lo que nunca ocurrió en fachadas y esquinas reales de Buenos Aires, era consciente del formidable ejercicio de metaliteratura con el cual inaugura las actividades que señalarán la Capital Mundial del Libro 2011.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Copiar, cortar y pegar


Quiero agradecer a Jose Afonso Furtado la pista que me llevó a este libro.

El próximo 15 de noviembre saldrá a la venta Tree of Codes, el último libro de Jonathan Safran Foer que es, en realidad, una lectura creativa de su libro favorito, Skeply Cynamonowe, de Bruno Schulz. Estos relatos se publicaron en inglés, en una colección que dirigía Philip Roth, bajo el título de The Street of Crocodiles. En castellano, el libro tuvo al menos dos títulos diferentes, según sus traductores lo vertieran del inglés o del francés. Así, la edición argentina, a cargo de Centro Editor de América latina, tiene por título La calle de los cocodrilos, mientras la que Seix Barral hizo en España en 1972 se titula, más cerca del original polaco, Las tiendas de color canela.

No hay peligro de duplicar traducciones ni títulos a cada lado del Atlántico con la obra de Safran Foer, sencillamente porque un palimpsesto al que le falta lo suprimido es intraducible. O no. Pero si hubiera algún valiente entre los editores hispánicos que la encargara, su resultado haría evidente que toda traducción es una obra nueva de principio a fin, sin necesidad de discusiones teóricas. No es esta la única noción cuestionada por Tree of Codes, que como todos los buenos títulos revela el programa mismo de la obra y de su autor.

Visual Editions cuenta, en su sitio, que el proyecto surgió de una serie de conversaciones con Safran Foer, en las cuales el escritor confesó su interés por experimentar con las técnicas de troquelado. Aunque al comienzo no tenía claro sobre qué original haría los cortes, terminó decidiéndose por ejercer la censura creativa sobre el libro de Schulz. Mientras él recortaba la historia, los editores ponían en marcha la producción, que no resultó fácil de llevar adelante. Prácticamente todas las imprentas rechazaron el trabajo, hasta que los belgas de Die Keure se entusiasmaron con la posibilidad de hacer un libro que exigía un troquel diferente para cada página.

Los desplazamientos de la escritura en el espacio, el cuestionamiento del libro como formato, el uso del troquel para la incisión incisiva no son una novedad. Empezaron con el Dadá, siguieron con los futuristas, y Oulipo las usó como juego y, al mismo tiempo, como restricción creativa. El ejemplo más famoso es el poemario (interactivo diríamos hoy) de Raymond Quenau, Cent mille milliards de poèmes:


Jonathan Safran Foer está lejos de formar parte de las vanguardias, que se acabaron con la Modernidad, y Tree of Codes aparece en un contexto de "muerte del libro". El título, nada inocente, se cuela en un momento en que muchos vendedores de pasta mecánica en forma de colecciones de bolsillo se llevan las manos a la cabeza y claman al cielo porque Internet amenaza el pilar de nuestra cultura, mientras un corifeo de gurus techno les hace el canto llano que anuncia la inminencia de esa muerte. Tree of Codes es una metáfora arquitectónica, muy posmoderna, de los códigos de la Red, y de los códigos que hacen a la Red, estampados y recortados sobre árboles muertos.

Al recortar y no reponer el texto original de Bruno Schulz, Safran Foer hace referencia a lo que todo estudiante practica para su tesina (y muchos académicos realizan con sus papers) gracias a la Wikipedia y a otras herramientas menos santas. Cuestiona la noción de autoría concebida como originalidad adámica. Hace de la escritura (y también del texto) pura performatividad. Y las ventanas que el troquel deja abiertas a palabras que aparecerán varias páginas más adelante y obligan al lector a una lectura activa e iterativa, de permantes elecciones entre ver, ignorar, incorporar, descartar para más adelante, borran de hecho las virtudes, tan elogiadas últimamente, de la lectura lineal "inmersiva". Por si esto fuera poco, Safran Foer ha ¿escrito? un libro cuyo único formato posible es el libro, aunque para ello le haya sido necesario descuartizarlo.

sábado, 16 de octubre de 2010

La cola de novia contada por Fran Ontanaya

En su excelente blog, el autor de ficción especulitava Fran Ontanaya se pregunta por las estrategias a seguir por un autor joven que quiera a darse a conocer en un ecosistema editorial cuyas prácticas perversas amenazan con trasladarse al ámbito de los ebooks, cancelando así la apertura de nuevas maneras de acercarse al lector.

Elijo aquí la expresión "cola de novia", que tomo prestada de Federico Reggiani y de su profesor de bibliotecología, para referirme al fenómeno del long tail, que afecta a todos los autores nóveles o de fondo desde hace ya más de una década. La angustia de la elección cuando la oferta es sobrecogedora e indiferenciada, viene a decirnos Fran Ontanaya, se basa en un fenómeno llamado "ignorancia racional". Los libros "enriquecidos", de los que se hizo eco retumbante la última Feria del Libro de Fráncfort, serían, en su visión, una estrategia de poder que perpetuaría la angustia de la elección con el objetivo de beneficiarse de la ignorancia racional de los compradores o usuarios (antaño llamados lectores).

Lo que más aprecié en este post de Ontanaya es la propuesta de una estrategia alternativa para los autores que, como él, buscan encontrar su público. Refrescante e inteligente, tiene la virtud de poner la Red y el lector por delante.

Pero lo mejor es que lo lean ustedes completo en su blog. Y que aprovechen la visita para saborear algunos de sus relatos.

Cuando las máquinas no pueden leer bitácoras

Quien se haya adentrado en Google Books, especialmente en los libros del dominio público escaneados a partir de fondos de bibliotecas, habrá comprobado hasta qué punto el OCR sigue siendo un albur, aunque muchos estén dispuestos a correrlo. Las manchas de humedad, la oxidación irregular del papel, la tinta del sello del bibliotecario, que dejó su marca imprevista sobre la tipografía, las huellas dactilares de un lector que comía manzanas mientras leía, son datos con los que nosotros podemos reconstruir una historia que haga sentido, una historia marginal a la que cuenta el libro. De hecho, la disciplina de la Historia no es más que nuestra habilidad para desencriptar y dotar de sentido a las huellas dejadas por los hombres en la cultura material. Pero a las máquinas, todo esto las despista porque, como los niños pequeños, necesitan de la previsibilidad.

Una lectura de OCR puede arrojar un resultado 99 % fiable y puede, en otras circunstancias, regalarno un galimatías. Si esto es casi siempre así cuando los libros impresos que se le someten a la lectura son viejos, cuando se trata de digitalizar documentos manuscritos nos encontramos ante una verdadera imposibilidad.

En la Argentina estamos en las vísperas de un censo nacional de población y, por eso, me parece útil el siguiente ejemplo: un fragmento de una hoja del primer censo realizado en el país en 1869, cuando era presidente el escritor Domingo F. Sarmiento.






Estas columnas bien estructuradas, con el nombre de la familia en la primera, el nombre de pila en la segunda, las edades en la tercera, etc. tienen sentido para cualquier hombre, aunque le tome un poco de tiempo desentrañar las curvas de la caligrafía decimonónica. Un primer paso hacia la conservación de estos documentos de vital importancia es el escaneado. Pero el escáner solo nos devolverá una fotografía. Lo que interesa a las nuevas tecnologías de la memoria es transformar ésta y otras miles de hojas en datos que puedan ser sometidos a procesos que los combinen entre sí y arrojen, rápida y automáticamente, información que, a su vez, se transforme en la base de nuevos saberes, de nuevas hipótesis sobre nuestra historia. Un OCR, que es la herramienta automatizada con la que contamos para hacer esto, es incapaz 1) de ver estructura donde nosotros la vemos; 2) de leer todas las caligrafías singulares de los miles de censistas.

La simple conservación digital, la foto o el .pdf, no cumple ninguna función más que la de tranquilizar conciencias, pues no permite la transformación de un documento en datos. Es un primer paso que, de no darse los siguientes, será puro gasto sin reproducción.

De visita en el blog de Open Library, tropecé con una organización a la que no conocía: Zooniverse , cuyo objetivo es lo que hoy se da en llamar "la ciencia de los ciudadanos", que recurre a voluntarios o a redes de voluntarios para el procesamiento de datos en proyectos científicos concretos. Uno de ellos es la reconstrucción del tiempo meteorológico del planeta a partir de las bitácoras de los marinos de la Armada Real Británica que, como bien sabemos, surcó y dominó todos los mares. Las bitácoras se parecen a las hojas del censo en que están divididas en columnas, la última de las cuales es la más difícil de desentrañar para las máquinas: las observaciones del capitán. En Zooniverse han creado una app que facilita la colaboración ciudadana en la reconstrucción de este tesoro de información.

Aquí está el vídeo que muestra cómo funciona:




Old Weather - Weather and Events from The Zooniverse on Vimeo.

Y como soñar no cuesta nada, imagino el salto cuántico que significaría para los países de habla hispana --que tienen tantos hablantes como para enorgullecerse de ser la segunda lengua de Occidente y, al mismo tiempo, tan poca ciencia que les dé autonomía y peso económico-- que las bibliotecas nacionales abrazaran un proyecto semejante. No lo pienso solo desde la perspectiva de la conservación real de la memoria, ni desde la pura producción histórica, sino desde el efecto multiplicador de ciudadanía que tendrían estas redes de voluntarios detrás de un objetivo común.

viernes, 1 de octubre de 2010

Las orejas del lobo

Una noticia aparecida en el periódico de actualidad económica Cinco días ha revolucionado los pasillos de la feria anual de sector, Liber, que este año se desarrolla en Barcelona y en cuyas dependencias los editores se encontraron sin servicio de wi-fi para sus portátiles. Amazon ultimaría durante el día de hoy la compra del 100 % de las acciones de BuyVip, la startup española de ecommerce, que opera también en otros países europeos como, por ejemplo, Polonia e Italia, donde la empresa de Jeff Bezos todavía no tiene presencia.

Es muy poco lo que sabemos hasta el momento, pero un analista reconocido del sector editorial me hizo una corrección esta mañana, con promesas de más información el día lunes: "No hables de Amazon en España, habla de Amazon en español. De un mercado de 450 millones de personas".

La buena noticia, en este caso, es que le hemos visto las orejas al lobo. Mientras el sector desarrollaba iniciativas tímidas como, por ejemplo, Libranda en España o en Argentina se posponían decisiones al perderle el miedo a esa plataforma fomentada por las tres grandes editoriales peninsulares (Random House-Mondadori, Planeta, Santillana), la vida continuaba con la obstinación que caracteriza a los vientos, a los terremotos, a la acuciante necesidad de futuro que la determina. Amazon asustará a muchos, aunque tal vez sean los libreros quienes más motivos tienen, y provocará movimientos en un mercado paralizado artificialmente en su evolución hacia nuevas formas de comercio, entre ellas, la del libro digital.

Lo que nadie tuvo en cuenta, de los jugadores locales con posibilidades de marcar una diferencia, es que un mercado de 450 millones de personas, todas hablantes de una sola lengua, solo es pequeño para quien no lo sabe servir.

¡Bienvenida Amazon! Ya habrá tiempo para las quejas. De momento, nos obliga a ponernos las pilas y a ejercitar el músculo. Sin descartar las neuronas ni el codo (de codicia).

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Aforismos del bibliotecario que le dijo no a Google

Quien haya seguido las conferencias que se retransmiten en Twitter a golpe de teclado y tweets, las que no tienen streaming, ni imagen, ni voz, sino una serie de caracteres que se unen en cadenas de frases escritas a la carrera y vueltas a escribir y a articular por varios voluntarios presentes en el salón donde habla el orador, sabrá de qué hablo cuando digo que es como escuchar la música vocal de Palestrina con los ojos. Las variaciones de la palabra, los comentarios a los comentarios, la frecuencia de repetición por diferentes escribas de las mismas frases de la fuente crean cortinas de sentido, como una música efímera pero congelada.

El 21 de septiembre la experiencia hechicera tuvo por anfitrión a Firebrand y por máximo chamán a Peter Brantley, director de Internet Archive y una de las voces más críticas con respecto al megaproyecto de Google Editions. Brantley habló de lo que está ocurriendo con el mundo de la edición ahora que la palabra ha sido reivindicada por las redes, un hecho consumado por sorpresa, pero nunca escatimado. Un hecho que vino, al igual que el día bíblico, como un ladrón en la noche. Advirtió que su análisis se enmarcaría en una visión social y económica del fenómeno y lo comparó con lo ocurrido con las ciencias de la vida y la biotecnología. Su intervención, que leí y comenté en la pantalla negra de letras blancas de la aplicación TweetDeck, decantó en mí como una serie de aforismos de estos tiempos de cambios radicales y oportunidades extravagantes.

Los aforismos que siguen deben tomarse con pinzas, porque han tenido muchos escribas y han pasado por el filtro de mi subjetividad, que algunos identifican con la memoria. Y aun así, estas frases sueltas, pescadas al vuelo de la cronología twittera, son la descripción más realista y lúcida que pueda hacerse del sector editorial enfrentado al cambio de paradigma.

Aquí van:

- La disrupción que nos afecta tiene las proporciones de un asteroide venido del espacio exterior.
- No os preguntéis por lo que puede hacer un editor; preguntaos, mejor, qué es la edición ahora.
- Nadie te guiará a través de los tiempos de Armagideon (verso de un reggae de Willie Williams).
- En un mundo como éste se compite por la capacidad de hacer descubrir.
- El descubrimiento necesita de las coordenadas del contexto y el contexto lo definen los metadatos.
- La sobreabundancia de contenidos es precursora del desarrollo de la contextualización.
- Reconceptualizad al autor y habréis reconceptualizado al libro.
- Si no podemos pensar con mayor apertura seremos materia muerta.
- El impacto del asteroide es tan fuerte que nos llama a pensar de cero cómo se construyen los servicios y los productos.
- Google debe pensar Google Editions en el contexto de su propio hábitat, no en el nuestro. El hábitat de Google es Silicon Valley.
- Que florezcan las querellas judiciales es un signo de la ruptura de los ritos por medio de los cuales interactuaban las organizaciones tradicionales.
- Retener y ocultar los contenidos no es una solución. Las organizaciones de la sociedad civil encuentran y encontrarán la manera de llegar a ellos.
- Una vez más os digo: los ebooks no se venden, se licencian.
- Nadie te va a guiar a través de los tiempos de Armagideon.
- Para las editoriales, el capital no es la barrera que fue para otras industrias que se enfrentaron a cambios radicales como, por ejemplo, la del acero. Para las editoriales la barrera es que no sabemos qué producir.
- Debemos ver los libros como contenidos digitales y no simplemente como libros impresos expresados digitalmente.
- Está entrando mucho dinero en el negocio, pero no está entrando a los lugares donde solía hacerlo. Conflicto.
- Si os conformáis con transitar las avenidas trilladas corréis el riesgo de contaros entre las bajas que producirá el cambio.
- Los objetivos de Google se dirigen a Silicon Valley; no son competidores del mundo editorial.
- Hay un mundo de oportunidades en los intersticios.
- La edición "transmedia" y la edición y distribución en la Web son los sitios donde pueden surgir nuevos jugadores.
- Los editores necesitan pensar el modelo de nuevo en lugar de empeñarse en hacer entrar lo nuevo en los odres viejos de la edición tradicional.
- El intento de amoldarse alrededor de los agentes disruptivos como una hoja de plástico alrededor de un asteroide no es el billete que nos garantiza el viaje.
- La edición vive en estado de innovación radical, y eso no depende de nosotros.
- Los celadores de las puertas siguen junto a las puertas cuando los muros ya se han desmoronado.
- No es solo el cambio de tecnología; es que han entrado extraños a la casa.
- Los libros digitales se licencian como software y, por tanto, sus costes deben ser calculados como los del software.
- Ya no se pueden calcular las ganancias sobre la base de cantidad de lectores ni de vida del catálogo.
- La edición tiene el objetivo más alto de diseminar la información.
- Las viejas relaciones del sector están trastocadas a raíz de las nuevas controversias. Hay que reconfigurar las relaciones entre agentes, editores y autores.
- Porque los ebooks no son objetos físicos, los derechos territoriales, la disponibilidad y los precios se han transtornado en el mercado internacional.
- La gente paga por información, no por formatos.
- Nadie te guiará en los tiempos de Armagideon.

Como se estila en las conferencias, al fondo del escenario, una pantalla reflejaba las diapositivas de rigor. Lo que decía Peter Brantley era tan perturbador que nadie les prestó atención a los textos de los encabezamientos, hasta que alguien dijo: "¡Las diapositivas llevan citas de Crying of Lot 49!"

Y sí, era cierto. Yo no las vi, pero imaginé algunas de las frases de Thomas Pynchon proyectadas en la pantalla, frases de una novela en la que dos empresas postales, dos diseminadores de información, luchan a muerte. No copio aquí lo imaginado: que cada cual elija las citas que le corresponden.

(Actualización: Peter Brantley acaba de colgar las diapos en SlideShare).

viernes, 17 de septiembre de 2010

Más derechos del lector (digital)

Esta vez, según Mike Cane.

1. A una cubierta digna.
2. A un índice (con enlaces a los capítulos respectivos).
3. A una maquetación correcta.
4. A subrayar pasajes (y mantenerlos en la privacidad).
5. A marcar tantas páginas como se quiera.
6. A copiar pasajes.
7. A ilustraciones legibles (por medio de zoom o de enlaces).
8. A la corrección tipográfica previa (un ebook con más de 10 erratas debería ser reembolsable).
9. A una pantalla libre de reseñas de promoción.

Ningún ereader cumple con todos estos derechos. Muy pocos ebooks cumplen con otros. A medida que los libros digitales vayan ganando mercado, los editores tendrán que tomárselos en serio o aceptar que por un archivo descargable mal configurado y sin cuidado editorial no habrá nadie dispuesto a pagar.

Declaración de los derechos del lector

Digital, se entiende, porque el resto de los lectores tiene los derechos que como ciudadano ha ido logrando a lo largo de las batallas de los siglos. Si algo prueba que los ebooks no son el equivalente de los libros de papel puestos en bitios es la necesidad de afirmar nuevos derechos para sus lectores. Javier Celaya ha sido pionero en el tema. Lo que hoy merece un post es que esta nueva declaración de derechos viene de una de las plataformas en liza por el control del mercado de ereaders. Kobo no tiene el diseño más atractivo, me atrevería a decir que raya en la fealdad. Tampoco tiene las funciones avanzadas de marcación y notas que se disfrutan con un Kindle. Y, por supuesto, no se puede ver televisión en su pantalla, como sí es posible hacerlo en el iPad o en las tabletas Android. Sin embargo, Kobo ha pensado en los lectores.

No es de hoy que Kobo, a pesar de ser un dispositivo de lectura, proclama su agnoticismo en materia de dispositivos, muy cercano al de Google, que en pocas semanas se apresta al lanzamiento de Google Editions. Este ereader elemental pero suficiente, si lo único que uno pretende hacer con él es dedicarse a la lectura, ha ganado hoy varios puntos en la consideración de muchos con la publicación de una declaración de derechos del lector que, entre otras cosas, deja claro qué es un DRM.

1. Derecho a bajar los libros al dispositivo.
Pregúntese qué sucedería con su biblioteca si la empresa a la que le compra sus libros resulta alcanzada por un meteorito. ¿Puede guardar copias de sus libros? ¿Puede hacer un back-up de su biblioteca? ¿Puede seguir leyéndolos si la empresa proveedora cambia de dirección, de formatos o de dispositivos? ¿Los puede arrastrar al Dropbox o colocarlos en una lugar seguro y secreto?
(Kobo asegura que todo esto se puede hacer con sus ebooks).

2. Derecho a subir libros en el dispositivo.
¿Puede añadir sus propios documentos, epubs, pdfs y de todo un poco a su biblioteca de libros comprados? Su biblioteca digital no debería limitarse a los títulos comprados a un solo proveedor. Es tan absurdo como amueblar la casa con una estantería para los libros comprados en el aeropuerto, otra para los comprados en las librerías independientes; es tan estrambótico como encadenar un libro a una estantería o solo estar autorizado a leerlo en una habitación en particular. Usted debe tener derecho a agregar contenidos no encriptados, libres de DRM a su biblioteca. Sería todavía mejor si pudiera agregar a su biblioteca libros encriptados con el DRM de cualquier proveedor.
(Kobo asegura estar trabajando en ello, aunque de momento es el más permisivo de los ereaders. Hay que tener en cuenta que con un Kindle no se puede acceder al material que prestan las bibliotecas públicas, por ejemplo).

3. Derecho a conservar su biblioteca
Si el dispositivo en el que guarda sus libros resultara dañado por el fuego, mordido y masticado por su perro (o cualquier otro accidente que lo inutilizara), ¿puede recobrar los ebooks por los que ya ha pagado? ¿O tendrá que comprarlos nuevamente? La biblioteca debe estar a su alcance de manera inmediata.
(Kobo asegura que aunque a uno se le caiga el dispositivo al fondo de un lago, los ebooks reaparecen como por arte de magia en otro. Esto de la magia no me gustó, porque es pura tecnología que deberían explicar).

4. Derecho a la libertad de movimiento.
Si aparece un dispositivo nuevo, mejor, más liviano, más colorido, más elegante, ¿puede transportar toda su biblioteca allí? ¿O si guardaba su biblioteca en un dispositivo que le dieron en el trabajo y luego debe devolverlo?
(El lema de Kobo es "Ningún libro abandonado", que se hace eco de la campaña "Ningún niño abandonado". Y agrega: salte del iPhone a la Blackberry, del Sony ereader al Nook o al Kobo, de la tableta Android al iPad o a la netbook de saldo que compró en una feria americana).

5. DRM solo cuando es necesario, pero no innecesarios DRM.
Si el DRM es obligatorio, usarlo. Pero no encriptar con DRM todo por ser incapaces de pensar en algo mejor.
(Cuando el editor nos pide DRM, lo ponemos. Pero algunas ocasiones felices, nos dicen: "Deja mis libros libres. Sin DRM. Déjalo ir". Y entonces no lo encriptamos)

Kobo pide que a este primer borrador de los derechos del lector digital, los mismos lectores añadan lo que es de su cosecha, de manera de crear conciencia acerca de estos nuevos objetos que han entrado en nuestra vida.

Y hace una serie de afirmaciones y preguntas que algunos juzgarán impertinentes:
¿Saben los lectores digitales que el lugar donde compran sus libros importa más de lo que creen? ¿Saben cuál es el DRM usado por su proveedor? ¿Saben los lectores cuáles son sus derechos y qué piensa su proveedor acerca de ellos? ¿Comparte esa visión de sus derechos con el proveedor? Y sí, reconoce que el DRM de Adobe es muy poco amigable, además de un formato propietario, pero que a pesar de todas sus desventajas es lo mejor porque es compatible con muchos dispositivos. Y lo más importante: nos recuerda que, una vez bajado de Internet, uno puede poner el libro donde quiera.

Kobo no es elegante, pero tiene algunas ideas buenas.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

De mis lecturas a saltos y con red

Ningún lector experto abre un libro para llegar al final, de la misma manera que quien saca un billete de ida y vuelta no aspira a la categoría de viajero sino a la más modesta de turista. Ni el lector experto ni el viajero son relevantes para las industrias que los sirven. Las industrias necesitan volumen y se alimentan poco de aventureros. Porque no abren los libros con el objeto de acabarlos, los lectores expertos suelen consagrarse a varias lecturas a la vez. En esa zona en suspenso que se produce en el paso de un soneto de Lope a una crónica de Mansilla, de un ensayo de Pound al sudor congelado en el vello de Madame Bovary, el lector experto va construyendo su red, su semiosis. Por eso, cuando el lector experto se hace con el libro de Nicholas Carr, The Shallows, sabe antes de terminar el primer capítulo que es mejor resignarse a perder los 12 dólares de la edición de Kindle que seguir perdiendo el tiempo. Porque un lector experto deja los libros sin terminar sin ningún cargo de conciencia. Y éste, en particular, describe un mundo de la lectura que en nada se asemeja a su experiencia, un mundo que le resulta prefabricado, donde es imposible correr aventuras.

Mi contacto con la palabra impresa (con la escritura de los otros) empezó los días jueves, a las cinco de la tarde, en el departamento de la calle Salguero, en el corazón del barrio de Palermo, donde nací. Tenía tres años y la escritura, para mí, se resumía en la palabra Gatito. La anunciaba el aroma penetrante del café recién molido, asociado a la promesa de unas obleas rellenas de crema de limón, que venía del otro lado de la puerta. Era tía Amelia, que todos los jueves venía a casa con café, obleas y la revista infantil troquelada Gatito. Solía abrirle la puerta antes de que sonara el timbre. Pero aprendí a leer de verdad un año más tarde con el diario La Prensa. Para los argentinos que visitan este blog, la sola mención de la cabecera revela que crecí en un hogar de costumbres conservadoras, perspectivas liberales y poco afecto a la ortodoxia católica. En casa de mis primos se leía La Nación y los varones iban a misa. Empecé por descifrar los titulares para luego adentrarme en el muy complejo, aunque ordenado, laberinto de las columnas del periódico. Las columnas terminaban antes de que terminaran las frases (algo que me irritaba por entonces), y tenía que seguir un enlace que me indicaba en qué otra página y en qué otra columna seguía el texto. Así, tirada en el suelo boca abajo y apoyada en los codos junto a la puerta ventana que daba al patio interior, iba y venía por el diario hasta convertirlo en una bola arrugada e irreconocible. Por eso tenía prohibido tocarlo antes de que mis padres lo hubiesen leído. Quien aprende a leer con un periódico sabe que la lectura (y la semiosis) se realizan a saltos.

Pero hay más cosas que me hacen incomprensible la fama alcanzada por el libro de Nicholas Carr.

Cuando cumplí cinco años, para premiar mi espíritu emprendedor en materia de lectura, me regalaron libros. Al menos, son los primeros libros que recuerdo. Alicia en el país de las maravillas, con los dibujos de John Tenniel, y una vida de San Francisco ilustrada por alguien menos relevante. Como buen agnóstico respetuoso de la vida espiritual propia y ajena, mi padre ponía entre mis manos los enigmas de la matemática y de la fe desbocada, aunque disfrazada de vida ejemplar la una y de cuento fantástico la otra. También recuerdo de aquel cumpleaños las piñatas y un sweater de angora azul celeste a juego con una bufanda de borlas. Por la noche, tirada boca abajo en la cama, apoyada en los codos, con el libro del reverendo Dodgson abierto sobre la almohada, fui presa del vértigo en el palacio de la reina de los naipes. Del vértigo al pánico pasé con rapidez y quedé paralizada, de manera que lo único que me permitió cerrar el libro fue la voz de mi madre que me exigía que apagara la luz. Pero el libro cerrado era aun más peligroso. Abstracto e inasible, se prendía a mis neuronas sin darles descanso. Tenía una linterna, que prendí. Y reposé en la historia de San Francisco hasta quedarme dormida. Estos dos libros, estos dos mundos, los leí en simultáneo en las semanas siguientes.

Por eso no sé de qué habla Nicholas Carr.

Más tarde, con Colmillo blanco, desarrollé otra perversa distracción: no podía leer a Jack London si no tenía una pera para mordisquear al mismo tiempo. Las manzanas no eran lo mismo, las manzanas eran para Louise M. Alcott. Esto es, si no había peras, me conformaba con Mujercitas, aunque en cuanto me hacía con una, lo abandonaba para entregarme a La llamada de la selva, en una pésima traducción. A los trece años mi soledad estaba confirmada: era lectora asidua de Borges y, por él, había llegado hasta Parerga y paralipomena, de Schopenhauer. Lo que no me impidió, un verano, leer cuanto misterio de Agatha Christie cayó en mis manos, hasta que hacia el final de las vacaciones apareció otra tía mía, Nilda, con un ejemplar de La llave de cristal, de Dashiel Hammet y me enseñó para siempre qué era la novela policial.

Lo único que me hizo revivir el vértigo de Alicia fue el teatro español del Siglo de Oro, con el que me desvelé gozosamente años enteros. Era tal la tensión de aquellas palabras que a menudo, en medio de la lectura, debía distraerme con otros libros para soportarlas. Y mientras leía Héroes y tumbas, de Sábato, fui víctima de otra terrible distracción, cuando me estrellé contra un poste de la luz porque iba leyendo por la calle.

Pasaron los años y, en la biblioteca del Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, mientras traducía a Louis Trolle Hjemslev (lamentablemente, del inglés), las notas al pie me llevaban indefectiblemente hasta la bibliotecaria, a quien le pedía los libros referidos, que abría y consultaba en simultáneo sobre la mesa de trabajo. En esa biblioteca tejí innumerables telas de araña, redes entre libros, citas, remisiones, conceptos, autores, ideas, signos, significantes, historias. Seguía leyendo a saltos, como a los cuatro años. Como leen los lectores expertos.

Y luego fui periodista, leyendo la miríada de cables y evaluando los miles de fotos que escupían las agencias en vísperas de la caída del Muro de Berlín. Y tuve que elegir la información que era relevante y la foto que debía tener porque la tendrían todos los demás y la foto que debía tener porque ningún otro dispondría de ella. Y creo que lo hice relativamente bien y sin perder capacidad de raciocinio. Mucho menos, de introspección. Y enseguida después de la caída del Muro, me convertí en editora. Y leí miles de manuscritos, escribí cientos de textos para las contracubiertas, atendí el teléfono cuando llamaban de la imprenta con un problema y cuando llamaban de la distribuidora con otro y cuando llamaban los periodistas. Y desde esa trágica distracción de la que habla Carr, construí un par de catálogos bastante respetables.

Así que, cuando llegó la Red, no me asusté. Sabía de la lectura decimonónica de señoras burguesas apretadas en un corsé y rodeadas de cortinados que protegían su privacidad mientras se desvivían por alguna heroína romántica que hoy consideramos clásica. Sabía de ellas por mis lecturas, siempre a saltos, de libros y de pinturas y de fotografías, pero nunca pensé que fueran mi modelo. Mi modelo de lectura no era decimonónico, era el Cicerón niño pintado por Vincenzo Foppa en el quattrocento: la serenidad en la multiplicidad.

Pero cuando Nicholas Carr habla de la lectura inmersiva no está pensando en la pintura de Fragonard ni en la de Corot. Está pensando en la lectura propuesta por la industria editorial: un libro a la vez, de una sentada, de principio a fin y a la librería en busca de más, que hay que cerrar la cuenta de resultados. Debo confesar que de esa manera solo logro leer lo libros malos o intrascendentes, que también leo. Mi última experiencia de ese tipo fue con la primera entrega de la trilogía Millenium: en dos tardes di cuenta de ella y se la devolví a su dueña, que como iba a trompicones me la prestó por dos días para que me enterara de cómo eran los libros que ahora venden decenas y decenas de millones de ejemplares. De esas lecturas tal vez sea enemiga la Red. Y tal vez no le falte razón a Nicholas Carr cuando defiende con su libro a la elefantiásica industria editorial que lo publica.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Una recomendación

Leroy Gutiérrez es un colega venezolano que administra el blog Sobre edición, de obligatoria lectura para la gente que se mueve alrededor de los libros.
Con motivo de la Conferencia Editorial 2010, organizada por Opción Libros en Buenos Aires, Leroy entrevistó a varios de los oradores.
Dejo aquí un link a lo que me preguntó y le respondí sobre metadatos, Creative Commons, piratería, redes sociales, el nuevo perfil del escritor y las nuevas competencias del editor.

Sirva este ejercicio de narcisismo para recomendar calurosamente el trabajo cotidiano de Leroy Gutiérrez en su blog.

martes, 7 de septiembre de 2010

Bailar con la más fea

La Dirección de Industrias Creativas del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires organiza, a través de su programa Opción Libros, la conferencia que este año girará alrededor de la digitalización de contenidos y su comercialización.

El jueves 9 y el viernes 10 de septiembre, la cita es en el Centro Metropolitano de Diseño, en la calle Villariño 2498, del recientemente gentrificado barrio de Barracas.

El viernes 10, a las 11:30, hablaré de los metadatos e intentaré desdramatizarlos, aunque a ningún editor le guste convertirse en bibliotecario. Bailar con la más fea tratará de cómo la infraestructura de la Red se pone en contacto con la interfaz y realiza su virtualidad gracias a estas unidades discretas y estructuradas de información. De los standards de metadatos de producto, ahora que algunas editoriales locales se deciden a "exportar" sus archivos digitales para su comercialización a través de gigantes del e-commerce como Amazon, Barnes&Noble o iBookstores. Y de todo lo que un libro puede llegar a hacer si alguien le pone la música para que baile con la más fea. El nombre de soltera de la más fea es XML y contaré por qué es bueno y tiene un gran futuro que el libro empiece a bailar con ella cuando todavía es un niño tierno y lleno de potencialidades.

El programa completo de la Conferencia se puede consultar en la página de Opción libros.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Por si no estaba claro

Esta foto fue tomada el 4 de septiembre de 2010 en la librería Foyles, en Charing Cross, Londres, por alguien a quien no conozco. Llega a este blog por gentileza de Mike Cane, que llamó mi atención sobre ella.

En un entorno muy competitivo, las librerías de Londres se caracterizan por la gran organización de sus contenidos. Aunque todavía estamos en un entorno físico, los metadatos necesarios para que un libro sea descubierto tienen una importancia crucial. Así, la discreción de los elementos denotados, su parcelación en unidades discretas, es un trabajo esencial en el que colaboran editor y librero. El género que en España se denomina sencillamente "suspense" y en Argentina "novela negra", tiene muchos subconjuntos. Hay novelas de detectives con su propia estantería, denominada "privete-eye"; hay novelas de submundos violentos con una estantería que dice "hard-boiled"; hay novelas como la famosa A sangre fría, de Truman Capote, que entran en la categoría "true crime".

Nadie supone que la autobiografía de Tony Blair pertenezca a ningún género de la ficción, pero algún lector avispado, que seguramente haya visto la película de Roman Polanski The Ghost, decidió cambiar los metadatos y colocarla en otra estantería.

Con esa sola acción provocó dos cosas:

1. cambiar el sentido de la lectura de los contenidos incluidos en el libro;
2. demostrar con un ejemplo práctico hasta qué punto los metadatados no son neutrales.

Quien todavía no entienda qué son y por qué importan los metadatos puede empezar sus reflexiones a partir de esta imagen.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El desierto de los mongoles

Si bien el concepto es un poco heideggeriano y sobre él han insistido mucho teóricos como, por ejemplo, Gianni Vattimo, es casi imposible negar, desde la experiencia sensible, que una de las funciones de la narrativa es la creación de mundo. O mejor aun, de mundos.

Un lector asiduo que realiza la mayor parte de sus lecturas en el transporte público me comentó una vez que prefería las novelas largas. Comenzaba a leerlas en casa, apoltronado en un sillón, pero se detenía cuando empezaba a conocer los personajes para luego retomar la lectura en sus largos viajes al trabajo y de vuelta a casa. "Es lo mejor que me puede pasar. En un vagón de tren donde vamos hacinados entre desconocidos, abro la novela y me encuentro con gente cuyos destinos me inquietan y preocupan. Es reencontrarse con una familia en una habitación privada que ya hemos frecuentado."

Es la primera instancia de creación de mundo. La segunda, y tal vez la más importante en términos culturales, se produce cuando un conjunto de lectores coincide en el valor que le otorga a la obra, cuando la experiencia de intimidad que ha producido el contacto con ella resulta compartida por desconocidos que, así, dejan de serlo tanto. Heidegger llamaba a esto "mundo"; hoy se lo llama "comunidad".

Nuevas tecnologías aportan nuevas maneras de crear mundo. Pasó en el Renacimiento, cuando los florentinos descubrieron la perspectiva científica y pintaron retablos que equivalían al 3-D del siglo XV. Pasó con el nickelodeon y su vástago deslumbrante, el cine. La consolidación de Internet y sus diálogos, su oferta inconmensurable de contenidos, nuestra capacidad de concentración cada vez más disminuida por sus múltiples convites, ha hecho que muchos se planteen, en momentos en que el ebook gana terreno en nuestro imaginario, cuál será la forma que la creación de mundo adquiera en sus dominios.

Hay quienes se decantan por la ficción breve, brevísima, adaptada a nuestra alicaída atención. Y los hay que ven en los videojuegos un modelo para lo que se ha dado en llamar ficción "transmedia", algo que nos acompaña desde los años 80 como una corriente subterránea que no termina de imponerse. Quienes militan en estas filas siguen creyendo que la inmersión en mundos conjeturales ofrece una recompensa inigualable a nuestras capacidades cognitivas. Entre ellos se encuentran estudiosos como, por ejemplo, Mathew Kirschenbaum, de la universidad Maryland, que ve en Second Life o en Farm Ville a los precursores de estas nuevas maneras de narrar. Otros, como el poeta Guy LeCharles Gonzales, que sin renunciar a la palabra escrita, ven en la ficción de género participativa (una derivación del fanfiction) la promesa de un futuro. Y aquellos que, como Cory Doctorow, le dan la bienvenida a toda experimentación, sin hacerle ascos a sus orígines.

Lo común a todas estas propuestas es la participación activa del lector, ya sea creando contenidos, como es el caso del fanfiction colectivo y manipulado desde los hilos de una mastermind que sería el autor, sus textos y sus algoritmos; ya sea creando código, como en la propuesta de Kirschenbaum.

Porque ésta es una de las discusiones más activas entre los creadores de mundo que han abrazado la Red, el anuncio de la aparición de The Mongoliad, una saga participativa dirigida por los autores Neil Stephenson y Greg Bear y hecha posible gracias al programa PULP, fue una de las noticias mejor recibidas de la semana. Uno de los más entusiastas fue Cory Doctorow.

The Mongoliad es ficción de género, tal vez la que mejor se preste para la creación express de mundos, y entra en la clasificación de fantasía épica. Se escribe por entregas, como la literatura popular lo ha hecho de antaño, y viene con una batería de extras: videos, fotografías, cuentos cortos alrededor del tema principal. A esto se le suman sus cualidades participativas: hay una wiki para crear una enciclopedia que dé cuenta del mundo ficcional y, además, la posibilidad de escribir ficciones derivativas al estilo fan. Una parte del contenido es de libre acceso, pero para acceder a todo ese mundo y, además, participar en su creación, es necesario abrir una cuenta con una suscripción de 5,99 dólares que da acceso por seis meses la modalidad anual, por 9,99. Vencida la suscripción, el acceso a la lectura de los materiales continúa, pero ya no se podrá leer nada nuevo que se escriba en el desarrollo de ese mundo de las invasiones mongólicas hasta que el suscriptor no la renueve.

En principio, las condiciones parecían equitativas, aunque no faltaron los internautas que consideraron exagerados los casi diez dólares de la suscripción anual. Al margen de los militantes del gratis total, el regocijo fue generalizado. Por fin aparecía un modelo de creación que combinaba los placeres de la narración con un modelo de negocio viable.

La saga, sin embargo, a dos días de su presentación en sociedad, promete ir por otros derroteros. En BoingBoing, el blog donde Doctorow saludó con fanfarrias la inauguración del ciclo narrativo, los lectores han comenzado a dar cuenta de su experiencia en la sección de comentarios. Allí denuncian que en las condiciones impuestas por el modelo de suscripción, los autores o la empresa que han formado, advierten que cualquier contenido agregado o creado por la comunidad de lectores pasa a ser de su propiedad, de la cual podrán disponer como mejor les parezca. Los participantes de buena fe que han querido participar de The Mongoliad como creadores secundarios se sienten estafados: les obligan a pagar para crear un material único de cuyo usufructo posterior quedan excluidos. La propuesta se parece demasiado a las penurias cotidanas del mundo real como para generar simpatía, porque la fantasía de comunidad, de bien creado entre todos, se convierte con toda crudeza y sin máscaras en una realidad de apropiación de los bienes comunes.

Del otro lado de las murallas levantadas por los creadores de The Mongoliad, hay un desierto poblado de sombras enfadadas y temibles: los lectores que nunca llegarán a ser, porque por sobre el deseo de lectura y participación se ha impuesto un concepto de propiedad intelectual mal habida.

¿No habría sido más sencillo recurrir a una licencia de Creative Commons para la obra final y colectiva? Sí y no. Porque con eso se desmoronaba una de las patas del trípode: el modelo de negocio.

The Mongoliad es una prueba más de los fracasos a los que estará expuesta una doctrina del copyright concebida para objetos cuya creación en red no fue tan evidente hasta la llegada de Internet.
¿Estaremos a la altura del desafío? Esto es, ¿sabremos autores y editores cómo ganarnos la vida con las nuevas reglas de juego que nos impondrá el medio y el público que lo usa?

martes, 17 de agosto de 2010

Ladrones de libros


Siempre hubo ladrones de libros. Han sido tan abundantes como los ladrones de gallinas. Los ladrones de gallinas pertenecen al acerbo del chiste popular y los de libros merecen piezas como estas notas autobiográficas de Rodrigo Fresán. La diferencia entre un género y el otro solo estriba en el prestigio social del objeto robado. El del libro es enorme, porque hay quienes sostienen que hay que leerlos de principio a fin aunque el autor nos mate de aburrimiento, mientras nadie piensa en comerse una gallina cruda.

A los editores siempre nos ha tenido sin cuidado que alguien como el joven Rodrigo Fresán, lector voraz a quien no le alcanzaba el generoso presupuesto cultural de una familia de clase media ilustrada (en tiempos en que la clase media era ilustrada en la Argentina), fuera de incursión por las librerías. Nunca fue preocupación de editores, en ninguna latitud, asunto tan miserable. No porque a los editores nos emocionara que los jóvenes se cultivaran y se convirtieran en adictos a la lectura. Ni siquiera pensábamos en que ese voraz ladrón se convertiría en parte importante de nuestro fondo de negocio. Tanta distancia aristocrática con respecto al ladrón de libros se debía y se debe a que, en el caso del libro físico, quien paga los platos rotos es el librero, quien deberá liquidar los ejemplares robados como si hubiesen sido vendidos.

Feudalmente hablando y en materia de robo de libros, para el editor, el librero no es más que el encargado de una aparecería. ¿Que te han robado el cerdo que conté cuando parió la cerda? ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Venga mi parte convenida!

Con el advenimiento de los ebooks, el editor tradicional se encuentra en una situación incómoda, desconocida. El aparecero ya no se ocupa de la cerda, ni la cerda tiene crías. La cerda, el archivo epub, campa a sus anchas en su propia casa, y el editor debe cuidarse de que no se escape, que esté limpia y presentable todos los días, no solo el día de la venta. Porque una cerda que ya no tiene crías no se vende, solo se muestra. Y entonces, como en un mal sueño del que es imposible despertar, en el imaginario del editor se presenta el ladrón de libros. Y le teme tanto que no duda en llamarlo pirata. Ningún editor publicaría a un autor que contara sus aventuras en los archivos P2P en años de juventud. Es más, ningún autor encontraría solaz al mirar a los ojos a un ladrón de libros P2P. No estoy muy descaminada si pienso que la imposibilidad de firmar el ejemplar juega un papel importante en este último caso.

Como aquí nadie se come a la cerda ni a la gallina, sino que se paga por mirar, el ladrón de libros en realidad no roba nada: abre una ventana clandestina. Que abrir una ventana en propiedad ajena es atentar contra ella nadie lo discute. Lo que se discute son los pesados cortinados que ha colgado el editor todo alrededor de su castillo. Son un engorro para quienes pagan por mirar, afean a la cerda y al castillo y todos sabemos con qué facilidad los cortinados se abren y hasta qué punto son pasto de las polillas. Lo imposible de parar es la mirada clandestina, porque forma parte de la economía del deseo.

Así, perdida toda apostura caballeresca, los editores de aquí y del mundo han apostado por el DRM.