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miércoles, 13 de julio de 2011

Casa del Libro abjura del DRM

(cc) Toni Lozano

    El pasado 24 de marzo, Enrique Dans publicaba en su blog el relato pormenorizado de su frustrado intento de compra de un ebook en Casa del Libro, que cerraba con esta frase: "Con tu actitud y tu DRM te lo comas". Ese texto, convenientemente apaisado y subrayado, forma parte de la quinta diapositiva de la presentación con la que Casa del Libro trata en estos días de reclutar editores para su plataforma de ecommerce, a la que rebautiza ecosistema de lectura.

    A un año del lanzamiento oficial de Libranda, Casa del Libro, que es una de sus librerías asociadas, reconoce en esta presentación que han sido responsables de la mala experiencia de compra de sus clientes y Enrique Dans les sirve como testigo de cargo de esas penurias. El DRM de Adobe, adoptado por Libranda e impuesto a todos los editores y libreros que se unan a la plataforma de distribución española, resulta imputado con semiplena prueba y, como tal, se lo elimina del nuevo proyecto. En él, Casa del Libro se propone como la chumacera alrededor de la cual girarán todos los ejes del universo libro en español. Los "especialistas" capaces de articular el cambio de paradigma. Libro nuevo, libro usado, impresión bajo demanda y ebooks serán las aspas del molino que moverá las aguas.

    La demolición de ADE y el DRM en lo que respecta a los ebooks es tan minuciosa y contundente que uno se pregunta qué argumentos le deja Casa del Libro a Libranda para seguir proponiendo su fórmula al resto de los libreros asociados, esos que no cuentan con Planeta como accionista mayoritario y no se pueden permitir inversiones descabelladas en el desarrollo de un motor de lectura (o ecosistema) que permita experiencias de compra y de lectura no traumáticas.

    UNA ESTRATEGIA NUEVA

    Que pasa, obviamente, por la nube. Un motor de lectura que permita acceder a los libros online y offline. Tanto en formato ePub como en .pdf. En cualquier dispositivo. ¿Les suena familiar? Compra con un solo click, sin necesidad del doble registro al que se verá obligado el resto de libreros que trabaje con Libranda y el DRM de Adobe. Sincronización del punto de lectura en todos los dispositivos; posibilidad de anotaciones y subrayados. Lectura social, faltaría más, y el consiguiente informe sobre los hábitos de los lectores, un servicio que ninguna otra librería española podrá dar a los editores, a menos que hayan licenciado The Copia. Y como yo me lo guiso y me lo como, integración con la comunidad de lectores de Libro de Arena, propiedad de Casa del Libro. Una comunidad bastante magra y poco espontánea, de momento.

    La seguridad de los contenidos bajo copyright se cifra en SSL, que la presentación describe así: "proceso altamente complejo para descifrar. Disuasorio para aquellos 'no piratas' y para los que lo son lo seguirán cogiendo de la red" [textual, amigo lector, pero el énfasis es mío]. Para poner de relieve la importancia de la cadena de librerías, una afirmación desconcertante: "venta de ebooks en el canal físico mediante tarjetas descargas". ¿En qué quedamos? Y por prometer, que no quede: la misma experiencia de lectura con ePub y con .pdf, de manera que el editor no tenga que gastar en conversiones y ponga a disposición cuantos fondos pueda, en el menor tiempo posible.

    ¿Desde dónde se harán efectivas todas estas funciones? La presentación no lo aclara, pero es de suponer que se tratará de una webapp, lo que preanuncia serios problemas de gestión desde dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes, por ejemplo. Y una pregunta que no parecen plantearse, ¿cómo accede a ella un lector cuyo dispositivo no tenga incorporado un navegador, por rudimentario que sea? Aunque puedo equivocarme y sea que, en realidad, Casa del Libro esté embarcada en el desarrollo de un motor de lectura basado en HTML5, en cuyo caso debería al menos mencionar las futuras apps para sistemas operativos como Android, iOS o RIM. En el contexto de esta presentación, la frase acuñada por Arthur C. Clarke se invierte y la magia se hace indistinguible de la tecnología. Especialmente cuando se trata de evangelizar a editores a quienes se les supone una supina ignorancia digital.

    El tono es urgente, casi acuciante. Tanto así que se tragan las palabras ¿Será porque le han visto las orejas al lobo? A juzgar por esta frase, que copio textualmente, parece que sí:
    Primer actor nacional que apuesta los ebooks. Evitar todo el peso de las ventas caiga en pocos actores internacionales (Amazon, Apple, Google).
    Bienvenida la inciativa. Ahora bien, ¿no sería conveniente empezar a hacer las cosas bien para ser realmente competitivos? Empezando por encargar también las presentaciones a profesionales.

    Y un consejo: si en estos momentos todavía fuera la dueña de una editorial, suspendería la firma de cualquier tipo de contrato en exclusividad con cualquier actor de la distribución digital que viniera a exigírmelo. Mejor quedar a la intemperie que dentro de una cárcel de adobe.

    viernes, 24 de junio de 2011

    El catálogo de Eudeba se desmaterializa


    Con dos meses de retraso, ya que el lanzamiento se había previsto para la Feria del Libro de Buenos Aires, Eudeba abrió hoy sus puertas a la tienda donde ofrecerá obras digitalizadas de su catálogo de 700 títulos. A la hora de escribir estas líneas, el sitio no parecía activado, como lo muestra la captura de pantalla que encabeza este post. Aunque esta lectora hubiese agradecido algún tipo de mensaje, incluso el frustrante de "sitio en construcción", como conoce las prisas con la que se ha dado este bienvenido paso hacia la digitalización de contenidos académicos está dispuesta a perdonarlo todo.

    Hacia las Navidades de 2010, el equipo de Eudeba decidió poner en marcha un ambicioso proyecto, que incluía la implementación de un workflow XML-First que permitiría la salida a varios canales de comercialización, incluyendo el papel, con una racionalización de los procesos editoriales única tal vez en el mundo de habla hispana. A esta decisión se agregaba otra, tal vez contradictoria para quienes están familiarizados con cambios tan radicales: los resultados debían estar listos y en pleno funcionamiento para la inauguración de la 37ª edición de la Feria. Un desafío que pocos profesionales se hubiesen atrevido a aceptar.

    No fue para la Feria, pero ya es suficiente mérito que en solo seis meses estuvieran en condiciones de anunciar la comercialización de 30 títulos de su extenso catálogo. Eudeba ha tomado la sabia decisión de que las tesis universitarias, cuya investigación ha sido pagada con dineros públicos, se comercialicen bajo licencias de Creative Commons y sin DRM. Las obras bajo copyright seguirán otro camino.


    Esta empresa mixta en la que la Universidad de Buenos Aires juega un papel fundamental, ha montado su plataforma de e-commerce sobre Drupal, un CMS open-source, en consonancia con la decisión del Gobierno Nacional, que declaró el año pasado "política de Estado" el código abierto.

    Tal vez, la mayor novedad de este anuncio sea el acuerdo de la UBA con Grammata, empresa española que comercializa el dispositivo dedicado Papyre (una de las muchas versiones del Alex eReader, de Spring Design). Eudeba se compromete a promocionar este dispositivo lector a través de precios con descuentos especiales para toda la familia UBA: estudiantes, cuerpo docentes y no docente. Por si los 1400 pesos resultan inalcanzables para parte de ese público objetivo, la oferta incluye créditos al consumo del Banco de Santander. Y para cerrar el paquete de este convite, Papyre ofrece sus eReaders ya cargados con 600 títulos, todos en el dominio público y fácilmente hallables para su descarga o lectura gratuita online desde hace tiempo.

    Termino esta entrada sin haber podido entrar a la nueva plataforma digital de Eudeba.

    Eppur si muove.

    viernes, 17 de septiembre de 2010

    Más derechos del lector (digital)

    Esta vez, según Mike Cane.

    1. A una cubierta digna.
    2. A un índice (con enlaces a los capítulos respectivos).
    3. A una maquetación correcta.
    4. A subrayar pasajes (y mantenerlos en la privacidad).
    5. A marcar tantas páginas como se quiera.
    6. A copiar pasajes.
    7. A ilustraciones legibles (por medio de zoom o de enlaces).
    8. A la corrección tipográfica previa (un ebook con más de 10 erratas debería ser reembolsable).
    9. A una pantalla libre de reseñas de promoción.

    Ningún ereader cumple con todos estos derechos. Muy pocos ebooks cumplen con otros. A medida que los libros digitales vayan ganando mercado, los editores tendrán que tomárselos en serio o aceptar que por un archivo descargable mal configurado y sin cuidado editorial no habrá nadie dispuesto a pagar.

    Declaración de los derechos del lector

    Digital, se entiende, porque el resto de los lectores tiene los derechos que como ciudadano ha ido logrando a lo largo de las batallas de los siglos. Si algo prueba que los ebooks no son el equivalente de los libros de papel puestos en bitios es la necesidad de afirmar nuevos derechos para sus lectores. Javier Celaya ha sido pionero en el tema. Lo que hoy merece un post es que esta nueva declaración de derechos viene de una de las plataformas en liza por el control del mercado de ereaders. Kobo no tiene el diseño más atractivo, me atrevería a decir que raya en la fealdad. Tampoco tiene las funciones avanzadas de marcación y notas que se disfrutan con un Kindle. Y, por supuesto, no se puede ver televisión en su pantalla, como sí es posible hacerlo en el iPad o en las tabletas Android. Sin embargo, Kobo ha pensado en los lectores.

    No es de hoy que Kobo, a pesar de ser un dispositivo de lectura, proclama su agnoticismo en materia de dispositivos, muy cercano al de Google, que en pocas semanas se apresta al lanzamiento de Google Editions. Este ereader elemental pero suficiente, si lo único que uno pretende hacer con él es dedicarse a la lectura, ha ganado hoy varios puntos en la consideración de muchos con la publicación de una declaración de derechos del lector que, entre otras cosas, deja claro qué es un DRM.

    1. Derecho a bajar los libros al dispositivo.
    Pregúntese qué sucedería con su biblioteca si la empresa a la que le compra sus libros resulta alcanzada por un meteorito. ¿Puede guardar copias de sus libros? ¿Puede hacer un back-up de su biblioteca? ¿Puede seguir leyéndolos si la empresa proveedora cambia de dirección, de formatos o de dispositivos? ¿Los puede arrastrar al Dropbox o colocarlos en una lugar seguro y secreto?
    (Kobo asegura que todo esto se puede hacer con sus ebooks).

    2. Derecho a subir libros en el dispositivo.
    ¿Puede añadir sus propios documentos, epubs, pdfs y de todo un poco a su biblioteca de libros comprados? Su biblioteca digital no debería limitarse a los títulos comprados a un solo proveedor. Es tan absurdo como amueblar la casa con una estantería para los libros comprados en el aeropuerto, otra para los comprados en las librerías independientes; es tan estrambótico como encadenar un libro a una estantería o solo estar autorizado a leerlo en una habitación en particular. Usted debe tener derecho a agregar contenidos no encriptados, libres de DRM a su biblioteca. Sería todavía mejor si pudiera agregar a su biblioteca libros encriptados con el DRM de cualquier proveedor.
    (Kobo asegura estar trabajando en ello, aunque de momento es el más permisivo de los ereaders. Hay que tener en cuenta que con un Kindle no se puede acceder al material que prestan las bibliotecas públicas, por ejemplo).

    3. Derecho a conservar su biblioteca
    Si el dispositivo en el que guarda sus libros resultara dañado por el fuego, mordido y masticado por su perro (o cualquier otro accidente que lo inutilizara), ¿puede recobrar los ebooks por los que ya ha pagado? ¿O tendrá que comprarlos nuevamente? La biblioteca debe estar a su alcance de manera inmediata.
    (Kobo asegura que aunque a uno se le caiga el dispositivo al fondo de un lago, los ebooks reaparecen como por arte de magia en otro. Esto de la magia no me gustó, porque es pura tecnología que deberían explicar).

    4. Derecho a la libertad de movimiento.
    Si aparece un dispositivo nuevo, mejor, más liviano, más colorido, más elegante, ¿puede transportar toda su biblioteca allí? ¿O si guardaba su biblioteca en un dispositivo que le dieron en el trabajo y luego debe devolverlo?
    (El lema de Kobo es "Ningún libro abandonado", que se hace eco de la campaña "Ningún niño abandonado". Y agrega: salte del iPhone a la Blackberry, del Sony ereader al Nook o al Kobo, de la tableta Android al iPad o a la netbook de saldo que compró en una feria americana).

    5. DRM solo cuando es necesario, pero no innecesarios DRM.
    Si el DRM es obligatorio, usarlo. Pero no encriptar con DRM todo por ser incapaces de pensar en algo mejor.
    (Cuando el editor nos pide DRM, lo ponemos. Pero algunas ocasiones felices, nos dicen: "Deja mis libros libres. Sin DRM. Déjalo ir". Y entonces no lo encriptamos)

    Kobo pide que a este primer borrador de los derechos del lector digital, los mismos lectores añadan lo que es de su cosecha, de manera de crear conciencia acerca de estos nuevos objetos que han entrado en nuestra vida.

    Y hace una serie de afirmaciones y preguntas que algunos juzgarán impertinentes:
    ¿Saben los lectores digitales que el lugar donde compran sus libros importa más de lo que creen? ¿Saben cuál es el DRM usado por su proveedor? ¿Saben los lectores cuáles son sus derechos y qué piensa su proveedor acerca de ellos? ¿Comparte esa visión de sus derechos con el proveedor? Y sí, reconoce que el DRM de Adobe es muy poco amigable, además de un formato propietario, pero que a pesar de todas sus desventajas es lo mejor porque es compatible con muchos dispositivos. Y lo más importante: nos recuerda que, una vez bajado de Internet, uno puede poner el libro donde quiera.

    Kobo no es elegante, pero tiene algunas ideas buenas.

    martes, 17 de agosto de 2010

    Ladrones de libros


    Siempre hubo ladrones de libros. Han sido tan abundantes como los ladrones de gallinas. Los ladrones de gallinas pertenecen al acerbo del chiste popular y los de libros merecen piezas como estas notas autobiográficas de Rodrigo Fresán. La diferencia entre un género y el otro solo estriba en el prestigio social del objeto robado. El del libro es enorme, porque hay quienes sostienen que hay que leerlos de principio a fin aunque el autor nos mate de aburrimiento, mientras nadie piensa en comerse una gallina cruda.

    A los editores siempre nos ha tenido sin cuidado que alguien como el joven Rodrigo Fresán, lector voraz a quien no le alcanzaba el generoso presupuesto cultural de una familia de clase media ilustrada (en tiempos en que la clase media era ilustrada en la Argentina), fuera de incursión por las librerías. Nunca fue preocupación de editores, en ninguna latitud, asunto tan miserable. No porque a los editores nos emocionara que los jóvenes se cultivaran y se convirtieran en adictos a la lectura. Ni siquiera pensábamos en que ese voraz ladrón se convertiría en parte importante de nuestro fondo de negocio. Tanta distancia aristocrática con respecto al ladrón de libros se debía y se debe a que, en el caso del libro físico, quien paga los platos rotos es el librero, quien deberá liquidar los ejemplares robados como si hubiesen sido vendidos.

    Feudalmente hablando y en materia de robo de libros, para el editor, el librero no es más que el encargado de una aparecería. ¿Que te han robado el cerdo que conté cuando parió la cerda? ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Venga mi parte convenida!

    Con el advenimiento de los ebooks, el editor tradicional se encuentra en una situación incómoda, desconocida. El aparecero ya no se ocupa de la cerda, ni la cerda tiene crías. La cerda, el archivo epub, campa a sus anchas en su propia casa, y el editor debe cuidarse de que no se escape, que esté limpia y presentable todos los días, no solo el día de la venta. Porque una cerda que ya no tiene crías no se vende, solo se muestra. Y entonces, como en un mal sueño del que es imposible despertar, en el imaginario del editor se presenta el ladrón de libros. Y le teme tanto que no duda en llamarlo pirata. Ningún editor publicaría a un autor que contara sus aventuras en los archivos P2P en años de juventud. Es más, ningún autor encontraría solaz al mirar a los ojos a un ladrón de libros P2P. No estoy muy descaminada si pienso que la imposibilidad de firmar el ejemplar juega un papel importante en este último caso.

    Como aquí nadie se come a la cerda ni a la gallina, sino que se paga por mirar, el ladrón de libros en realidad no roba nada: abre una ventana clandestina. Que abrir una ventana en propiedad ajena es atentar contra ella nadie lo discute. Lo que se discute son los pesados cortinados que ha colgado el editor todo alrededor de su castillo. Son un engorro para quienes pagan por mirar, afean a la cerda y al castillo y todos sabemos con qué facilidad los cortinados se abren y hasta qué punto son pasto de las polillas. Lo imposible de parar es la mirada clandestina, porque forma parte de la economía del deseo.

    Así, perdida toda apostura caballeresca, los editores de aquí y del mundo han apostado por el DRM.

    lunes, 24 de mayo de 2010

    Djuna Barnes y la chipoteca


    Dos lecturas del día de hoy me decidieron a reproducir en este blog el texto de una ponencia que leí el año 2002 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en el marco de unas jornadas sobre libro electrónico organizadas por José Antonio Millán. Por un lado, el post de Jordi Mustieles en el blog de Soybits, "De plataformas digitales". Mustieles hace un llamado a recordar los fracasos del 2001-2002 (veintinueve.com) para no repetir los errores que retrasaron el cambio de paradigma de la industria del libro casi una década. Por otro, un tweet de J. S. Montfort, que dice así: "Demasiado debate sobre el futuro del libro; pero yo tengo la sensación de que nadie tiene ni la más remota idea cabal al respecto". Le doy gran parte de razón.

    Ese futuro tiene una prehistoria, que estamos haciendo en estos días y seguiremos haciendo en los mismos términos si renunciamos a la memoria. Por entonces, por el 2001, mi puesto de trabajo en BroadEbooks, la única experiencia independiente de distribución de libros digitales que competía con la de Planeta, llevaba el título rimbombante de "Asesora Estratégica de Contenidos". Lo que en la práctica significaba que debía convencer a los editores españoles de que se atrevieran a distribuir digitalmente sus catálogos con nosotros y lanzaran algún título original en formato e-book. No lo logré. Mis compañeros de aventura eran, todos ellos, desplazados de otro sueño digital perdido: el departamento de multimedia de Anaya y los alegres años 90 del cd-rom. Esto último viene a cuento porque el entusiasmo por los app-books (iPad mediante) o "libros enriquecidos" nos está haciendo caer en un adamismo peligroso.

    La mayoría de los actores del relato que sigue ya son cadáver o lo eran incluso entonces. Sirven de memento mori a nuestras vanidades de hoy, que son las mismas de ayer. Otros, continúan firmes en sus puestos: el DRM, esa penalización del lector que los editores reunidos en Libranda quieren volver a imponer; el lenguaje XML, que ningún editor del ámbito hispánico ha adoptado en las cadenas de producción de valor de sus empresas; y el formato PDF, cuya increíble supervivencia se debe a la longevidad de las dos condiciones anteriores: editores obsesionados por el control de los contenidos (vía DRM) y perezosos a la hora de las inversiones experimentales (resistencia a cambiar radicalmente el proceso editorial). Si hacemos un buen mix de los muertos que quedaron en el camino y de las obcecaciones que persisten, escondidas detrás de un grado de sofisticación mayor, quizás podremos ver con horror un futuro cercano en el que estaremos, una vez más, escribiendo epitafios.

    Aquí va el texto, que también se puede encontrar en ArchivoVirtual:

    lunes, 17 de mayo de 2010

    Quince preguntas


    Me disponía a escribir sobre Libranda, la plataforma digital que lanzan las editoriales Planeta, RandomHouse-Mondadori y Santillana en la próxima Feria del Libro de Madrid, y sobre la plataforma que está preparando la Cámara Argentina del Libro (CAL) cuando, distracciones en un mundo de mass distraction, me vi envuelta en una interesantísima discusión sobe el tema en el blog Libros y bitios, en la cual gasté algo de mis ganas de argumentar sobre el tema.

    Entretanto, Mike Shatzkin, quien también postea con poca asiduidad, me bombardeó con dos artículos importantes en sólo 48 horas y ambos, aunque referidos a un mercado muy distinto, me obligaron a revisar posturas. Uno de ellos trata de un acontecimiento que cambiará la ecología del mercado de libro en los Estados Unidos, tanto de los de papel como de los de bitios: Amazon, la librería online más grande del mundo, se convierte en editorial. El otro, con sus quince preguntas sobre la digitalización de la lectura, me sirve para ordenar mi próximo post sobre las iniciativas que, en ese sentido, se están tomando en los mercados de lengua castellana.

    Aquí van las preguntas que, según Shatzkin, deberíamos tener resueltas para enero de 2011.

    1. ¿Qué habrá dentro de un e-book?
    Quien se haya asomado a The Death of Bunny Munro o a Alice in Wonderland, en las tiendas de aplicaciones de Apple, habrá tenido la impresión de que nos acercamos al momento en que ya no podremos hablar de libro digital si lo que estamos proponiendo es una copia en bitios del universo Gutenberg. Pero, ¿sabemos qué debe contener un e-book o un app-book para llevar el nombre de tales?

    2. ¿Cómo serán los canales de distribución del e-book dentro de ocho meses?
    La próxima entrada de Google Editions en el juego, que se plantea para el próximo solsticio, promete cambiar unas reglas que, de momento, parecen poco claras. La inminencia de su lanzamiento ha sido poco comentada, tal vez porque el iPad de Apple nos ha encandilado un poco a todos; sin embargo, Google y sus estrategias disruptivas no puede pasarse por alto en un análisis de los futuros del libro. Tenemos, de un lado, una alta parcelación de los mercados a través de plataformas propietarias (Kindle, iPad, Nook, Libranda, etc.) apoyadas en la competencia de los dispositivos de lectura. De otro, Google Editions, que usará el formato abierto e-pub y se declara agnóstica en materia de dispositivos.

    3. ¿En qué medida las editoriales seguirán viendo el márketing de títulos individuales como un esfuerzo rentable?
    En un mundo en el que el espacio para la reseña de nuevos títulos es cada vez menor y la visibilidad el talón de Aquiles de los libros, ¿tiene sentido seguir con esta estrategia? ¿Es la verticalización la respuesta?

    4. ¿Qué progresos habrán echo las editoriales en la tarea de comunicarse de forma directa con su público lector?
    Como ya comenté en otro post, la edición tradicional se ha caracterizado siempre por su dependencia de intermediarios para llegar al mercado. Los editores tradicionales nunca han pensado en el lector. Algo que sí ha hecho Amazon, por ejemplo, que hoy entra a jugar en la liga con la gran ventaja de una base de datos donde sus clientes han dejado pelos y señales sobre sus gustos y disgustos. Y aunque reconozcan la necesidad de saber quién es el lector, ¿están en condiciones de cambiar la cultura de empresa y ganar el tiempo y los data perdidos?

    5. ¿Qué importancia tiene y tendrá el mercado de la telefonía móvil en el desarrollo de un nuevo paradigma libro?
    Y esta pregunta se desdobla en dos: ¿a qué velocidad está creciendo? ¿cuáles son los "libros" adecuados para esos dispositivos? La respuesta obvia a la segunda es que las guías de viajes lo serán. Pero, ¿están los editores tradicionales en condiciones de abastecer este nuevo mercado? ¿Habrán logrado diferenciar los contenidos óptimos para la pantalla más grande de los PCs, las tablets y los dispositivos dedicados y aquellos que encontrarán su ciclo vital en el formato más pequeño de un iPhone?

    6. ¿Cómo se enfrentan los editores tradicionales a la jibarización de las librerías y la consiguiente reducción de su mercado natural?
    Una experiencia a tener en cuenta es la de Cecilia Tan, comentada anteriormente en el blog. Pero no están allí todas las respuestas. Si el ecosistema de librerías ve reducido en exceso el número de puestos de venta de los libros tradicionales, las editoriales serán arrastradas en la caída y no tendrán tiempo ni dinero suficiente para invertir en la innovación que la tecnología les está exigiendo. Porque hay que tener en cuenta que son las empresas tecnológicas y no los lectores quienes presionan por este cambio de paradigma.

    7. ¿Cómo afectarán los libros digitales la territorialidad de los derechos de autor, ahora que no es necesario tener inventario físico para vender "libros" en cualquier punto del planeta?
    Ya hemos conocido las finanzas off-shore. Ahora llegan los libros off-shore.

    10. ¿Qué futuro les espera a las librerías?
    Por muchos motivos, todos ellos económicos, el escenario que Shatzkin plantea puede parecernos lejano: que las próximas Navidades serán las Navidades del e-book. La enorme cantidad de dispositivos que se han vendido en los Estados Unidos hace presagiar que, en diciembre, más de dos millones de personas elegirán regalar un libro inmaterial. Esto tendrá un impacto terrible y negativo sobre el ecosistema librero. Estamos lejos, es cierto, pero tampoco tan lejos y algo así ocurrirá en el mediano plazo.

    11. ¿Es un buen negocio autopublicarse o es otra quimera?
    Hoy, 17 de mayo de 2010, el escritor de thrillers J. A. Konrath ha respondido a esta pregunta. Konrath, que durante largo tiempo autopublicó sus thrillers para Kindle (el dispositivo de lectura comercializado por Amazon) y mantuvo un blog donde compartió con sus lectores los progresos y los retrocesos financieros de su aventura, acaba de firmar un acuerdo de edición con Encore (la flamante editorial de Amazon) en términos económicos más que convenientes. Se trata, aunque sea un caso por ahora único, de un hito que promete cambiar las prácticas del sector.

    12. ¿Qué hay en todo esto para las editoriales medianas y pequeñas? ¿Cómo deben encarar su futuro digital para sacarle el mejor partido?
    Y aquí lo más importante es saber cómo será la distribución digital de los productos de estas editoriales. ¿Se unirán a plataformas como Libranda o la que se plantea la CAL gracias a un subsidio del Ministerio de Ciencia y Tecnología o será el modelo de autodistribución el más conveniente? ¿Qué papel jugará Google Editions?

    13. ¿Se está desarrollando algún nuevo modelo de negocio que tenga alguna importancia?
    Disney lo está intentando con el modelo de suscripción al igual que O'Reilly Safari; otros, con la venta a trozos; otros, incluso con resúmenes; y no falta aquí y allá la experiencia de crear libros en colaboración a partir de una comunidad de lectores, como es el caso del Amanda Project. Ahora bien, lo que todavía no se sabe es si los costes de estos proyectos, de todas las etiquetas de metadata que son necesarias para comercializarlos, algún día serán rentables.

    14. ¿Cuántos autores de pocas ventas, que forman parte de los catálogos semi muertos de los editores tradicionales, podrán elegir marcharse con un nuevo editor digital que les ofrezca mejores regalías que el editor tradicional? ¿De qué lado jugarán los agentes literarios?
    Esta pregunta es crucial en el mundo hispano, ahora que Planeta, RandomHouse-Mondadori y Santillana se han unido en la plataforma Libranda. ¿Pasarán todos sus autores de manera automática al formato digital? ¿Qué actitud tendrán sus agentes si no están entre los elegidos? ¿Hay conciencia de que estamos ante un nuevo paradigma que requiere una revisión de lo que hasta ahora se daba por sentado?

    15. ¿Hay alguna editorial tradicional que esté dando los pasos necesarios para tener construir una presencia vertical en la Red?
    Se entiende por presencia vertical la construcción y el mantenimiento de comunidades de interés, incluso fuera de los márgenes de las páginas institucionales de las editoriales. Un excelente ejemplo, en el mundo anglosajón, al que Shatzkin se ha referido en más de una oportunidad, es Poetry Speaks. Debo confesar que no sé de nada parecido en el ámbito de nuestra lengua. Ni siquiera la encomiable experiencia del Cervantes Virtual está en ese camino.  Y si alguien entre los lectores supiera de alguna que me haya pasado inadvertida, lo invito cortesmente a dejar la pista en los comentarios.

    lunes, 2 de noviembre de 2009

    ¿Hay que seguir llamándolos libros?

    Hace una eternidad, un niño llamado Bruno estaba sentado en un sofá tapizado de gamuza color verde botella. Las rodillas casi le llegaban a las orejas y las suelas de las zapatillas dejaban huellas pasajeras en el traqueteado mueble familiar. Era difícil decir que se trataba de Bruno, porque el libro de tapas duras en el que estaba absorto le cubría la cara. Era la primera entrega de la saga de J K Rowling, Harry Potter y la piedra filosofal y su primera experiencia de lectura, no porque antes no hubiese leído libros, que había leído muchos, sino porque este era el primero que se parecía a los que leían los adultos.

    El libro que lo tenía enfrascado no llevaba ilustraciones y todo el estímulo visual se concentraba en la tipografía del cuerpo 12 elegida por el editor. Aunque en casa de Bruno nunca hubo televisor, cuando entrevió la figura de sus padres por el rabo del ojo, les dijo con voz profunda:

    domingo, 1 de noviembre de 2009

    El regreso de los ex libris



    Los ex libris fueron marcas de posesión que se agregaban a los libros, una suerte de recordatorio para que quien lo había recibido en préstamo se sintiera menos tentado de incorporarlo a su biblioteca personal. Hoy, hay museos de ex libris y hasta estudios históricos muy juiciosos sobre su evolución. Sin embargo, hay voces muy competentes en el campo de juego de los e-books que abogan por su regreso. Han cambiado de aspecto y, por supuesto, de nombre. Hoy a los ex libris se los reconoce como DRM social, o gestor de derechos digitales socializado. Fue Bill McCoy, de Adobe, quien acuñó el término basándose en la experiencia de los Pragmatic Programers.

    Mike Shatzkin, uno de los gurús de la industria editorial en cualquiera de sus manifestaciones, cree --y está en buena compañía con la gente de Apple e incluso la de Microsoft-- que los social DRM serán la solución para tanto libro baldado que anda por allí licenciado a medias a través de los formatos propietarios de los cuales el Kindle de Amazon se ha tranformado en la última palabra, aunque para muchos sea una palabra malsonante.

    Esta situación en la cual los editores venden a través de un distribuidor digital como, por ejemplo, Amazon  libros mutilados se debe, por un lado, a que los editores del mundo entero temen que cuando llegue el punto de inflexión en materia de lectura electrónica, llegará también la ruina definitiva de su oficio y su provecho. Solo ven la realidad de ese momento de la mano de la piratería generalizada que asoló a la industria discográfica hace ya casi un decenio. Cruzan los dedos y le ponen puertas al campo --como murallas les construían a las ciudades en las antiguas civilizaciones que hoy excavamos-- en la esperanza de conseguir lo imposible: que la mayor dificultad para romper los controles del derecho de reproducción (que ellos detentan a medias con los autores) disuada a quienes creen, como Elizabeth Taylor en una de las fiestas de sus bodas, tener unos 2 mil amigos íntimos con quienes compartir, en este caso, los archivos que hacen al objeto de su comercio: el ebook. Esas puertas puestas al campo son los DRM directos. Por otro lado, están los lectores a quienes lo que les resulta realmente difícil de entender es que no son dueños de un libro por el cual han pagado una pasta y libres de hacer con esa propiedad lo que les plazca como, por ejemplo, prestarla.

    Nadie es dueño de un libro digital  gestionado por un DRM directo, sino un mero licenciatario de un servicio relativamente caro y con grandes restricciones, que llegan al punto de ocasionar la pérdida definitiva de los libros, que se suponen comprados, por el simple hecho de cambiarse a una versión más avanzada del dispositivo dedicado que usa. Lo grave parece ser que, según denuncian bibliotecarios de los Estados Unidos, nadie sabe con exactitud a qué dan derecho estos DRM. O eso dicen los ejecutivos de turno cuando les llega una queja o un periodista se torna inquisitivo.

    Así, los DRM directos están retrasando el momento del punto de inflexión --para entendernos, cuando no haya retorno posible al modelo viejo de vender por millones de ejemplares borradores de  novelas adocenadas-- pero no porque eviten la piratería sino porque destruyen, por su misma existencia, una de las condiciones sin las cuales nunca alcanzaremos a los libros en la nube: la interoperabilidad de los dispositivos dedicados a la lectura, que volverá masivo su uso, bajando sensiblemente los precios.

    Mike Shatzkin, que en este momento está organizando la gran conferencia de Digital Book World, que tendrá lugar en Nueva York en enero de 2010, no quiere romper lanzas y tal vez no le falta razón: en la cultura del miedo que caracteriza en estos días a la industria editorial, tal vez sea mejor que al león moribundo le demos esperanzas mientras respire. Así, en esta negociación permanente de lo viejo con lo desconocido, el DRM social aparece para muchos como la forma de convencer a los editores dominantes de que se internen en el huerto del futuro. El DRM social es una marca de agua que lleva cada libro licenciado y en esa marca de agua puede estar desde el nombre de quien lo bajó a su dispositivo, hasta el número de su tarjeta de crédito (aunque con los números encriptados por el método del revoltijo). El lector, aunque todavía dueño de nada, al menos podrá prestar y, se supone, no pirateará por "vergüenza social"... o miedo a que le anulen la tarjeta de crédito. Kindle, por ahora, no cree en nada de todo esto, como tampoco creyó Bill Gates en el código abierto. A la historia reciente me remito.

    Y aunque joven, inexplorado y combatido, ya hay quienes le anuncian el día de su entierro a esta versión digital de los ex libris.