lunes, 20 de diciembre de 2010

Nada que agradecer

E. E. Cummings


Tal vez haya sido tan difícil entender que E. E. Cummings fue y es uno de los poetas mayores de la literatura estadounidense, descendiente en línea directa de Walt Whitman y hermano de leche de Gertrude Stein, porque nunca tuvo editor fijo. Ni trabajo fijo, como sí tuvieron T. S. Eliot o William Carlos Williams. Ni ideas fijas, como las tuvo de Ezra Pound. Es más, a veces ni siquiera tuvo editor de circunstancia. Y recurrió a la autoedición. En realidad, lo que él necesitaba era un tipógrafo fijo, más que un editor, pero la dispersión de su obra en distintos catálogos hizo que no la pudiéramos conocer como un corpus hasta 1991.

Hoy que la autoedición se ha puesto de moda de la mano de las nuevas tecnologías, no está de más intentar reproducir aquí la primera página de uno de sus libros, No Thanks, aunque no cuente con la ayuda de un buen maquetista, ni Blogger se preste mucho a las sutilezas tipográficas.

Aquí va:

NO
THANKS

TO
Farrar & Rinehart
Simon & Schuster
Coward-McCann
Limited Editions
Harcourt, Brace
Random House
Equinox Press
Smith & Haas
Viking Press
Knopf
Dutton
Harper's
Scribner's
Covici-Friede

Esta dedicatoria, que menciona a las catorce prestigiosas editoriales que rechazaron el manuscrito de No Thanks en 1935, revela su coraje estético y su valentía profesional.

viernes, 17 de diciembre de 2010

La palabra desatada

Desencuadernada, como una baraja de infinitas combinaciones.

Esto es lo que nos ha regalado Google Books desde Google Labs, en colaboración con científicos de la Universidad de Harvard, el Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Encyclopedia Britannica. Books Ngram Viewer, que pone gratuitamente a disposición de estudiosos y curiosos un acervo de 2 mil millones de palabras del inglés, el francés, el chino, el ruso, el alemán y el español, ha convertido a esa "agencia de publicidad de Internet", a la que se le negó el acceso a ciertas bibliotecas nacionales, en el humanista digital más destacado del decenio. Más de dos siglos de palabras que ahora podremos interrogar con el método cuantitativo de las ciencias duras.

El conjunto de datos que componen Ngram Viewer es un subconjunto del corpus de todas las palabras escaneadas por Google en los 15 millones de libros que ha liberado de los estantes desde que comenzó la tarea en 2004. El proyecto de esta gigabiblioteca online se ha topado con innumerables obstáculos: demandas por parte de autores y editores, celosos incluso de copyrights que en muchos casos no les pertenecen; suspicacias acerca del monopolio informativo de Google; suspicacias alrededor de su posible comercialización de la palabra, como si los editores hubiésemos hecho otra cosa con ella desde Gutenberg en adelante; e incluso campañas de periodistas como Nicholas Carr, que apoyado por los grandes medios lanzó el meme de que Google nos vuelve estúpidos. El subconjunto del que desde ayer gozamos para su usufructo, que no su posesión, proviene de 5.2 millones de esos libros y cuenta con 500 mil millones de vocablos. Se los puede combinar en cadenas de hasta cinco, para encontrar la frecuencia de uso, y por tanto de su peso cultural, en el espacio y el tiempo.

Hasta sus críticos más filosos se han rendido a la evidencia. Robert Darnton, director de la biblioteca de la Universidad de Harvard, que no participó en el proyecto y hace pocas semanas apareció en todos los periódicos haciendo las alabanzas del olor a papel de los libros antiguos, en clara referencia a su posición contraria al esfuerzo digitalizador, concede que Ngram Viewer es "despampanante" y agrega, citado por el Wall Street Journal: "Han salido con algo que marcará una enorme diferencia en nuestra comprensión de la historia y la literatura".

Para evitar las tan temidas (y perseguidas) violaciones del copyright, los investigadores e ingenieros solo están haciendo visible el vasto catálogo de palabras y frases, pero los libros donde aparecen permanecen ocultos. Un gesto de caballeros que pone en evidencia los intereses más descarnados detrás de tanto discurso que usa la cultura heredada como coartada de políticas sectoriales.

He pasado buena parte de la tarde jugando con Books Ngram Viewer. Es la mejor manera de comprender su irrefrenable esplendor. El ejemplo que les dejo abajo es un capítulo más en una larga conversación que inicié con José Antonio Millán en 1989 y que dura hasta hoy. Caminábamos por Madrid a poco de mi llegada y yo no dejaba de repetir la palabra "lindo" para indicar la felicidad que me producían ciertos rincones de la ciudad, algunos de sus detalles. Entonces, José Antonio me dijo: "Deja de repetir esa palabra. Aquí debes decir bonito". Estoy en muy buena compañía, le respondí, porque la acuñó el gran Lope. "Sí, lo que quieras, pero las lenguas cambian", fue su respuesta pragmática. Y lo que me ha contado hoy esta herramienta extraordinaria de Google es que la frecuencia de "bonito" y "lindo" se cruzaron justamente en esos años 80, para seguir con una declinación de la segunda y un reinado casi absoluto de la primera.


Vayan y jueguen y descubran con Books Ngram Viewer. Y piensen que si para financiar cosas como esta, Google vende anuncios en Internet podemos ser generosos y no tenérselo en cuenta. Es mucho mejor que vender novelas de Dan Brown o pagarles miserias a los traductores.

En cuanto al "bonito", para mí sigue siendo un pescado.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Editores sin fronteras

Alejandro Katz
Alejandro Katz ya no fuma en pipa. También ha dejado el cigarrillo. Es un día de noviembre, bien entrada la primavera austral, y los 370 mil árboles de las calles y parques de Buenos Aires polinizan sin cesar, en una sucesión de flores azules, amarillas, blanquecinas, rojo punzó. "Desde que dejé la pipa, las alergias me persiguen. El humo del tabaco seguramente me había cauterizado varios receptores que ahora son muy sensibles al polen. Cambié los peligros ciertos del tabaco por los de un eventual shock anafiláctico", bromea. No es el único cambio radical en la vida de Katz: también prefirió los sobresaltos de la edición independiente a las certezas desgastadas de una editorial, Fondo de Cultura Económica, a cuyo catálogo contribuyó durante 15 años con títulos inolvidables.

"No, fotos no", me dice unos días antes de la entrevista. "Mejor las cubiertas de los libros", sugiere. Acepto, porque de lo que ando detrás es de su palabra y de su visión de la edición en la Argentina en estos momentos de cambio de paradigma. Y me resigno a contrabandear desde la Red esta foto ahumada.

El mundo en el que floreció un proyecto como el de Fondo de Cultura ya no existe más. Lo sabemos algunos, lo intuyen otros, y no faltan quienes lo niegan agresivamente, decididos al degüello del mensajero.

ESTALLIDO DE LOS MAPAS

"Hay una tensión entre la territorialidad de los mercados y la universalidad de los derechos que un editor debe estar dispuesto a considerar y resolver. Detentar los derechos de un libro que sos incapaz de distribuir en según qué territorios te convierte en lo contrario de un editor, porque en lugar de difundir bloqueás la circulación de las palabras y las ideas." Así empieza su relato de por qué dejó un puesto envidiable en una editorial consolidada por un proyecto propio en tiempos de tribulación. Muy afectado por la crisis económica en España, un mercado que representaba el 65 por ciento de las ventas de la editorial que lleva su apellido, Katz no teme mirar la realidad a los ojos: "No sé si la editorial tiene un destino, pero tenía que probar. Sabía que tenía que hacerlo, me lo debía".

Para cualquiera de los que hemos trabajado en un grupo editorial grande, la autonomía de la que gozó Alejandro Katz en Fondo de Cultura es un lujo: de casi 700 contratos firmados a lo largo de 15 años, solo dos veces recibió presiones y, además, "en forma de observaciones amistosas". ¿Por qué te fuiste?, es la pregunta espontánea y, una vez lanzada, me doy cuenta de que tiene música de bolero. Lo ilustra con la historia de uno de los libros más queridos de mi biblioteca personal, Las grandes tendencias de la mística judía, de Gershom Sholem. "Teníamos los derechos mundiales, pero no lo distribuíamos en España. Jacobo Stuart se enamoró del libro y me propuso editarlo en Siruela. Llegamos a un acuerdo y se imprimió en su sello con un duplicado de las películas que habíamos usado en Buenos Aires." De manera que Alejandro Katz también fue editor de uno de los mejores libros de Siruela. "Esta situación se dio más de una vez, con otras editoriales que querían poner a disposición de sus lectores títulos que Fondo tenía en su poder y que, por la estructura territorial de los mercados, quedaban bloqueados. No solo se fue haciendo cada vez más difícil favorecer estas sesiones, sino que me producía cierta incomodidad. No es la función de un editor comprar derechos para su idioma y luego revenderlos territorio por territorio."

Así surgió Katz, la editorial, pequeña, ágil y con vocación panhispánica. Una vocación que se refleja en un catálogo universal en su concepción y en el tejido, menos visible y menos ameno, que le ha permitido tener una estrategia de distribución no centralizada. Para atenderla, Katz imprime indistintamente en España, en Argentina o en Uruguay. ¿En Uruguay? "Sí, cada vez más. Los precios son mucho más competitivos que en Argentina, la calidad es superior, y siempre entregan en fecha." ¿Y todo esto no significa un derroche de energías? "Un editor debe atender una doble vía. Ocuparse de lo local, de aquellas ideas que surgen y circulan exclusivamente en el ámbito de una región y atender también a un lector al que no se tiene en cuenta. Ese lector cuyo rasgo fundamental no es la territorialidad y que está atravesado, en cambio, por el tiempo en el que vive. Hay, para la edición y la lectura, espacios que ya no están ligados al territorio." La globalización, la libre circulación de los capitales, las nuevas tecnologías, la democratización y aceleración de las comunicaciones en tiempo real han dado nacimiento a este lector atravesado por el tiempo. Este lector, para Katz, se inscribe en el ámbito de las libertades negativas, tal y como las definió Isaiah Berlin.

"Hay una definición de libro a la que muchos siguen aferrándose. Es una definición caduca y falaz. Es la que hizo en su momento la Unesco. No nos sirve más." Para la Unesco, un libro es la reunión de un pliego de 24 hojas de papel, unidas por una encuadernación, que da como resultado 48 páginas de lectura. Todo lo que tenga esas mínimas características es libro, como también es libro lo que venga en varios tomos o en uno solo de mil páginas. "Esa definición tenía por objeto facilitar el paso de los libros en las aduanas. Pero con ese criterio, la guía telefónica es un libro." También, me digo, uno de sus objetos fue facilitar la unificación de estadísticas, ese espejo deformante. Entonces, pienso en el aquellarre de metadatos con el que se enfrentan cada día los geeks y los bibliotecarios encargados de poner orden en Google Books, esos millones de "libros" escaneados por el gigante de Internet. ¿Cuántos libros hay sobre el planeta? Hay muchos más de los que son.

LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

"En la tensión entre lo local y lo no-local, las nuevas tecnologías han provocado un cambio abrupto. Antes, un editor debía ocupar el espacio físico para difundir sus libros. Hoy, esa presencia no es imprescindible. Desde otro ángulo, estamos otra vez ante el surgimiento de espacios no asociados a los territorios." En esta dislocación que Katz describe con la precisión de quien la ha vivido, "el lector tiene una conciencia de la utilidad del libro que pasa por sus intereses, no por la localización del objeto, y no encuentra una respuesta eficiente." Para este editor, en lo práctico, las nuevas tecnologías no lo ayudan en nada: "Han desatado expectativas no cubiertas y hay una gran desadecuación de la oferta". Uno se pregunta si eso no se resolvería cubriendo las nuevas expectativas desde la industria editorial, pero Katz ya ha saltado sobre una nueva pregunta no formulada: "Para que las nuevas tecnologías me sean útiles, tengo que encontrarles sentido en la historia del libro. El ejercicio intelectual que me he propuesto es retroceder a otro momento de cambio, a los años 30 y la aparición del libro de bolsillo."

Le digo que me hace acordar a Richard Nash, el editor de Cursor y gran esperanza blanca de la edición neoyorkina en este cambio de paradigma, pero no lo conoce. Las coincidencias, entonces, son esas que se dan entre gente atravesada por el mismo tiempo, uno de grandes sacudidas. 

El libro, tal y como lo concebimos hoy, no es el de Gutenberg, ni siquiera es el libro de la revolución industrial. Ese libro cuya vida unos quieres preservar porque creen en su muerte y cuya muerte inminente anuncian otros, el libro masivo, es un producto con el cual hemos convivido tan solo 80 años. Cuenta la leyenda que Allen Lane tuvo la idea de fundar Penguin mientras esperaba el tren en una estación de Londres. Las caras de aburrimiento extremo de la gente en los andenes le hizo pensar en qué buen servicio (y qué gran negocio) sería poner a su disposición, en esos momentos muertos, libros con contenidos calidad a un precio que no excediera el de un paquete de cigarrillos. Se fumaba mucho en los años 30 y se leyó también mucho desde la popularización de esta idea. Los nuevos libros, tal y como los concebía Allen, debían salir de las librerías e ir al encuentro de los lectores en los kioskos, en máquinas expendedoras, allí donde estuvieran. Una clara dislocación de la industria y su cadena de valor establecida. Se alzaron voces aun más airadas: era la muerte de la cultura occidental. 

"El libro de bolsillo contribuyó a la diversificación de la especie libro, a que surgiera una subespecie. Si hay algo que las nuevas tecnologías nos permiten, nos exigen, es a ver que el libro se está diversificando, fragmentando, en muchas subespecies. Hay contenidos que deben quedar fuera de la especie libro y esto genera mucha resistencia." No le faltan los ejemplos. "Los repertorios de información de doble entrada, como los catálogos o las enciclopedias, no son libros. Los hemos identificado con libros gracias a esa definición falaz de los pliegos encuadernados. Creo que Apple, por ejemplo, está haciendo mucho por obligarnos a pensar de otra manera. Mirá aquí", dice, empuñando su iPhone. Aparece el mapa de una guía de viajes. "Esto no es un libro, esto es una app y Jobs no permite que las apps sean llamadas libros. Para eso está el ePub y el iBookstore. Un ePub es un libro, electrónico sí, pero libro. Las apps son un nuevo género discursivo."


Para Katz, la aparición de lo digital permitirá, por primera vez desde Gutenberg, que dejen de considerarse libros lo que simplemente son formas del conocimiento. "La industria editorial ha forzado una interpretación demasiado atenta a lo que unifica los procesos productivos y no a lo que diversifica los contenidos, las motivaciones, todo lo que hace a la conciencia de necesidad del lector." Ese lector entra a una librería buscando, por ejemplo, un libro de Nicole Loreaux sobre la elaboración del olvido en la memoria de Atenas, y tiene que pasar sobre barricadas de libros de jardinería, de cocina, de guías de viaje, de novelas policiales, de agendas. "A cualquiera le parecería un disparate que existiera un lugar donde se comercializan todos los objetos que tienen en común el concepto de tracción. Una tienda donde vendieran coches, bicicletas, tanques de guerra y podadoras de césped. Sin embargo, eso es una librería hoy." Brillante y demoledor. 

Comentamos la coartada cultural de tantos y tantos editores para defenderse frente al cambio de paradigma, para conseguir subsidios, para detener los cambios que exigen los lectores familiarizados con las nuevas tecnologías, y no las tecnologías per se. "Los productos de la cultura que entran en la economía, ¿desde dónde se piensan? Una vez que han entrado en la economía, esos productos son mercancía." Esta conversación levantará ampollas, me digo. "Si los pienso como insumos, que es como debo pensarlos, enseguida me doy cuenta de que algo anda mal. Una novela policial, por ejemplo. ¿Cuál es la motivación de compra de ese lector? Que va a pasar el fin de semana en el country con su familia, que no aguanta a su suegra y que la trilogía Millenium le permitirá huir con un sano pretexto de situaciones incómodas o aburridas. Ya está. La novela policial, como insumo, se agotó en sí misma." Katz sigue diseccionando: "En cambio, un ensayo, pensado como insumo, no se agota de la misma manera. Alguien que compra un libro de antropología tiene otros usos para él. Por ejemplo, lo usará como fuente para otro libro que está escribiendo. O para la conferencia que está preparando. O para su tesis doctoral. Aunque la novela policial y el ensayo tengan páginas, cubiertas y lomos, no son la misma mercancía." 

"Y es la aparición de lo digital lo que nos permite hablar de esto."


LA REALIDAD REAL, COMO SI HUBIERA OTRA


Pero yo había ido hasta esa casona de Villa Ortúzar sin logos ni carteles, pintada en dos tonos de verde grisáceo, que me hizo pensar en las sedes de las "marcas secretas" que pueblan la última novela de William Gibson, con el objetivo de hablar de la industria editorial en la Argentina, que este año fue invitada de honor en la feria de Fráncfort. Debo dar un golpe de timón. 

¿Qué piensa Alejandro Katz de una industria dividida en dos cámaras del libro enfrentadas y con una incipiente fractura nueva en una de ellas? ¿Favorece esto el renacimiento de una industria editorial asolada en los 90 y casi disuelta con la crisis del 2001? "Ninguna de las dos cámaras tiene peso económico en estos momentos. Hay una capacidad de hacer lobby político e institucional desde la CAL (Cámara Argentina del Libro), pero aquí carecemos de los cuadros de los que dispone la Federación Española de Gremios de Editores. Y el lobby se hace desde la ideología, una ideología berreta que busca prebendas y subsidios." La editorial Katz está en la "otra" cámara, la de los "malos", la Cámara Argentina de Publicaciones. Me pregunto por qué, siendo un editor independiente local, ha terminado en compañía de los grandes conglomerados vistos con tanta desconfianza desde la CAL. "Cuando se produjo la división, yo estaba en Fondo de Cultura. Vos sabés qué significa Fondo de Cultura. Bueno, para la entonces la actual dirección de la CAL, esta editorial pública mexicana entraba en la bolsa sin fondo del 'imperialismo', lo que no deja de ser una miopía grave."

Muy bien, pero que me cuente más, porque si bien los argentinos son rápidos y ocurrentes para la descalificación del prójimo, una buena entrevista exige más que opiniones y las rupturas no suelen basarse exclusivamente en la ideología, que suele ser resistente pero sufre de indolencia congénita. "Vos no estabas aquí cuando la crisis del 2001. Aquello fue el caos. En medio del corralito, de la devaluación asimétrica, de los piquetes y los saqueos, nadie sabía dónde estaban sus libros. La mayor cadena de librerías del país hacía seis meses que no entregaba ninguna liquidación. No era que no pagaban, era que ni siquiera sabíamos cuánto debían. En esa desolación, un grupo de editores comenzamos a reunirnos en el edificio de la CAL. Había de todo. Estaba Planeta, pero también estaba la editorial argentina Sigmar y Riverside, que de extranjero solo tenía el nombre. Cúspide, Fondo de Cultura, Paidós, que todavía no había sido comprada por Planeta. Nos unió una necesidad sectorial, porque si dejábamos que los acontecimientos siguieran su curso, cerrábamos todos."

La palabra no le gusta, se le nota porque se revuelve en el sillón después de pronunciarla, pero lo cierto es que ese grupo de editores decidió "disciplinar" el mercado. Los llamaron el G12. "Si un librero no liquidaba los libros a cualquiera de los editores del grupo, el resto les retiraba todos sus fondos." En momentos duros, tipos duros. Suena razonable. Iban en serio. Pero la CAL no equivale a los gremios de editores tal y como los conocemos en España, en la CAL conviven editores, libreros y distribuidores en dulce montón, pegados con saliva por ese concepto vacío que recibe el nombre de libro. Y la demografía favorece a los libreros. Hubo unas elecciones, falló la lista única que proponía al decano de los independientes, Daniel Divinsky, para encabezarla y, en unas elecciones algo enrarecidas, ganó una lista apoyada por los libreros de los cuatro rincones del extenso desierto nacional. "El ganador fue Rogelio Fantasía", me cuenta, y casi me ahogo de risa. Pero, ¿quién es Rogelio Fantasía?, pregunto, escudándome en los largos años pasados fuera del país. "Uno de los tres yernos de Macchi, un editor de textos legales que se vendían en las universidades y que hace un tiempo quebró." No es fantasía, es la realidad real. 

Y se produjo la ruptura. 

¿Cómo se elaboran los grandes lineamientos del sector en estas condiciones? "No hay lineamientos; hay voracidad por un mejor acceso a las compras públicas. Aunque todos trabajemos con pliegos encuadernados, el librero y el editor tienen intereses contradictorios. Siempre fue así, en todas partes. No se pueden elaborar políticas sectoriales cuando en una misma entidad hay intereses enfrentados." Le pregunto por las perspectivas de reunificación y me contesta lo que todos los editores independientes sabemos: "Desde que tengo mi editorial, ya no me dedico a la política gremial. Somos cinco personas para publicar 28 títulos al año. Tenemos imprenta en Barcelona y en Montevideo. Mercados que van desde México hasta la Patagonia. Periódicos a los que enviarles las novedades en Madrid y en Santiago de Chile. No puedo dedicar una tarde a pasarme por la cámara."

La vocación extraterritorial de Alejandro Katz ha sido puesta a prueba por la crisis económica de los países centrales y, como es de los que miran de frente, no le asustan sus propios pronósticos. "Aunque España se recupere, nunca más llegaremos a las cifras de ventas anteriores a la crisis. Creo que esto vale para Katz y también para muchos editores con sede allá. El mundo de la edición está cambiando. Tendremos que vender menos cantidad de más mercancías, mercancías muy diferenciadas. No todos estarán preparados para ello."


Los árboles de Villa Ortúzar no son tan grandes ni frondosos como los de Palermo, pero dan sombra. Mientras camino hacia la parada del 39, me digo que alguien con una visión tan clara tiene derecho a una oportunidad. Conozco gente en Madrid que ha dejado de comprar sus libros, con pena, porque los presupuestos familiares se estrechan. Gente en Lima que no conoce su existencia. Y gente en Barcelona que lo admira, pero que ha leído muchos de los libros que publica en idioma original. Una editorial como Katz está en la encrucijada del tiempo de cambios que vivimos y su doble situación, a la vez precaria y vigorosa, nos urge a pensar en nuevos caminos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

XX Congreso de Literatura Española Contemporánea

Con el título Literatura e internet. Nuevos textos, nuevos lectores, entre los días 15 y 19 de noviembre se celebrará en la Universidad de Málaga el XX Congreso de Literatura Española Contemporánea.

Esta nueva edición del congreso girará en torno a la incidencia que las nuevas tecnologías están teniendo no solo en la creación literaria, sino también en la recepción y la lectura de los textos. Se expondrán numerosas ponencias relativas a la literatura actual de nuestro país y, en particular, varias que tienen que ver con la literatura digital, como puede verse en el programa que se anuncia y que puede leerse aquí.
 
Javier Celaya, de Dosdoce, abrirá el encuentro con la ponencia titulada Nuevas formas de leer: del ebook a la nube. El día 17, Francis Ballesteros (director de proyectos de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) hablará de esta Biblioteca como herramienta clave para el estudio y difusión de las letras hispánicas. Habrá ponencias como la de  Laura Borrás, Nuevos lectores, nuevos modos de lectura en la era digital  y comunicaciones de Oreto Doménech, Sandra Hurtado o David Muiño. Es de destacar la presencia de ciberescritores como Antonio Rodríguez de las Heras, Leonardo Valencia, Eugenio Tiselli y Doménico Chiappe. Las jornadas se celebrarán en el Salón de Actos María Zambrano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad malagueña.
 
Entrada publicada originalmente en Literaturas electrónicas, por Juan José Diez

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Buenos Aires por escrito

El ciudadano, de Facundo de Zuviría

En 2011, Buenos Aires tomará la posta de Liublana como Capital Mundial del Libro. Esta capitalidad la encuentra en período de recuperación de su industria editorial, después de sucesivas crisis, pero muy lejos de su momento de gloria, al cual tanto contribuyeron los exiliados españoles que llegaron a la ciudad con la caída de la República. A esta elección ha contribuido, por cierto, la existencia de más de 700 librerías, que los porteños tienen a la vuelta de cualquier esquina.

Buenos Aires ha sido cantada por los poetas de la música popular y por los poetas de la élite; retratada hasta revelar su verdadero rostro por fotógrafos como Horacio Cóppola o Facundo de Zuviría; y transitada por cientos de personajes ficticios, encerrados en las páginas de la mejor literatura rioplatense. A las historias que hay en esas páginas quiere "hacerlas visibles" Hernán Lombardi, ministro de cultura el Gobierno de la ciudad, como "parte del desafío que, como Capital Mundial del Libro 2011, tenemos por delante." Y como el hombre está en las cosas, esa visibilidad se volverá arquitectura en cincuenta fragmentos que, como placas conmemorativas, se colocarán en los sitios reales frecuentados por la ficción. 

Prueba del surrealismo al que no renuncia, este fragmento de Alejandro Dolina, que se colocará en Parque Chas:

“Los taxistas afirman que ningún camino conduce a la esquina de Ávalos y Cádiz y que por lo tanto es imposible llegar a ese lugar.”

De su carácter acanallado, misterioso y cabulero, éste de Jorge Luis Borges:
“Ebrio de una piedad casi impersonal, caminé por las calles. En la esquina de Chile y Tacuarí ví un almacén abierto. En aquel almacén, para mi desdicha, tres hombres jugaban al truco."

O este otro, de Leopoldo Marechal:
“La excitación que me produjo aquella victoria fue tan grande, que desaparecí misteriosamente de la Dirección General. Tres días más tarde fui encontrado en un café de Paseo Colón, presa de una dulce borrachera y jugando al truco en compañía de tres marineros desconocidos…”

De la reconstrucción de su habla popular, uno de Manuel Puig:
“Yo la acompañaba a la salida de una clase que terminaba ya de noche, a pasar por el bar de Talcahuano y Tucumán, que siempre estaba ahí sentado el muchacho que la enloquecía. Con buen tiempo las mesitas quedaban en la vereda, pero con el frío, y frente al descampado de plaza Lavalle, inmensa, se veían nada más que las mesas pegadas a la ventana, y las caras de atrás del vidrio bastante empañado.”

Para las paranoias que genera, y con las cuales parecen vivir contentos sus vecinos, nada mejor que Roberto Arlt:
“Por la calle Chile bajó hasta Paseo Colón. Sentíase invisiblemente acorralado. El sol descubría los asquerosos interiores de la calle en declive. Distintos pensamientos bullían en él, tan desemejantes, que el trabajo de clasificarlos le hubiera ocupado horas.”
Para confirmar su naturaleza de Aleph devorador, un fragmento de Haroldo Conti:
“Así las cosas estaban otra vez en Florida y Corrientes, que es un lugar tan inmenso y a veces tan desagradable como el mundo.”
De El hombre que está solo y espera, de Raúl Scalabrini Ortiz, los ecos ya intelectualizados de "Man in the Crowd", de E. A. Poe:
“El Hombre de Corrientes y Esmeralda es un ritmo de las vibraciones comunes, un magnetismo en que todo porteño se imana, una aspiración que sin pertenecer en dominio a nadie está en todos alguna vez.”
El Sur como invención literaria en palabras de Julio Cortázar:
 “Mi novia, Irma, encuentra inexplicable que me guste vagar de noche por el centro o por los barrios del sur, y si supiera de mi predilección por el Pasaje Güemes no dejaría de escandalizarse.”
Y por supuesto, otra vez Borges, porque el Sur le pertenece en calidad de fundador:
 “Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme."
La colocación de las placas empieza el próximo viernes, 12 de noviembre, a las cinco de la tarde, en la esquina de Tucumán y Reconquista, donde está el bar La Escalerita al que, en los tiempos en que lo frecuentaba nuestro mal olvidado H. A. Murena, cuando la Facultad de Filosofía y Letras todavía estaba en la calle Viamonte, en el barrio de San Nicolás,  se accedía bajando tres escalones, por la entrada que daba a la bajada de la calle Reconquista. En La escalerita, por entonces, servían una sola marca de whisky, que no deja de ser otra ficción que le daba nombre a un brebaje peligrosísimo de fabricación local y al cual era aficionado tanto el filósofo y poeta como los periodistas de la desaparecida editorial Abril.

Me pregunto si Hernán Lombardi, al tomar esta iniciativa de colocar placas conmemorativas de lo que nunca ocurrió en fachadas y esquinas reales de Buenos Aires, era consciente del formidable ejercicio de metaliteratura con el cual inaugura las actividades que señalarán la Capital Mundial del Libro 2011.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Copiar, cortar y pegar


Quiero agradecer a Jose Afonso Furtado la pista que me llevó a este libro.

El próximo 15 de noviembre saldrá a la venta Tree of Codes, el último libro de Jonathan Safran Foer que es, en realidad, una lectura creativa de su libro favorito, Skeply Cynamonowe, de Bruno Schulz. Estos relatos se publicaron en inglés, en una colección que dirigía Philip Roth, bajo el título de The Street of Crocodiles. En castellano, el libro tuvo al menos dos títulos diferentes, según sus traductores lo vertieran del inglés o del francés. Así, la edición argentina, a cargo de Centro Editor de América latina, tiene por título La calle de los cocodrilos, mientras la que Seix Barral hizo en España en 1972 se titula, más cerca del original polaco, Las tiendas de color canela.

No hay peligro de duplicar traducciones ni títulos a cada lado del Atlántico con la obra de Safran Foer, sencillamente porque un palimpsesto al que le falta lo suprimido es intraducible. O no. Pero si hubiera algún valiente entre los editores hispánicos que la encargara, su resultado haría evidente que toda traducción es una obra nueva de principio a fin, sin necesidad de discusiones teóricas. No es esta la única noción cuestionada por Tree of Codes, que como todos los buenos títulos revela el programa mismo de la obra y de su autor.

Visual Editions cuenta, en su sitio, que el proyecto surgió de una serie de conversaciones con Safran Foer, en las cuales el escritor confesó su interés por experimentar con las técnicas de troquelado. Aunque al comienzo no tenía claro sobre qué original haría los cortes, terminó decidiéndose por ejercer la censura creativa sobre el libro de Schulz. Mientras él recortaba la historia, los editores ponían en marcha la producción, que no resultó fácil de llevar adelante. Prácticamente todas las imprentas rechazaron el trabajo, hasta que los belgas de Die Keure se entusiasmaron con la posibilidad de hacer un libro que exigía un troquel diferente para cada página.

Los desplazamientos de la escritura en el espacio, el cuestionamiento del libro como formato, el uso del troquel para la incisión incisiva no son una novedad. Empezaron con el Dadá, siguieron con los futuristas, y Oulipo las usó como juego y, al mismo tiempo, como restricción creativa. El ejemplo más famoso es el poemario (interactivo diríamos hoy) de Raymond Quenau, Cent mille milliards de poèmes:


Jonathan Safran Foer está lejos de formar parte de las vanguardias, que se acabaron con la Modernidad, y Tree of Codes aparece en un contexto de "muerte del libro". El título, nada inocente, se cuela en un momento en que muchos vendedores de pasta mecánica en forma de colecciones de bolsillo se llevan las manos a la cabeza y claman al cielo porque Internet amenaza el pilar de nuestra cultura, mientras un corifeo de gurus techno les hace el canto llano que anuncia la inminencia de esa muerte. Tree of Codes es una metáfora arquitectónica, muy posmoderna, de los códigos de la Red, y de los códigos que hacen a la Red, estampados y recortados sobre árboles muertos.

Al recortar y no reponer el texto original de Bruno Schulz, Safran Foer hace referencia a lo que todo estudiante practica para su tesina (y muchos académicos realizan con sus papers) gracias a la Wikipedia y a otras herramientas menos santas. Cuestiona la noción de autoría concebida como originalidad adámica. Hace de la escritura (y también del texto) pura performatividad. Y las ventanas que el troquel deja abiertas a palabras que aparecerán varias páginas más adelante y obligan al lector a una lectura activa e iterativa, de permantes elecciones entre ver, ignorar, incorporar, descartar para más adelante, borran de hecho las virtudes, tan elogiadas últimamente, de la lectura lineal "inmersiva". Por si esto fuera poco, Safran Foer ha ¿escrito? un libro cuyo único formato posible es el libro, aunque para ello le haya sido necesario descuartizarlo.