jueves, 7 de abril de 2011
¿Hay que seguir llamándolos libros?
Se va imponiendo lo de llamar "enjaezadas" a esas versiones electrónicas de libros pensados, concebidos y escritos como los libros de toda la vida, con el único agregado de algún video y materiales premium que justifiquen, más a ojos del editor que del lector, unas tecnologías que tal vez hayan llegado para proponernos otra cosa.
Gracias a Shane Richards, editor de tecnología del Telegraph, he encontrado esta versión animada que HarperCollins encargó para lo que antes llamábamos portada y portadilla del último libro de James Gleick. Sí, ese mismo. El que popularizó la teoría del caos allá por los años 80. La editorial encargó 12 videos a los alumnos del Central St Martin College of Art and Design de Londres y el resultado, como casi todo el diseño que viene de la capital británica, es espectacular. El título: The Information. Y sí, Gleick se propone, esta vez, popularizar una teoría de la información. Algo aun más caótico que el caos mismo.
En su libro, que fue concebido, pensado y escrito con el paradigma texto como centro, Gleick dice estar interesado en la forma en que producimos y compartimos información, pero no en las tendencias de corto plazo. Que si creemos que Facebook es importante andamos mal encaminados. Que lo importante son los cambios que se producen cuando podemos comunicarnos a esa escala y con una inmeditez antes desconocida. En un libro cuyo título es The information, ¿qué agregan en materia de información, aparte del elemento decorativo, los videos que lo enjaezan? ¿Son estas animaciones algo más novedoso en nuestra comunicación que las iluminaciones de los manuscritos medievales?
Sin duda, el libro electrónico y la oportunidad que ofrece de incorporar otras formas discursivas dará mucho juego en los títulos de no ficción. Pero, ¿qué lugar ocupan las "iluminaciones" encargadas por el editor en la teoría de la información de Gleick? ¿Son de verdad una nueva manera de comunicarnos?
Y una pregunta, ¿debemos seguir llamándolos libros o solo lo hacemos por pereza intelectual?
lunes, 28 de febrero de 2011
Si la letra con sangre entra
![]() | ||
| Avenida de la Revolución, 313 DF |
Aquí, el stream de Yfrog donde apareció.
Libros y libreros en la Antigüedad (y en Zaragoza)
![]() | |||
| Hay libros, como éste, que leo durante el desayuno. |
Opinan algunos doctores que el incendio de la Biblioteca de Alejandría, o su paulatina destrucción como es más propio decirlo, no fue tal desgracia, y que, si llega a conservarse íntegro el acervo de los antiguos, ni la Antigüedad nos parecería tan estimable, ni acaso nos dejaría pensar por nuestra cuenta. Ya se ha dicho todo.
Curioso colofón ha elegido Francisco Javier Jiménez para esta plaqueta de Alfonso Reyes que acaba de publicar en Madrid, en línea con otros libros que hablan de libros en su catálogo como, por ejemplo, el muy festejado de Jesús Marchamalo, Tocar los libros. Y digo curioso porque el colofón solía ser el sitio de lucimiento del impresor y del tipógrafo, de los artesanos que habían hecho posible la lectura de la palabra. Pero Francisco Javier, editor artesanal que hace libros preciosos, le ha cedido protagonismo nada más y nada menos que al autor del libro, porque la frase es, también, de Alfonso Reyes.
No solo Dios y el Diablo viven en los detalles. La anomalía del colofón que cierra esta edición de Fórcola es un detalle, diminuto, donde habita una realidad: estamos en medio de un cambio de paradigma que cuestiona todos los lugares consagrados y consagratorios, esos que parecían inamovibles: el del autor, el del lector, el del editor y el del librero, estos dos últimos, agentes necesarios que ponen en contacto a los dos primeros. Del férreo aparato de logística que habilita o imposibilita esa circulación, no escribiré hoy aquí.
Libros y libreros en la Antigüedad es otra anomalía. Un mashup de los años 50, en el cual el gran ensayista y traductor mexicano hace una refundición de otro texto, el del británico H. L. Pinner, The World of Books in Classical Antiquity. No porque las refundiciones no hayan sido siempre columna vertebral de la transmisión de la cultura y estén en la base de la construcción de altas reputaciones en el mundo de letras, sino porque las ansiedades del cambio de paradigma tal vez no habrían sido tan lenientes con Alfonso Reyes en estos días. Editores de postín, como Jaume Vallcorba, no vacilarían en llamarlo bloguero, con esa voz aguda que solo se destila en el alambique del desdén, y el nuevo algoritmo de Google tal vez condenaría Libros y libreros a la oscuridad, acusándolo de ser un mero agregador de noticias que ha encontrado en otra parte.
Libros y libreros en la Antigüedad es, sin embargo, una delicia. Y muchas de sus páginas iluminan la situación actual del mundo del libro, que ni siquiera llegó a imaginar, pero cuyos muchos males nos atormentan desde los tiempos de la Biblioteca de Alejandría. Con Alfonso Reyes, festejo también la destrucción de aquellos muchos libros que por entonces habíamos logrado acumular, con esa irresponsabilidad que nos caracteriza cuando se trata de incorporar un nuevo objeto al mundo, irresponsabilidad a la que tanto le temía Hannah Arendt.
En el capítulo titulado "Comercio del libro entre los griegos", apunta don Alfonso:
Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo. Para decirlo de modo anacrónico, el librero comenzó por ser a un tiempo manufacturero, editor y vendedor al menudeo. El desarrollo de la literatura y su tráfico determinan la división de labores, separando al editor (que en la Antigüedad era también productor material, abuelo del impresor) y al vendedor, que compraba a los editores y revendía a los lectores. [el énfasis es todo mío].
De manera que los más de 120 colegas, libreros y amigos reunidos en Zaragoza la semana pasada alrededor de la convocatoria de Paco Goyanes, esforzado responsable de la maña librería Cálamo, no son más que eso, "comerciantes", con todo el respeto. A los editores de antaño, como Víctor Seix, co fundador de Seix-Barral, de grata memoria, no se les caían los anillos por apuntar, en las escrituras de constitución de sus emprendimientos, que eran vecinos de Barcelona y de profesión, comerciantes. Tal vez porque los hombres siempre hemos sabido que solo el comercio nos dignifica, nos lima, y nos hace tolerantes. Los plañidos de muchos de los participantes, que tanto Twitter como la prensa han reproducido, su obsesión por ocupar una centralidad cultural que haga olvidar su condición última de intermediario que lucra con la creación ajena y el disfrute de los otros, también es un detalle donde habita el insoslayable cambio de paradigma, aunque su función sea la de tender una cortina de humo que los aparte de la realidad.
Francisco Javier estuvo en Zaragoza y tuiteó lo que pudo y como pudo, hasta caer en la cuenta de que su conciencia dependía en exceso de las baterías de su iPhone. También estuvo allí Alejandro Katz, que no le hace ascos a la lucidez y sabe que la creación cultural, una vez puesta en el mercado, se transforma en mercancía. Y Valeria Bergali, cuyos libros me gustan más que sus ideas, como la escritura de Virginia Woolf siempre me gustó más que sus tinglados teóricos. Y la gente de Laie, la más sobria de entre todos los libreros, tal vez porque sean los que están haciendo algo diferente, los que se han dado cuenta de que el único pensamiento que merece ese nombre es el que se realiza en la acción.
Pensódromo 21, "Pequeños editores, retos enormes", donde se profundiza y abunda en la perspectiva de los modelos de negocio posibles y se entra al trapo en las falacias allí desgranadas por varios. Otro post indispensable, cuya lectura es un placer intelectual, es que Álvaro Vargas Llosa le dedica Jaume Vallcorba en su blog El hilo digital. Y solo para constatar que la gente de Laie trabaja y trabaja bien, sin resignación y sin alharaca, el post "Otra mirada, digital".
Y, por supuesto, una encendida recomendación de Libros y libreros en la Antigüedad. Se lee durante un solo desayuno, como el periódico, pero uno queda más satisfecho y mejor informado sobre qué es este mundo de los libros y de todos los cambios de paradigma que sufrió y sufrirá, sin que por ello hayan peligrado ni la palabra, ni los autores. Que esto es un negocio, señores, y para hacer negocios hay que alcanzar la edad adulta.
martes, 22 de febrero de 2011
En busca del rostro elusivo del lector
![]() | |
| Figurillas cicládicas del tardío neolítico. Museo Smithonian. |
Una típica estrategia de modelo de negocio B2B, a la cual se le fueron acotando los espacios mientras se multiplicaba la cantidad de nuevos títulos publicados. Con la llegada de los ebooks, mucho se habló de que los editores debían cambiarla por una que llegara directamente al consumidor, que no es otro que el lector desconocido. Tal vez sea Mike Shatzkin quien se quede con los laureles de haber impuesto la idea en el imaginario editorial global. Sin embargo, los hechos muestran que por mucha desintermediación que traiga consigo Internet, los libros de interés general, que hemos venido a llamar de trade a falta de reflexiones propias que enriquezcan el vocabulario, siguen siendo objeto de la intermediación.
¿Cómo es el lector? Amazon lo sabe mejor que nadie a través de su sistema de lectura Kindle, pero en materia de información, mucho más da una piedra. Algo saben otras API, no relacionadas con la comercialización sino con la socialización de la lectura, como, por ejemplo, LibraryThing, Goodreads y aNobii o, en España, Entrelectores, cuyo valor estratégico tal vez surja claramente cuando los editores empiecen a vislumbrar que necesitan presencia allí donde sus lectores se reúnen. También Barnes&Noble sabe muchas cosas gracias al Nook. Apple y su iBookstore son depositarios de valiosos secretos sobre el lector, pero de su mano más puede esperarse el castigo que cualquier cosa de utilidad. Y Google, bueno, Google sabe tantísimas cosas que está más cerca de ser la nueva mente de Dios que un socio comercial de editores.
El 16 de febrero pasado, Kobo, la tienda canadiense de ebooks, que afirma tener 2 millones de usuarios en todo el mundo y un catálogo de muchos más títulos, nos dio la sorpresa de compartir algunas de las conclusiones a las que ha llegado tratando con los lectores en la intimidad casi promiscua de los sistemas de lectura digitales. Michael Tamblyn, en una charla de 20 minutos durante la conferencia editorial que cada año organiza la editorial O'Reilly en Nueva York, Tools of Change, desgranó datos puros y duros sobre quienes se han pasado a la lectura en pantallas.
CUATRO PERFILES, COMO PATAS TIENE UNA SILLA
![]() | |||
| Captura de imagen de la presentación de Michael Tamblyn en TOC 2011 |
Empezando desde la izquierda, los lectores de ebooks son estos y son así:
* Golden A. La señora canosa de gafas cancherísimas es feliz poseedora de un lector de tinta electrónica. En su primera compra en la tienda de Kobo, se dejó 35 dólares en libros; gasta otros veinticinco en las siguientes visitas y visita la tienda 7 veces al mes. Es una lectora voraz, continua e incansable de ficción. Todos los contenidos que consume son de pago. Los lectores Goden A tienden a gastar cada vez más en ebooks: quienes se iniciaron a mediados del 2010 gastaron un 35 % más que quienes lo hicieron a fines del 2009. Esto se debe, en opinión de Tamblyn, a que las aplicaciones, los dispositivos y el marketing mejoraron notablemente en ese período, pero también a que la oferta de títulos ofertados creció. Todo esto redundó en mejores clientes.
* iPad afluyente. Lejos de la máquina de leer Golden A, el joven de la sonrisa estereotipada es, sin embargo, un buen cliente (y suponemos que Kobo está muy preocupado de perderlo a causa de las políticas restrictivas con apps de terceros que Apple pondrá en práctica a partir de junio próximo). En su primera visita a la tienda Kobo gastó 22 dólares, para alcanzar luego un promedio de 16,5 dólares y unas 4,5 compras al mes. Es un Golden B. Su pauta de conducta lectora es muy diferente o tal vez solo lo sepamos porque la app de Kobo para iPad, ReadingLife, tiene algunas características sociales que permiten otro tipo de seguimiento y que, por su sola existencia, cambian la experiencia lectora. Desde la app Reading Life, puede compartir anotaciones en Facebook y recibir premios de acuerdo a los horarios y sitios de lectura (por la mañana en el transporte público; en la pausa del almuerzo; en la cama antes de dormir). El poseedor de una iPad lee mucho más por la mañana y abandona los libros a partir de la primera copa del atardecer. Sin embargo, quienes leen por la noche le dedican más horas, aunque avanzan menos rápido. El horario de compra de libros del iPad afluyente es de ocho de la tarde a medianoche y el 90 % de los contenidos que consume es de pago.
* Bronce E. La morena lee en pantallas pequeñas o, para ser claros, en teléfonos inteligentes. Es el segmento más numeroso entre los lectores de ebooks, pero hay alguna relación entre la pequeñez de la pantalla y el nivel de tolerancia de precios. En una primera visita gasta 15 dólares y en las siguientes 11, pero solo aparece por la tienda una vez al mes. Sus géneros de preferencia son la novela romántica y de fantasía. Hay entre ellos un gran nomadismo en cuanto a sistemas de lectura y no son fieles a una tienda. Los usuarios de iPhone suelen ser más nómades que los de teléfonos con Android, quienes también gastan algo más, aunque los porcentajes de contenidos de pago y gratuitos están equilibrados.
* El freegan. No hay manera de que gaste nada en libros, aunque lee mucho. Visita la tienda desde la Red y es posible que lea en multitud de dispositivos, desde el desktop hasta el teléfono. No todos los que leen los contenidos gratuitos que ofrece la tienda de Kobo son Freegans. Muchos eligen contenidos gratuitos para iniciarse en la lectura electrónica. Otros, son fanáticos de Jane Austen, cuyas obras, que están en el dominio público, no tienen que pagar. Pero cuando alguien elige por novena vez consecutiva un libro gratuito, se está frente a un irrecuperable, porque además son impermeables a cualquier oferta, hasta a las de 99 centavos.
Entre los rostros misteriosos de las figurillas cicládicas y esta cruda descripción del perfil de los lectores se alza una cuestión, que merece reflexión aparte y un post propio: ¿cuánta privacidad estamos dispuestos a perder a cambio de la satisfacción inmediata de nuestros caprichos de lectura?
Y otra más, ¿el nuevo librero, el librero cibernético, se transformará en un cientista social gracias al código de su API que tanto necesitan los editores para vender sus ebook?
miércoles, 19 de enero de 2011
El Fisiólogo o Nuevo bestiario del libro digital
![]() | ||
| El Unicornio no fue un corcel |
Y tú ensalzaste mi cuerno como de unicornio, fui ungido con olio verde.Cuando el Fisiólogo escribió su bestiario, tal vez en Alejandría hacia fines del siglo segundo o comienzos del tercero de la era común, los misterios mediterráneos estaban siendo polinizados por una nueva imaginería que, algunos siglos más tarde, reconoceríamos como "cristiana". En sus páginas encontramos la primera descripción del unicornio, que dice así:
Es un animal pequeño, parecido al cabrito, pero muy feroz.Las especies de la fauna fantástica siempre vivieron en los libros, pero desde el 18 de enero de 2011, los libros cuentan con su propio bestiario. El Fisiólogo es Joseph Esposito, veterano de la industria editorial que propone en Scholarly Kitchen, la siguiente clasificación:
Libros institucionales: es un libro que se desarrolla alrededor del concepto de facsimilar y, por tanto, retiene algunas de las características arquitecturales de la palabra escrita. Se nos presenta como .pdf y, aunque nos mofemos de él en estos tiempos 2.0, está aquí para quedarse. Por dos motivos. La fijación del texto que el formato garantiza, como una institución, y los costes asombrosos de la digitalización dinámica.
Libros clásicos: es el libro digital que plasma una de las virtudes primarias del libro impreso: su capacidad de desaparecer de nuestra conciencia mientras nos concentramos en el texto. Se nos presenta, la mayoría de las veces, como .epub y puede tener algunas características ausentes en su antecesor como, por ejemplo, un diccionario incluido. Una subespecie exitosa en el hábitat es .mobi, en su versión para Kindle.
Es pequeño, como un cabrito sin destetar, pero feroz. Es la especie que ha tomado por asalto a la industria editorial tradicional.
Libros enjaezados (robo la expresión a Juan José Díez): es un libro "enriquecido" que entró en el imaginario editorial de la mano del iPad de Apple y de los sueños de negocios pingües en territorio ajeno y desconocido. Los libros enjaezados no se conforman con transportar el texto, deben tener audio, video y algunas simulaciones. Los libros enjaezados también se presentan como apps en los stores, pero son todos del mismo genus. Aquí estamos ante un caso en que natura facit saltus, porque los autores de estos libros no son autores sino desarrolladores. Y los lectores, usuarios o consumidores.
Libros musculosos (o libros cachas): es el libro que pertenece a una subespecie del libro clásico y en el cual la lectura se concibe como un partido de rugby entre el texto, el contexto y el presunto lector. Su hábitat, por el momento, son las universidades y su subproducto, los papers de los graduandos.
Libros sociales: es un libro que el Fisiólogo no está seguro de incluir en su taxonomía fantástica. Para entender las dudas del Fisiólogo basta con preguntarse si Wikipedia puede considerarse un libro. Pero hasta que se pinche la burbuja de Facebook, hay que vigilar su desarrollo.
Libros staccati (o coitus interrumptus): es el libro que viene de China y de Japón, cuya escritura ideogramática les ha dado ventaja, por primera vez en más de dos mil años, sobre la alfabética. Se presentan en la pantalla de los teléfonos móviles, un capítulo por viaje de metro. Así como el libro social se corresponde con la cultura Facebook, el libro staccato tiene su equivalente no libresco en los 140 caracteres de Twitter.
Honrada la sabiduría del Fisiólogo, quiero proponer una séptima categoría, que amenaza con impedir la evolución armónica de esta nueva ecología. Es el libro converso.
Libros conversos: es el libro arrepentido, aunque no sabrá de su arrepentimiento hasta después de la conversión. Se producen y reproducen en la India y en cualquier otro suburbio del mundo donde todavía exista el trabajo esclavo, para disfrute de los suburbios donde la esclavitud ha sido abolida. Es un libro que hizo su vida en el papel y cuyo dueño (del copyright, se entiende) quiere, a toda costa pero sin convicción, sumarse al asalto del libro clásico. Con absoluto desprecio de las características que lo convirtieron en libro en su etapa anterior de evolución, los dueños del copyright de este libro quieren una rápida conversión a .epub o a .mobi, para entrar en la iglesia. Son el fast-food del universo digital. Son los libros que generarán la ira del lector, que se sentirá estafado en su buena fe, y son la infantería del statu quo. Son legión.
En los tiempos del primer Fisiólogo, en Alejandría, todavía no se daban las conversiones masivas, que llegaron con el cuarto siglo. En tiempos de Joseph Esposito, en cambio, sí se dan. Pero lean su artículo. Vale la pena.
domingo, 9 de enero de 2011
¿Quién es el dueño de tus libros digitales?
![]() | ||
| Time Code. Trembl Alumni |
Y porque no eres tú, todas las reclamaciones para que el precio de los libros digitales, tal y como hoy los concibe la industria, iguale al cero están justificadas y no desaparecerán por el arte de la magia legislativa del falso legislador.
Hay algo trágico en esta tensión. De antiguo, el que nos contaba las historias alrededor del fuego fue dispensado de cortar la leña y de acarrear el agua, porque era quien nos dotaba de sentido cuando volvíamos cansados de la lucha por la vida, que no entendíamos. Cuando de la leña hicimos papel y de la inscripción, imprenta, cuando dejamos de reunirnos bajo el árbol a escuchar las historias --cuando nos volvimos alfabetizados, individualizados, industrializados, aislados tras densos cortinados-- y quienes tenían la exclusiva de la máquina de reproducir historias se creyeron los dioses del sentido y se olvidaron de la supervivencia del contador de cuentos, hubo que legislar. El derecho de autor, ese pequeño porcentaje que los dueños de las máquinas de reproducir están obligados a pagarle al que contribuye con las historias, sustituye a aquella vieja dispensa, alrededor de la cual siempre hubo consenso entre los hombres.
Las historias, materializadas en la matera (en la pulpa de papel obtenida de los bosques) se podían poseer en ausencia de quien las contaba, y hasta podíamos conversar con los muertos. Por esa posesión, le pagábamos al materializador que las reproducía, quien a su vez debía proveer los medios de subsistencia al hacedor de sentido, que conocemos por autor. No fue una solución ideal, ni universal, ni mucho menos eterna. Como todas las leyes de los hombres, respondió a ciertas condiciones de producción.
Y resulta que ahora el libro hecho de matera, está en pleno proceso de desmaterialización, que la gran máquina de reproducir de nuestro tiempo, Internet, no tiene dueño, que el copyright está en manos de los mismos y esos mismos se obcecan en hacerles creer a los lectores que la lógica de los siglos XVII y XVIII se aplica a los archivos descargables cuyo control han perdido. Lo que no han perdido es la ilusión de control.
Por esa ilusión de control, tus libros digitales no son tuyos y por eso, el precio te parece abusivo. Y lo es, en las actuales circunstancias.
MIS LIBROS Y LOS LIBROS DE TODOS
Tengo muchos libros, tal vez demasiados. No todos pertenecen a la misma categoría.
Cuando me mudé a esta casa donde vivo, aun poniéndolos en doble fila en las estanterías (que es una manera de perderlos), me sobraron 400. Algunos los regalé y otros los vendí a los libreros de viejo de Plaza Italia. Nunca podría haberlo hecho si me parecía que mi Kindle estaba recargado con cosas que nunca volvería a leer.
Como bien dice Alejandro Katz, no todos los libros son la misma mercancía. Cuando compro uno de Walter Benjamin, por ejemplo, no lo presto. Me limito a comentarlo con otros que también leen a Walter Benjamin. Y no son muchos. Pero cuando compré la primera entrega de la saga Millenium, del sueco Stieg Larsson, sabía que no terminaría en mis estanterías. Del recorrido que le conozco, al menos siete personas cercanas leyeron el ejemplar por el que pagué una sola vez. Después le perdí el rastro, porque me pidieron permiso para prestarlo a un amigo de un amigo a quien nunca había visto, y dije que sí. De haberlo hecho con la versión digital, habría cometido un delito. Lo gracioso es que el único motivo por el que no he cometido un delito es que los dueños del copyright no han podido rastrear el destino de mi ejemplar. Y el único motivo por el que no han podido rastrearlo es porque les saldría demasiado caro agregarle un sensor a cada copia. (No les des ideas).
Estas Navidades, para seguir en Escandinavia, me regalaron una novela de Henning Mankell que ya había leído. Fui a la librería y la cambié por un ejemplar de Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, que a mi vez regalé para Reyes. Con esta sencillísima operación, cambié mínimamente la cuenta de resultados de dos editoriales: Tusquets y Norma. Nunca me habría sido permitida tal herejía con un ebook. Es más, si compro un ebook que después me decepciona, tengo que cargar con él para siempre o destruirlo: mi capacidad de elección reflexiva queda coartada por los dueños del copyright. No lo puedo devolver, ni cambiar, ni regalárselo a alguien que tal vez lo apreciaría.
¿Quién engaña a quién en este nuevo capítulo de las historias que nos venimos contando desde que existe el fuego?
Ahora bien, resulta que estas costumbres extravagantes que tengo con los libros son compartidas por casi todos los lectores, que son los clientes de las editoriales y que, por la misma naturaleza de la mercancía que los liga a sus proveedores, no suelen ser un público cautivo. La digitalización de la palabra, que en la utopía tecnológica se iguala a su liberación, ha dado, en cambio, lugar a esta fantasía del lector cautivo, a quien además se le niega el derecho de propiedad secundaria sobre aquello por lo que desembolsa sus dineros duramente ganados en la lucha por la vida, que seguimos sin entender.
Un reciente informe de Forrester, del mes de noviembre de 2010, anuncia la espiral imparable del libro digital. También cuenta, sin embargo, que un 50 % de los encuestados accede a sus lecturas mediante el préstamo interpersonal. La respuesta que le sigue en porcentaje, un 38 %, afirma que encuentra sus lecturas en la biblioteca pública. Y a pesar de la alharaca de la prensa alrededor del Kindle y las genialidades de Jeff Bezos, solo un 28 % encuentra sus libros en Amazon. Para quitar el sueño a editores que no quieren adaptarse, sin embargo, mi respuesta preferida es la de aquellos que encuentran sus lecturas en las viejas colecciones de sus bibliotecas personales: 28 %
Tal vez, deberíamos cambiar de perspectiva.
Para contribuir a ese cambio necesario, urgente, recomiendo la lectura del último post de Brian O'Leary, "A New Kind of Hello". No se lo pierdan.
domingo, 2 de enero de 2011
Lo que Abraham me contó de las tabletas
![]() | ||||
| La cultura portátil de Ur en sus tabletas de piedra. |
Deja que los usos de Sumeria,
que han sido destruidos,
te sean restituidos.
Lamento de Ur, siglo XX AEC.
En el año 5 del reinado de Hammurabi, Teraj, hijo de Najor y padre de Abraham, escultor de profesión, abandonó su tierra natal en Ur de los caldeos con destino, tal vez, a Canaan, a donde nunca llegó. Hizo escala en Jarán, ciudad hermana de Ur, que acababa de lograr un estatuto de autonomía con respecto a la ahora poderosa Babilonia, de cuyo dominio Ur no había escapado. En el año 5 del reinado de Hammurabi, habían pasado más de mil años desde la invención del arte de la escritura silábica por los sumerios y esa arte había producido inmensos archivos de tabletas de arcilla y la consecuente construcción de bibliotecas donde guardarlos. Cuando Teraj dejó Ur y su taller cercano al zigurat de la ciudad, la devastadora transferencia de esos archivos a la triunfante Babilonia era casi completa.
Dicen las historias que Teraj prolongó su escala en Jarán con el propósito de cruzar a las burras de su caravana, porque los asnos de Ur, primer sitio donde se domesticaron, eran como el oro y el comercio de esas crías acrecentaría el patrimonio con el cual instalarse en otro sitio. Pero nosotros queremos saber qué acarreaban los asnos de Teraj en las alforjas. Quien se queda sin ciudad, se convierte en portador de su propia cultura (y tal vez sea este uno de los motivos por los cuales aun hoy vemos con recelo a los migrantes). El Libro, compuesto otro milenio más tarde en la corte del rey Salomón, no dice nada al respecto y habrá que llegar a la historia de Raquel para que escrituras y arqueología se unan en la creación de sentido.
ABRAHAM, EL ESCRIBA
El cuento de un Abraham que destruye los ídolos de su padre en Ur no figura en el Libro. Es una leyenda tardía, casi un titular de periodismo amarillo, amasada para convencernos de que Abraham renegó de la religión de su padre.
Cuando Abraham se educaba en Ur, como heredero de una familia principal que proveía de esculturas al gran teatro cósmico que tenía lugar en el templo de esa montaña tecnológica que era el zigurat, la suya era una civilización en vías de extinción. Solo los escribas, como Abraham, conocían el sumerio, pero la lengua de cada día era ya el acadio. Esa civilización había dado la escritura, la rueda, el arado, el velero, la bóveda, la cúpula, el teatro, el arte tal y como lo hemos entendido hasta hace nada y decenas de otras innovaciones imprevistas y repentinas. De todas ellas, la escritura ocupaba el lugar de una obsesión. Quienes en tiempos modernos excavaron Mari, Ur y otras ciudades de la antigua Sumeria, descubrieron que no hay superficie que no lleve una inscripción, ni construcción en cuyo basamento no haya una tableta con la copia del plano del edificio, por modesto que sea. En las tabletas de Ur también hemos encontrado los primeros "libros" de cocina, el primer almanaque agrario y la primera farmacopea.
Abraham, que aún no se había ganado la hache de la presencia divina, iba para escriba, complemento perfecto del oficio del padre, porque las estatuas de los dioses, y las votivas de los ciudadanos, también estaban marcadas por la escritura y se acompañaban de poemas y dedicatorias. En la escuela de escribas de la montaña tecnológica llamada zigurat, al lado de la biblioteca del templo, Abraham debía aprender los secretos de la escritura, pero también los de la fabricación de tabletas. Con ese fin, su maestro guardaba muestras de cada tipo, expuestas en el patio donde dictaba las clases. La tableta redonda de arcilla de superficie áspera, con vestigios de briznas de paja, arenilla y chinas diminutas, era la de los aprendices. Había otra tableta, rectangular, cuya arcilla era tan fina y pulida que resplandecía más que un iPad. Y otra de bronce, apenas más grande que el pulgar del maestro, casi como una Archos Android de 2.8 pulgadas. Y tabletas de oro y de plata del tamaño de un iPod Touch. Y también había una tabla de escribir de madera y otra de marfil, con bisagras, como una MacBook Air. Y la más rara de todas, llamada tableta de la vida, cuya superficie era de cera de panal. ¿Como el Android Honeycomb que corre en un prototipo de tableta con el que se dejó ver Andy Rubin poco antes de Navidad?
No es que desconocieran el papiro ni el pergamino, que también los usaban, pero estas superficies no se adaptaban tan bien a las sutilezas propias de la inscripción cuneiforme.
El maestro también tenía una enorme colección de tabletas con textos. Muchas de ellas estaban indexadas en los bordes y guardadas en canastos con etiquetas de arcilla que señalaban sus contenidos. Además de aprender a fabricar tabletas, Abraham fue instruido en metadatos, porque era obligatorio que cada obra copiada llevara un colofón con el título, la primera línea de texto, el nombre del mecenas o del cliente que la había encargado, el autor, el escriba y el traductor, si lo hubiese, y la fecha y procedencia del original. El colofón también hacía las veces de ex libris, porque allí figuraba también el nombre del dueño de la tableta. Estas tabletas copiadas eran de uso privado, porque los originales se guardaban en las bibliotecas públicas del palacio y del templo.
La colección del maestro abarcaba todos los saberes necesarios al futuro escriba: poesía y botánica, matemáticas y religión, música y astronomía, historia y medicina, estadísticas de cosechas y contratos privados entre comerciantes. Y de los muchos textos que Abraham copiaba para convertirse en el escriba que ayudaría a su padre en la confección de las estatuas parlantes, también habrá copiado este fragmento, que define el uso de las tecnologías de la memoria y el sentido trascendente de la escritura para todos los descendientes de Ur:
Completada su formación y en vísperas a tomar por esposa a su prima Sarah, Abraham tuvo un sueño. Esto tampoco se cuenta en el Libro, pero sucedió, porque en Ur nadie podía fundar una familia antes de haber tenido el sueño. Reconocer este sueño, saberlo distinto de otros, era la señal de madurez, porque de él se volvía con una noción vaga que debía transformarse en determinación y conocimiento. De allí se volvía con un dios, no con uno de los que estaban en el templo, sino con un dios personal, al que también se le daba un nombre y del cual se creaba una estatua manual, portátil, que presidiría el panteón familiar. Teraj había tenido este sueño, y antes de Teraj, Najor, y así hasta el fin de la memoria. El dios con el que soñó Abraham habrá sido alguna versión particular de Nabu, el dios de los escribas que había desplazado a Nisaba, la diosa de la escritura.
Y cuando Hammurabi cerró los talleres de los escultores de Ur, y cuando incendió sus bibliotecas, y cuando Teraj rechazó trasladarse a Babilonia a hacer dioses en gran escala y partió hacia Jarán porque todavía conservaba la autonomía y la tradición sumeria, se llevó consigo las herramientas y utensilios de su arte y los nombres, porque no se es hombre sin nombres. Los nombres grabados en las estatuas de los dioses familiares y en las tabletas producidas por su hijo Abraham.
Las alforjas de los asnos de Teraj iban cargadas de una Ur portátil.
Y cuando Abraham dejó atrás a Teraj y siguió camino de Canaán, llevaba, junto a Sarah, su porción de Ur. Y cuando en la encina de Moré se le apareció un dios creador al que nunca antes había visto, Abraham le dio un nombre, como el que se le da al dios personal, que llevaba en la alforja, y entabló con él un largo diálogo cara a cara, como los diálogos del teatro cósmico de Ur, y le mostró a ese dios trashumano el camino para entrar en la mortalidad de sus criaturas, y restauró lo viejo forjando lo nuevo.
Y aunque nada de todo esto figura en el Libro, sabemos que fue así, porque así eran los usos de Sumeria con los que, dos generaciones más tarde, cumpliría Raquel en Jarán, al abandonar a su padre Labán para seguir a Jacob a la tierra prometida, después de robar los dioses familiares. Y esto sí está en el Libro que se compuso en los salones del rey Salomón, aunque las alforjas de los asnos fueran ahora albardas de camello.
UNA CULTURA PORTÁTIL
Solo en el desierto, Abraham tuvo que desarrollar el don de la ubicuidad como lugar de pertenencia y a ello lo ayudaron las palabras, fijadas pero móviles. De las tabletas con la épica de Gilgamesh nació el relato bíblico del diluvio y la historia de Noé; del código de Hammurabi, que transportaba en las alforjas de sus asnos, los mandamientos bíblicos, más tarde refinados por la tradición mosaica que, a su vez, dio origen a la ley talmúdica y, en paralelo, a la filosofía medieval cristiana.
La condición portátil de las tabletas de hoy presenta otros desafíos, pero no nos es ajena. Descendientes de Ur, ese lugar donde se clasificaron y catalogaron los elementos más cruciales de la sociedad humana, deberemos reencontrarnos con la ubicuidad, favorecer la migración de nuestra cultura y acostumbrarnos a que la ciudad ha dado paso al universo y las máquinas de fabricar máquinas a las cosas que piensan a las cosas.
Toda la información arqueológica que he usado en este post se la debo a David Rosenberg, co-autor, con Harold Bloom, de El libro de J, y muy especialmente a su biografía histórica Abraham, publicada por Basic Books en 2006 y cuya traducción al español recomiendo desde aquí a Alejandro Katz.
Abraham, que aún no se había ganado la hache de la presencia divina, iba para escriba, complemento perfecto del oficio del padre, porque las estatuas de los dioses, y las votivas de los ciudadanos, también estaban marcadas por la escritura y se acompañaban de poemas y dedicatorias. En la escuela de escribas de la montaña tecnológica llamada zigurat, al lado de la biblioteca del templo, Abraham debía aprender los secretos de la escritura, pero también los de la fabricación de tabletas. Con ese fin, su maestro guardaba muestras de cada tipo, expuestas en el patio donde dictaba las clases. La tableta redonda de arcilla de superficie áspera, con vestigios de briznas de paja, arenilla y chinas diminutas, era la de los aprendices. Había otra tableta, rectangular, cuya arcilla era tan fina y pulida que resplandecía más que un iPad. Y otra de bronce, apenas más grande que el pulgar del maestro, casi como una Archos Android de 2.8 pulgadas. Y tabletas de oro y de plata del tamaño de un iPod Touch. Y también había una tabla de escribir de madera y otra de marfil, con bisagras, como una MacBook Air. Y la más rara de todas, llamada tableta de la vida, cuya superficie era de cera de panal. ¿Como el Android Honeycomb que corre en un prototipo de tableta con el que se dejó ver Andy Rubin poco antes de Navidad?
No es que desconocieran el papiro ni el pergamino, que también los usaban, pero estas superficies no se adaptaban tan bien a las sutilezas propias de la inscripción cuneiforme.
El maestro también tenía una enorme colección de tabletas con textos. Muchas de ellas estaban indexadas en los bordes y guardadas en canastos con etiquetas de arcilla que señalaban sus contenidos. Además de aprender a fabricar tabletas, Abraham fue instruido en metadatos, porque era obligatorio que cada obra copiada llevara un colofón con el título, la primera línea de texto, el nombre del mecenas o del cliente que la había encargado, el autor, el escriba y el traductor, si lo hubiese, y la fecha y procedencia del original. El colofón también hacía las veces de ex libris, porque allí figuraba también el nombre del dueño de la tableta. Estas tabletas copiadas eran de uso privado, porque los originales se guardaban en las bibliotecas públicas del palacio y del templo.
La colección del maestro abarcaba todos los saberes necesarios al futuro escriba: poesía y botánica, matemáticas y religión, música y astronomía, historia y medicina, estadísticas de cosechas y contratos privados entre comerciantes. Y de los muchos textos que Abraham copiaba para convertirse en el escriba que ayudaría a su padre en la confección de las estatuas parlantes, también habrá copiado este fragmento, que define el uso de las tecnologías de la memoria y el sentido trascendente de la escritura para todos los descendientes de Ur:
De los hombres, de todos los que hayan recibido un nombre, desde antiguo se han creado las estatuas funerarias, y todas se han emplazado en criptas en los templos de los dioses: ¡nunca se olvidará cómo se pronunciaron sus nombres!EN LAS ALFORJAS
Completada su formación y en vísperas a tomar por esposa a su prima Sarah, Abraham tuvo un sueño. Esto tampoco se cuenta en el Libro, pero sucedió, porque en Ur nadie podía fundar una familia antes de haber tenido el sueño. Reconocer este sueño, saberlo distinto de otros, era la señal de madurez, porque de él se volvía con una noción vaga que debía transformarse en determinación y conocimiento. De allí se volvía con un dios, no con uno de los que estaban en el templo, sino con un dios personal, al que también se le daba un nombre y del cual se creaba una estatua manual, portátil, que presidiría el panteón familiar. Teraj había tenido este sueño, y antes de Teraj, Najor, y así hasta el fin de la memoria. El dios con el que soñó Abraham habrá sido alguna versión particular de Nabu, el dios de los escribas que había desplazado a Nisaba, la diosa de la escritura.
Y cuando Hammurabi cerró los talleres de los escultores de Ur, y cuando incendió sus bibliotecas, y cuando Teraj rechazó trasladarse a Babilonia a hacer dioses en gran escala y partió hacia Jarán porque todavía conservaba la autonomía y la tradición sumeria, se llevó consigo las herramientas y utensilios de su arte y los nombres, porque no se es hombre sin nombres. Los nombres grabados en las estatuas de los dioses familiares y en las tabletas producidas por su hijo Abraham.
Las alforjas de los asnos de Teraj iban cargadas de una Ur portátil.
Y cuando Abraham dejó atrás a Teraj y siguió camino de Canaán, llevaba, junto a Sarah, su porción de Ur. Y cuando en la encina de Moré se le apareció un dios creador al que nunca antes había visto, Abraham le dio un nombre, como el que se le da al dios personal, que llevaba en la alforja, y entabló con él un largo diálogo cara a cara, como los diálogos del teatro cósmico de Ur, y le mostró a ese dios trashumano el camino para entrar en la mortalidad de sus criaturas, y restauró lo viejo forjando lo nuevo.
Y aunque nada de todo esto figura en el Libro, sabemos que fue así, porque así eran los usos de Sumeria con los que, dos generaciones más tarde, cumpliría Raquel en Jarán, al abandonar a su padre Labán para seguir a Jacob a la tierra prometida, después de robar los dioses familiares. Y esto sí está en el Libro que se compuso en los salones del rey Salomón, aunque las alforjas de los asnos fueran ahora albardas de camello.
UNA CULTURA PORTÁTIL
Solo en el desierto, Abraham tuvo que desarrollar el don de la ubicuidad como lugar de pertenencia y a ello lo ayudaron las palabras, fijadas pero móviles. De las tabletas con la épica de Gilgamesh nació el relato bíblico del diluvio y la historia de Noé; del código de Hammurabi, que transportaba en las alforjas de sus asnos, los mandamientos bíblicos, más tarde refinados por la tradición mosaica que, a su vez, dio origen a la ley talmúdica y, en paralelo, a la filosofía medieval cristiana.
La condición portátil de las tabletas de hoy presenta otros desafíos, pero no nos es ajena. Descendientes de Ur, ese lugar donde se clasificaron y catalogaron los elementos más cruciales de la sociedad humana, deberemos reencontrarnos con la ubicuidad, favorecer la migración de nuestra cultura y acostumbrarnos a que la ciudad ha dado paso al universo y las máquinas de fabricar máquinas a las cosas que piensan a las cosas.
Toda la información arqueológica que he usado en este post se la debo a David Rosenberg, co-autor, con Harold Bloom, de El libro de J, y muy especialmente a su biografía histórica Abraham, publicada por Basic Books en 2006 y cuya traducción al español recomiendo desde aquí a Alejandro Katz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






