lunes, 28 de febrero de 2011

Libros y libreros en la Antigüedad (y en Zaragoza)

Hay libros, como éste, que leo durante el desayuno.

Opinan algunos doctores que el incendio de la Biblioteca de Alejandría, o su paulatina destrucción como es más propio decirlo, no fue tal desgracia, y que, si llega a conservarse íntegro el acervo de los antiguos, ni la Antigüedad nos parecería tan estimable, ni acaso nos dejaría pensar por nuestra cuenta. Ya se ha dicho todo.

Curioso colofón ha elegido Francisco Javier Jiménez para esta plaqueta de Alfonso Reyes que acaba de publicar en Madrid, en línea con otros libros que hablan de libros en su catálogo como, por ejemplo, el muy festejado de Jesús Marchamalo, Tocar los libros. Y digo curioso porque el colofón solía ser el sitio de lucimiento del impresor y del tipógrafo, de los artesanos que habían hecho posible la lectura de la palabra. Pero Francisco Javier, editor artesanal que hace libros preciosos, le ha cedido protagonismo nada más y nada menos que al autor del libro, porque la frase es, también, de Alfonso Reyes.

No solo Dios y el Diablo viven en los detalles. La anomalía del colofón que cierra esta edición de Fórcola es un detalle, diminuto, donde habita una realidad: estamos en medio de un cambio de paradigma que cuestiona todos los lugares consagrados y consagratorios, esos que parecían inamovibles: el del autor, el del lector, el del editor y el del librero, estos dos últimos, agentes necesarios que ponen en contacto a los dos primeros. Del férreo aparato de logística que habilita o imposibilita esa circulación, no escribiré hoy aquí.

Libros y libreros en la Antigüedad es otra anomalía. Un mashup de los años 50, en el cual el gran ensayista y traductor mexicano hace una refundición de otro texto, el del británico H. L. Pinner, The World of Books in Classical Antiquity. No porque las refundiciones no hayan sido siempre columna vertebral de la transmisión de la cultura y estén en la base de la construcción de altas reputaciones en el mundo de letras, sino porque las ansiedades del cambio de paradigma tal vez no habrían sido tan lenientes con Alfonso Reyes en estos días. Editores de postín, como Jaume Vallcorba, no vacilarían en llamarlo bloguero, con esa voz aguda que solo se destila en el alambique del desdén, y el nuevo algoritmo de Google tal vez condenaría Libros y libreros a la oscuridad, acusándolo de ser un mero agregador de noticias que ha encontrado en otra parte.

Libros y libreros en la Antigüedad es, sin embargo, una delicia. Y muchas de sus páginas iluminan la situación actual del mundo del libro, que ni siquiera llegó a imaginar, pero cuyos muchos males nos atormentan desde los tiempos de la Biblioteca de Alejandría. Con Alfonso Reyes, festejo también la destrucción de aquellos muchos libros que por entonces habíamos logrado acumular, con esa irresponsabilidad que nos caracteriza cuando se trata de incorporar un nuevo objeto al mundo, irresponsabilidad a la que tanto le temía Hannah Arendt.

En el capítulo titulado "Comercio del libro entre los griegos", apunta don Alfonso:
Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo. Para decirlo de modo anacrónico, el librero comenzó por ser a un tiempo manufacturero, editor y vendedor al menudeo. El desarrollo de la literatura y su tráfico determinan la división de labores, separando al editor (que en la Antigüedad era también productor material, abuelo del impresor) y al vendedor, que compraba a los editores y revendía a los lectores. [el énfasis es todo mío].

De manera que los más de 120 colegas, libreros y amigos reunidos en Zaragoza la semana pasada alrededor de la convocatoria de Paco Goyanes, esforzado responsable de la maña librería Cálamo, no son más que eso, "comerciantes", con todo el respeto. A los editores de antaño, como Víctor Seix, co fundador de Seix-Barral, de grata memoria, no se les caían los anillos por apuntar, en las escrituras de constitución de sus emprendimientos, que eran vecinos de Barcelona y de profesión, comerciantes. Tal vez porque los hombres siempre hemos sabido que solo el comercio nos dignifica, nos lima, y nos hace tolerantes. Los plañidos de muchos de los participantes, que tanto Twitter como la prensa han reproducido, su obsesión por ocupar una centralidad cultural que haga olvidar su condición última de intermediario que lucra con la creación ajena y el disfrute de los otros, también es un detalle donde habita el insoslayable cambio de paradigma, aunque su función sea la de tender una cortina de humo que los aparte de la realidad.

Francisco Javier estuvo en Zaragoza y tuiteó lo que pudo y como pudo, hasta caer en la cuenta de que su conciencia dependía en exceso de las baterías de su iPhone. También estuvo allí Alejandro Katz, que no le hace ascos a la lucidez y sabe que la creación cultural, una vez puesta en el mercado, se transforma en mercancía. Y Valeria Bergali, cuyos libros me gustan más que sus ideas, como la escritura de Virginia Woolf siempre me gustó más que sus tinglados teóricos. Y la gente de Laie, la más sobria de entre todos los libreros, tal vez porque sean los que están haciendo algo diferente, los que se han dado cuenta de que el único pensamiento que merece ese nombre es el que se realiza en la acción.

Pensódromo 21, "Pequeños editores, retos enormes", donde se profundiza y abunda en la perspectiva de los modelos de negocio posibles y se entra al trapo en las falacias allí desgranadas por varios. Otro post indispensable, cuya lectura es un placer intelectual, es que Álvaro Vargas Llosa le dedica Jaume Vallcorba en su blog El hilo digital. Y solo para constatar que la gente de Laie trabaja y trabaja bien, sin resignación y sin alharaca, el post "Otra mirada, digital".

Y, por supuesto, una encendida recomendación de Libros y libreros en la Antigüedad. Se lee durante un solo desayuno, como el periódico, pero uno queda más satisfecho y mejor informado sobre qué es este mundo de los libros y de todos los cambios de paradigma que sufrió y sufrirá, sin que por ello hayan peligrado ni la palabra, ni los autores. Que esto es un negocio, señores, y para hacer negocios hay que alcanzar la edad adulta.

8 comentarios:

Alvi dijo...

Una pequeña y divertida precisión, Julieta. Álvaro Vargas Llosa jamás escribió sobre Jaume Vallcorba ni compone en El hilo digital, pero sí lo hace Álvaro Llosa. Alvi para los amigos e @hilodigital para muchos tuiteros.
¡Pero creo que la errata aumentará las visitas al blog vía búsqueda de google! Bueno, en realidad lo que importa es lo que se dice y razona en el artículo mismo.

Alvi dijo...

Gracias por recuperar esa idea del comercio como una actividad netamente humana adscrita a valores que sin renegar del aspecto económico, se centra en lo empresarial como labor emprendedora. Toda actividad humana, sin duda, guiada por la curiosidad, la inteligencia y por qué no, ciertas necesidades básicas de subsistencia, nos dignifica y nos vuelve tolerantes si es tratada con la seriedad y fascinación que merece ofrecer algo a otros a cambio de que nos ofrezcan otra cosa cuyo valor apreciamos tanto como nuestro trabajo mismo. El intercambio comercial no sólo crea competencia, crea comunidades, culturas.
Y esto me hace recordar algunas "empresas" que usaban muchos nobles y que se divulgaron profusamente en el renacimiento (como hoy algunos estatus de Facebook o Twitter): algunos impresores las usaban, acompañando a una imagen simbólica un motto o lema, que describían en cierto modo la línea vital que seguían, el carácter de la "empresa" vital que le permitía identificarse y enfrentarse dignamente ante la sociedad.
"Festina lente", decía el de Manuzio. "Apresúrate lentamente". Quizás eso hubiera dicho también en Zaragoza al sector, donde el ancla parece que vence al delfín.

algú de la laie dijo...

Muchas gracias por mencionar nuestra labor. Ni qué decir que tus palabras nos sirven de estímulo.

Por cierto, después del turno de preguntas, cerré mi intervención mencionando «El rostro elusivo del lector» y recomendando tu blog a todos los presentes.

Saludos.

Julieta Lionetti dijo...

Una involuntaria optimización para SEO por la que debo disculparme con todos mis lectores humanos. Si uno tuviera un enanito que le impidiera darle al botón de "publicar" tan alegremente, evitaría muchos disparates.
Gracias por señalar el error, que no corregí en su momento porque el feed espamea a todos los suscriptores cada vez que modifico un post ya publicado.
Y espero que tengas razón y nos lean muchos más.
Un abrazo, Alvi, y gracias por tu paciencia y tu amistad para con este blog.

Julieta Lionetti dijo...

Esa festina lente que Montale celebra en un bellísimo poema de Huesos de jibia.

Julieta Lionetti dijo...

@algú, alguns i algunes de Laie, bienvenidos a la conversación. Y gracias por la labor que llevan a cabo.

Fórcola dijo...

Querida Julieta: muchas gracias por compartir con nosotros tus lecturas matutinas, y por aportar tu personal reflexión sobre el encuentro de Zaragoza, que seguiste intensamente a través de Twitter. A lo largo de las próximas semanas se irán desgranando más detalles sobre la importancia de La otra mirada, y sobre las repercusiones que pueda tener en un futuro próximo. En breve publicaré mi personal reflexión. Gracias, además, por tu lúcido comentario al libro de Alfonso Reyes. Un brazo fuerte

Revista Modity dijo...

Estimada Julieta, me tomo la libertad de escribirte para pedirte una pequeña ayuda. Estamos poniendo en marcha un club de lectura en Zaragoza, ¿podrías recomendarnos algún libro para comenzar? Necesitamos combinar un buen nivel literario con un tema lo suficientemente atractivo como para enganchar a nuestros seguidores. ¿Me puede ayudar? Puede responderme a la cuenta de twitter @cspintado

Un saludo