sábado, 28 de diciembre de 2013

Resaca ebook. Un cuento de Navidad

Niña en esquíes. Carl Larsson.


Este es mi primer post de 2013. Antes, no tuve nada que decir. El panorama de la edición digital y el de los ebooks parece haber llegado a un statu quo, tanto en nuestros suburbios hispanohablantes como en el centro de la movida, que es Nueva York. Fintas de una batalla por venir.

Y aun así, pasan cosas. Nos pasan cosas con los ebooks y con los ecosistemas por los que accedemos a ellos. Este post pertenece al territorio de la anécdota personal. En el centro hay un libro y un autor a los que asocio con la pérdida. Blood Meridian, el libro en su primera edición por Random House, lo perdí a manos de una traductora australiana a quien convertí a la religión de Corman McCarthy con el préstamo. Al autor lo perdí a manos de Seix Barral, con oferta aceptada por la subagente que no se había enterado de que RH ya no representaba al autor para las traducciones. La edición en rústica de Vintage la dejé en Buenos Aires cuando me trasladé por un año a Barcelona.

Y la edición en ebook ¡desapareció de la aplicación Kindle para Android el 24 de diciembre! Junto con todos los libros cuya custodia los editores me habían cedido a cambio de una transacción monetaria.

El lunes 23 de diciembre, a las tres y media de la tarde, mientras esperaba a Blanca Rosa Roca en su despacho, cometí una imprudencia. Blanca Rosa participaba de un almuerzo prolongado y decidí aprovechar el tiempo navegando la tienda de Amazon España, donde nunca me había dado de alta como cliente, porque compro en amazon.com, sitio autorizado para todos los hispanoamericanos que no vivan en México.

Cuando por motivos profesionales me adentro en las entretelas de la tienda Kindle España, siempre navego de incógnito. Un engaño, sí. En busca de un beneficio, también. Amazon.com conoce mi historia lectora al dedillo, tiene lo que busco y hasta lo adivina. Hay otro beneficio, ah, tacaña: los ebooks son más baratos en amazon.com. Además, está ese otro vicio de la pereza: ¿para qué "migrar" la cuenta si uno no sabe dónde estará dentro de pocos meses?

La imprudencia: esa tarde, entré a la tienda Kindle España desde mi tableta Galaxy Note, en la cual he autorizado a Google a rastrearme geográficamente. 

Durante 45 minutos, mientras esperaba a Blanca Rosa, me di una vuelta en profundidad por casi todas las categorías de Amazon España. Objetivo: completar una gran hoja de Excel que está a punto de acabar con mi cordura para establecer una comparativa entre la granularidad de las categorías y subcategorías por género a disposición de los editores y los lectores americanos y las disponibles en España. 

[Así es como uno se da cuenta de que un editor como, por ejemplo, Edhasa, tiene muy pocas oportunidades de comunicar a sus lectores los gruesos matices que diferencian una novela de Mary Renault de otra de Patrick O'Brian en la tienda Kindle España. Por no hablar de su imposibilidad de diferenciar a cualquiera de ellos de, digamos, Julia Navarro. Porque la categoría de novela histórica, en Kindle España es eso y punto, o peor: "ficción histórica", que admite cualquier género en el subgénero.

Si es cierto que las subcategorías de las tiendas que venden libros y ebooks online reflejan los intereses de los lectores, magros andamos de intereses en español. ¿Es así? ¿Le sobran a un lector castellanohablante las nueve subcategorías en las que el lector americano de novela histórica puede hurgar? ¿Desde la novela que trata de la Antigüedad hasta la que cuenta asuntos del siglo XX? 

No. Algo falta, que no sobra. Y lo que falta son títulos. Una cantidad lo bastante grande de títulos variados de novela histórica que haga rentable la granularidad para Amazon España. Pero esto es materia para otro post, que tal vez no escriba.]

Absorta iba en estas y otras reflexiones sobre la visibilidad de los ebooks en nuestro mercado que, aun con el ordenador a mi disposición unas horas más tarde, seguí dándole a la tableta, navegando por la tienda Kindle España a toda velocidad, regresando a calles ya transitadas, probando, equivocándome, volviendo sobre títulos, categorías y subcategorías (cuando las hay), tomando notas. Y descubierta en mi ubicación geográfica por Google.

Después me fui de viaje, porque estamos en Navidad. 

Había dejado mi enésima lectura de Blood Meridian a menos de la mitad. Fue la mejor compañía en un vuelo insomne a Guadalajara, por todo lo que tiene de advertencia a aquellos que quieran internarse en México sin conocerlo. Las vacaciones de Navidad eran una excelente oportunidad para retomarla. 

Y cuando abrí la aplicación Kindle en la Galaxy Note, en lugar de mi biblioteca me encontré con un tiovivo en el cual la primera portada era la de No es lo que parece, thriller periodístico de José Sanclemente, marido de Blanca Rosa Roca. Un libro que tengo en su edición impresa y que no pertenece a ninguna de mis historias de compra ni de búsqueda en ninguna de las tiendas de ebooks que frecuento. 

Consulté el calendario. No era 28 de diciembre.

Junto a José Sanclemente, el tiovivo me proponía a Julia Navarro, En un rincón del alma, La isla de las mariposas, Los vigilantes del faro y Cincuenta sombras de Grey. Todos estos últimos, ebooks que uno encuentra en la página de inicio de Kindle España porque forman parte de una u otra promoción. Pero, ¿y José Sanclemente?

Y una invitación que decía "empezar a leer" en un rectángulo amarillo.

Traté de entrar en la aplicación usando mi contraseña de amazon.com. Tres veces no la reconoció. Tres veces la cambié en la tienda de Amazon España, que era a donde me dirigía la aplicación, sin resultado.  Desinstalé Kindle. Volví a instalar Kindle. Allí seguían Julia Navarro y todos los demás. Era el 24 y me esperaba la cena de Nochebuena. Cerré la aplicación y dejé mi perplejidad para otro momento.

Probé otra vez antes de dormir, con iguales resultados. Déjalo para mañana, cuando estés fresca, me dije. Pero como quería algo para leer, abrí la aplicación de lectura de 24 Symbols y descargué El juego de Ender para su lectura offline. 

Estaba distraída. El affaire Kindle era demasiado grueso. No lograba concentrarme. Cerré 24 Symbols y volví a abrir Kindle. Del tiovivo había desaparecido José Sanclemente, seguía Julia Navarro, pero ahora el libro central recomendado era ¡El juego de Ender!

La cabeza me daba vueltas, mucho más de prisa que un tiovivo. Desinstalé la aplicación, pero esta vez como quien toca arañas venenosas. Volví a instalarla para encontrarme nuevamente con El juego de Ender y la invitación de empezar a leer. Mandé varios tuits. Pensé en la serie Utopia, de Channel 4, cuya segunda temporada no seguiré. Apagué la tableta.

No volví sobre el tema hasta el 26 a medianoche, cuando me puse en contacto con servicio al consumidor de amazon.com. Fueron amables, pero nadie me dio ninguna explicación. Ni creo que la tuvieran. El 27, mi biblioteca era accesible nuevamente. Fue entonces cuando servicio al cliente de Kindle España me contactó a través de Twitter.


También fueron amables, y tampoco nadie me dio ninguna explicación. Ni creo que la tuvieran.

He recuperado los ebooks; mi cuenta ha "migrado" (ella solita) a Amazon España; no he retomado la lectura de Blood Meridian; la sensación general es de desagrado, como en una mala resaca.

Me pregunto si a esta promiscuidad por debajo de la piel, a esta vida privada de las aplicaciones que se hurta a nuestros ojos, alguien se atreve a llamarla "márketing". Tal vez sería más sencillo tener más categorías y subcategorías, dedicarse a etiquetar las cosas y no a las personas, dotar a los ebooks de visibilidad y dejarse de jugar al aprendiz de brujo y al tracking insidioso.

Lo de El juego de Ender creo entenderlo. No me gusta lo que entiendo, aunque tanta preocupación por 24 Symbols también puede indicar que les temen o al menos les tienen en cuenta. Y esto sería un privilegio, si bien dudoso. Falta entender lo de José Sanclemente. El único punto de contacto digital con el autor es mi lista de contactos de gmail. Pero la conclusión me resultaría demasiado aterradora para seguir devanándome los sesos.

De más está decirles que ahora estoy leyendo a Dorothy L. Sayers. Para más señas, el célebre misterio The Nine Taylors. Por eso de que uno siempre aprende y hay mucha matemática y algoritmo escalofriante en el centro de la trama.

Y por eso de hacer sonar las campanas.

En cuanto esté de vuelta en Barcelona, pasaré varias horas en La Central de la calle Mallorca. Entre libros. De esos de los de antes. ¿Os acordáis?



















miércoles, 18 de julio de 2012

El precio fijo, el IVA y el vacío legal de los ebooks

¿Son editores quienes, como Intangible, Musa a la 9 o Sin errata, solo publican en digital? Todo parece indicar que sí. La paradoja es que lo que editan no son libros, aunque estén sujetos a la ley del precio fijo que, en España, solo afecta a esas mercancías que juntan palabras en una unidad discreta de sentido.

Las leyes y las normas de la Unión Europea están jerárquicamente por encima de las normas y leyes de los Estados nacionales, que deben ajustarse a ellas. Y para la UE, estos editores en realidad "editan" servicios. ¿Se puede editar un servicio? Todo parece indicar que no.

¿Qué son, entonces, estos editores de ebooks en términos europeos? Nadie tiene la respuesta, porque viven en un vacío legal, montados a un toro bravo a quien nadie se atrevido a tomar por las astas. Porque los ebooks, como bien argumenta Baldur Bjarnason en su muy recomendable blog, tampoco son software.

Y para seguir con paradojas que es necesario desentrañar si se quiere, como ha manifestado el ministro José Ignacio Wert, que la industria editorial española centre su futuro desarrollo en lo digital, cabe preguntarse, en términos europeos, ¿cómo se reglamenta la propiedad intelectual de un servicio?

La subida indiscriminada del IVA que el 11 de julio anunció el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, a los bienes culturales con excepción de los libros impresos, ha puesto al rojo vivo todas estas contradicciones. Ninguna industria puede prosperar en el vacío legal. Ni los editores nativos digitales lograrán ser escuchados a menos que se reúnan formalmente en una asociación con personaría jurídica que haga oír su voz ante a la FGEE y la Comisión Europea, por muchas desconfianzas que esas instituciones les merezcan.

Creo que, a esta altura del partido, todos sabemos que en cuestiones "europeas", para lograr algo de luz sobre el laberinto que ha creado una sobrelegislación que convierte a la ley en parodia, lo mejor es mirar qué está haciendo Alemania. Nadie mejor que los españoles ha sentido esta realidad en carne propia, estampada como un hierro candente.

Pues bien, en Alemania, como bien señala Arantxa Mellado en su post del 17 de julio pasado, los ebooks no son libros, porque no están protegidos por la ley del precio fijo que el poderoso lobby de libreros alemanes hace mantener a rajatabla. Los ebooks alemanes son servicios, a los que se les carga un IVA del 19 % y, como tales servicios, su precio está liberado a las fuerzas de "los mercados". Leáse, los intereses de los poderosos e-tailers que no hace falta nombrar.

¿Están dispuestos los editores españoles (y aquí incluyo no solo a los nativos digitales, sino también a editores tradicionales que, como B de Books o Barcelona eBooks, se han lanzado sin prejuicios a ambiciosas aventuras digitales) a seguir viviendo en un vacío legal que les promete ser asimilados a la realidad alemana en cualquier momento y cuando presentar batalla sea ya inútil, como les sucedió a todos los ciudadanos del reino con el "rescate" y la "intervención"?

Por este vacío legal se puede colar cualquier cosa. No es mi intención discutir aquí qué es mejor, sino que el sector tiene el derecho y la obligación de influir en que esa cosa cualquiera no se cuele en su perjuicio a causa de su inacción. Porque, despertemos, la única que en este momento se ajusta a derecho en materia de ebooks es Alemania.

Tal vez sea un buen momento para organizarse, para conocer a fondo la legislación contradictoria que los afecta y hacer también lobby, como se hace por el libro impreso o por la banca de inversión. La dimensión económica de la edición digital no promete que la batalla sea fácil, pero el momento es propicio. Como bien señala Txetxu Barandarián, en materia de IVA no todos los responsables de Cultura en el gobierno piensan igual. Habrá que aprovechar esa fractura antes de que el azoramiento haya pasado y vuelvan a cerrar filas.

Este mío es un post urgente y pretende que en los comentarios se vaya ejercitando la voz con la cual dirigirse a instituciones, autoridades locales y autoridades europeas. Mi deseo es que de aquí surja algo que permita cambiar la realidad, para que dejemos de ser el sector de la eterna queja. Mi intención, recoger todas esas opiniones en un largo artículo en Publishing Perspectives que internacionalice las preocupaciones de los editores digitales de España.

Para la reflexión, copio aquí el muy útil cuadro elaborado por Actualidad Editorial.


Todos los comentarios son bienvenidos.


jueves, 5 de julio de 2012

Las otras que hay en mí

Pasando de puntillas sobre Asterión


Entro aquí de puntillas.

Desde que comencé a escribir regularmente para Publishing Perspectives, en febrero pasado, el castellano me esquiva.

O yo lo tengo arrinconado. ¿Cómo saberlo?

Ha sido una experiencia de doble filo. Por un lado, lanzarme sin red a escribir profesionalmente en un idioma que he amado desde pequeña, pero que no es el mío, fue de una efervescencia embrigadora. Porque no es una cuestión restringida a "encontrar la palabra justa", es un viaje completo a otra forma de entender la realidad. Para escribir en inglés, tuve que encontrarme con otra Julieta, una que hasta ese momento había jugado solo el papel de lectora atenta de una tradición que le es ajena. El encuentro fue fascinante y me tuvo, como pasa en los enamoramientos de verano, absorta por un buen tiempo. Pero este encuentro feliz involucró una pérdida: la de la inmediatez de mi lengua materna.

El inglés es un amante despótico. Son tantos los recursos que me exige poner en práctica para no traicionarme, que quedo agotada para mi cita con el castellano.

Todo esto para decirles que no he dejado de escribir y de reflexionar sobre los libros, pero que de alguna manera esas íntimas actividades las hace otra, la que se va con el inglés.

El link que encontrarán más abajo es algo que hubiese querido escribir en este blog, en castellano. Pero lo escribí en inglés, y soy incapaz de traducirme a mí misma.

Trata de una editorial argentina, Eterna Cadencia que, junto a una empresa de publicidad hizo un libro con fuerte olor a amóniaco cuyas palabras desaparecen en contacto con el aire. Dijeron que lo hacían para promocionar la lectura de nuevos autores latinoamericanos. Para que la gente los leyera rápido y así pudieran publicar su segundo libro. El libro circuló en el cenáculo de los periodistas culturales y los entendidos en publicidad. Nunca se pensó para llegar a las librerías. Como happening, distó mucho de estar a la altura de los que organizaba Marta Minujin en los años setenta. Como libro, obturó su mensaje al crear un medio artificial. Artificial porque no fue el medio para el cual los autores pensaron las condiciones de producción de sus textos.

El artículo se titula "Further Proof That Print Books Are Disappearing, Literally". Espero que lo disfruten.

También espero volver por aquí más a menudo.

viernes, 16 de marzo de 2012

Era rubia. Andaba en líos. Y pagaba 3 centavos por palabra


U$S 100 se pagó en subasta por este vintage .

 Así describía Ed McBain la edad de oro del pulp-fiction en un artículo publicado en el New York Times en marzo de 1999. Por entonces, yo descubría los libros de James Sallis en mis escapadas a la librería Murder One, en los ratos libres que me dejaba la Feria del Libro de Londres y los agentes literarios.

Las novelas de James Sallis no pertenecen al género, aunque vayan de detectives: como todo lo escrito después de 1980, viven en el territorio de la nostalgia. Son revisiones en clave de homenaje, visitas culteranas a un modo de producción que empezaba a decaer.

De los libros de Sallis que publicamos en España, el preferido de Antonio Ramírez, librero de La Central, fue Vidas difíciles, una serie de ensayitos sobre Jim Thompson, David Goodis y Chester Himes, además de la celebración de un género que solo fue posible cuando, allá por los años 30, la industria editorial dio un giro copernicano que ha tocado a su fin.

Ramírez, después de darme la enhorabuena por la publicación de Vidas difíciles, me confesó con cierta tristeza que no creía que pudiera vender más de 80 ejemplares entre sus dos librerías, librerías de referencia en Barcelona.

¡Disfrutemos de esos 80, entonces!, le dije.

Y me pareció una melancólica ironía --y una lección de humildad-- que las expectativas de venta de un libro que analizaba el fenómeno de los bolsillos populares, cuyas tiradas iniciales llegaron a los 250.000 ejemplares, fuesen tan magras. En aquellos años vivíamos inmersos en el fenómeno de los super-ventas, cuyo último exponente fue la trilogía Millenium del sueco Stieg Larsson, y ya se había eclipsado el período confuso en que Amy Tan se promocionaba como "literatura seria".

Otro giro copernicano estaba a las puertas. Y las sigue batiendo con sus aldabas.


La guerra, la tecnología y la producción (de sentido)

Toda nueva máquina nace de una hipótesis de guerra, desde las de Poliorcetes a Arpanet. Y una vez creadas y probadas, les encontramos otros usos y sentidos. Especialmente cuando esas hipótesis han caducado.

Primera baja de la embestida del bolsillo.
El pulp-fiction como género no se fundó con Pocket Books, en 1939. Gozó de muy buena salud desde 1920 en las páginas de Black Mask, donde se publicaban cuentos y relatos cortos de todos los géneros populares: aventuras, policiales, historias de detectives, historias de amor, de horror y de fantasía sobrenatural.

Black Mask fue un subproducto de dos avances tecnológicos, los mismos que permitieron a Allen Lane crear la exitosa Penguin mucho más tarde, en 1935: la linotipo y la impresión offset. Si la lino reducía los tiempos de composición de la página, la impresión offset permitió no solo bajar los costes de impresión, sino también y sustancialmente los de papel. La excelente definición de la tipografía que la offset lograba aun en los papeles más rústicos y porosos la hacía el aliado de oro del texto. Por 15 centavos de dólar, un tesoro de evasión (y a veces de excelente literatura) estaba a disposición de lectores ávidos, que no se avergonzaban de pasar el rato del otro lado del sueño americano: su pesadilla.

En 1929, justo antes de su apogeo y su vertiginosa decadencia, Black Mask publicó, por entregas, El halcón maltés, de Dashiel Hammet, el autor que, en palabras de Sallis, " invirtió el mito y situó los demonios de los castillos europeos y de los colonos de Nueva Inglaterra en paradas de autobús, comedores populares y habitaciones de hoteles de mala muerte." El paso previo al nacimiento de la novela negra.

Los libros de bolsillo que apelaban al gusto popular fueron concebidos en Alemania, en 1931, por la editorial Albatross. El experimento duró poco, porque el subproducto de las máquinas de guerra --las autopistas que el nazismo construía para mover tropas de invasión a velocidades hasta entonces desconocidas--  pasó a ser el Volkswagen.

La suerte de revistas como Black Mask estaba echada.

Bastaba que a alguien se le ocurriera separar los múltiples géneros contenidos en sus páginas en colecciones, que de los relatos cortos surgieran novelas que alimentaran esas colecciones y que ese alguien, para conseguir autores, se resignara a tener que resolverles la vida pagándoles un tanto alzado contra una producción ingente. Los nombres de ese alguien fueron legión: Pocket Books, Dell, Avon, Harlequin, Popular Books.

Porque la virtud de Black Mask fue la de ser pionera, la de entender que la nueva tecnología abría oportunidades y nuevos géneros, pero su gran pecado fue la paga miserable que ofrecía a los autores. Y si los autores no pueden vivir --si mueren-- no hay nada que editar.

Los modos de producción 

Los libros de bolsillo "fueron huérfanos, mestizos, animales de corral a los que se dejó caer desde el aire sobre expositores de fauna exótica [...] Nadie sabía muy bien qué hacer con ellos, y mucho menos quienes los producían, que también tendían a ser un poco raros", cuenta Sallis en Vidas difíciles. La fauna incluía a libreros en quiebra, gente que venía de la alimentación y de otros sistemas de distribución mayorista, empresarios sin piedad e intelectuales renegados. De seguir el relato de Sallis, tendremos que aceptar que la industria editorial, tal y como la conocemos --la industria del offset y la distribución masiva-- tiene unos orígenes bastante más cercanos a la atracción de feria que a las murallas de Ur. Y eso es bueno. "Oropel y una pizca de trascendencia", en palabras de Sallis.

Ed McBain entra en la escena del pulp en su segunda etapa, la de mayor gloria. La hipótesis de guerra se ha transformado ya en posguerra, pero las necesidades militares habían provocado dos pequeños avances tecnológicos que cambiarán a la industria del libro: la cuatricromía y el plastificado, ambos de capital importancia para los mapas de estado mayor durante la II Guerra Mundial. En un mundo gris, una explosión de colores que, gracias a los laminados, no deja huellas en las manos húmedas del lector.

Cubiertas de cuatricromía de los años 50.

Por entonces, empezar un relato criminal era como hacerse con una caja de chocolatinas y quedar sorprendido cuando se hincaba el diente en el centro, que podía ser blando, de caramelo, o de nuez. Había un montón de nueces en la ficción criminal, pero uno nunca sabía qué clase de historia saldría de la máquina hasta que empezaba a tomar forma en la página. Como un pianista, un buen escritor de cuentos criminales no creía que conocía su oficio si no sabía improvisar con las doce teclas. Las variaciones de timbre de un tema eran lo que lo hacía tan divertido. Que a uno le pagaran 2 o 3 centavos por palabra, también.
Subrayo la máquina de Ed McBain, que aunque fuera la inocente máquina de escribir, señala también el caracter maquínico de la cultura popular. Variaciones sobre un tema, como las que podía hacer la máquina de Jacquard sobre un tejido con solo una perforación diferente en la tarjeta. 

En medio de toda aquella duplicación iconográfica, algunos escritores registraron sus propias visiones. Su obra sigue siendo legible en la medida en que hicieron sus propias variaciones sobre el mito paladino, variaciones a las que rara vez se prestó atención en un mercado indistintamente receptivo a lo muy trillado.
 Dice Geoffrey O'Brien en Hardboiled America: The Lurid Years of Paperbacks. Y se refiere a los Chandler y los Goodis, a los Thompson y los Himes que, detrás de aquellas cubiertas chillonas, nos hablan de los rincones innobles de la vida. Ellos, los que hicieron perdurable la subversión innata de los paperbacks y la transformaron en literatura.

El offset y la industria editorial que surgió de esa tecnología, cumplieron su papel al dar origen a un género y a unos escritores que son irrepetibles en otras condiciones de producción. Y además, crearon los medios de supervivencia de esos escritores, algo que el offset y sus industrias culturales afines son incapaces de hacer hoy.

Cincuenta matices de gris

El giro copernicano del que seremos testigos o protagonistas, ese tan mentado cambio de paradigma editorial anteportas al que le sustraemos cuerpo y alma, viene impulsado por otras máquinas, a las que damos el nombre indigente de "mundo digital". Y antes de haber abrazado el cambio, nuestras voces se alzan en un cloqueo indistinto pidiendo nuevas formas narrativas acordes con los tiempos que no logramos asumir.

Libros enriquecidos con videos y canciones; apps que en su tridimensionalidad se lancen sobre las fauces de quien ya no será lector (y por tanto no nos necesitará); interactividad prefabricada para niños azorados; editoriales transformadas en productoras multimedia; lectura "social" que, impertinente, interrumpe la inmersión en los mundos paralelos de los relatos; transmedia para trashumantes de plataformas, que no son dehesas.

Tengo para mí que el cambio ya ha sucedido y ha sido mucho más radical que cualquiera de las propuestas del catálogo barroco enunciado más arriba.

Las señales son muchas, pero dos noticias recientes las ponen en relieve. Ambas cubiertas por Laura Hazard Owen, en PaidContent. Pasaron casi inadvertidas, porque estamos demasiado distraídos con las cuentas de colores.

Fifty Shades of Gray, el best-seller que llegó a los primeros puestos tanto del New York Times como de Amazon, tuvo sus orígenes como un fan-fiction, publicado íntegramente en el sitio FF.net. Mucho antes de que Random House la descubriera, E. L. James ya había sido finalista en la categoría "Mejor novela romántica" de los premios organizados por GoodReads en 2011, tenía una base de seguidoras inmensa, que habían contribuido con sus comentarios a la evolución de la historia hasta su forma final y, lo que es igualmente importante, una pequeña editorial independiente australiana la había publicado en papel.

Cuando estoy de humor provocador, algo que me sucede a menudo, digo que los próximos Homeros están ensayando sus epos en las catacumbas del fan-fiction. Que la web nos está entrenando en un híbrido donde la palabra escrita comparte demasiadas características con la oralidad como para que lo pasemos por alto. Que la iteración algorítmica nunca producirá historias tan buenas como la repetición humana. Y que esa repetición humana encuentra en el fan-fiction una plataforma espontánea, acorde con las herramientas que nos proporciona la web, y que hay que asomar el hocico sin hacer ascos para saber cómo será uno de los géneros que este nuevo modo de producción facilita.

Esta sí es tarea de editor.

La otra se refiere a una de las "editoriales" de Amazon, Kindle Singles. Laura hizo una investigación exclusiva, para la cual incluso consiguió que Amazon les permitiera a sus autores romper el pacto de confidencialidad por el cual no pueden hablar ni de los términos de los contratos ni de las ventas. Los resultados dan para la reflexión. Libros de siete mil palabras, que nunca habrían encontrado un sitio en el papel --ni como libros por cortos, ni como artículos periodísticos por largos-- han encontrado una considerable aceptación entre los lectores, dispuestos a pagar por ellos. En 14 meses, se han vendido 2 millones de ejemplares de Kindle Singles, proporcionando una nueva fuente de ingresos a escritores consagrados y nóveles.

Y esta también es tarea de editor. 

domingo, 27 de noviembre de 2011

Los libros inútiles


 que una rama del comercio extraviada es una rama perdida y que en diez años se causan más males de los que que se pueden reparar en un siglo.
                            Dennis Diderot (Carta sobre el comercio de los libros)

Libros de mármol de la decoradora Kelly Wearstler.


 En 20 años de ejercicio editorial, he publicado libros inútiles. Varios.

Los libros útiles no son el contrario de los libros inútiles. Son los libros que sirven para algo: para que adelgacen los ejecutivos en comidas de negocios; para convertir un erial en un jardín; para preparar una cena. Y para pagar los salarios.

El contrario de los libros inútiles son los libros valiosos.

También he publicado libros valiosos. Varios. Algunos se volvieron inútiles, porque sofocados por los auténticos libros inútiles que publicábamos, yo y todos mis colegas.

Estos son los verdaderos géneros con los que trabaja un editor. Lo demás es literatura. Y vanidad. Del equilibrio entre ellos depende la salud del comercio del libro.

UNA MAREA BLANCA DE PAPEL

Cualquier cosa que digamos sobre la edición y el cambio de paradigma al que está sometida se modificaría radicalmente si tuviésemos una historia económica del papel. Y de su inflación. También, del papel del papel en la consolidación del Estado moderno y de la burocracia que lo hizo posible. Ya lo dijo Bertold Brecht, y mucho mejor: para ser hombre hace falta un librito de papel, el pasaporte.

El papel impreso y el poder han compartido una intimidad que a menudo se pasa por alto.  Quien no lo crea, que pregunte a los sin papeles.

La edición se ha articulado en esa intimidad. Que a veces la haya cuestionado, e incluso desafiado, no es más que una confirmación del vínculo y sus tensiones. En esta lógica, la misión del librero-editor (hoy descompuesto en una red que abarca a decenas de jugadores) es, en espejo con la de quien extiende un pasaporte, asegurar la circulación de los discursos y, al mismo tiempo, restringirla para evitar su proliferación descontrolada y su consiguiente devaluación.

El editor adquirió su lugar de privilegio, que sustentó sobre la extinguida promesa ilustrada, en el compromiso tácito de guardar el orden de lo escrito. De mantener la asociación de la autoridad de saber y la forma de publicación.

A todo esto se lo llamaba "hacer un catálogo". Hay editores con catálogo, como Jorge Herralde, y hay editores sin catálogo, como Planeta Internacional.  Literalmente sin catálogo, porque ningún documento da cuenta de la historia de sus publicaciones.

El editor "con catálogo" no está a salvo de los libros inútiles, porque forman parte del régimen de la edición: de la negociación con el agente literario en pos de un libro valioso o de uno útil; de la necesidad de mantener encendida la hoguera de la librería; de ocupar el territorio de las mesas de novedades y del inevitable error de apreciación. Pero la tentación de entregarse al libro inútil queda acotada por ese registro de sus acciones  y pecados editoriales que es el catálogo.

Quien no tiene catálogo, no deja huellas. Tira de la cuerda y esconde la mano.

Hace diez años, pensaba que los libros inútiles hacían ruido. Hoy los veo como una inmensa marea blanca en la cual zozobran los discursos que prometimos hacer circular.

LA HERIDA AUTOINFLIGIDA

La economía del papel está asediada desde hace tiempo. Desde la Primera Cena que Frank McNamara pagó con una tarjeta de crédito en el Major's Cabin Grill, en febrero de 1950.

Fue una andanada en la línea de flotación del mundo simbólico construido alrededor del papel. De allí a la libre circulación de capitales ficticios que hoy amenaza con acabar con la civilización tal y como la conocemos, han ocurrido muchas cosas.


¿Por qué siguen pensando los editores que el papel que les toca en el mundo de papel no debe ser tocado? ¿Acaso creen que el papel de los libros es más importante que el papel moneda? ¿No han comprendido que el destino de ambos papeles está atado?

Mucho antes de que llegara el gran editor universal, ese que le abre las puertas a cualquiera y donde los textos tienen por único contexto su pertenencia a una misma temática, mucho antes de la Red, de la autoedición, de los ebooks, de Google y de Amazon, los editores se autoinfligeron una herida. Una herida fiera, porque hecha con el instrumento contundente y romo de los libros inútiles.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

No están todas las que son ni son todas las que están

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Con el objeto de promover el desarrollo de las industrias culturales autóctonas y facilitar los emprendimientos comunes entre ellas, la Secretaría de Cultura de la Nación facilita un Mapa Cultural de la Argentina interactivo que vale la pena visitar.
A través del Mapa Cultural hoy sabemos que en Argentina existen más de 400 cines, cerca de 600 editoriales de libros y no más de 130 sellos musicales. A lo largo de su territorio, se emplazan más de 2200 librerías y más de un centenar de Ferias del Libro. Existen además aproximadamente 800 espacios de exhibición patrimonial, más de 8300 bibliotecas de distinto tipo, 870 monumentos y lugares históricos, 2400 salas teatrales, cerca de 1400 radios y 2.600 Fiestas y festivales en todo el país.

Porque no están todas las que son ni son todas las que están, la Secretaría ha instrumentado una herramienta de validación del mapa con la cual los usuarios pueden corregir, agregar o cuestionar la inclusión de tal o cual empresa o evento ligados a la cultura. El recurso al crowdsourcing por parte de una institución del Estado es más que bienvenido, pues es una de las maneras de usar Internet como instrumento organizador de ciudadanía, reforzando el sentido de pertenencia social, geográfica e histórica a través de la participación responsable en la creación de la información de uso común.

En materia editorial, se confirma la concentración de esta industria en la ciudad de Buenos Aires: de 552 empresas dedicadas a la edición de libros, 342 tienen su sede en la capital del país.Y faltan varias de las importantes, no solo por tamaño sino por valor cultural.

Uno de los recursos más interesantes del Mapa es la posibilidad de superponer los indicadores culturales a otros, de carácter socio-demográfico como, por ejemplo, educación, acceso a la salud, índice de pobreza, penetración de las nuevas tecnologías y más.

Pego aquí una captura de pantalla del mapa editorial con una superposición del porcentaje de hogares con acceso a Internet en toda la geografía de la república, siendo las zonas más oscuras de color anaranjado las que ostentan un porcentaje de hasta un 23 % de hogares con acceso. A señalar también que esas regiones son las de menor densidad demográfica del país.

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Uno concluye, tal vez con premura y frivolidad, que cualquier cambio de paradigma en el sector editorial de la Argentina, cualquier futuro de la edición digital (si lo hay), pasará por el desarrollo de soluciones móviles, centradas en los 55 millones de teléfonos celulares en poder de una población de 40 millones, una gran mayoría de los cuales tiene acceso a la Internet móvil. Las implicaciones de esta realidad de las infraestructuras son enormes e inclinan la balanza de poder de la edición y el consumo textual no ya hacia las grandes empresas de software, como ha sucedido en los países centrales, sino hacia las telefónicas. Una realidad que merece empezar a pensarse seriamente desde las políticas públicas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Aun no hemos visto nada

Ejemplar de Players, de Don De Lillo, perteneciente a David Foster Wallace. Universidad de Texas en Austin.
Afecta apenas a cinco mil títulos, entre los cuales no figura ninguno publicado por los Big Six de la industria editorial neoyorkina. Beneficia a apenas un 9 % de los usuarios Prime de Amazon que, según calcula el analista Eugene Munster, de Piper Jaffray*, serían tan solo 5 millones de personas en todo el globo. Un alcance ridículo si uno piensa en términos de escala: apenas la cuarta parte de los lectores a los que, teóricamente, podría llegar Planeta a través de e-Círculo si se decidiera por una estrategia digital coherente y sostenida.

Sin embargo, el programa Kindle Owner Lending de Amazon marca un giro copernicano en la cadena de valor del libro. Porque a lo que Amazon le pone precio es a las notas, subrayados, garabatos y caprichos del lector. Lo que se precia y aprecia es la permanente negociación con el texto que implica la lectura activa, donde el "margen de sentido" se produce en un lugar intermedio entre el emisor (autor) y el receptor (lector).  Este espacio marginal, que hemos dado en llamar marginalia, tiene su punto de sustento entre lo privado y lo público, y que se inclina hacia uno u otro lado del fiel según quién sea el dueño del libro. Es la esencia de la lectura social, donde la intersubjetividad de la interlocución permite la reproducción del sujeto lector en su reflejo del otro, del que ha escrito el texto.

Esta práctica social de reproducción reflexiva del sujeto en tanto productor de sentido es tan vieja como la lectura. Todas las novedades en materia de lectura digital van por este camino, los ingenieros empiezan a entender: desde la plataforma Copia hasta la lectura social propuesta por Kobo; desde 24 Symbols hasta la mimada (en exceso) startup Small Demons.

Pero solo Jeff Bezos --el gran innovador-- ha pensado que es esa experiencia de sí mismo por la que el lector está dispuesto a pagar. Porque Bezos ha descubierto que la "experiencia de lectura" no es una experiencia sensible a enriquecer con videos y enlaces mil, sino una actividad productiva. Y nadie renuncia a su propia (re) producción.

No voy a entrar aquí en análisis acerca de la viabilidad de la propuesta, ni de los contratos que la limitarán, ni del coqueteo permanente de Amazon desde los bordes de la legalidad, ni de las reacciones de otros colectivos comprometidos (autores, agentes, editoriales). Se ha escrito mucho y muy bueno en estos días al respecto. Tampoco entraré en las connotaciones éticas de esta decisión inconsulta de Amazon con respecto a su proveedores de contenidos.

Solo señalar que si de fractura de modelos se trata, de cambios de paradigma, de llevar las fronteras a sitios que el dinero todavía no había conquistado, este es el puntapié inicial de un nuevo juego. Y que como el genio puede ser tanto benigno como maligno, habrá que reconocer la genialidad de Bezos en esta movida.

CÓMO FUNCIONA

Esto no va de streaming. Mejor dicho, el streaming es apenas una modalidad que habilita el reconocimiento del valor económico del aporte productivo del lector.

Esto no es un Netflix ni un Spotify de los libros. Esto es convertir al lector en el centro de un nuevo sistema planetario. Porque si bien ser miembro del programa Prime permite a los usuarios de Amazon ver películas y escuchar música gratuitamente, después del abono de una suscripción anual de 79 dólares, pensada en un principio solo para el despacho gratuito de bienes analógicos, Kindle Owner Lending tiene una cláusula especial. 

Si eres miembro de Prime y dueño de un Kindle, tienes derecho a leer 12 títulos gratuitamente a lo largo del año, casi el doble de lo que consume el lector medio estadounidense. Ahora bien, si te has entregado a la lectura realmente gozosa, esa que te lleva a subrayar, a anotar tus pensamientos más locos, tus desavenecencias con ese ausente que es el autor, tus puntos de acuerdo, las relaciones que has descubierto con otros corpus de texto, si eres un lector "de verdad", solo podrás recuperar tu producción de sentido --que ha quedado bien guardada detrás de las puertas de la nube de Amazon-- si pagas por el libro su precio de mercado. Esto es, si te conviertes en su propietario.  

Cuando escribía en FutureBooks que no todos los contenidos digitales ofrecen la misma experiencia de consumo online y me mostraba escéptica sobre un Spotify de los libros, no imaginaba que Bezos ya había descubierto la especificidad de la lectura, ni que la incorporaría a un modelo de negocio que tiene por objetivo la disrupción de su mismísima empresa, antes de que sean otros quienes lo hagan.


La iniciatia apunta a que el ecosistema de Amazon se vuelva aun más cerrado, más autosuficiente. Las armas: Silk, Prime y Fire (que es la ventana al catálogo de Sears & Roebuck desmaterializado). La relación de intimidad entre la nube de Amazon y la función productiva del lector deja a todos los demás actores fuera. Autores y editores solo son dueños de la excusa que permite esa productividad.


¿No sería hora de que nos pusiéramos las pilas y empezáramos a pensar con libertad en nuestro futuro?


*Esta información está tomada del boletín de pago Publishers Lunch de Luxe, de Cader Books. Me disculpo por no poder ofrecer un link a ella.



viernes, 21 de octubre de 2011

De las bibliotecas (públicas, privadas y ausentes)





Este blog nunca se planteó seguir de cerca las noticias del mundo editorial y su irreversible cambio de paradigma. La intención siempre fue que me sirviera como un sitio donde compartir reflexiones sobre ese cambio, que afecta muchas otras facetas de nuestro transitar en el mundo. Por eso, las nuevas entradas se han presentado cada vez que tenía algo que decir y nunca han tenido una periodicidad asible. Mi registro blogger es más el de una conversación que el de un servicio.

Sin embargo, una ausencia de más de dos meses hasta a mí me desconcierta.

Por razones que no vienen al caso, pero que implican el espacio (dimensión que estamos perdiendo en medio de una algarabía algo insensata), he debido catalogar toda mi biblioteca personal. La de papel impreso, sí, la espacial, esa en la que la palabra comparte un sitio con la arquitectura. No conté con ayuda y fue un trabajo arduo. En especial porque debía deshacerme de dos tercios de los libros que me han acompañado por los años y por los continentes, y la catalogación iba a la par de una selección rigurosa. Hoy, terminado el trabajo y bien guardados esos más de dos mil volumenes en cajas etiquetadas que descansan en el depósito de un anticuario amigo, reconstruir o rememorar ciertos períodos de mi historia intelectual se reduce a un ejercicio de imaginación frente a las hojas de Excel en las que han quedado metadateados. Sé en qué caja descansa cada uno, el año en que lo leí, qué significó en mi desarrollo, a qué otros títulos está vinculado (en mi orden caprichoso de lecturas) y algunas cosas más. En cambio, no sé cuando volveré a verlos, ni a repasar las profusas anotaciones en los márgenes, que se fueron haciendo más parcas a medida que me internaba en la edad adulta.

Lo que ha quedado a la vista es el hueso. En algunos casos, he consevado en los anaqueles más de una edición del mismo título, cuando cada una de esas ediciones aportó algo diferente a la experiencia de lectura. Cada noche me llevo uno o dos a la cama. Los hojeo, los releo fragmentariamente, sobre todo, a partir de las notas al margen.

A Mimesis, de Eric Auerbach, le tocó el turno estos días. Y volví a emocionarme con la página final y el certero subrayado. Quiero compartirlo aquí, pero deberán conformarse con una torpe traducción de mi mano, porque la edición de Fondo de Cultura, en la que se encontraron dos exiliados --Auerbach, el autor, y Eugenio Ímaz, el traductor-- la perdí hace mucho tiempo en uno de mis traslados intercontinentales.


[...] las dificultades fueron enormes. En esas circunstancias, tenía que tratar con textos que abarcaban más de tres mil años y, a menudo, me veía obligado a traspasar los confines de mi especialidad, las literaturas romances. Mencionaré también que escribí el libro durante la guerra y en Istambul, donde las bibliotecas no están bien equipadas para los estudios europeos. Las comunicaciones internacionales estaban obstaculizadas; tuve que prescindir de casi todas las revistas, donde se publicaban las investigaciones más recientes y, en algunos casos, de las ediciones críticas más autorizadas de los textos. Por lo tanto, es posible e incluso probable que haya pasado por alto asuntos que habría debido considerar y que, ocasionalmente, afirme algo que la investigación moderna desaprueba o ha modificado. Confío en que estos errores probables no incluyan ninguno que afecte el núcleo  de mis argumentos. La falta de estudios técnicos y de revistas también puede explicar por qué mi libro no tiene notas. Aparte de los textos, mis citas son escasas y, por su escasez, fáciles de incluir dentro del cuerpo del texto. Por otra parte, es muy posible que el libro deba su existencia justamente a esta falta de una copiosa biblioteca especializada. De haberme sido posible la familiaridad con todas las obras que se han realizado sobre tan diversas materias, quizá nunca habría alcanzado el punto de la escritura.
Las negritas corresponden a lo que subrayé hace ya 20 años en el libro de papel.

En el duelo por esa parte de mi biblioteca que, de momento, no está a mi alcance, estas palabras finales de Auerbach me reconfortan.

 Sirven también como punto de partida de una reflexión sobre la necesidad (o la no necesidad) de bibliotecas universales que abarquen todo el saber humano y que no están pensadas para nuestros ojos.

Y como inspiración programática para quienes quieran escribir un libro cuando nos quedemos sin electricidad o sin acceso, que será una de las formas de la guerra posthumana. 

Prometo, a partir de ahora, visitar con más frecuencia el blog. Espero que sigan acompañándome con su siempre bienvenida lectura.

lunes, 1 de agosto de 2011

El próximo Vladimir Propp será un algoritmo


El pasado 13 de julio, en Shangai, unos 840 millones de palabras, contenidas en las páginas amarilleadas de unos 5200 documentos y libros que nunca vieron la imprenta, salieron de las empolvadas cajas de cartón que las guardaban rumbo a su digitalización. Yang Liangcai fue el encargado de la selección, junto a un equipo de expertos. Lo primero que nos dice sobre él el People's Daily Online es que tiene 79 años, porque ser mayor en China inspira confianza y respeto y forma parte de las bazas de un buen curriculum. El anciano Yang es un ex miembro del Partido, no uno cualquiera, porque ejerció como secretario de la Asociación de Arte y Literatura Popular de China y ahora es miembro del Comité de Expertos de un proyecto que pretende el rescate del folklore chino, de sus géneros y tradiciones perdidas en la acelerada urbanización iniciada tras la muerte de Mao.

Estos 840 millones de palabras son tan solo una muestra diminuta, una primera selección. Quedan miles de cajas sin abrir. Muchas de estas palabras están escritas a mano en caligrafía popular; otras, se han trasladado al papel por medio de sellos de madera, una suerte de tipos móviles manuales; otras, más actualizadas, conocieron su fijación por medio del mimeógrafo. Cubren una amplia variedad de géneros: el mito; la leyenda; la narración; el chiste; el cuento de hadas; la balada; los proverbios y la épica. Y dicen que pronto, aunque no se sabe qué es pronto en términos chinos, estarán disponibles online para su acceso irrestricto. No solo las palabras pasarán por el escáner, también las ilustraciones. Los materiales de esta colección se han reunido a través de toda la geografía china, que es vasta, a lo largo de 60 años.

Es folklore contemporáneo, porque la base de datos solo llegará, en esta primera etapa, a cubrir creaciones populares posteriores a 1940, y las lenguas en que se escribieron son minoritarias, pero tendrán sus traducciones al chino mandarín. En una segunda etapa, el gran archivo incluirá documentos de los últimos cien años y grabaciones que reproducen la literatura oral de las minorías étnicas, lingüísticas y sociales. Todo esto sumado, dice Yang el Viejo, será un acervo de cuatro mil millones de palabras. Las compilaciones comenzaron a realizarse en 1984. A Yang le preocupa tanto la publicación, en el sentido de hacer público, de estos materiales como el talento que encierran y reconoce, con tristeza, que si el talento sobra por el lado de la producción popular, falta en filólogos y folkloristas para analizar tanto material.

De todas formas, no hay que preocuparse demasiado, porque Baidu, el buscador oficial chino que quiere competir con Google, vendrá en ayuda de la empresa de reconstrucción del pasado inmediato. Y los 4 mil millones de palabras, en ayuda del buscador.

Uno se pregunta cuánto tiempo tardarán los algoritmos en producir una morfología del relato popular chino. Vladimir Propp encontró 31 funciones y ocho tipos, o actantes, a lo largo de muchos años de estudio de un material menos extenso. ¿Qué encontrarán los algoritmos de Baidu? ¿Y acaso dejarán fuera de su análisis, al igual que hizo Propp, cualquier consideración de tono o de registro? ¿O usarán los miles de millones de palabras solo para venderles publicidad contextual a las minorías étnicas que las produjeron?

El proyecto es fascinante. Especialmente porque si surge un Propp algorítmico, no tenemos por qué perder la esperanza de que llegue su crítico superador, en una reencarnación maquínica de Claude Levi-Strauss.

Debo la primera pista que me hizo llegar a esta información a mi estimado amigo José Afonso Furtado, también conocido como @jafurtado en Twitter.

domingo, 17 de julio de 2011

Dos semanas en la Utopía G+

Shmoo, by Al Capp


Buenos Aires goza, desde 1876, de un periódico en inglés que conoció tiempos mejores y tuvo una circulación más que respetable. En las páginas del Buenos Aires Herald conocí a Li'l Abner, la tira cómica de Al Capp, y a los Shmoo, tal vez la criatura más deliciosa de la zoología fantástica con la que me encontré en la pubertad.

Los Shmoo vivían al cuidado de un pastor, en un valle prohibido a los hombres, en Kentucky, cerca del pueblo de Li'l Abner Yokum, que se llamaba Dogpatch. Li´l Abner los descubre por accidente y los encuentra tan encantadores que, desoyendo las advertencias del pastor, los conduce fuera del valle donde están recluidos. Y no pasa mucho antes de que se produzca una catástrofe económica que pone en peligro los cimientos de la organización social, porque la misma naturaleza de los Shmoon es tan disruptiva que resultan "la más grande amenaza para la humanidad que el mundo jamás haya conocido". Y esa peligrosidad no reside en que sean evil, sino en su intrínseca bondad.

Los Shmoon son amables, no requieren cuidados y adoran a los niños. Su sentimiento filantrópico es parte de su razón de ser. Son comestibles, riquísimos y les hace ilusión convertirse en plato fuerte del menú. Fritos, saben a pollo; grillados, a ternera; asados, a puerco; horneados, a bagre. Y si se los come crudos, son mejores que una ostra recién abierta. Subproductos del Shmoo son la leche, los huevos y la mantequilla, que ponen a disposición de la gente como las gallinas ponen huevos. No tienen huesos y, por tanto, no tienen desperdicio; los ojos sirven como botones y los pelos de sus bigotes como palillos de dientes. Por si esto fuera poco, una vez satisfecha la necesidad básica de alimento, los habitantes de Dogpatch también encuentran en ellos motivo de esparcimiento, porque son muy graciosos, tienen gran sentido del humor y organizan unas shmoomedies que pronto dejan sin sentido al cine y a la televisión. Y no corren peligro de extinción, ¡porque su reproducción es asexuada y casi espontánea!

¡Los Shmoon son una mala noticia para los negocios! Al menos para los negocios tal y como estaban organizados en Dogpatch hasta el día de su aparición.

Google siempre me ha hecho acordar a los Shmoon. Desde aquel comienzo amable de ese buscador que nos mostraba una página en blanco, sin pop-ups ni agregadores de noticias indeseadas, con una ventana límpida que nos devolvía con creces aquello que anotábamos y que provocó el éxodo masivo y su triunfo sin contestación en lo que el New York Times llamó "la guerra de los motores de búsqueda". Google, como otros buscadores, gana su dinero con la publicidad, pero nos molesta poco y a cambio nos da leche y manteca, todo gratis: Gmail, Blogger, GoogleDocs, GoogleSites, GoogleMaps, GoogleEarth, GoogleBookSearch son algunos en una larga lista. Y en ese darnos leche y manteca y shmoomedies, el valor de los contenidos ha caído en picado. Tal y como sucedió con la carne de cerdo en Dogpatch.

Pero nosotros también somos Shmoon, los Shmoon de Google, que pasta en nuestros datos.

Desde que Google abandonó el Valle Prohibido de los Shmoon y reina entre nosotros, muchas cosas han cambiado en Internet. La nueva Utopía que nos propone se llama G+ y es como el canto de los Shmoon que llevó a Li'l Abner a descubrirlos. Ese canto no es una nueva red social;  es una invitación casi ineludible a que nos traslademos, definitivamente, a la Nube. Será un redescubrimiento. Su melodía está compuesta por notas tan "filantrópicas" como el ADN de las criaturas fantásticas de Al Capp. Por ejemplo, la posesión de nuestros datos, de nuestros prados. Nuestros datos son mucho más valiosos que nuestros contenidos.

¡Google (y G+) es una mala noticia para los negocios!, canta el coro de los medios y, en tanto medios, tienen razón, si no logran imaginar otra manera de hacer negocios.

EL FIN DE LAS UTOPÍAS

Siempre llega, hasta en sátiras como la de Al Capp. Y ahora debo contar la historia muy triste de cómo se extinguieron los Shmoo.

En Dogpatch vivía J. Roaringham Fatback, también conocido como el Rey de los Cerdos, quien vio sus intereses seriamente dañados por la sorpresiva disrupción shmoo. El Rey de los Cerdos, además, tenía muy pocas pulgas, y era de esos seres industriosos capaces de mandar derruir la casa del vecino si esta le hacía sombra al periódico que leía con su desayuno. Imaginad la indignación que acumuló en poco tiempo contra los Shmoo. En especial cuando se desató la Crisis de los Shmoo y nadie lograba vender nada y todo a su alrededor se parecía demasiado al Gran Crack de Wall Street de 1929. Como era un hombre de acción y no estaba dispuesto a ver fundidos los cimientos de la sociedad en la que él era rey (de los cerdos, concedido, pero rey al fin), organizó los Escuadrones del Shmooicidio, que con armas de fuego acabaron con la vida de cuanto ejemplar de Shmoo encontraron a su paso.

Esto sucedía en diciembre de 1948 y es muy probable que se haya debido a que Al Capp vio cómo la historia se le iba de las manos, no supo bien cómo continuarla y recurrió al viejo remedio de matar lo que nos supera.

Quienes hoy tampoco saben cómo continuar sus historias proponen leyes como las llamadas Hadopi, González-Sinde o Lleras. Una de las armas de fuego que usan es un viejísimo fusil llamado copyright, cuyos cimientos están fundiéndose pero que presentan con los trazos inconmovibles de las Tablas de la Ley. Monopolios movilizados contra monopolios que no entienden o no les pertenecen o son nuevos. Hay otros escuadrones en esta nueva Crisis de los Shmoon, pero este blog solo trata de libros, de la palabra y de su digitalización.

G+ tiene mucho menos de novedad que de profundización de un modelo de negocio en el cual Google redobla la apuesta por la disrupción. Es un salto adelante que no logrará dar sin las pasturas de nuestros datos, en las que se alimenta, pero que deja elegantemente a nuestra disposición. Nosotros, por nuestro lado, tenemos derecho a exigirle algo más.

Pero no debemos olvidar que en esta historia, aunque Google sea el Gran Shmoo, todos nosotros y nuestros datos formamos parte de la raza Shmoo.

miércoles, 13 de julio de 2011

Casa del Libro abjura del DRM

(cc) Toni Lozano

    El pasado 24 de marzo, Enrique Dans publicaba en su blog el relato pormenorizado de su frustrado intento de compra de un ebook en Casa del Libro, que cerraba con esta frase: "Con tu actitud y tu DRM te lo comas". Ese texto, convenientemente apaisado y subrayado, forma parte de la quinta diapositiva de la presentación con la que Casa del Libro trata en estos días de reclutar editores para su plataforma de ecommerce, a la que rebautiza ecosistema de lectura.

    A un año del lanzamiento oficial de Libranda, Casa del Libro, que es una de sus librerías asociadas, reconoce en esta presentación que han sido responsables de la mala experiencia de compra de sus clientes y Enrique Dans les sirve como testigo de cargo de esas penurias. El DRM de Adobe, adoptado por Libranda e impuesto a todos los editores y libreros que se unan a la plataforma de distribución española, resulta imputado con semiplena prueba y, como tal, se lo elimina del nuevo proyecto. En él, Casa del Libro se propone como la chumacera alrededor de la cual girarán todos los ejes del universo libro en español. Los "especialistas" capaces de articular el cambio de paradigma. Libro nuevo, libro usado, impresión bajo demanda y ebooks serán las aspas del molino que moverá las aguas.

    La demolición de ADE y el DRM en lo que respecta a los ebooks es tan minuciosa y contundente que uno se pregunta qué argumentos le deja Casa del Libro a Libranda para seguir proponiendo su fórmula al resto de los libreros asociados, esos que no cuentan con Planeta como accionista mayoritario y no se pueden permitir inversiones descabelladas en el desarrollo de un motor de lectura (o ecosistema) que permita experiencias de compra y de lectura no traumáticas.

    UNA ESTRATEGIA NUEVA

    Que pasa, obviamente, por la nube. Un motor de lectura que permita acceder a los libros online y offline. Tanto en formato ePub como en .pdf. En cualquier dispositivo. ¿Les suena familiar? Compra con un solo click, sin necesidad del doble registro al que se verá obligado el resto de libreros que trabaje con Libranda y el DRM de Adobe. Sincronización del punto de lectura en todos los dispositivos; posibilidad de anotaciones y subrayados. Lectura social, faltaría más, y el consiguiente informe sobre los hábitos de los lectores, un servicio que ninguna otra librería española podrá dar a los editores, a menos que hayan licenciado The Copia. Y como yo me lo guiso y me lo como, integración con la comunidad de lectores de Libro de Arena, propiedad de Casa del Libro. Una comunidad bastante magra y poco espontánea, de momento.

    La seguridad de los contenidos bajo copyright se cifra en SSL, que la presentación describe así: "proceso altamente complejo para descifrar. Disuasorio para aquellos 'no piratas' y para los que lo son lo seguirán cogiendo de la red" [textual, amigo lector, pero el énfasis es mío]. Para poner de relieve la importancia de la cadena de librerías, una afirmación desconcertante: "venta de ebooks en el canal físico mediante tarjetas descargas". ¿En qué quedamos? Y por prometer, que no quede: la misma experiencia de lectura con ePub y con .pdf, de manera que el editor no tenga que gastar en conversiones y ponga a disposición cuantos fondos pueda, en el menor tiempo posible.

    ¿Desde dónde se harán efectivas todas estas funciones? La presentación no lo aclara, pero es de suponer que se tratará de una webapp, lo que preanuncia serios problemas de gestión desde dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes, por ejemplo. Y una pregunta que no parecen plantearse, ¿cómo accede a ella un lector cuyo dispositivo no tenga incorporado un navegador, por rudimentario que sea? Aunque puedo equivocarme y sea que, en realidad, Casa del Libro esté embarcada en el desarrollo de un motor de lectura basado en HTML5, en cuyo caso debería al menos mencionar las futuras apps para sistemas operativos como Android, iOS o RIM. En el contexto de esta presentación, la frase acuñada por Arthur C. Clarke se invierte y la magia se hace indistinguible de la tecnología. Especialmente cuando se trata de evangelizar a editores a quienes se les supone una supina ignorancia digital.

    El tono es urgente, casi acuciante. Tanto así que se tragan las palabras ¿Será porque le han visto las orejas al lobo? A juzgar por esta frase, que copio textualmente, parece que sí:
    Primer actor nacional que apuesta los ebooks. Evitar todo el peso de las ventas caiga en pocos actores internacionales (Amazon, Apple, Google).
    Bienvenida la inciativa. Ahora bien, ¿no sería conveniente empezar a hacer las cosas bien para ser realmente competitivos? Empezando por encargar también las presentaciones a profesionales.

    Y un consejo: si en estos momentos todavía fuera la dueña de una editorial, suspendería la firma de cualquier tipo de contrato en exclusividad con cualquier actor de la distribución digital que viniera a exigírmelo. Mejor quedar a la intemperie que dentro de una cárcel de adobe.

    lunes, 4 de julio de 2011

    Fijémonos en el precio

    Ya está a la venta el nº 15 de la revista Trama y texturas, que todavía no he visto, porque el ejemplar que me ha enviado Manuel Ortuño, su editor, todavía está cruzando la Mar Océana.

    Esta publicación merecería tener una versión en línea, porque es uno de los pocos espacios de reflexión de los profesionales del sector, tanto del ámbito hispánico como de fuera, y ayudaría a estructurar los temas que nos preocupan a ambos lados del charco.

    Mientras esperamos esa simultaneidad de lecturas, y a pedido de varios colegas, comparto aquí un enlace a mi artículo "De eso no se habla", que aparece en este número. Son unos pensamientos fragmentarios sobre el tan silenciado tema del precio fijo de los libros y el mito del fomento de la diversidad cultural.

    Me gustaría que el blog sirviera para abrir una discusión sobre el tema, de manera que los comenarios, como siempre, son más que bienvenidos.

    Espero que lo disfruten y que se suscriban a Tramas y texturas, aunque el proceso es complicado de momento. Algún día, los editores aprenderemos que el desarrollo de una buena experiencia de usuario es tan importante como la elección de la tipografía adecuada.

    domingo, 3 de julio de 2011

    Los lectores leen

    Y mi mamá me mima, según Norman Rockwell.


    Quien no lo crea, que le pregunte a Jeff Bezos.

    El rey del ecommerce no es neurolingüista, pero conoce a sus clientes como nadie y está más que dispuesto a que Amazon sea el castillo inexpugnable de un futuro cercano, para el cual predice que "la mayoría de los libros vendidos en el planeta serán digitales". Jeff Bezos es un innovador, no un revolucionario. Y le va bien.

    La industria editorial supo tener innovadores. Allen Lane, el fundador de Penguin, fue uno de ellos. A tal punto que cuando hoy decimos "libro" no imaginamos inmediatamente ni el preterido códice ni la Biblia Regia que imprimió Cristóbal Plantino en Amberes, a cuyas cajas contribuyó no pocos tipos la imprenta de Alcalá de Henares. Cuando hoy decimos "libro", y sobre todo cuando hablamos de la crisis en la que está inmerso, lo que vemos es el libro reinventado por Allen Lane en 1936; la linotipia que remplazó a los tipos móviles de Gutenberg; la tipografía que Eric Gill inventó para esas máquinas; las normas de estilo que pergeñó después Jan Tschichold para Penguin y, sobre todo, aquellas tiradas iniciales de 50 mil ejemplares de buena literatura bien editada, al alcance de la mano y al alcance del bolsillo, porque Lane sabía que los libros, para venderse como rosquillas, no debían superar el precio de un paquete de cigarrillos.

    Ese es el modelo en crisis, no por el advenimiento de las nuevas tecnologías, sino por una sobre explotación que lo desvirtuó.Y Penguin es hoy Penguin Ltd. y no tiene ningún Allen Lane, aunque tiene al muy festejado John Makinson.

    Si yo cultivara brócoli en épocas de Internet y se hubiese vuelto muy caro poner el brócoli al alcance de mi público vegan, en lo último que pensaría es en cambiar la estructura molecular de la hortaliza como solución al problema. Pero como los libros son un artefacto, esto es, son de nuestra invención y fábrica, hace falta mucha disciplina para no empezar la casa por el tejado.

    Para empezar la casa por el tejado, ante la crisis del modelo de negocio editorial renovado en los años 30, basta preguntarse si acaso no se deberá a que los lectores no quieren leer. Así, en una entrevista de la BBC, cuya trascripción parcial encontrarán aquí, Makinson no reinventa la industria, como hizo Lane, sino el libro mismo. Los libros se transforman, en su discurso, en "pasarelas", en puentes transitorios que nos llevan a las niminedades y las charlas amenas que, en definitiva, es lo que quiere ese lector conjeturado en los salones endogámicos de la edición.

    "No espero --dice-- que los lectores abran un libro de Jane Austen en la primera página y vayan hasta la página 300 para después cerrarlo."

    Además de esperar que abran también otros libros, tanto o más valiosos, mi humilde experiencia de lectora omnívora me dice que nunca se leyó así, a menos que uno estuviera convaleciente de algún grave mal.

    Makinson sigue: "Pienso que harán pequeños viajes hacia otros medios y otras conversaciones y que querrán investigar acerca de los pasos de baile o las recetas de cocina de la época o buscar en línea quién es Jane Austen o hablar con sus amigos sobre la experiencia de leerla."

    Esto y quitarle a la ficción narrativa toda su capacidad de crear mundo, tal vez el motivo principal por el cual se ha leído a autores como Jane Austen hasta el día de hoy, es lo mismo. Y dicho por un editor.

    El código nos ha entregado otras herramientas para crear mundo, que debemos explorar e investigar. Un ejemplo es Second Life , y también FarmVille. Ahora bien, nosotros somos traficantes de palabras, un objeto previo al código y que lo habilita; así como el horticultor es traficante de brócoli, un objeto previo que hace posible la receta vegan.

    El pesimismo barroco de editores como John Makinson contrasta con el pragmatismo de los innovadores a quienes tanto tememos. Cuando Dominique Nora le pregunta, en la entrevista aparecida en el Nouvel Observateur el 22 de junio, sobre el futuro de los libros enjaezados y de los transmedia, Bezos dice:
    Es posible que se creen nuevas formas de libros multimedia, pero no para la ficción. La concepción de la literatura depende del cerebro humano, no de la forma en que se la distribuye. Me sorprendería mucho si la forma en que leemos textos largos --novelas, historia, biografías-- se transformara.
    Que sí, que los lectores leen. Y leen por razones que nos son desconocidas y que no se agotan en el entretenimiento ni en la información.

    viernes, 24 de junio de 2011

    El catálogo de Eudeba se desmaterializa


    Con dos meses de retraso, ya que el lanzamiento se había previsto para la Feria del Libro de Buenos Aires, Eudeba abrió hoy sus puertas a la tienda donde ofrecerá obras digitalizadas de su catálogo de 700 títulos. A la hora de escribir estas líneas, el sitio no parecía activado, como lo muestra la captura de pantalla que encabeza este post. Aunque esta lectora hubiese agradecido algún tipo de mensaje, incluso el frustrante de "sitio en construcción", como conoce las prisas con la que se ha dado este bienvenido paso hacia la digitalización de contenidos académicos está dispuesta a perdonarlo todo.

    Hacia las Navidades de 2010, el equipo de Eudeba decidió poner en marcha un ambicioso proyecto, que incluía la implementación de un workflow XML-First que permitiría la salida a varios canales de comercialización, incluyendo el papel, con una racionalización de los procesos editoriales única tal vez en el mundo de habla hispana. A esta decisión se agregaba otra, tal vez contradictoria para quienes están familiarizados con cambios tan radicales: los resultados debían estar listos y en pleno funcionamiento para la inauguración de la 37ª edición de la Feria. Un desafío que pocos profesionales se hubiesen atrevido a aceptar.

    No fue para la Feria, pero ya es suficiente mérito que en solo seis meses estuvieran en condiciones de anunciar la comercialización de 30 títulos de su extenso catálogo. Eudeba ha tomado la sabia decisión de que las tesis universitarias, cuya investigación ha sido pagada con dineros públicos, se comercialicen bajo licencias de Creative Commons y sin DRM. Las obras bajo copyright seguirán otro camino.


    Esta empresa mixta en la que la Universidad de Buenos Aires juega un papel fundamental, ha montado su plataforma de e-commerce sobre Drupal, un CMS open-source, en consonancia con la decisión del Gobierno Nacional, que declaró el año pasado "política de Estado" el código abierto.

    Tal vez, la mayor novedad de este anuncio sea el acuerdo de la UBA con Grammata, empresa española que comercializa el dispositivo dedicado Papyre (una de las muchas versiones del Alex eReader, de Spring Design). Eudeba se compromete a promocionar este dispositivo lector a través de precios con descuentos especiales para toda la familia UBA: estudiantes, cuerpo docentes y no docente. Por si los 1400 pesos resultan inalcanzables para parte de ese público objetivo, la oferta incluye créditos al consumo del Banco de Santander. Y para cerrar el paquete de este convite, Papyre ofrece sus eReaders ya cargados con 600 títulos, todos en el dominio público y fácilmente hallables para su descarga o lectura gratuita online desde hace tiempo.

    Termino esta entrada sin haber podido entrar a la nueva plataforma digital de Eudeba.

    Eppur si muove.

    jueves, 7 de abril de 2011

    ¿Hay que seguir llamándolos libros?



    Se va imponiendo lo de llamar "enjaezadas" a esas versiones electrónicas de libros pensados, concebidos y escritos como los libros de toda la vida, con el único agregado de algún video y materiales premium que justifiquen, más a ojos del editor que del lector, unas tecnologías que tal vez hayan llegado para proponernos otra cosa.

    Gracias a Shane Richards, editor de tecnología del Telegraph, he encontrado esta versión animada que HarperCollins encargó para lo que antes llamábamos portada y portadilla del último libro de James Gleick. Sí, ese mismo. El que popularizó la teoría del caos allá por los años 80. La editorial encargó 12 videos a los alumnos del Central St Martin College of Art and Design de Londres y el resultado, como casi todo el diseño que viene de la capital británica, es espectacular. El título: The Information. Y sí, Gleick se propone, esta vez, popularizar una teoría de la información. Algo aun más caótico que el caos mismo.

    En su libro, que fue concebido, pensado y escrito con el paradigma texto como centro, Gleick dice estar interesado en la forma en que producimos y compartimos información, pero no en las tendencias de corto plazo. Que si creemos que Facebook es importante andamos mal encaminados. Que lo importante son los cambios que se producen cuando podemos comunicarnos a esa escala y con una inmeditez antes desconocida. En un libro cuyo título es The information, ¿qué agregan en materia de información, aparte del elemento decorativo, los videos que lo enjaezan? ¿Son estas animaciones algo más novedoso en nuestra comunicación que las iluminaciones de los manuscritos medievales?

    Sin duda, el libro electrónico y la oportunidad que ofrece de incorporar otras formas discursivas dará mucho juego en los títulos de no ficción. Pero, ¿qué lugar ocupan las "iluminaciones" encargadas por el editor en la teoría de la información de Gleick? ¿Son de verdad una nueva manera de comunicarnos?

    Y una pregunta, ¿debemos seguir llamándolos libros o solo lo hacemos por pereza intelectual?

    lunes, 28 de febrero de 2011

    Si la letra con sangre entra

    Avenida de la Revolución, 313 DF

    Me llega a través de @libreros, la cuenta de Roger Michelena en Twitter, esta foto de una publicidad de librerías Gandhi en ciudad de México. Más que una publicidad, un comentario desde la desesperación.

    Aquí, el stream de Yfrog donde apareció.

    Libros y libreros en la Antigüedad (y en Zaragoza)

    Hay libros, como éste, que leo durante el desayuno.

    Opinan algunos doctores que el incendio de la Biblioteca de Alejandría, o su paulatina destrucción como es más propio decirlo, no fue tal desgracia, y que, si llega a conservarse íntegro el acervo de los antiguos, ni la Antigüedad nos parecería tan estimable, ni acaso nos dejaría pensar por nuestra cuenta. Ya se ha dicho todo.

    Curioso colofón ha elegido Francisco Javier Jiménez para esta plaqueta de Alfonso Reyes que acaba de publicar en Madrid, en línea con otros libros que hablan de libros en su catálogo como, por ejemplo, el muy festejado de Jesús Marchamalo, Tocar los libros. Y digo curioso porque el colofón solía ser el sitio de lucimiento del impresor y del tipógrafo, de los artesanos que habían hecho posible la lectura de la palabra. Pero Francisco Javier, editor artesanal que hace libros preciosos, le ha cedido protagonismo nada más y nada menos que al autor del libro, porque la frase es, también, de Alfonso Reyes.

    No solo Dios y el Diablo viven en los detalles. La anomalía del colofón que cierra esta edición de Fórcola es un detalle, diminuto, donde habita una realidad: estamos en medio de un cambio de paradigma que cuestiona todos los lugares consagrados y consagratorios, esos que parecían inamovibles: el del autor, el del lector, el del editor y el del librero, estos dos últimos, agentes necesarios que ponen en contacto a los dos primeros. Del férreo aparato de logística que habilita o imposibilita esa circulación, no escribiré hoy aquí.

    Libros y libreros en la Antigüedad es otra anomalía. Un mashup de los años 50, en el cual el gran ensayista y traductor mexicano hace una refundición de otro texto, el del británico H. L. Pinner, The World of Books in Classical Antiquity. No porque las refundiciones no hayan sido siempre columna vertebral de la transmisión de la cultura y estén en la base de la construcción de altas reputaciones en el mundo de letras, sino porque las ansiedades del cambio de paradigma tal vez no habrían sido tan lenientes con Alfonso Reyes en estos días. Editores de postín, como Jaume Vallcorba, no vacilarían en llamarlo bloguero, con esa voz aguda que solo se destila en el alambique del desdén, y el nuevo algoritmo de Google tal vez condenaría Libros y libreros a la oscuridad, acusándolo de ser un mero agregador de noticias que ha encontrado en otra parte.

    Libros y libreros en la Antigüedad es, sin embargo, una delicia. Y muchas de sus páginas iluminan la situación actual del mundo del libro, que ni siquiera llegó a imaginar, pero cuyos muchos males nos atormentan desde los tiempos de la Biblioteca de Alejandría. Con Alfonso Reyes, festejo también la destrucción de aquellos muchos libros que por entonces habíamos logrado acumular, con esa irresponsabilidad que nos caracteriza cuando se trata de incorporar un nuevo objeto al mundo, irresponsabilidad a la que tanto le temía Hannah Arendt.

    En el capítulo titulado "Comercio del libro entre los griegos", apunta don Alfonso:
    Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo. Para decirlo de modo anacrónico, el librero comenzó por ser a un tiempo manufacturero, editor y vendedor al menudeo. El desarrollo de la literatura y su tráfico determinan la división de labores, separando al editor (que en la Antigüedad era también productor material, abuelo del impresor) y al vendedor, que compraba a los editores y revendía a los lectores. [el énfasis es todo mío].

    De manera que los más de 120 colegas, libreros y amigos reunidos en Zaragoza la semana pasada alrededor de la convocatoria de Paco Goyanes, esforzado responsable de la maña librería Cálamo, no son más que eso, "comerciantes", con todo el respeto. A los editores de antaño, como Víctor Seix, co fundador de Seix-Barral, de grata memoria, no se les caían los anillos por apuntar, en las escrituras de constitución de sus emprendimientos, que eran vecinos de Barcelona y de profesión, comerciantes. Tal vez porque los hombres siempre hemos sabido que solo el comercio nos dignifica, nos lima, y nos hace tolerantes. Los plañidos de muchos de los participantes, que tanto Twitter como la prensa han reproducido, su obsesión por ocupar una centralidad cultural que haga olvidar su condición última de intermediario que lucra con la creación ajena y el disfrute de los otros, también es un detalle donde habita el insoslayable cambio de paradigma, aunque su función sea la de tender una cortina de humo que los aparte de la realidad.

    Francisco Javier estuvo en Zaragoza y tuiteó lo que pudo y como pudo, hasta caer en la cuenta de que su conciencia dependía en exceso de las baterías de su iPhone. También estuvo allí Alejandro Katz, que no le hace ascos a la lucidez y sabe que la creación cultural, una vez puesta en el mercado, se transforma en mercancía. Y Valeria Bergali, cuyos libros me gustan más que sus ideas, como la escritura de Virginia Woolf siempre me gustó más que sus tinglados teóricos. Y la gente de Laie, la más sobria de entre todos los libreros, tal vez porque sean los que están haciendo algo diferente, los que se han dado cuenta de que el único pensamiento que merece ese nombre es el que se realiza en la acción.

    Pensódromo 21, "Pequeños editores, retos enormes", donde se profundiza y abunda en la perspectiva de los modelos de negocio posibles y se entra al trapo en las falacias allí desgranadas por varios. Otro post indispensable, cuya lectura es un placer intelectual, es que Álvaro Vargas Llosa le dedica Jaume Vallcorba en su blog El hilo digital. Y solo para constatar que la gente de Laie trabaja y trabaja bien, sin resignación y sin alharaca, el post "Otra mirada, digital".

    Y, por supuesto, una encendida recomendación de Libros y libreros en la Antigüedad. Se lee durante un solo desayuno, como el periódico, pero uno queda más satisfecho y mejor informado sobre qué es este mundo de los libros y de todos los cambios de paradigma que sufrió y sufrirá, sin que por ello hayan peligrado ni la palabra, ni los autores. Que esto es un negocio, señores, y para hacer negocios hay que alcanzar la edad adulta.