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sábado, 28 de diciembre de 2013

Resaca ebook. Un cuento de Navidad

Niña en esquíes. Carl Larsson.


Este es mi primer post de 2013. Antes, no tuve nada que decir. El panorama de la edición digital y el de los ebooks parece haber llegado a un statu quo, tanto en nuestros suburbios hispanohablantes como en el centro de la movida, que es Nueva York. Fintas de una batalla por venir.

Y aun así, pasan cosas. Nos pasan cosas con los ebooks y con los ecosistemas por los que accedemos a ellos. Este post pertenece al territorio de la anécdota personal. En el centro hay un libro y un autor a los que asocio con la pérdida. Blood Meridian, el libro en su primera edición por Random House, lo perdí a manos de una traductora australiana a quien convertí a la religión de Corman McCarthy con el préstamo. Al autor lo perdí a manos de Seix Barral, con oferta aceptada por la subagente que no se había enterado de que RH ya no representaba al autor para las traducciones. La edición en rústica de Vintage la dejé en Buenos Aires cuando me trasladé por un año a Barcelona.

Y la edición en ebook ¡desapareció de la aplicación Kindle para Android el 24 de diciembre! Junto con todos los libros cuya custodia los editores me habían cedido a cambio de una transacción monetaria.

El lunes 23 de diciembre, a las tres y media de la tarde, mientras esperaba a Blanca Rosa Roca en su despacho, cometí una imprudencia. Blanca Rosa participaba de un almuerzo prolongado y decidí aprovechar el tiempo navegando la tienda de Amazon España, donde nunca me había dado de alta como cliente, porque compro en amazon.com, sitio autorizado para todos los hispanoamericanos que no vivan en México.

Cuando por motivos profesionales me adentro en las entretelas de la tienda Kindle España, siempre navego de incógnito. Un engaño, sí. En busca de un beneficio, también. Amazon.com conoce mi historia lectora al dedillo, tiene lo que busco y hasta lo adivina. Hay otro beneficio, ah, tacaña: los ebooks son más baratos en amazon.com. Además, está ese otro vicio de la pereza: ¿para qué "migrar" la cuenta si uno no sabe dónde estará dentro de pocos meses?

La imprudencia: esa tarde, entré a la tienda Kindle España desde mi tableta Galaxy Note, en la cual he autorizado a Google a rastrearme geográficamente. 

Durante 45 minutos, mientras esperaba a Blanca Rosa, me di una vuelta en profundidad por casi todas las categorías de Amazon España. Objetivo: completar una gran hoja de Excel que está a punto de acabar con mi cordura para establecer una comparativa entre la granularidad de las categorías y subcategorías por género a disposición de los editores y los lectores americanos y las disponibles en España. 

[Así es como uno se da cuenta de que un editor como, por ejemplo, Edhasa, tiene muy pocas oportunidades de comunicar a sus lectores los gruesos matices que diferencian una novela de Mary Renault de otra de Patrick O'Brian en la tienda Kindle España. Por no hablar de su imposibilidad de diferenciar a cualquiera de ellos de, digamos, Julia Navarro. Porque la categoría de novela histórica, en Kindle España es eso y punto, o peor: "ficción histórica", que admite cualquier género en el subgénero.

Si es cierto que las subcategorías de las tiendas que venden libros y ebooks online reflejan los intereses de los lectores, magros andamos de intereses en español. ¿Es así? ¿Le sobran a un lector castellanohablante las nueve subcategorías en las que el lector americano de novela histórica puede hurgar? ¿Desde la novela que trata de la Antigüedad hasta la que cuenta asuntos del siglo XX? 

No. Algo falta, que no sobra. Y lo que falta son títulos. Una cantidad lo bastante grande de títulos variados de novela histórica que haga rentable la granularidad para Amazon España. Pero esto es materia para otro post, que tal vez no escriba.]

Absorta iba en estas y otras reflexiones sobre la visibilidad de los ebooks en nuestro mercado que, aun con el ordenador a mi disposición unas horas más tarde, seguí dándole a la tableta, navegando por la tienda Kindle España a toda velocidad, regresando a calles ya transitadas, probando, equivocándome, volviendo sobre títulos, categorías y subcategorías (cuando las hay), tomando notas. Y descubierta en mi ubicación geográfica por Google.

Después me fui de viaje, porque estamos en Navidad. 

Había dejado mi enésima lectura de Blood Meridian a menos de la mitad. Fue la mejor compañía en un vuelo insomne a Guadalajara, por todo lo que tiene de advertencia a aquellos que quieran internarse en México sin conocerlo. Las vacaciones de Navidad eran una excelente oportunidad para retomarla. 

Y cuando abrí la aplicación Kindle en la Galaxy Note, en lugar de mi biblioteca me encontré con un tiovivo en el cual la primera portada era la de No es lo que parece, thriller periodístico de José Sanclemente, marido de Blanca Rosa Roca. Un libro que tengo en su edición impresa y que no pertenece a ninguna de mis historias de compra ni de búsqueda en ninguna de las tiendas de ebooks que frecuento. 

Consulté el calendario. No era 28 de diciembre.

Junto a José Sanclemente, el tiovivo me proponía a Julia Navarro, En un rincón del alma, La isla de las mariposas, Los vigilantes del faro y Cincuenta sombras de Grey. Todos estos últimos, ebooks que uno encuentra en la página de inicio de Kindle España porque forman parte de una u otra promoción. Pero, ¿y José Sanclemente?

Y una invitación que decía "empezar a leer" en un rectángulo amarillo.

Traté de entrar en la aplicación usando mi contraseña de amazon.com. Tres veces no la reconoció. Tres veces la cambié en la tienda de Amazon España, que era a donde me dirigía la aplicación, sin resultado.  Desinstalé Kindle. Volví a instalar Kindle. Allí seguían Julia Navarro y todos los demás. Era el 24 y me esperaba la cena de Nochebuena. Cerré la aplicación y dejé mi perplejidad para otro momento.

Probé otra vez antes de dormir, con iguales resultados. Déjalo para mañana, cuando estés fresca, me dije. Pero como quería algo para leer, abrí la aplicación de lectura de 24 Symbols y descargué El juego de Ender para su lectura offline. 

Estaba distraída. El affaire Kindle era demasiado grueso. No lograba concentrarme. Cerré 24 Symbols y volví a abrir Kindle. Del tiovivo había desaparecido José Sanclemente, seguía Julia Navarro, pero ahora el libro central recomendado era ¡El juego de Ender!

La cabeza me daba vueltas, mucho más de prisa que un tiovivo. Desinstalé la aplicación, pero esta vez como quien toca arañas venenosas. Volví a instalarla para encontrarme nuevamente con El juego de Ender y la invitación de empezar a leer. Mandé varios tuits. Pensé en la serie Utopia, de Channel 4, cuya segunda temporada no seguiré. Apagué la tableta.

No volví sobre el tema hasta el 26 a medianoche, cuando me puse en contacto con servicio al consumidor de amazon.com. Fueron amables, pero nadie me dio ninguna explicación. Ni creo que la tuvieran. El 27, mi biblioteca era accesible nuevamente. Fue entonces cuando servicio al cliente de Kindle España me contactó a través de Twitter.


También fueron amables, y tampoco nadie me dio ninguna explicación. Ni creo que la tuvieran.

He recuperado los ebooks; mi cuenta ha "migrado" (ella solita) a Amazon España; no he retomado la lectura de Blood Meridian; la sensación general es de desagrado, como en una mala resaca.

Me pregunto si a esta promiscuidad por debajo de la piel, a esta vida privada de las aplicaciones que se hurta a nuestros ojos, alguien se atreve a llamarla "márketing". Tal vez sería más sencillo tener más categorías y subcategorías, dedicarse a etiquetar las cosas y no a las personas, dotar a los ebooks de visibilidad y dejarse de jugar al aprendiz de brujo y al tracking insidioso.

Lo de El juego de Ender creo entenderlo. No me gusta lo que entiendo, aunque tanta preocupación por 24 Symbols también puede indicar que les temen o al menos les tienen en cuenta. Y esto sería un privilegio, si bien dudoso. Falta entender lo de José Sanclemente. El único punto de contacto digital con el autor es mi lista de contactos de gmail. Pero la conclusión me resultaría demasiado aterradora para seguir devanándome los sesos.

De más está decirles que ahora estoy leyendo a Dorothy L. Sayers. Para más señas, el célebre misterio The Nine Taylors. Por eso de que uno siempre aprende y hay mucha matemática y algoritmo escalofriante en el centro de la trama.

Y por eso de hacer sonar las campanas.

En cuanto esté de vuelta en Barcelona, pasaré varias horas en La Central de la calle Mallorca. Entre libros. De esos de los de antes. ¿Os acordáis?



















domingo, 27 de noviembre de 2011

Los libros inútiles


 que una rama del comercio extraviada es una rama perdida y que en diez años se causan más males de los que que se pueden reparar en un siglo.
                            Dennis Diderot (Carta sobre el comercio de los libros)

Libros de mármol de la decoradora Kelly Wearstler.


 En 20 años de ejercicio editorial, he publicado libros inútiles. Varios.

Los libros útiles no son el contrario de los libros inútiles. Son los libros que sirven para algo: para que adelgacen los ejecutivos en comidas de negocios; para convertir un erial en un jardín; para preparar una cena. Y para pagar los salarios.

El contrario de los libros inútiles son los libros valiosos.

También he publicado libros valiosos. Varios. Algunos se volvieron inútiles, porque sofocados por los auténticos libros inútiles que publicábamos, yo y todos mis colegas.

Estos son los verdaderos géneros con los que trabaja un editor. Lo demás es literatura. Y vanidad. Del equilibrio entre ellos depende la salud del comercio del libro.

UNA MAREA BLANCA DE PAPEL

Cualquier cosa que digamos sobre la edición y el cambio de paradigma al que está sometida se modificaría radicalmente si tuviésemos una historia económica del papel. Y de su inflación. También, del papel del papel en la consolidación del Estado moderno y de la burocracia que lo hizo posible. Ya lo dijo Bertold Brecht, y mucho mejor: para ser hombre hace falta un librito de papel, el pasaporte.

El papel impreso y el poder han compartido una intimidad que a menudo se pasa por alto.  Quien no lo crea, que pregunte a los sin papeles.

La edición se ha articulado en esa intimidad. Que a veces la haya cuestionado, e incluso desafiado, no es más que una confirmación del vínculo y sus tensiones. En esta lógica, la misión del librero-editor (hoy descompuesto en una red que abarca a decenas de jugadores) es, en espejo con la de quien extiende un pasaporte, asegurar la circulación de los discursos y, al mismo tiempo, restringirla para evitar su proliferación descontrolada y su consiguiente devaluación.

El editor adquirió su lugar de privilegio, que sustentó sobre la extinguida promesa ilustrada, en el compromiso tácito de guardar el orden de lo escrito. De mantener la asociación de la autoridad de saber y la forma de publicación.

A todo esto se lo llamaba "hacer un catálogo". Hay editores con catálogo, como Jorge Herralde, y hay editores sin catálogo, como Planeta Internacional.  Literalmente sin catálogo, porque ningún documento da cuenta de la historia de sus publicaciones.

El editor "con catálogo" no está a salvo de los libros inútiles, porque forman parte del régimen de la edición: de la negociación con el agente literario en pos de un libro valioso o de uno útil; de la necesidad de mantener encendida la hoguera de la librería; de ocupar el territorio de las mesas de novedades y del inevitable error de apreciación. Pero la tentación de entregarse al libro inútil queda acotada por ese registro de sus acciones  y pecados editoriales que es el catálogo.

Quien no tiene catálogo, no deja huellas. Tira de la cuerda y esconde la mano.

Hace diez años, pensaba que los libros inútiles hacían ruido. Hoy los veo como una inmensa marea blanca en la cual zozobran los discursos que prometimos hacer circular.

LA HERIDA AUTOINFLIGIDA

La economía del papel está asediada desde hace tiempo. Desde la Primera Cena que Frank McNamara pagó con una tarjeta de crédito en el Major's Cabin Grill, en febrero de 1950.

Fue una andanada en la línea de flotación del mundo simbólico construido alrededor del papel. De allí a la libre circulación de capitales ficticios que hoy amenaza con acabar con la civilización tal y como la conocemos, han ocurrido muchas cosas.


¿Por qué siguen pensando los editores que el papel que les toca en el mundo de papel no debe ser tocado? ¿Acaso creen que el papel de los libros es más importante que el papel moneda? ¿No han comprendido que el destino de ambos papeles está atado?

Mucho antes de que llegara el gran editor universal, ese que le abre las puertas a cualquiera y donde los textos tienen por único contexto su pertenencia a una misma temática, mucho antes de la Red, de la autoedición, de los ebooks, de Google y de Amazon, los editores se autoinfligeron una herida. Una herida fiera, porque hecha con el instrumento contundente y romo de los libros inútiles.

miércoles, 13 de julio de 2011

Casa del Libro abjura del DRM

(cc) Toni Lozano

    El pasado 24 de marzo, Enrique Dans publicaba en su blog el relato pormenorizado de su frustrado intento de compra de un ebook en Casa del Libro, que cerraba con esta frase: "Con tu actitud y tu DRM te lo comas". Ese texto, convenientemente apaisado y subrayado, forma parte de la quinta diapositiva de la presentación con la que Casa del Libro trata en estos días de reclutar editores para su plataforma de ecommerce, a la que rebautiza ecosistema de lectura.

    A un año del lanzamiento oficial de Libranda, Casa del Libro, que es una de sus librerías asociadas, reconoce en esta presentación que han sido responsables de la mala experiencia de compra de sus clientes y Enrique Dans les sirve como testigo de cargo de esas penurias. El DRM de Adobe, adoptado por Libranda e impuesto a todos los editores y libreros que se unan a la plataforma de distribución española, resulta imputado con semiplena prueba y, como tal, se lo elimina del nuevo proyecto. En él, Casa del Libro se propone como la chumacera alrededor de la cual girarán todos los ejes del universo libro en español. Los "especialistas" capaces de articular el cambio de paradigma. Libro nuevo, libro usado, impresión bajo demanda y ebooks serán las aspas del molino que moverá las aguas.

    La demolición de ADE y el DRM en lo que respecta a los ebooks es tan minuciosa y contundente que uno se pregunta qué argumentos le deja Casa del Libro a Libranda para seguir proponiendo su fórmula al resto de los libreros asociados, esos que no cuentan con Planeta como accionista mayoritario y no se pueden permitir inversiones descabelladas en el desarrollo de un motor de lectura (o ecosistema) que permita experiencias de compra y de lectura no traumáticas.

    UNA ESTRATEGIA NUEVA

    Que pasa, obviamente, por la nube. Un motor de lectura que permita acceder a los libros online y offline. Tanto en formato ePub como en .pdf. En cualquier dispositivo. ¿Les suena familiar? Compra con un solo click, sin necesidad del doble registro al que se verá obligado el resto de libreros que trabaje con Libranda y el DRM de Adobe. Sincronización del punto de lectura en todos los dispositivos; posibilidad de anotaciones y subrayados. Lectura social, faltaría más, y el consiguiente informe sobre los hábitos de los lectores, un servicio que ninguna otra librería española podrá dar a los editores, a menos que hayan licenciado The Copia. Y como yo me lo guiso y me lo como, integración con la comunidad de lectores de Libro de Arena, propiedad de Casa del Libro. Una comunidad bastante magra y poco espontánea, de momento.

    La seguridad de los contenidos bajo copyright se cifra en SSL, que la presentación describe así: "proceso altamente complejo para descifrar. Disuasorio para aquellos 'no piratas' y para los que lo son lo seguirán cogiendo de la red" [textual, amigo lector, pero el énfasis es mío]. Para poner de relieve la importancia de la cadena de librerías, una afirmación desconcertante: "venta de ebooks en el canal físico mediante tarjetas descargas". ¿En qué quedamos? Y por prometer, que no quede: la misma experiencia de lectura con ePub y con .pdf, de manera que el editor no tenga que gastar en conversiones y ponga a disposición cuantos fondos pueda, en el menor tiempo posible.

    ¿Desde dónde se harán efectivas todas estas funciones? La presentación no lo aclara, pero es de suponer que se tratará de una webapp, lo que preanuncia serios problemas de gestión desde dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes, por ejemplo. Y una pregunta que no parecen plantearse, ¿cómo accede a ella un lector cuyo dispositivo no tenga incorporado un navegador, por rudimentario que sea? Aunque puedo equivocarme y sea que, en realidad, Casa del Libro esté embarcada en el desarrollo de un motor de lectura basado en HTML5, en cuyo caso debería al menos mencionar las futuras apps para sistemas operativos como Android, iOS o RIM. En el contexto de esta presentación, la frase acuñada por Arthur C. Clarke se invierte y la magia se hace indistinguible de la tecnología. Especialmente cuando se trata de evangelizar a editores a quienes se les supone una supina ignorancia digital.

    El tono es urgente, casi acuciante. Tanto así que se tragan las palabras ¿Será porque le han visto las orejas al lobo? A juzgar por esta frase, que copio textualmente, parece que sí:
    Primer actor nacional que apuesta los ebooks. Evitar todo el peso de las ventas caiga en pocos actores internacionales (Amazon, Apple, Google).
    Bienvenida la inciativa. Ahora bien, ¿no sería conveniente empezar a hacer las cosas bien para ser realmente competitivos? Empezando por encargar también las presentaciones a profesionales.

    Y un consejo: si en estos momentos todavía fuera la dueña de una editorial, suspendería la firma de cualquier tipo de contrato en exclusividad con cualquier actor de la distribución digital que viniera a exigírmelo. Mejor quedar a la intemperie que dentro de una cárcel de adobe.

    domingo, 3 de julio de 2011

    Los lectores leen

    Y mi mamá me mima, según Norman Rockwell.


    Quien no lo crea, que le pregunte a Jeff Bezos.

    El rey del ecommerce no es neurolingüista, pero conoce a sus clientes como nadie y está más que dispuesto a que Amazon sea el castillo inexpugnable de un futuro cercano, para el cual predice que "la mayoría de los libros vendidos en el planeta serán digitales". Jeff Bezos es un innovador, no un revolucionario. Y le va bien.

    La industria editorial supo tener innovadores. Allen Lane, el fundador de Penguin, fue uno de ellos. A tal punto que cuando hoy decimos "libro" no imaginamos inmediatamente ni el preterido códice ni la Biblia Regia que imprimió Cristóbal Plantino en Amberes, a cuyas cajas contribuyó no pocos tipos la imprenta de Alcalá de Henares. Cuando hoy decimos "libro", y sobre todo cuando hablamos de la crisis en la que está inmerso, lo que vemos es el libro reinventado por Allen Lane en 1936; la linotipia que remplazó a los tipos móviles de Gutenberg; la tipografía que Eric Gill inventó para esas máquinas; las normas de estilo que pergeñó después Jan Tschichold para Penguin y, sobre todo, aquellas tiradas iniciales de 50 mil ejemplares de buena literatura bien editada, al alcance de la mano y al alcance del bolsillo, porque Lane sabía que los libros, para venderse como rosquillas, no debían superar el precio de un paquete de cigarrillos.

    Ese es el modelo en crisis, no por el advenimiento de las nuevas tecnologías, sino por una sobre explotación que lo desvirtuó.Y Penguin es hoy Penguin Ltd. y no tiene ningún Allen Lane, aunque tiene al muy festejado John Makinson.

    Si yo cultivara brócoli en épocas de Internet y se hubiese vuelto muy caro poner el brócoli al alcance de mi público vegan, en lo último que pensaría es en cambiar la estructura molecular de la hortaliza como solución al problema. Pero como los libros son un artefacto, esto es, son de nuestra invención y fábrica, hace falta mucha disciplina para no empezar la casa por el tejado.

    Para empezar la casa por el tejado, ante la crisis del modelo de negocio editorial renovado en los años 30, basta preguntarse si acaso no se deberá a que los lectores no quieren leer. Así, en una entrevista de la BBC, cuya trascripción parcial encontrarán aquí, Makinson no reinventa la industria, como hizo Lane, sino el libro mismo. Los libros se transforman, en su discurso, en "pasarelas", en puentes transitorios que nos llevan a las niminedades y las charlas amenas que, en definitiva, es lo que quiere ese lector conjeturado en los salones endogámicos de la edición.

    "No espero --dice-- que los lectores abran un libro de Jane Austen en la primera página y vayan hasta la página 300 para después cerrarlo."

    Además de esperar que abran también otros libros, tanto o más valiosos, mi humilde experiencia de lectora omnívora me dice que nunca se leyó así, a menos que uno estuviera convaleciente de algún grave mal.

    Makinson sigue: "Pienso que harán pequeños viajes hacia otros medios y otras conversaciones y que querrán investigar acerca de los pasos de baile o las recetas de cocina de la época o buscar en línea quién es Jane Austen o hablar con sus amigos sobre la experiencia de leerla."

    Esto y quitarle a la ficción narrativa toda su capacidad de crear mundo, tal vez el motivo principal por el cual se ha leído a autores como Jane Austen hasta el día de hoy, es lo mismo. Y dicho por un editor.

    El código nos ha entregado otras herramientas para crear mundo, que debemos explorar e investigar. Un ejemplo es Second Life , y también FarmVille. Ahora bien, nosotros somos traficantes de palabras, un objeto previo al código y que lo habilita; así como el horticultor es traficante de brócoli, un objeto previo que hace posible la receta vegan.

    El pesimismo barroco de editores como John Makinson contrasta con el pragmatismo de los innovadores a quienes tanto tememos. Cuando Dominique Nora le pregunta, en la entrevista aparecida en el Nouvel Observateur el 22 de junio, sobre el futuro de los libros enjaezados y de los transmedia, Bezos dice:
    Es posible que se creen nuevas formas de libros multimedia, pero no para la ficción. La concepción de la literatura depende del cerebro humano, no de la forma en que se la distribuye. Me sorprendería mucho si la forma en que leemos textos largos --novelas, historia, biografías-- se transformara.
    Que sí, que los lectores leen. Y leen por razones que nos son desconocidas y que no se agotan en el entretenimiento ni en la información.

    martes, 22 de febrero de 2011

    En busca del rostro elusivo del lector

    Figurillas cicládicas del tardío neolítico. Museo Smithonian.
    Que los editores no saben quiénes son los lectores de los los libros que publican no es un tema nuevo en el blog. Ese conocimiento se detiene a las puertas de la librería, que es el cliente último del que tiene conciencia la empresa editorial. Las puertas se traspasan solo para colocar, si el librero los deja o el distribuidor lo impone, el material promocional de punto de venta: un recurso de gran consumo que igualó los libros a los detergentes hace ya más de tres lustros, y del cual eché mano en mi condición de editora tan temprano como en 1992.

    Una típica estrategia de modelo de negocio B2B, a la cual se le fueron acotando los espacios mientras  se multiplicaba la cantidad de nuevos títulos publicados. Con la llegada de los ebooks, mucho se habló de que los editores debían cambiarla por una que llegara directamente al consumidor, que no es otro que el lector desconocido. Tal vez sea Mike Shatzkin quien se quede con los laureles de haber impuesto la idea en el imaginario editorial global. Sin embargo, los hechos muestran que por mucha desintermediación que traiga consigo Internet, los libros de interés general, que hemos venido a llamar de trade a falta de reflexiones propias que enriquezcan el vocabulario, siguen siendo objeto de la intermediación.

    ¿Cómo es el lector? Amazon lo sabe mejor que nadie a través de su sistema de lectura Kindle, pero en materia de información, mucho más da una piedra. Algo saben otras API, no relacionadas con la comercialización sino con la socialización de la lectura, como, por ejemplo, LibraryThing, Goodreads y aNobii o, en España, Entrelectores, cuyo valor estratégico tal vez surja claramente cuando los editores empiecen a vislumbrar que necesitan presencia allí donde sus lectores se reúnen. También Barnes&Noble sabe muchas cosas gracias al Nook. Apple y su iBookstore son depositarios de valiosos secretos sobre el lector, pero de su mano más puede esperarse el castigo que cualquier cosa de utilidad. Y Google, bueno, Google sabe tantísimas cosas que está más cerca de ser la nueva mente de Dios que un socio comercial de editores.

    El 16 de febrero pasado, Kobo, la tienda canadiense de ebooks, que afirma tener 2 millones de usuarios en todo el mundo y un catálogo de muchos más títulos, nos dio la sorpresa de compartir algunas de las conclusiones a las que ha llegado tratando con los lectores en la intimidad casi promiscua de los sistemas de lectura digitales. Michael Tamblyn, en una charla de 20 minutos durante la conferencia editorial que cada año organiza la editorial O'Reilly en Nueva York, Tools of Change, desgranó datos puros y duros sobre quienes se han pasado a la lectura en pantallas.

    CUATRO PERFILES, COMO PATAS TIENE UNA SILLA

    Captura de imagen de la presentación de Michael Tamblyn en TOC 2011

    ¿Que sabe Kobo sobre estos cuatro tipos de lectores que ha logrado identificar mediante el análisis de los datos de su API y según parámetros de hábitos, gasto mensual, horarios de lectura, género favorito, etc? Algunas cosas más de las que podemos imaginar sin herramientas.

    Empezando desde la izquierda, los lectores de ebooks son estos y son así:

    * Golden A. La señora canosa de gafas cancherísimas es feliz poseedora de un lector de tinta electrónica. En su primera compra en la tienda de Kobo, se dejó 35 dólares en libros; gasta otros veinticinco en las siguientes visitas y visita la tienda 7 veces al mes. Es una lectora voraz, continua e incansable de ficción. Todos los contenidos que consume son de pago. Los lectores Goden A tienden a gastar cada vez más en ebooks: quienes se iniciaron a mediados del 2010 gastaron un 35 % más que quienes lo hicieron a fines del 2009. Esto se debe, en opinión de Tamblyn, a que las aplicaciones, los dispositivos y el marketing mejoraron notablemente en ese período, pero también a que la oferta de títulos ofertados creció. Todo esto redundó en mejores clientes.

    * iPad afluyente. Lejos de la máquina de leer Golden A, el joven de la sonrisa estereotipada es, sin embargo, un buen cliente (y suponemos que Kobo está muy preocupado de perderlo a causa de las políticas restrictivas con apps de terceros que Apple pondrá en práctica a partir de junio próximo). En su primera visita a la tienda Kobo gastó 22 dólares, para alcanzar luego un promedio de 16,5 dólares y unas 4,5 compras al mes. Es un Golden B. Su pauta de conducta lectora es muy diferente o tal vez solo lo sepamos porque la app de Kobo para iPad, ReadingLife, tiene algunas características sociales que permiten otro tipo de seguimiento y que, por su sola existencia, cambian la experiencia lectora. Desde la app Reading Life, puede compartir anotaciones en Facebook y recibir premios de acuerdo a los horarios y sitios de lectura (por la mañana en el transporte público; en la pausa del almuerzo; en la cama antes de dormir). El poseedor de una iPad lee mucho más por la mañana y abandona los libros a partir de la primera copa del atardecer. Sin embargo, quienes leen por la noche le dedican más horas, aunque avanzan menos rápido. El horario de compra de libros del iPad afluyente es de ocho de la tarde a medianoche y el 90 % de los contenidos que consume es de pago.

    * Bronce E. La morena lee en pantallas pequeñas o, para ser claros, en teléfonos inteligentes. Es el segmento más numeroso entre los lectores de ebooks, pero hay alguna relación entre la pequeñez de la pantalla y el nivel de tolerancia de precios. En una primera visita gasta 15 dólares y en las siguientes 11, pero solo aparece por la tienda una vez al mes. Sus géneros de preferencia son la novela romántica y de fantasía. Hay entre ellos un gran nomadismo en cuanto a sistemas de lectura y no son fieles a una tienda. Los usuarios de iPhone suelen ser más nómades que los de teléfonos con Android, quienes también gastan algo más, aunque los porcentajes de contenidos de pago y gratuitos están equilibrados.

    * El freegan. No hay manera de que gaste nada en libros, aunque lee mucho. Visita la tienda desde la Red y es posible que lea en multitud de dispositivos, desde el desktop hasta el teléfono. No todos los que leen los contenidos gratuitos que ofrece la tienda de Kobo son Freegans. Muchos eligen contenidos gratuitos para iniciarse en la lectura electrónica. Otros, son fanáticos de Jane Austen, cuyas obras, que están en el dominio público, no tienen que pagar. Pero cuando alguien elige por novena vez consecutiva un libro gratuito, se está frente a un irrecuperable, porque además son impermeables a cualquier oferta, hasta a las de 99 centavos.

    Entre los rostros misteriosos de las figurillas cicládicas y esta cruda descripción del perfil de los lectores se alza una cuestión, que merece reflexión aparte y un post propio: ¿cuánta privacidad estamos dispuestos a perder a cambio de la satisfacción inmediata de nuestros caprichos de lectura?

    Y otra más, ¿el nuevo librero, el librero cibernético, se transformará en un cientista social gracias al código de su API que tanto necesitan los editores para vender sus ebook?

    domingo, 9 de enero de 2011

    ¿Quién es el dueño de tus libros digitales?

    Time Code. Trembl Alumni

    No eres tú.

    Y porque no eres tú, todas las reclamaciones para que el precio de los libros digitales, tal y como hoy los concibe la industria, iguale al cero están justificadas y no desaparecerán por el arte de la magia legislativa del falso legislador.

    Hay algo trágico en esta tensión. De antiguo, el que nos contaba las historias alrededor del fuego fue dispensado de cortar la leña y de acarrear el agua, porque era quien nos dotaba de sentido cuando volvíamos cansados de la lucha por la vida, que no entendíamos. Cuando de la leña hicimos papel y de la inscripción, imprenta, cuando dejamos de reunirnos bajo el árbol a escuchar las historias --cuando nos volvimos alfabetizados, individualizados, industrializados, aislados tras densos cortinados-- y quienes tenían la exclusiva de la máquina de reproducir historias se creyeron los dioses del sentido y se olvidaron de la supervivencia del contador de cuentos, hubo que legislar. El derecho de autor, ese pequeño porcentaje que los dueños de las máquinas de reproducir están obligados a pagarle al que contribuye con las historias, sustituye a aquella vieja dispensa, alrededor de la cual siempre hubo consenso entre los hombres.

    Las historias, materializadas en la matera (en la pulpa de papel obtenida de los bosques) se podían poseer en ausencia de quien las contaba, y hasta podíamos conversar con los muertos. Por esa posesión, le pagábamos al materializador que las reproducía, quien a su vez debía proveer los medios de subsistencia al hacedor de sentido, que conocemos por autor. No fue una solución ideal, ni universal, ni mucho menos eterna. Como todas las leyes de los hombres, respondió a ciertas condiciones de producción.

    Y resulta que ahora el libro hecho de matera, está en pleno proceso de desmaterialización, que la gran máquina de reproducir de nuestro tiempo, Internet, no tiene dueño, que el copyright está en manos de los mismos y esos mismos se obcecan en hacerles creer a los lectores que la lógica de los siglos XVII y XVIII se aplica a los archivos descargables cuyo control han perdido. Lo que no han perdido es la ilusión de control.

    Por esa ilusión de control, tus libros digitales no son tuyos y por eso, el precio te parece abusivo. Y lo es, en las actuales circunstancias.


    MIS LIBROS Y LOS LIBROS DE TODOS
    Tengo muchos libros, tal vez demasiados. No todos pertenecen a la misma categoría.

    Cuando me mudé a esta casa donde vivo, aun poniéndolos en doble fila en las estanterías (que es una manera de perderlos), me sobraron 400. Algunos los regalé y otros los vendí a los libreros de viejo de Plaza Italia. Nunca podría haberlo hecho si me parecía que mi Kindle estaba recargado con cosas que nunca volvería a leer.

    Como bien dice Alejandro Katz, no todos los libros son la misma mercancía. Cuando compro uno de Walter Benjamin, por ejemplo, no lo presto. Me limito a comentarlo con otros que también leen a Walter Benjamin. Y no son muchos. Pero cuando compré la primera entrega de la saga Millenium, del sueco Stieg Larsson, sabía que no terminaría en mis estanterías. Del recorrido que le conozco, al menos siete personas cercanas leyeron el ejemplar por el que pagué una sola vez. Después le perdí el rastro, porque me pidieron permiso para prestarlo a un amigo de un amigo a quien nunca había visto, y dije que sí. De haberlo hecho con la versión digital, habría cometido un delito. Lo gracioso es que el único motivo por el que no he cometido un delito es que los dueños del copyright no han podido rastrear el destino de mi ejemplar. Y el único motivo por el que no han podido rastrearlo es porque les saldría demasiado caro agregarle un sensor a cada copia. (No les des ideas).

    Estas Navidades, para seguir en Escandinavia, me regalaron una novela de Henning Mankell que ya había leído. Fui a la librería y la cambié por un ejemplar de Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, que a mi vez regalé para Reyes. Con esta sencillísima operación, cambié mínimamente la cuenta de resultados de dos editoriales: Tusquets y Norma. Nunca me habría sido permitida tal herejía con un ebook. Es más, si compro un ebook que después me decepciona, tengo que cargar con él para siempre o destruirlo: mi capacidad de elección reflexiva queda coartada por los dueños del copyright. No lo puedo devolver, ni cambiar, ni regalárselo a alguien que tal vez lo apreciaría.

    ¿Quién engaña a quién en este nuevo capítulo de las historias que nos venimos contando desde que existe el fuego?

    Ahora bien, resulta que estas costumbres extravagantes que tengo con los libros son compartidas por casi todos los lectores, que son los clientes de las editoriales y que, por la misma naturaleza de la mercancía que los liga a sus proveedores, no suelen ser un público cautivo. La digitalización de la palabra, que en la utopía tecnológica se iguala a su liberación, ha dado, en cambio, lugar a esta fantasía del lector cautivo, a quien además se le niega el derecho de propiedad secundaria sobre aquello por lo que desembolsa sus dineros duramente ganados en la lucha por la vida, que seguimos sin entender.

    Un reciente informe de Forrester, del mes de noviembre de 2010, anuncia la espiral imparable del libro digital. También cuenta, sin embargo, que un 50 % de los encuestados accede a sus lecturas mediante el préstamo interpersonal. La respuesta que le sigue en porcentaje, un 38 %, afirma que encuentra sus lecturas en la biblioteca pública. Y a pesar de la alharaca de la prensa alrededor del Kindle y las genialidades de Jeff Bezos, solo un 28 % encuentra sus libros en Amazon. Para quitar el sueño a editores que no quieren adaptarse, sin embargo, mi respuesta preferida es la de aquellos que encuentran sus lecturas en las viejas colecciones de sus bibliotecas personales: 28 %

    Tal vez, deberíamos cambiar de perspectiva.
    Para contribuir a ese cambio necesario, urgente, recomiendo la lectura del último post de Brian O'Leary, "A New Kind of Hello". No se lo pierdan.

    viernes, 1 de octubre de 2010

    Las orejas del lobo

    Una noticia aparecida en el periódico de actualidad económica Cinco días ha revolucionado los pasillos de la feria anual de sector, Liber, que este año se desarrolla en Barcelona y en cuyas dependencias los editores se encontraron sin servicio de wi-fi para sus portátiles. Amazon ultimaría durante el día de hoy la compra del 100 % de las acciones de BuyVip, la startup española de ecommerce, que opera también en otros países europeos como, por ejemplo, Polonia e Italia, donde la empresa de Jeff Bezos todavía no tiene presencia.

    Es muy poco lo que sabemos hasta el momento, pero un analista reconocido del sector editorial me hizo una corrección esta mañana, con promesas de más información el día lunes: "No hables de Amazon en España, habla de Amazon en español. De un mercado de 450 millones de personas".

    La buena noticia, en este caso, es que le hemos visto las orejas al lobo. Mientras el sector desarrollaba iniciativas tímidas como, por ejemplo, Libranda en España o en Argentina se posponían decisiones al perderle el miedo a esa plataforma fomentada por las tres grandes editoriales peninsulares (Random House-Mondadori, Planeta, Santillana), la vida continuaba con la obstinación que caracteriza a los vientos, a los terremotos, a la acuciante necesidad de futuro que la determina. Amazon asustará a muchos, aunque tal vez sean los libreros quienes más motivos tienen, y provocará movimientos en un mercado paralizado artificialmente en su evolución hacia nuevas formas de comercio, entre ellas, la del libro digital.

    Lo que nadie tuvo en cuenta, de los jugadores locales con posibilidades de marcar una diferencia, es que un mercado de 450 millones de personas, todas hablantes de una sola lengua, solo es pequeño para quien no lo sabe servir.

    ¡Bienvenida Amazon! Ya habrá tiempo para las quejas. De momento, nos obliga a ponernos las pilas y a ejercitar el músculo. Sin descartar las neuronas ni el codo (de codicia).