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miércoles, 13 de julio de 2011

Casa del Libro abjura del DRM

(cc) Toni Lozano

    El pasado 24 de marzo, Enrique Dans publicaba en su blog el relato pormenorizado de su frustrado intento de compra de un ebook en Casa del Libro, que cerraba con esta frase: "Con tu actitud y tu DRM te lo comas". Ese texto, convenientemente apaisado y subrayado, forma parte de la quinta diapositiva de la presentación con la que Casa del Libro trata en estos días de reclutar editores para su plataforma de ecommerce, a la que rebautiza ecosistema de lectura.

    A un año del lanzamiento oficial de Libranda, Casa del Libro, que es una de sus librerías asociadas, reconoce en esta presentación que han sido responsables de la mala experiencia de compra de sus clientes y Enrique Dans les sirve como testigo de cargo de esas penurias. El DRM de Adobe, adoptado por Libranda e impuesto a todos los editores y libreros que se unan a la plataforma de distribución española, resulta imputado con semiplena prueba y, como tal, se lo elimina del nuevo proyecto. En él, Casa del Libro se propone como la chumacera alrededor de la cual girarán todos los ejes del universo libro en español. Los "especialistas" capaces de articular el cambio de paradigma. Libro nuevo, libro usado, impresión bajo demanda y ebooks serán las aspas del molino que moverá las aguas.

    La demolición de ADE y el DRM en lo que respecta a los ebooks es tan minuciosa y contundente que uno se pregunta qué argumentos le deja Casa del Libro a Libranda para seguir proponiendo su fórmula al resto de los libreros asociados, esos que no cuentan con Planeta como accionista mayoritario y no se pueden permitir inversiones descabelladas en el desarrollo de un motor de lectura (o ecosistema) que permita experiencias de compra y de lectura no traumáticas.

    UNA ESTRATEGIA NUEVA

    Que pasa, obviamente, por la nube. Un motor de lectura que permita acceder a los libros online y offline. Tanto en formato ePub como en .pdf. En cualquier dispositivo. ¿Les suena familiar? Compra con un solo click, sin necesidad del doble registro al que se verá obligado el resto de libreros que trabaje con Libranda y el DRM de Adobe. Sincronización del punto de lectura en todos los dispositivos; posibilidad de anotaciones y subrayados. Lectura social, faltaría más, y el consiguiente informe sobre los hábitos de los lectores, un servicio que ninguna otra librería española podrá dar a los editores, a menos que hayan licenciado The Copia. Y como yo me lo guiso y me lo como, integración con la comunidad de lectores de Libro de Arena, propiedad de Casa del Libro. Una comunidad bastante magra y poco espontánea, de momento.

    La seguridad de los contenidos bajo copyright se cifra en SSL, que la presentación describe así: "proceso altamente complejo para descifrar. Disuasorio para aquellos 'no piratas' y para los que lo son lo seguirán cogiendo de la red" [textual, amigo lector, pero el énfasis es mío]. Para poner de relieve la importancia de la cadena de librerías, una afirmación desconcertante: "venta de ebooks en el canal físico mediante tarjetas descargas". ¿En qué quedamos? Y por prometer, que no quede: la misma experiencia de lectura con ePub y con .pdf, de manera que el editor no tenga que gastar en conversiones y ponga a disposición cuantos fondos pueda, en el menor tiempo posible.

    ¿Desde dónde se harán efectivas todas estas funciones? La presentación no lo aclara, pero es de suponer que se tratará de una webapp, lo que preanuncia serios problemas de gestión desde dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes, por ejemplo. Y una pregunta que no parecen plantearse, ¿cómo accede a ella un lector cuyo dispositivo no tenga incorporado un navegador, por rudimentario que sea? Aunque puedo equivocarme y sea que, en realidad, Casa del Libro esté embarcada en el desarrollo de un motor de lectura basado en HTML5, en cuyo caso debería al menos mencionar las futuras apps para sistemas operativos como Android, iOS o RIM. En el contexto de esta presentación, la frase acuñada por Arthur C. Clarke se invierte y la magia se hace indistinguible de la tecnología. Especialmente cuando se trata de evangelizar a editores a quienes se les supone una supina ignorancia digital.

    El tono es urgente, casi acuciante. Tanto así que se tragan las palabras ¿Será porque le han visto las orejas al lobo? A juzgar por esta frase, que copio textualmente, parece que sí:
    Primer actor nacional que apuesta los ebooks. Evitar todo el peso de las ventas caiga en pocos actores internacionales (Amazon, Apple, Google).
    Bienvenida la inciativa. Ahora bien, ¿no sería conveniente empezar a hacer las cosas bien para ser realmente competitivos? Empezando por encargar también las presentaciones a profesionales.

    Y un consejo: si en estos momentos todavía fuera la dueña de una editorial, suspendería la firma de cualquier tipo de contrato en exclusividad con cualquier actor de la distribución digital que viniera a exigírmelo. Mejor quedar a la intemperie que dentro de una cárcel de adobe.

    viernes, 17 de septiembre de 2010

    Más derechos del lector (digital)

    Esta vez, según Mike Cane.

    1. A una cubierta digna.
    2. A un índice (con enlaces a los capítulos respectivos).
    3. A una maquetación correcta.
    4. A subrayar pasajes (y mantenerlos en la privacidad).
    5. A marcar tantas páginas como se quiera.
    6. A copiar pasajes.
    7. A ilustraciones legibles (por medio de zoom o de enlaces).
    8. A la corrección tipográfica previa (un ebook con más de 10 erratas debería ser reembolsable).
    9. A una pantalla libre de reseñas de promoción.

    Ningún ereader cumple con todos estos derechos. Muy pocos ebooks cumplen con otros. A medida que los libros digitales vayan ganando mercado, los editores tendrán que tomárselos en serio o aceptar que por un archivo descargable mal configurado y sin cuidado editorial no habrá nadie dispuesto a pagar.

    viernes, 3 de septiembre de 2010

    El desierto de los mongoles

    Si bien el concepto es un poco heideggeriano y sobre él han insistido mucho teóricos como, por ejemplo, Gianni Vattimo, es casi imposible negar, desde la experiencia sensible, que una de las funciones de la narrativa es la creación de mundo. O mejor aun, de mundos.

    Un lector asiduo que realiza la mayor parte de sus lecturas en el transporte público me comentó una vez que prefería las novelas largas. Comenzaba a leerlas en casa, apoltronado en un sillón, pero se detenía cuando empezaba a conocer los personajes para luego retomar la lectura en sus largos viajes al trabajo y de vuelta a casa. "Es lo mejor que me puede pasar. En un vagón de tren donde vamos hacinados entre desconocidos, abro la novela y me encuentro con gente cuyos destinos me inquietan y preocupan. Es reencontrarse con una familia en una habitación privada que ya hemos frecuentado."

    Es la primera instancia de creación de mundo. La segunda, y tal vez la más importante en términos culturales, se produce cuando un conjunto de lectores coincide en el valor que le otorga a la obra, cuando la experiencia de intimidad que ha producido el contacto con ella resulta compartida por desconocidos que, así, dejan de serlo tanto. Heidegger llamaba a esto "mundo"; hoy se lo llama "comunidad".

    Nuevas tecnologías aportan nuevas maneras de crear mundo. Pasó en el Renacimiento, cuando los florentinos descubrieron la perspectiva científica y pintaron retablos que equivalían al 3-D del siglo XV. Pasó con el nickelodeon y su vástago deslumbrante, el cine. La consolidación de Internet y sus diálogos, su oferta inconmensurable de contenidos, nuestra capacidad de concentración cada vez más disminuida por sus múltiples convites, ha hecho que muchos se planteen, en momentos en que el ebook gana terreno en nuestro imaginario, cuál será la forma que la creación de mundo adquiera en sus dominios.

    Hay quienes se decantan por la ficción breve, brevísima, adaptada a nuestra alicaída atención. Y los hay que ven en los videojuegos un modelo para lo que se ha dado en llamar ficción "transmedia", algo que nos acompaña desde los años 80 como una corriente subterránea que no termina de imponerse. Quienes militan en estas filas siguen creyendo que la inmersión en mundos conjeturales ofrece una recompensa inigualable a nuestras capacidades cognitivas. Entre ellos se encuentran estudiosos como, por ejemplo, Mathew Kirschenbaum, de la universidad Maryland, que ve en Second Life o en Farm Ville a los precursores de estas nuevas maneras de narrar. Otros, como el poeta Guy LeCharles Gonzales, que sin renunciar a la palabra escrita, ven en la ficción de género participativa (una derivación del fanfiction) la promesa de un futuro. Y aquellos que, como Cory Doctorow, le dan la bienvenida a toda experimentación, sin hacerle ascos a sus orígines.

    Lo común a todas estas propuestas es la participación activa del lector, ya sea creando contenidos, como es el caso del fanfiction colectivo y manipulado desde los hilos de una mastermind que sería el autor, sus textos y sus algoritmos; ya sea creando código, como en la propuesta de Kirschenbaum.

    Porque ésta es una de las discusiones más activas entre los creadores de mundo que han abrazado la Red, el anuncio de la aparición de The Mongoliad, una saga participativa dirigida por los autores Neil Stephenson y Greg Bear y hecha posible gracias al programa PULP, fue una de las noticias mejor recibidas de la semana. Uno de los más entusiastas fue Cory Doctorow.

    The Mongoliad es ficción de género, tal vez la que mejor se preste para la creación express de mundos, y entra en la clasificación de fantasía épica. Se escribe por entregas, como la literatura popular lo ha hecho de antaño, y viene con una batería de extras: videos, fotografías, cuentos cortos alrededor del tema principal. A esto se le suman sus cualidades participativas: hay una wiki para crear una enciclopedia que dé cuenta del mundo ficcional y, además, la posibilidad de escribir ficciones derivativas al estilo fan. Una parte del contenido es de libre acceso, pero para acceder a todo ese mundo y, además, participar en su creación, es necesario abrir una cuenta con una suscripción de 5,99 dólares que da acceso por seis meses la modalidad anual, por 9,99. Vencida la suscripción, el acceso a la lectura de los materiales continúa, pero ya no se podrá leer nada nuevo que se escriba en el desarrollo de ese mundo de las invasiones mongólicas hasta que el suscriptor no la renueve.

    En principio, las condiciones parecían equitativas, aunque no faltaron los internautas que consideraron exagerados los casi diez dólares de la suscripción anual. Al margen de los militantes del gratis total, el regocijo fue generalizado. Por fin aparecía un modelo de creación que combinaba los placeres de la narración con un modelo de negocio viable.

    La saga, sin embargo, a dos días de su presentación en sociedad, promete ir por otros derroteros. En BoingBoing, el blog donde Doctorow saludó con fanfarrias la inauguración del ciclo narrativo, los lectores han comenzado a dar cuenta de su experiencia en la sección de comentarios. Allí denuncian que en las condiciones impuestas por el modelo de suscripción, los autores o la empresa que han formado, advierten que cualquier contenido agregado o creado por la comunidad de lectores pasa a ser de su propiedad, de la cual podrán disponer como mejor les parezca. Los participantes de buena fe que han querido participar de The Mongoliad como creadores secundarios se sienten estafados: les obligan a pagar para crear un material único de cuyo usufructo posterior quedan excluidos. La propuesta se parece demasiado a las penurias cotidanas del mundo real como para generar simpatía, porque la fantasía de comunidad, de bien creado entre todos, se convierte con toda crudeza y sin máscaras en una realidad de apropiación de los bienes comunes.

    Del otro lado de las murallas levantadas por los creadores de The Mongoliad, hay un desierto poblado de sombras enfadadas y temibles: los lectores que nunca llegarán a ser, porque por sobre el deseo de lectura y participación se ha impuesto un concepto de propiedad intelectual mal habida.

    ¿No habría sido más sencillo recurrir a una licencia de Creative Commons para la obra final y colectiva? Sí y no. Porque con eso se desmoronaba una de las patas del trípode: el modelo de negocio.

    The Mongoliad es una prueba más de los fracasos a los que estará expuesta una doctrina del copyright concebida para objetos cuya creación en red no fue tan evidente hasta la llegada de Internet.
    ¿Estaremos a la altura del desafío? Esto es, ¿sabremos autores y editores cómo ganarnos la vida con las nuevas reglas de juego que nos impondrá el medio y el público que lo usa?

    sábado, 10 de julio de 2010

    Si cumples 50 años, regala agua y regala un libro


    Hoy es el cumpleaños de Seth Godin, el creador del concepto de marketing viral, empresario exitoso de la Red y autor de varios best-seller que han acuñado el concepto de "tribu" para los grupos con comunidad de intereses en Internet.
    Para festejarlo, Godin ha colgado dos iniciativas en su blog.
    La primera propuesta consiste en que, en lugar de hacerle regalos o enviarle buenos deseos, la gente pinche en un link que lo lleva a una página titulada MyCharity, donde puede hacer una mínima donación que garantizará agua potable durante veinte años a por lo menos dos habitantes de una aldea que carece de pozos o fuentes.
    La segunda iniciativa también exige que uno pinche un link, esta vez a un pdf que es la versión "electrónica" gratuita de un libro suyo de 40 páginas, continuación y actualización de su famoso Linchpin.
    Dos regalos. Uno exige compromiso; el otro es pura ganancia.
    Me pregunto, al final del día, qué le dirán las estadísticas de su blog acerca de cuál de los dos hipervínculos fue más visitado por la tribu.

    jueves, 8 de julio de 2010

    Vindicación de la piratería


    Dedico este post a Rogelio Blanco y a Jack Sparrow

    Cuando España toda y el ámbito de la lengua a ambas márgenes del Atlántico se aprestaba a la celebración acartonada, que se les reserva a los clásicos, del IV Centenario del Quijote, José Antonio Millán y yo preparábamos, para la difunta editorial Poliedro, una insolente edición de lujo del Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda. Entre las personas que entendieron esta broma erudita se contó Manuel Seco, que a su publicación nos envió sendos tarjetones de ánimo, escritos con su letra mínima, que se asemeja a hormigas pensantes.

    Porque, guste o no, los Quijotes son tres y, sin el de Avellaneda, la segunda parte del de Cervantes no habría sido lo que es. En el prólogo a esta edición (hoy ni siquiera presente en la base de datos del ISBN español), Millán intentaba "ser la voz de un lector de Cervantes y de otros autores del Siglo de Oro que propone al lector actual algunas vías de acceso a una obra que está en el centro de un complejo mundo de tensiones históricas y literarias". De algunas de estas tensiones, en cuyo eje está el oficio de la imprenta, y de sus metástasis digitales trata este post.

    Las palabras "pirata" y "piratería", en el sentido en que las usa hoy alguien como Rogelio Blanco, son anglicismos, muy a pesar de sus insospechables antecedentes indoeuropeos, que nos son comunes. El primer idioma europeo en que surge la palabra "pirata" aplicada al supuesto robo de las producciones del ingenio es el inglés. El neologismo aparece por primera vez de la mano del poeta John Donne, en la construcción "wit-pyrat", en 1611. Donne, sin embargo, acuñó la expresión con un sentido todavía clásico, sin referencias a las prácticas comerciales sino al plagio personal. Esas obras tenidas por espurias estaban, gracias al éxito de la imprenta, en condiciones de reproducirse y distribuirse, erosionando así en parte la autoridad del autor primero, autoridad que es también una consecuencia secundaria de la imprenta.Tendría que pasar buena parte del siglo para que esta feliz ocurrencia de Donne se independizara de su primer componente (wit/ingenio) y se transforma en uno de los pilares de la doctrina anglosajona del copyright. Será la generación de Daniel Defoe, y con especial recurrencia en este autor empresario de sí mismo, siempre endeudado y perseguido por sus bancarrotas, la que imponga los términos "pirata" y "piratería" para denunciar prácticas comerciales que ya no solo erosionaban la autoridad sino, y especialmente, el patrimonio eventual del autor y su editor. No olvidemos que Defoe solía pagar sus cuantiosas deudas con escritura. Con excelente escritura, además. 

    El desarrollo que estas nuevas prácticas tecnológicas tuvieron en nuestra tradición castellana no fue por los cauces del derecho. Tres años después de que Donne se quejara de los imitadores con el neologismo wit-pyrat, un autor español a quien seguramente Cervantes conocía, decidió apropiarse de un personaje bastante popular, Don Quijote, y escribir una obra que hoy encasillaríamos en el género del fan-fiction, el Quijote apócrifo, y burlar las buenas costumbres establecidas por las cofradías de impresores y libreros dotando a su obra de un falso pie de imprenta, para que fuera imposible rastrear sus orígenes. La singularidad específica de nuestra lengua en el trato con las tensiones desatadas por el nuevo medio, el libro impreso, resultó en la primera novela moderna, porque el Quijote merece su condición de monumento, entre otras cosas, a que todo su imaginario está organizado como una aguda reflexión sobre la galaxia Gutenberg, la nueva tecnología que exigía nuevos modos de creación.


    Posiblemente nadie como Cervantes haya entendido, en su época, el profundo cambio que la popularización de la imprenta implicaba para la creación literaria. El primer Quijote, el de la primera parte, es un personaje enajenado por la lectura "literal" de la letra impresa. El segundo Quijote, agraviado por ser sujeto de proezas que nunca realizó, organiza su tercera salida con el clarísimo objetivo de llegar a la imprenta de Barcelona donde se habría puesto en letras de molde su falsa biografía. Y en esta respuesta a la ingeniosa "piratería" de Avellaneda, se escribe la novela sobre la cual se fundará toda la producción literaria europea de la modernidad.

    En una conferencia interna para los desarrollores de Google, que tuvo lugar la pasada primavera boreal, Vint Cerf sacó el tema del copyright, uno de los dolores de cabeza mayores del proyecto Google Editions. Está disponible en YouTube y se puede acceder a ella por el enlace anterior. Recomiendo dedicarle los 80 minutos de atención que exige conocerla en su totalidad, pero aquí solo subrayo lo siguiente: Cerf destacó que toda la doctrina del copyright se basaba en unos objetos físicos y estáticos, reproducidos en un lugar específico. En resumen, que el copyright protege objetos del mundo analógico y que frente a esta nueva Xerox planetaria que es Internet hay que pensar en nuevos conceptos para la protección de las creaciones del ingenio. Que de nada vale trasladar conceptos del siglo XVII a una realidad que no se le parece en nada y que, para colmo, está en permanente construcción. Agrego que, además, la obra literaria que dé cuenta de ella, el Quijote de nuestro tiempo, todavía no ha aparecido, aunque creo que está haciendo sus pinitos en experiencias como las de SecondLife o FarmVille.

    Hay un libro, Piracy. The Intellectual Property Wars from Gutenberg to Gates, de Adrian Johns, publicado por University of Chicago Press, disponible en su edición de papel y en versión para Kindle, del cual se pueden consultar varios capítulos en Google Books, que resulta de imprescindible lectura para encarar este tema acuciante de la industria editorial con conocimiento de causa. Entre otras cosas, allí aprendemos que los derechos de propiedad de los autores nacen de una revuelta contra la doctrina del copyright, que solo beneficiaba a una editores convertidos en oligarquía alrededor de sus gremios. Y también nos informa del enorme valor económico de la piratería en los momentos de cambio de paradigma. Valor económico de progreso, no de hurto. Para algunos de estos conceptos de Adrian Johns en español, lo mejor es ir al blog del Partido Pirata Argentino, donde se han tomado el trabajo de traducirlos.

    Otro libro de capital importancia sobre el tema ha aparecido en estos días de la mano de Alejandro Katz y su editorial. Se trata Crímenes de la razón, del premio Nobel de Física Robert B. Laughlin, algunos de cuyos criterios se pueden leer en Queequeg, mi otro blog, en el post "La propiedad intelectual de las mentes peligrosas". Y, por coincidencias del destino o de profundas coincidencias de intereses intelectuales, recomiendo también el post que publica Libros y bitios sobre el tema, bajo el título "Junto al volcán".

    viernes, 2 de julio de 2010

    Y lloró Jesús


    No sé nada de Mike Cane, excepto que vive en Satan Island, NY. Esto es lo que declara en su perfil de Twitter. También sé que abandona sus blogs periódicamente y abre otros nuevos, que muchas veces vuelve a abandonar. Que sus blogs abandonados son deshechos de la red que algunos seguimos visitando y escarbando en busca de inspiración. Y que escribe como los ángeles caídos.

    Mike y yo apenas hemos tenido algún que otro intercambio epistolar. Él sostiene que los ebooks bobos deben morir. Yo, en cambio, sostengo que los ebooks no pueden morir pues no existen. Pero sus ebooks bobos y mis ebooks inexistentes son una y la misma cosa. Los ebooks bobos de Mike Cane bien podrían ser ebooks mudos. Y de lo que no existe ya sabemos que calla.

    En posts anteriores, y tan temprano como en 2002, he sostenido la importancia de los metadata para que todo lo contenido en los libros (el 85 % del saber archivado por el hombre, contra el 15 % que hoy encontramos en la Red) sobreviva. Y he dicho una y otra vez que es la sociedad de redes la que le está exigiendo a la palabra volverse líquida para entrar en los flujos de una economía global construida en base a metadata. No es la palabra la que se niega a esta transformación, sino quienes la detentan. Lo hacen a través de estrategias que llevan el nombre de plataformas propietarias, sean los app-books del censor Steve Jobs o las torpezas encaradas por Libranda. Lo que obtienen como resultado son productos risibles, libros mudos, imitaciones de la página bidimensional o, peor aun, de los fracasados CD-Rom de los años 90. Y después dan entrevistas a la prensa en las cuales se ríen de lo que ellos mismos construyen.

    Este post será largo, porque reproduciré aquí las 81 etiquetas que Mike Cane ideó como punto de partida para que los ebooks dejen de ser bobos, mudos, inexistentes. Las 81 etiquetas que salven a los libros de los editores. Quien llegue al final de la lista sin perder la fe, puede considerarse un editor del futuro.

    Lo que Mike describe a continuación es una oración de tres palabras:

    Y lloró Jesús.

    Estas tres palabras contienen más información de la que la mayoría de la gente (y de los editores) imaginarían. Y es ésa la información que debe ser extraída: la información oculta que constituye el basamento de lo que ha de ser un ebook. Lo que la sociedad de redes le exigirá que sea. Ni Mike Cane ni yo somos especialistas en markup y lo que se propone aquí es un boceto de los fundamentos.

    Y lloró Jesús.

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    Si esta es la información que necesitamos proporcionarle a las máquinas para que aprendan a leer tres palabras, ¿cuántas harían falta para que pudieran leer un párrafo entero?

    Los que abandonaron la lista de etiquetas cuando llegaron a la caracterización de la galaxia no pasarán la prueba para ser los editores del futuro, porque no han entendido que el etiquetado también puede servir para un libro de astronomía. Ni tampoco han entendido que si el personaje fuera el etiquetado también serviría para catalogar un libro de ciencia ficción.

    Toda esta información oculta que se vuelve explícita es la que transforma un ebook inexistente en un ebook. De objeto digital bobo a objeto inteligente. Pero es más, también es posible, a partir del etiquetado, relacionarlo con otros objetos similares de formas que hoy no son posibles y, además, los convierte en objetos "buscables" (y hallables) en la infinita Red. Un etiquetado de esta naturaleza permitiría al lector hacer búsquedas como éstas:

    Todos los libros de suspense ambientados en Los Ángeles en 1945.


    Todos los libros de ficción ambientados en Marte en cualquier año, publicados entre 1940 y 1960.


    Todos los libros con el Cid Campeador como personaje ficticio.


    Todos los primeros párrafos de todos los libros publicados en el mes de mayo de 2009.

    Y un largo etcétera.

    Hoy, como lo demuestra la entrevista con 4 editores mitológicos (y no tanto) que se cita más arriba, la jerarquía de la edición termina, justamente, en el editor. No más tarde que hoy, la editora de Barataria, durante el Seminario de ARCE sobre la edición cultural y su salud (o falta de salud) en España, se erigía en el pináculo de esa estructura jerárquica: "El editor no puede delegar nada", decía, relacionado con el alma y la misión de la editorial. Pero si los libros han de sobrevivir, serán estos metadata sus billetes de entrada a la vida de la información que se guarda en las bases de datos. Y esos metadata no los manejan los editores; los manejan los geeks. Serán los geeks quienes establezcan los estándares que permitan a la palabra entrar en la sociedad de redes y no quedar rezagada en la inmovilidad arquitectónica de la página impresa o, lo que es peor, en la inmovilidad del travestismo digital de Libranda.

    La creación de estos metadata es costosa, implica mucho trabajo y mucho tiempo. Pero también es verdad que su valor se acrecienta con el tiempo. Más aun, se acrecienta con el acrecentamiento de la información así vertida. No como sucede ahora, que los demasiados libros le han quitado valor cultural, intelectual y de mercado a los mismos libros. Los metadata serán un negocio de muchos miles de millones de dólares. Y, por lo que vemos, no será un negocio de estos editores.

    Y del lado del lector, el libro así digitalizado pasa a tener un valor que no el cero que hoy le atribuyen tanto los escépticos de la Red como los iluminados de la tecnología. Porque ese libro también será un billete, un billete valiosísimo al saber que nos hace humanos.

    ¿Y han pensado quién sabe hacer que la información haga cosas, que hable, que no sea muda? Sí, ellos. Todavía nadie ha hablado en serio de Google Editions.

    miércoles, 14 de abril de 2010

    Migraciones forzosas


    En 2007, el dominical de El País publicó un reportaje sobre una maestro catalán aficionado a la botánica, que dejó unos cuadernos de notas sobre qué les pasaba a las plantas y a los árboles de su comarca. Empezó a tomarlas en 1952, cuando yo todavía no había nacido. El reportaje, que no guardé ni encuentro hoy en Google, me impresionó muchísimo porque, a partir de las notas del maestro rural, podía ver los queridos bosques del Montseny caminando hacia las cumbres, moviéndose al igual que se movía el bosque de Macbeth. Los pinos de altura, que aseguran frescor y sombra, se veían desplazados por los hayedos, que subían y subían para refrescar sus raíces, pero las hayas son caducifolias y no podían asegurar el frescor ni la sombra que sus propias raíces necesitarían en poco tiempo, cuando llegara el verano.

    Más o menos por entonces, Cecilia Tan, escritora, editora y fundadora de Circlet Press, iniciaba otra migración: de los libros de papel a los libros electrónicos. Y por motivos bastante parecidos a los de los hayedos del Montseny. Hace unos días, subió a la Red el contenido de una charla en la que cuenta esta experiencia, en el contexto de la conferencia From Gutenberg to Google, organizada por Bookbuilders of Boston y el Emerson Publishing Club. Traduzco y subo aquí sus reflexiones porque tienen la fuerza de la experiencia vivida y están muy lejos de las especulaciones teóricas a las que nos hemos acostumbrado en este momento de r/evolución digital en el mundo del libro. Creo que serán de gran provecho tanto para editores independientes como para libreros de cabecera.

    Los tres retos candentes a los que se dirige Cecilia son:
    • la transición del entorno físico de la librería al entorno online;
    • la importancia de la participación del autor en las redes sociales;
    • la piratería; (¡glups!)
    Aquí, sus palabras:

    No llegué a los ebooks ni me coloqué a la vanguardia de la innovación de las tecnologías del libro porque pensara que los ebooks eran la nueva onda y quisiera estar en el centro de la acción. No, en lo esencial, me vi forzada a convertirme en una experta en ebooks o mi editorial se iba a la deriva. Fundé Circlet Press en 1992, mucho antes de ese pequeño inconveniente que hoy llamamos la Crisis de las Devoluciones.
    La historia de Circlet es agitada: nos golpearon todas y cada una de las convulsiones de la industria editorial desde el año de nuestra fundación. Sobrevivimos a la quiebra de Inland Book Company; después, a la suspensión de pagos del distribuidor LCD. Si le echaran una mirada a mi lista de Clientes Importantes de hace diez años, verían una relación de al menos 50 mayoristas y minoristas que o bien han cerrado el negocio, o que han dejado de comprar libros o que han disminuido drásticamente sus pedidos y dejado de lado nuestros títulos.
    Bookpeople ha desaparecido, Tower Recordos ha desaparecido, Lambda Rising ha desaparecido, y la lista sigue. De aquellos 50 clientes importantes, sólo quedan dos y son Borders y Barnes&Noble.
    ¿Qué pasaba si alguna de las dos grandes cadenas de librerías decidía no pedir alguna de nuestras novedades? No teníamos más alternativa que cancelar la publicación.
    Las cosas fueron a peor: hubo títulos que ninguna de las cadenas aceptaró o de los cuales pedían cantidades tan exiguas (100 ejemplares o menos) que me preguntaba para qué se tomaban la molestia. A esas alturas, en 2008, la entrada de caja era casi nula y Circlet Press estaba, en principio, muerta.
    Como ya no tenía nada que perder, empecé a convertir nuestro fondo en ebooks y a ponerlos a la venta en la tienda de Kindle o en el sitio de Fictionwise, tan solo por hacer *algo*. No tenía dinero, pero si para empezar a vender ebooks lo único que hacía falta era una inversión de sudor, bueno, eso estaba en condiciones de ponerlo. Aprendí a formatear para Kindle por mis propios medios y pasé por el aro de Fictionwise, et voilà! 
    ¡Ebooks!
    Las ventas eran irrisorias. Pero, teniendo en cuenta que, en aquel momento, los costes de puesta en marcha de un ebook eran casi equivalentes a cero, porque empecé con títulos cuyos derechos ya tenía y tan solo ponía capital sudor, hasta esas ventas insignificantes eran mejor que nada.
    Después, empezamos a hacer ebooks originales. En lugar de restringirnos a la conversión del fondo, empezamos a producir títulos nuevos por primera vez en años. Circlet Press siempre ha publicado muchas antologías y libros de cuentos: los transformé en programas para becarios en prácticas. En las 12 semanas de duración de las prácticas, podía guiar a un becario a través de todo el proceso, empezando por el pedido de propuestas a los autores, la selección de los cuentos, la revisión y la edición, la composición tipográfica y el diseño del PDF, el posterior formateo para Kindle y otras plataformas, ¡y listo! El libro estaba vivo y a la venta antes de que el becario hubiese abandonado mis oficinas.Por las venas de una editorial corren dos elementos vitales: dinero e ideas. De pronto, teníamos un constructivo flujo de ambos, cuando apenas unos meses antes estábamos más muertos que clavo remachado.
    Dos años más tarde, hemos logrado beneficios durante dos ejercicios (después de 5-7 años de pérdidas) y ahora cuento con un equipo de seis editores externos que contratan y editan libros para nuestro nicho y, al paso que llevamos, este verano será el de nuestro apogeo, con el lanzamiento de un nuevo título electrónico por semana. Muchos de ellos solo venderán unos pocos cientos de ejemplares a lo largo de 2-3 años, pero cada uno de ellos recuperará la inversión y dejará beneficios, y muchos de ellos significarán ingresos más importantes para el autor de los que jamás hayamos pagado por un libro impreso.
    Hecha la transición del papel a lo digital, hay tres temas candentes a los que quiero referirme y que están íntimamente relacionados. Piratería; redes sociales y la importancia de que el autor participe en la promoción de su libro; y la transición de un modelo de negocio centrado en las librerías a un modelo digital. ¿Qué tienen en común estos tres puntos? 
    La capacidad de ser descubierto
    El primer obstáculo con que se encuentra un libro es la falta de atención que le impide ser descubierto.
    Uno puede haber escrito el mejor libro del mundo, pero si no está en los anaqueles de la librería, ¿cómo se enterará su posible lector? Toda la gente de prensa y promoción de las editoriales sabe que, en el modelo de negocio tradicional, si el libro no está en las mesas y en los anaqueles cuando uno logra cobertura en los medios más importantes o hay una gran presentación del autor, se pierde casi todo el repunte de ventas que se habría logrado.
    El antiguo método para descubrir libros era, para la gran mayoría, ir a la librería, pasearse por sus pasillos y ver qué había.
    Este método se está desmoronando por varios motivos. Hay menos librerías. Las que hay, en buena medida, pertenecen a grandes cadenas, a menudo no tienen librero de cabecera que jerarquice el abastecimiento y sus existencias son paupérrimas. Hace poco, Borders hizo una reducción masiva de su inventario que se tradujo en menos títulos por anaquel. Los libreros independientes, con excelentes políticas en la elección de títulos, a menudo se encuentran con grandes desafíos de inventario y de flujo de caja. Aun así, la razón por la cual nosotros, los editores, seguimos vendiendo los libros en consignación y con derecho a devolución es que la mejor manera de vender un libro es que esté a la vista en los anaqueles para que el consumidor lo encuentre.
    Entonces, ¿qué pasa cuando hay menos librerías, menos anaqueles y más competencia por el espacio que queda? Uno se ve obligado a explorar otros métodos que permitan el descubrimiento de la obra. Y, desde luego, los ebooks no necesitan ni librerías ni anaqueles físicos.
    En materia de ebooks, descubrimos que hay que tener los libros colgados en las páginas de los minoristas con más tráfico. Hay algunas excepciones como, por ejemplo, La cueva de Ellora y Torquere Press, dos editoriales especializadas en novela romántica, que han construido también modelos de relación directa con el consumidor. Pero para una editorial generalista, construir una marca que la haga reconocible es más difícil. En estos casos, es el autor quien posee el nombre de marca, no RandomHouse o St. Martin's Press. De manera que hay que tener los libros en la tienda de Kindle, en Fictionwise y también en la tienda de Mobipocket: los sitios donde ya está congregada la gente que quiere ebooks. Lo que en las librerías era un paseo a pie, se ha transformado en un paseo de miradas en los websites.
    ¿Qué se puede hacer para acrecentar los paseos de las miradas?
    ¿Quieren saber dónde se congregan los más ávidos lectores de libros electrónicos que navegan por la Red? En los sitios piratas. Y aquí está el asunto. La gente que piratea libros no es gente que odia los libros ni a los autores. Es como decía Nietzsche. El águila que se come al cordero no odia al cordero. El águila adora al cordero. A esta gente la chiflan los libros. Son insaciables. Por eso frecuentan los sitios piratas y hablan de sus autores favoritos en los foros y preguntan por otros dispuestos a compartir sus archivos digitales e, incluso, crean versiones digitales de los libros que todavía no las tienen.
    Hasta ahora se ha realizado un par de estudios donde se señala que el aumento de la piratería digital de un título parece conducir al aumento de las ventas de la versión impresa. El jurado sigue deliberando sobre si un libro que sólo existe en como ebook resulta perjudicado por la distribución pirata, pero, ¿qué hay si lo que uno quiere es vender libros de papel? Ser pirateado, en este caso, equivale a vencer de alguna manera el inconveniente de la ausencia de descubrimiento. Cuanto más piratas vehementes hablen de un libro y lo recomienden a otros que también lo descargan, mejor, siempre y cuando uno tenga los ejemplares físicos para venderle a los conversos que lo quieren para sí, o para regalarlo a la tía María, o para tenerlo en su biblioteca, porque ¿quién sabe si el archivo digital seguirá siendo legible dentro de 20 años? 
    Las redes sociales y la posibilidad del descubrimiento
    En mi condición de autora, he publicado con editoriales grandes y pequeñas. HarperCollins, Avalon, Running Press, etc. En la mayoría de ellas, los departamentos de promoción no querían mi participación. La actitud era que si el autor participaba podía, de alguna manera, "malograr" los esfuerzos del publicista.
    Pero, ¿adivinen qué? Ahora que el espacio dedicado a recensiones ha disminuido drásticamente, a menos que se tome en cuenta a los blogs, el publicista necesita lugares y caras nuevas para el lanzamiento de los libros. Y los blogueros no quieren ni oír hablar del brazo propagandístico de las grandes grandes corporaciones. Quieren escuchar al autor. Así, de repente, el autor es alguien a quien hay que poner en juego para acercarse a los blogs y a los websites y conseguir menciones y reseñas.
    Estamos viendo el despertar de las Giras de Blog. El autor escribe una serie de ensayos cortos y algunos artículos de opinión relacionados con el libro que los publicistas están promoviendo y los postean como "bloguero invitado" en sitios de mucho tráfico, siempre con enlaces a la página del autor y un botón de ¡Cómpralo ahora! vinculado al libro.
    ¡Editores!, provean a sus autores con ese pequeño trozo de código HTML. Solían equiparlos con una gacetilla de prensa y la cubierta del libro para que las repartieran. Hoy, denles el botón de ¡Cómpralo ahora!
    Esto implica más trabajo para el autor, por supuesto, y cada tanto oímos quejas en ese sentido: "Ya escribí el libro, ¿ahora tengo que promocionarlo? ¿Acaso no es el trabajo del editor?" Pero la pura verdad es que la mayoría de los autores quiere participar en la promoción y el márketing de sus libros y ya es tiempo de que los editores aprovechen esas energías. (Y no me malintrepreten: los autores todavía necesitan de los editores. Podría dar una charla entera sobre el tema).
    Lo anterior significa que el autor debe tener su propia página o blog, su página de fans en Facebook, su feed en Twitter, etc.
    Si el autor publica su primera novela, tal vez no haya construido todavía una comunidad de seguidores en las redes sociales, pero la situación cambia si el escritor es experto en alguna materia y no escribe ficción. La posibilidad de que tenga un grupo de gente que lo sigue en las redes a causa del tema y que, a su vez, participa en otros grupos y organizaciones, es alta. Y hasta los novelistas, si se han dedicado a algún tipo de género, es probable que hayan escrito cuentos, asistido a convenciones y otros eventos por el estilo, que los ponen en contacto con sus lectores potenciales. Quienes lo siguen serán los primeros en descargar su libro en cuanto el autor active el enlace ¡Cómpralo ahora!
    Los autores duchos en las dinámicas de las redes sociales superarán el escollo más rápido, porque están "allí", donde los pueden ver y descubrir. Deberían ser googleables. A medida que pase el tiempo, estas cualidades se volverán tanto o más deseables para los editores que la verdadera habilidad para escribir del autor.
    Y aunque, por supuesto, en un año y medio o dos, este paisaje podrá ser completamente distinto, no veo que ninguna de estas tres dificultades se vaya a superar en el corto plazo. La capacidad de ser descubierto ha sido siempre uno de los grandes retos para los autores (fíjense si no en La vida de Pi, de Yann Martel, que vendía una miseria hasta que consiguió el Premio Booker, después de lo cual vendió 7 millones de ejemplares) y para los editores que tratan de imponer autores nuevos y nuevas ideas.
    Lo fue antes de la era digital y los seguirá siendo a medida que aparezcan nuevos dispositivos de lectura y nuevas formas de consumir literatura.

    Para la versión original en inglés de este artículo, dirigirse a la página de Digital Book World.

    lunes, 8 de febrero de 2010

    El fondo de la letra

    ¿Por qué uno se siente como en casa cuando abre un libro de Fondo de Cultura Económica? Gracias a José Antonio Millán ahora tengo una respuesta más, entre tantas. En los años 2006 y 2007, la casa editorial mexicana le encargó al diseñador grafico y tipógrafo Cristóbal Henestrosa la creación de una tipografía exclusiva para sus libros y publicaciones. Esa tipografía debía, ante todo, facilitar la experiencia de lectura de ese objeto de alta tecnología intelectual que es el libro de papel y, además, sentar un precedente en lo que podríamos llamar las tipografías novohispanas. Henostrosa, que con su trabajo logró el premio del Type Directors Club de Nueva York y fue seleccionado en la bienal latinoamericana Tipos Latinos 2008, recreó un diseño del S XVI que le debemos al excelso impresor mexicano Antonio de Espinosa, tal vez el primer tallador de caracteres del continente americano. La familia en cuestión se llama Fondo y no está prevista su comercialización, por lo cual para apreciarla en justicia será necesario leer algunos de los libros de la editorial, una tarea que casi siempre resulta amable.
    Pero no es la única respuesta.
    Por razones de pane laborando, este fin de semana me sumergí en la relectura de Muerte y transfiguración de Martín Fierro, de Ezequiel Martínez Estrada. Los dos tomos, que pertenecían a la biblioteca de mi padre, son de la edición que Fondo de Cultura hizo en 1948 y lo cierto es que, a pesar de la fragilidad de las páginas y de los múltiples marginalia de mi letra adolescente, me he sentido tan en casa que casi he terminado con sus más de 800 páginas sin darme cuenta. Las proporciones humanistas de la mancha, su transparencia, la excelente organización de las notas y un diseño comprometido con la estructura de la obra contribuyen a estos milagros en los que la letra y la neurona se hacen una.
    Ya entonces, el cuidado que Fondo de Cultura ponía en la tipografía queda atestiguado en el colofón, donde no solo nos enteramos de que el dramaturgo y exiliado español Sindulfo de la Fuente estuvo a cargo de la edición, de quién lo terminó de imprimir el 16 de octubre de 1948, de quién lo encuadernó y de cuántos ejemplares constaba la tirada, sino que nos dan noticia de que "en su composición se utilizaron tipos Janson 11:12, 10:12 y 8:10 y Electra 7:8".
    Al dejar la huella y la referencia de un trabajo bien hecho, la editorial también contribuye a la formación de las futuras generaciones comprometidas con la factura del libro y se instala en la tradición, esto es, en el lugar que le corresponde en la historia del libro impreso. Una práctica corriente entre los buenos editores estadounidenses y poco favorecida tanto en Europa como en América latina, de la cual Fondo de Cultura ha hecho una de sus marcas diferenciales en el continente.
    En el fondo, como en casa.