viernes, 16 de marzo de 2012

Era rubia. Andaba en líos. Y pagaba 3 centavos por palabra


U$S 100 se pagó en subasta por este vintage .

 Así describía Ed McBain la edad de oro del pulp-fiction en un artículo publicado en el New York Times en marzo de 1999. Por entonces, yo descubría los libros de James Sallis en mis escapadas a la librería Murder One, en los ratos libres que me dejaba la Feria del Libro de Londres y los agentes literarios.

Las novelas de James Sallis no pertenecen al género, aunque vayan de detectives: como todo lo escrito después de 1980, viven en el territorio de la nostalgia. Son revisiones en clave de homenaje, visitas culteranas a un modo de producción que empezaba a decaer.

De los libros de Sallis que publicamos en España, el preferido de Antonio Ramírez, librero de La Central, fue Vidas difíciles, una serie de ensayitos sobre Jim Thompson, David Goodis y Chester Himes, además de la celebración de un género que solo fue posible cuando, allá por los años 30, la industria editorial dio un giro copernicano que ha tocado a su fin.

Ramírez, después de darme la enhorabuena por la publicación de Vidas difíciles, me confesó con cierta tristeza que no creía que pudiera vender más de 80 ejemplares entre sus dos librerías, librerías de referencia en Barcelona.

¡Disfrutemos de esos 80, entonces!, le dije.

Y me pareció una melancólica ironía --y una lección de humildad-- que las expectativas de venta de un libro que analizaba el fenómeno de los bolsillos populares, cuyas tiradas iniciales llegaron a los 250.000 ejemplares, fuesen tan magras. En aquellos años vivíamos inmersos en el fenómeno de los super-ventas, cuyo último exponente fue la trilogía Millenium del sueco Stieg Larsson, y ya se había eclipsado el período confuso en que Amy Tan se promocionaba como "literatura seria".

Otro giro copernicano estaba a las puertas. Y las sigue batiendo con sus aldabas.


La guerra, la tecnología y la producción (de sentido)

Toda nueva máquina nace de una hipótesis de guerra, desde las de Poliorcetes a Arpanet. Y una vez creadas y probadas, les encontramos otros usos y sentidos. Especialmente cuando esas hipótesis han caducado.

Primera baja de la embestida del bolsillo.
El pulp-fiction como género no se fundó con Pocket Books, en 1939. Gozó de muy buena salud desde 1920 en las páginas de Black Mask, donde se publicaban cuentos y relatos cortos de todos los géneros populares: aventuras, policiales, historias de detectives, historias de amor, de horror y de fantasía sobrenatural.

Black Mask fue un subproducto de dos avances tecnológicos, los mismos que permitieron a Allen Lane crear la exitosa Penguin mucho más tarde, en 1935: la linotipo y la impresión offset. Si la lino reducía los tiempos de composición de la página, la impresión offset permitió no solo bajar los costes de impresión, sino también y sustancialmente los de papel. La excelente definición de la tipografía que la offset lograba aun en los papeles más rústicos y porosos la hacía el aliado de oro del texto. Por 15 centavos de dólar, un tesoro de evasión (y a veces de excelente literatura) estaba a disposición de lectores ávidos, que no se avergonzaban de pasar el rato del otro lado del sueño americano: su pesadilla.

En 1929, justo antes de su apogeo y su vertiginosa decadencia, Black Mask publicó, por entregas, El halcón maltés, de Dashiel Hammet, el autor que, en palabras de Sallis, " invirtió el mito y situó los demonios de los castillos europeos y de los colonos de Nueva Inglaterra en paradas de autobús, comedores populares y habitaciones de hoteles de mala muerte." El paso previo al nacimiento de la novela negra.

Los libros de bolsillo que apelaban al gusto popular fueron concebidos en Alemania, en 1931, por la editorial Albatross. El experimento duró poco, porque el subproducto de las máquinas de guerra --las autopistas que el nazismo construía para mover tropas de invasión a velocidades hasta entonces desconocidas--  pasó a ser el Volkswagen.

La suerte de revistas como Black Mask estaba echada.

Bastaba que a alguien se le ocurriera separar los múltiples géneros contenidos en sus páginas en colecciones, que de los relatos cortos surgieran novelas que alimentaran esas colecciones y que ese alguien, para conseguir autores, se resignara a tener que resolverles la vida pagándoles un tanto alzado contra una producción ingente. Los nombres de ese alguien fueron legión: Pocket Books, Dell, Avon, Harlequin, Popular Books.

Porque la virtud de Black Mask fue la de ser pionera, la de entender que la nueva tecnología abría oportunidades y nuevos géneros, pero su gran pecado fue la paga miserable que ofrecía a los autores. Y si los autores no pueden vivir --si mueren-- no hay nada que editar.

Los modos de producción 

Los libros de bolsillo "fueron huérfanos, mestizos, animales de corral a los que se dejó caer desde el aire sobre expositores de fauna exótica [...] Nadie sabía muy bien qué hacer con ellos, y mucho menos quienes los producían, que también tendían a ser un poco raros", cuenta Sallis en Vidas difíciles. La fauna incluía a libreros en quiebra, gente que venía de la alimentación y de otros sistemas de distribución mayorista, empresarios sin piedad e intelectuales renegados. De seguir el relato de Sallis, tendremos que aceptar que la industria editorial, tal y como la conocemos --la industria del offset y la distribución masiva-- tiene unos orígenes bastante más cercanos a la atracción de feria que a las murallas de Ur. Y eso es bueno. "Oropel y una pizca de trascendencia", en palabras de Sallis.

Ed McBain entra en la escena del pulp en su segunda etapa, la de mayor gloria. La hipótesis de guerra se ha transformado ya en posguerra, pero las necesidades militares habían provocado dos pequeños avances tecnológicos que cambiarán a la industria del libro: la cuatricromía y el plastificado, ambos de capital importancia para los mapas de estado mayor durante la II Guerra Mundial. En un mundo gris, una explosión de colores que, gracias a los laminados, no deja huellas en las manos húmedas del lector.

Cubiertas de cuatricromía de los años 50.

Por entonces, empezar un relato criminal era como hacerse con una caja de chocolatinas y quedar sorprendido cuando se hincaba el diente en el centro, que podía ser blando, de caramelo, o de nuez. Había un montón de nueces en la ficción criminal, pero uno nunca sabía qué clase de historia saldría de la máquina hasta que empezaba a tomar forma en la página. Como un pianista, un buen escritor de cuentos criminales no creía que conocía su oficio si no sabía improvisar con las doce teclas. Las variaciones de timbre de un tema eran lo que lo hacía tan divertido. Que a uno le pagaran 2 o 3 centavos por palabra, también.
Subrayo la máquina de Ed McBain, que aunque fuera la inocente máquina de escribir, señala también el caracter maquínico de la cultura popular. Variaciones sobre un tema, como las que podía hacer la máquina de Jacquard sobre un tejido con solo una perforación diferente en la tarjeta. 

En medio de toda aquella duplicación iconográfica, algunos escritores registraron sus propias visiones. Su obra sigue siendo legible en la medida en que hicieron sus propias variaciones sobre el mito paladino, variaciones a las que rara vez se prestó atención en un mercado indistintamente receptivo a lo muy trillado.
 Dice Geoffrey O'Brien en Hardboiled America: The Lurid Years of Paperbacks. Y se refiere a los Chandler y los Goodis, a los Thompson y los Himes que, detrás de aquellas cubiertas chillonas, nos hablan de los rincones innobles de la vida. Ellos, los que hicieron perdurable la subversión innata de los paperbacks y la transformaron en literatura.

El offset y la industria editorial que surgió de esa tecnología, cumplieron su papel al dar origen a un género y a unos escritores que son irrepetibles en otras condiciones de producción. Y además, crearon los medios de supervivencia de esos escritores, algo que el offset y sus industrias culturales afines son incapaces de hacer hoy.

Cincuenta matices de gris

El giro copernicano del que seremos testigos o protagonistas, ese tan mentado cambio de paradigma editorial anteportas al que le sustraemos cuerpo y alma, viene impulsado por otras máquinas, a las que damos el nombre indigente de "mundo digital". Y antes de haber abrazado el cambio, nuestras voces se alzan en un cloqueo indistinto pidiendo nuevas formas narrativas acordes con los tiempos que no logramos asumir.

Libros enriquecidos con videos y canciones; apps que en su tridimensionalidad se lancen sobre las fauces de quien ya no será lector (y por tanto no nos necesitará); interactividad prefabricada para niños azorados; editoriales transformadas en productoras multimedia; lectura "social" que, impertinente, interrumpe la inmersión en los mundos paralelos de los relatos; transmedia para trashumantes de plataformas, que no son dehesas.

Tengo para mí que el cambio ya ha sucedido y ha sido mucho más radical que cualquiera de las propuestas del catálogo barroco enunciado más arriba.

Las señales son muchas, pero dos noticias recientes las ponen en relieve. Ambas cubiertas por Laura Hazard Owen, en PaidContent. Pasaron casi inadvertidas, porque estamos demasiado distraídos con las cuentas de colores.

Fifty Shades of Gray, el best-seller que llegó a los primeros puestos tanto del New York Times como de Amazon, tuvo sus orígenes como un fan-fiction, publicado íntegramente en el sitio FF.net. Mucho antes de que Random House la descubriera, E. L. James ya había sido finalista en la categoría "Mejor novela romántica" de los premios organizados por GoodReads en 2011, tenía una base de seguidoras inmensa, que habían contribuido con sus comentarios a la evolución de la historia hasta su forma final y, lo que es igualmente importante, una pequeña editorial independiente australiana la había publicado en papel.

Cuando estoy de humor provocador, algo que me sucede a menudo, digo que los próximos Homeros están ensayando sus epos en las catacumbas del fan-fiction. Que la web nos está entrenando en un híbrido donde la palabra escrita comparte demasiadas características con la oralidad como para que lo pasemos por alto. Que la iteración algorítmica nunca producirá historias tan buenas como la repetición humana. Y que esa repetición humana encuentra en el fan-fiction una plataforma espontánea, acorde con las herramientas que nos proporciona la web, y que hay que asomar el hocico sin hacer ascos para saber cómo será uno de los géneros que este nuevo modo de producción facilita.

Esta sí es tarea de editor.

La otra se refiere a una de las "editoriales" de Amazon, Kindle Singles. Laura hizo una investigación exclusiva, para la cual incluso consiguió que Amazon les permitiera a sus autores romper el pacto de confidencialidad por el cual no pueden hablar ni de los términos de los contratos ni de las ventas. Los resultados dan para la reflexión. Libros de siete mil palabras, que nunca habrían encontrado un sitio en el papel --ni como libros por cortos, ni como artículos periodísticos por largos-- han encontrado una considerable aceptación entre los lectores, dispuestos a pagar por ellos. En 14 meses, se han vendido 2 millones de ejemplares de Kindle Singles, proporcionando una nueva fuente de ingresos a escritores consagrados y nóveles.

Y esta también es tarea de editor. 

domingo, 27 de noviembre de 2011

Los libros inútiles


 que una rama del comercio extraviada es una rama perdida y que en diez años se causan más males de los que que se pueden reparar en un siglo.
                            Dennis Diderot (Carta sobre el comercio de los libros)

Libros de mármol de la decoradora Kelly Wearstler.


 En 20 años de ejercicio editorial, he publicado libros inútiles. Varios.

Los libros útiles no son el contrario de los libros inútiles. Son los libros que sirven para algo: para que adelgacen los ejecutivos en comidas de negocios; para convertir un erial en un jardín; para preparar una cena. Y para pagar los salarios.

El contrario de los libros inútiles son los libros valiosos.

También he publicado libros valiosos. Varios. Algunos se volvieron inútiles, porque sofocados por los auténticos libros inútiles que publicábamos, yo y todos mis colegas.

Estos son los verdaderos géneros con los que trabaja un editor. Lo demás es literatura. Y vanidad. Del equilibrio entre ellos depende la salud del comercio del libro.

UNA MAREA BLANCA DE PAPEL

Cualquier cosa que digamos sobre la edición y el cambio de paradigma al que está sometida se modificaría radicalmente si tuviésemos una historia económica del papel. Y de su inflación. También, del papel del papel en la consolidación del Estado moderno y de la burocracia que lo hizo posible. Ya lo dijo Bertold Brecht, y mucho mejor: para ser hombre hace falta un librito de papel, el pasaporte.

El papel impreso y el poder han compartido una intimidad que a menudo se pasa por alto.  Quien no lo crea, que pregunte a los sin papeles.

La edición se ha articulado en esa intimidad. Que a veces la haya cuestionado, e incluso desafiado, no es más que una confirmación del vínculo y sus tensiones. En esta lógica, la misión del librero-editor (hoy descompuesto en una red que abarca a decenas de jugadores) es, en espejo con la de quien extiende un pasaporte, asegurar la circulación de los discursos y, al mismo tiempo, restringirla para evitar su proliferación descontrolada y su consiguiente devaluación.

El editor adquirió su lugar de privilegio, que sustentó sobre la extinguida promesa ilustrada, en el compromiso tácito de guardar el orden de lo escrito. De mantener la asociación de la autoridad de saber y la forma de publicación.

A todo esto se lo llamaba "hacer un catálogo". Hay editores con catálogo, como Jorge Herralde, y hay editores sin catálogo, como Planeta Internacional.  Literalmente sin catálogo, porque ningún documento da cuenta de la historia de sus publicaciones.

El editor "con catálogo" no está a salvo de los libros inútiles, porque forman parte del régimen de la edición: de la negociación con el agente literario en pos de un libro valioso o de uno útil; de la necesidad de mantener encendida la hoguera de la librería; de ocupar el territorio de las mesas de novedades y del inevitable error de apreciación. Pero la tentación de entregarse al libro inútil queda acotada por ese registro de sus acciones  y pecados editoriales que es el catálogo.

Quien no tiene catálogo, no deja huellas. Tira de la cuerda y esconde la mano.

Hace diez años, pensaba que los libros inútiles hacían ruido. Hoy los veo como una inmensa marea blanca en la cual zozobran los discursos que prometimos hacer circular.

LA HERIDA AUTOINFLIGIDA

La economía del papel está asediada desde hace tiempo. Desde la Primera Cena que Frank McNamara pagó con una tarjeta de crédito en el Major's Cabin Grill, en febrero de 1950.

Fue una andanada en la línea de flotación del mundo simbólico construido alrededor del papel. De allí a la libre circulación de capitales ficticios que hoy amenaza con acabar con la civilización tal y como la conocemos, han ocurrido muchas cosas.


¿Por qué siguen pensando los editores que el papel que les toca en el mundo de papel no debe ser tocado? ¿Acaso creen que el papel de los libros es más importante que el papel moneda? ¿No han comprendido que el destino de ambos papeles está atado?

Mucho antes de que llegara el gran editor universal, ese que le abre las puertas a cualquiera y donde los textos tienen por único contexto su pertenencia a una misma temática, mucho antes de la Red, de la autoedición, de los ebooks, de Google y de Amazon, los editores se autoinfligeron una herida. Una herida fiera, porque hecha con el instrumento contundente y romo de los libros inútiles.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

No están todas las que son ni son todas las que están

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Con el objeto de promover el desarrollo de las industrias culturales autóctonas y facilitar los emprendimientos comunes entre ellas, la Secretaría de Cultura de la Nación facilita un Mapa Cultural de la Argentina interactivo que vale la pena visitar.
A través del Mapa Cultural hoy sabemos que en Argentina existen más de 400 cines, cerca de 600 editoriales de libros y no más de 130 sellos musicales. A lo largo de su territorio, se emplazan más de 2200 librerías y más de un centenar de Ferias del Libro. Existen además aproximadamente 800 espacios de exhibición patrimonial, más de 8300 bibliotecas de distinto tipo, 870 monumentos y lugares históricos, 2400 salas teatrales, cerca de 1400 radios y 2.600 Fiestas y festivales en todo el país.

Porque no están todas las que son ni son todas las que están, la Secretaría ha instrumentado una herramienta de validación del mapa con la cual los usuarios pueden corregir, agregar o cuestionar la inclusión de tal o cual empresa o evento ligados a la cultura. El recurso al crowdsourcing por parte de una institución del Estado es más que bienvenido, pues es una de las maneras de usar Internet como instrumento organizador de ciudadanía, reforzando el sentido de pertenencia social, geográfica e histórica a través de la participación responsable en la creación de la información de uso común.

En materia editorial, se confirma la concentración de esta industria en la ciudad de Buenos Aires: de 552 empresas dedicadas a la edición de libros, 342 tienen su sede en la capital del país.Y faltan varias de las importantes, no solo por tamaño sino por valor cultural.

Uno de los recursos más interesantes del Mapa es la posibilidad de superponer los indicadores culturales a otros, de carácter socio-demográfico como, por ejemplo, educación, acceso a la salud, índice de pobreza, penetración de las nuevas tecnologías y más.

Pego aquí una captura de pantalla del mapa editorial con una superposición del porcentaje de hogares con acceso a Internet en toda la geografía de la república, siendo las zonas más oscuras de color anaranjado las que ostentan un porcentaje de hasta un 23 % de hogares con acceso. A señalar también que esas regiones son las de menor densidad demográfica del país.

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Uno concluye, tal vez con premura y frivolidad, que cualquier cambio de paradigma en el sector editorial de la Argentina, cualquier futuro de la edición digital (si lo hay), pasará por el desarrollo de soluciones móviles, centradas en los 55 millones de teléfonos celulares en poder de una población de 40 millones, una gran mayoría de los cuales tiene acceso a la Internet móvil. Las implicaciones de esta realidad de las infraestructuras son enormes e inclinan la balanza de poder de la edición y el consumo textual no ya hacia las grandes empresas de software, como ha sucedido en los países centrales, sino hacia las telefónicas. Una realidad que merece empezar a pensarse seriamente desde las políticas públicas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Aun no hemos visto nada

Ejemplar de Players, de Don De Lillo, perteneciente a David Foster Wallace. Universidad de Texas en Austin.
Afecta apenas a cinco mil títulos, entre los cuales no figura ninguno publicado por los Big Six de la industria editorial neoyorkina. Beneficia a apenas un 9 % de los usuarios Prime de Amazon que, según calcula el analista Eugene Munster, de Piper Jaffray*, serían tan solo 5 millones de personas en todo el globo. Un alcance ridículo si uno piensa en términos de escala: apenas la cuarta parte de los lectores a los que, teóricamente, podría llegar Planeta a través de e-Círculo si se decidiera por una estrategia digital coherente y sostenida.

Sin embargo, el programa Kindle Owner Lending de Amazon marca un giro copernicano en la cadena de valor del libro. Porque a lo que Amazon le pone precio es a las notas, subrayados, garabatos y caprichos del lector. Lo que se precia y aprecia es la permanente negociación con el texto que implica la lectura activa, donde el "margen de sentido" se produce en un lugar intermedio entre el emisor (autor) y el receptor (lector).  Este espacio marginal, que hemos dado en llamar marginalia, tiene su punto de sustento entre lo privado y lo público, y que se inclina hacia uno u otro lado del fiel según quién sea el dueño del libro. Es la esencia de la lectura social, donde la intersubjetividad de la interlocución permite la reproducción del sujeto lector en su reflejo del otro, del que ha escrito el texto.

Esta práctica social de reproducción reflexiva del sujeto en tanto productor de sentido es tan vieja como la lectura. Todas las novedades en materia de lectura digital van por este camino, los ingenieros empiezan a entender: desde la plataforma Copia hasta la lectura social propuesta por Kobo; desde 24 Symbols hasta la mimada (en exceso) startup Small Demons.

Pero solo Jeff Bezos --el gran innovador-- ha pensado que es esa experiencia de sí mismo por la que el lector está dispuesto a pagar. Porque Bezos ha descubierto que la "experiencia de lectura" no es una experiencia sensible a enriquecer con videos y enlaces mil, sino una actividad productiva. Y nadie renuncia a su propia (re) producción.

No voy a entrar aquí en análisis acerca de la viabilidad de la propuesta, ni de los contratos que la limitarán, ni del coqueteo permanente de Amazon desde los bordes de la legalidad, ni de las reacciones de otros colectivos comprometidos (autores, agentes, editoriales). Se ha escrito mucho y muy bueno en estos días al respecto. Tampoco entraré en las connotaciones éticas de esta decisión inconsulta de Amazon con respecto a su proveedores de contenidos.

Solo señalar que si de fractura de modelos se trata, de cambios de paradigma, de llevar las fronteras a sitios que el dinero todavía no había conquistado, este es el puntapié inicial de un nuevo juego. Y que como el genio puede ser tanto benigno como maligno, habrá que reconocer la genialidad de Bezos en esta movida.

CÓMO FUNCIONA

Esto no va de streaming. Mejor dicho, el streaming es apenas una modalidad que habilita el reconocimiento del valor económico del aporte productivo del lector.

Esto no es un Netflix ni un Spotify de los libros. Esto es convertir al lector en el centro de un nuevo sistema planetario. Porque si bien ser miembro del programa Prime permite a los usuarios de Amazon ver películas y escuchar música gratuitamente, después del abono de una suscripción anual de 79 dólares, pensada en un principio solo para el despacho gratuito de bienes analógicos, Kindle Owner Lending tiene una cláusula especial. 

Si eres miembro de Prime y dueño de un Kindle, tienes derecho a leer 12 títulos gratuitamente a lo largo del año, casi el doble de lo que consume el lector medio estadounidense. Ahora bien, si te has entregado a la lectura realmente gozosa, esa que te lleva a subrayar, a anotar tus pensamientos más locos, tus desavenecencias con ese ausente que es el autor, tus puntos de acuerdo, las relaciones que has descubierto con otros corpus de texto, si eres un lector "de verdad", solo podrás recuperar tu producción de sentido --que ha quedado bien guardada detrás de las puertas de la nube de Amazon-- si pagas por el libro su precio de mercado. Esto es, si te conviertes en su propietario.  

Cuando escribía en FutureBooks que no todos los contenidos digitales ofrecen la misma experiencia de consumo online y me mostraba escéptica sobre un Spotify de los libros, no imaginaba que Bezos ya había descubierto la especificidad de la lectura, ni que la incorporaría a un modelo de negocio que tiene por objetivo la disrupción de su mismísima empresa, antes de que sean otros quienes lo hagan.


La iniciatia apunta a que el ecosistema de Amazon se vuelva aun más cerrado, más autosuficiente. Las armas: Silk, Prime y Fire (que es la ventana al catálogo de Sears & Roebuck desmaterializado). La relación de intimidad entre la nube de Amazon y la función productiva del lector deja a todos los demás actores fuera. Autores y editores solo son dueños de la excusa que permite esa productividad.


¿No sería hora de que nos pusiéramos las pilas y empezáramos a pensar con libertad en nuestro futuro?


*Esta información está tomada del boletín de pago Publishers Lunch de Luxe, de Cader Books. Me disculpo por no poder ofrecer un link a ella.



viernes, 21 de octubre de 2011

De las bibliotecas (públicas, privadas y ausentes)





Este blog nunca se planteó seguir de cerca las noticias del mundo editorial y su irreversible cambio de paradigma. La intención siempre fue que me sirviera como un sitio donde compartir reflexiones sobre ese cambio, que afecta muchas otras facetas de nuestro transitar en el mundo. Por eso, las nuevas entradas se han presentado cada vez que tenía algo que decir y nunca han tenido una periodicidad asible. Mi registro blogger es más el de una conversación que el de un servicio.

Sin embargo, una ausencia de más de dos meses hasta a mí me desconcierta.

Por razones que no vienen al caso, pero que implican el espacio (dimensión que estamos perdiendo en medio de una algarabía algo insensata), he debido catalogar toda mi biblioteca personal. La de papel impreso, sí, la espacial, esa en la que la palabra comparte un sitio con la arquitectura. No conté con ayuda y fue un trabajo arduo. En especial porque debía deshacerme de dos tercios de los libros que me han acompañado por los años y por los continentes, y la catalogación iba a la par de una selección rigurosa. Hoy, terminado el trabajo y bien guardados esos más de dos mil volumenes en cajas etiquetadas que descansan en el depósito de un anticuario amigo, reconstruir o rememorar ciertos períodos de mi historia intelectual se reduce a un ejercicio de imaginación frente a las hojas de Excel en las que han quedado metadateados. Sé en qué caja descansa cada uno, el año en que lo leí, qué significó en mi desarrollo, a qué otros títulos está vinculado (en mi orden caprichoso de lecturas) y algunas cosas más. En cambio, no sé cuando volveré a verlos, ni a repasar las profusas anotaciones en los márgenes, que se fueron haciendo más parcas a medida que me internaba en la edad adulta.

Lo que ha quedado a la vista es el hueso. En algunos casos, he consevado en los anaqueles más de una edición del mismo título, cuando cada una de esas ediciones aportó algo diferente a la experiencia de lectura. Cada noche me llevo uno o dos a la cama. Los hojeo, los releo fragmentariamente, sobre todo, a partir de las notas al margen.

A Mimesis, de Eric Auerbach, le tocó el turno estos días. Y volví a emocionarme con la página final y el certero subrayado. Quiero compartirlo aquí, pero deberán conformarse con una torpe traducción de mi mano, porque la edición de Fondo de Cultura, en la que se encontraron dos exiliados --Auerbach, el autor, y Eugenio Ímaz, el traductor-- la perdí hace mucho tiempo en uno de mis traslados intercontinentales.


[...] las dificultades fueron enormes. En esas circunstancias, tenía que tratar con textos que abarcaban más de tres mil años y, a menudo, me veía obligado a traspasar los confines de mi especialidad, las literaturas romances. Mencionaré también que escribí el libro durante la guerra y en Istambul, donde las bibliotecas no están bien equipadas para los estudios europeos. Las comunicaciones internacionales estaban obstaculizadas; tuve que prescindir de casi todas las revistas, donde se publicaban las investigaciones más recientes y, en algunos casos, de las ediciones críticas más autorizadas de los textos. Por lo tanto, es posible e incluso probable que haya pasado por alto asuntos que habría debido considerar y que, ocasionalmente, afirme algo que la investigación moderna desaprueba o ha modificado. Confío en que estos errores probables no incluyan ninguno que afecte el núcleo  de mis argumentos. La falta de estudios técnicos y de revistas también puede explicar por qué mi libro no tiene notas. Aparte de los textos, mis citas son escasas y, por su escasez, fáciles de incluir dentro del cuerpo del texto. Por otra parte, es muy posible que el libro deba su existencia justamente a esta falta de una copiosa biblioteca especializada. De haberme sido posible la familiaridad con todas las obras que se han realizado sobre tan diversas materias, quizá nunca habría alcanzado el punto de la escritura.
Las negritas corresponden a lo que subrayé hace ya 20 años en el libro de papel.

En el duelo por esa parte de mi biblioteca que, de momento, no está a mi alcance, estas palabras finales de Auerbach me reconfortan.

 Sirven también como punto de partida de una reflexión sobre la necesidad (o la no necesidad) de bibliotecas universales que abarquen todo el saber humano y que no están pensadas para nuestros ojos.

Y como inspiración programática para quienes quieran escribir un libro cuando nos quedemos sin electricidad o sin acceso, que será una de las formas de la guerra posthumana. 

Prometo, a partir de ahora, visitar con más frecuencia el blog. Espero que sigan acompañándome con su siempre bienvenida lectura.

lunes, 1 de agosto de 2011

El próximo Vladimir Propp será un algoritmo


El pasado 13 de julio, en Shangai, unos 840 millones de palabras, contenidas en las páginas amarilleadas de unos 5200 documentos y libros que nunca vieron la imprenta, salieron de las empolvadas cajas de cartón que las guardaban rumbo a su digitalización. Yang Liangcai fue el encargado de la selección, junto a un equipo de expertos. Lo primero que nos dice sobre él el People's Daily Online es que tiene 79 años, porque ser mayor en China inspira confianza y respeto y forma parte de las bazas de un buen curriculum. El anciano Yang es un ex miembro del Partido, no uno cualquiera, porque ejerció como secretario de la Asociación de Arte y Literatura Popular de China y ahora es miembro del Comité de Expertos de un proyecto que pretende el rescate del folklore chino, de sus géneros y tradiciones perdidas en la acelerada urbanización iniciada tras la muerte de Mao.

Estos 840 millones de palabras son tan solo una muestra diminuta, una primera selección. Quedan miles de cajas sin abrir. Muchas de estas palabras están escritas a mano en caligrafía popular; otras, se han trasladado al papel por medio de sellos de madera, una suerte de tipos móviles manuales; otras, más actualizadas, conocieron su fijación por medio del mimeógrafo. Cubren una amplia variedad de géneros: el mito; la leyenda; la narración; el chiste; el cuento de hadas; la balada; los proverbios y la épica. Y dicen que pronto, aunque no se sabe qué es pronto en términos chinos, estarán disponibles online para su acceso irrestricto. No solo las palabras pasarán por el escáner, también las ilustraciones. Los materiales de esta colección se han reunido a través de toda la geografía china, que es vasta, a lo largo de 60 años.

Es folklore contemporáneo, porque la base de datos solo llegará, en esta primera etapa, a cubrir creaciones populares posteriores a 1940, y las lenguas en que se escribieron son minoritarias, pero tendrán sus traducciones al chino mandarín. En una segunda etapa, el gran archivo incluirá documentos de los últimos cien años y grabaciones que reproducen la literatura oral de las minorías étnicas, lingüísticas y sociales. Todo esto sumado, dice Yang el Viejo, será un acervo de cuatro mil millones de palabras. Las compilaciones comenzaron a realizarse en 1984. A Yang le preocupa tanto la publicación, en el sentido de hacer público, de estos materiales como el talento que encierran y reconoce, con tristeza, que si el talento sobra por el lado de la producción popular, falta en filólogos y folkloristas para analizar tanto material.

De todas formas, no hay que preocuparse demasiado, porque Baidu, el buscador oficial chino que quiere competir con Google, vendrá en ayuda de la empresa de reconstrucción del pasado inmediato. Y los 4 mil millones de palabras, en ayuda del buscador.

Uno se pregunta cuánto tiempo tardarán los algoritmos en producir una morfología del relato popular chino. Vladimir Propp encontró 31 funciones y ocho tipos, o actantes, a lo largo de muchos años de estudio de un material menos extenso. ¿Qué encontrarán los algoritmos de Baidu? ¿Y acaso dejarán fuera de su análisis, al igual que hizo Propp, cualquier consideración de tono o de registro? ¿O usarán los miles de millones de palabras solo para venderles publicidad contextual a las minorías étnicas que las produjeron?

El proyecto es fascinante. Especialmente porque si surge un Propp algorítmico, no tenemos por qué perder la esperanza de que llegue su crítico superador, en una reencarnación maquínica de Claude Levi-Strauss.

Debo la primera pista que me hizo llegar a esta información a mi estimado amigo José Afonso Furtado, también conocido como @jafurtado en Twitter.